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Cuenos inocentes: El médico

por Jaime López


- ¡El siguiente!
- Hola, buenas tardes.
- Buenas tardes. Siéntese por favor.
- No, muchas gracias, yo a estas horas todavía no...
- Claro, claro. Yo porque estoy trabajando sino...
- Se lo agradezco de todas formas, muy amable.
- Nada, nada. Bien, pues usted me dirá.
- Verá doctor, yo... es que... estoy enamorado.
- ¡Hombre!... Mi más sincera enhorabuena... pero... ¿yo qué tengo que ver con eso?
- Es que... estoy desesperado... no sé qué hacer... es usted mi última esperanza.
- Pero... ¿no es usted feliz?
- ¿Feliz?... Sí, sí muchísimo, felicérrimo.
- Entonces... no lo entiendo... ¿le impide eso acaso llevar una vida normal?
- No, no que va. Todo lo contrario. Ahora la vida tiene sentido, todo me parece maravilloso, rindo más en el trabajo, estoy siempre de buen humor... Es todo perfecto.
- Entonces, ¿por qué está usted desesperado?
- Es que... yo no quiero ser feliz. A mí me gusta sufrir. Pero... estoy tan a gusto que no tengo fuerzas para luchar contra lo que siento.
- Bueno, y ¿porqué no lo disfruta y ya está?
- No, no; no quiero, yo.. quiero sufrir y pasarlo mal. He hecho todo lo posible para que esto cambie, pero no he conseguido nada. Por eso necesito su ayuda.
- Ya pero yo soy médico, eso está fuera de mi campo, quizás un psicólogo...
- ¿Pero, y no me puede recetar usted algunas pastillas que me irriten, que me cambien el carácter...?
- No, me temo que para eso no.
- Bueno pues tiene que ayudarme de alguna forma. Usted ha hecho el juramento hipocrático y esas cosas ¿no?
- Sí, claro... pero...
- Esto es una emergencia, así no puedo seguir.
- Hombre... pero...
- Intente ayudarme a encotrarle algún defecto o algo, no sé.
- Pero oiga, ese no es mi trabajo y además tengo gente esperando ahí fuera con problemas de verdad...
- Mire, lo mío es más grave que lo de todos esos juntos. Tiene que ayudarme. ¡Por favor!
- Está bien. Bueno... pues... no sé... descríbame como es su amada.
- ¿Física o síquicamente?
- No sé, empiece por el físico.
- Pues mire, es muy corpulenta, muy blanca de piel, está totalmente calva, no tiene ni brazos ni piernas y es sordomuda.
- ¿De verdad?
- Como se lo cuento.
- Bueno y ¿cómo la ha conocido?
- No sé, estaba en casa. No me había fijado en ella, pero, poco a poco, me he enamorado.
- Mire, tiene que hacer un esfuerzo y recordar cómo o cuando llegó ella a su casa.
- De verdad, que no me acuerdo. Bueno sí, creo que la trajeron dos hombres de uniforme.
- ¿Policías?
- ¿Polícias, dónde?
- No, no. Que si eran policías.
- ¡Ah! No, no lo creo, más bien era ropa de trabajo.
- ¡Uy! Todo esto es muy raro. Hombre, se me ocurre una cosa, no sé... le haré unas cuantas pruebas... A ver... ¿ve la pantalla ahí en la pared?
- ¿Sí?
- Bien pues tápese un ojo y lea la tercera fila.
- Efe, eñe, ceta, jota, erre.
- Bien, ahora tápese el otro ojo y lea la siguiente.
>>Oiga, pero... ha cambiado de mano pero se ha tapado el mismo ojo.
- ¿Ah, sí?
- Sí, sí, le he visto claramente.
- No me había dado cuenta.
- Ya, ya. No se había dado cuenta, no se había dado cuenta... A ver, tápeselo bien y lea.
- Épsilon, arroba, pi, raíz cuadrada de tres.
- Bueno, bueno, usted no ve absolutamente nada.
- ¿Ah, no?
- No, no. No ve nada, ¿no lo ha visto?
- No.
- Por eso, por que no ve nada. Y... dígame. ¿El sexo con ella, qué tal?
- Nada de nada, es totalmente fría.
- Bueno, creo que sé por dónde van los tiros. Dígame, a parte de lo que me ha contado, ¿nota algo raro en su físico?
- Pues, ahora que lo dice sí. Tiene una puerta en la cabeza y otra en el tronco.
- Lo que me temía, está usted enamorado de la nevera.
- Pues ahora que lo dice, lo había sospechado.
- Pues eso es caballero, ya está usted curado.
- Bueno pero no me importa que sea una nevera, yo la quiero.
- ¡Pero hombre! ¿Cómo va a estar usted enamorado de una nevera? ¡Eso no es posible!
- Es que... es tan suave, con ese ronroneo y además, siempre tiene algún regado para mí.
- Ya, pero es que es un electrodoméstico.
- ¿Y no es posible enamorarse de uno?
- Me temo que no.
- Bueno, si usted lo dice, tendré que creerle, es médico y los médicos no mienten.
- Eso es, puede irse tranquilo.
- No, no. Me quedo. Tranquilo, pero me quedo. Muchas gracias.
- Nada, nada, es mi trabajo.
- Perdone, una cosita más. ...Es que me he fijado en la gata de mi vecino y...
- No, no. Animales no. Eso... malo, malo... No.
- ¿Y su mujer?
- ¡Mi mujer! ¡Ni se le ocurra!
- No, no, la del vecino.
- Ah, bueno, eso ya... como usted quiera. Cada uno en su casa y la del vecino... lo que quiera.
- Bien, bien. Ahora sí me voy. Adios.
- Adios. Suerte...
¡El siguiente!




Texto, Copyright © 2005 Jaime López.
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Última actualización: enero 2006

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