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El mundo de Gabriel Miró

por Andreu Navarra Ordoño


Leer a Gabriel Miró es dejarse invadir por un vicio obsesivo vinculado estrechamente a una patología paranoica.

Muchas veces me he preguntado por el origen de los extraños efectos que sus libros producen en el organismo. Las impresiones de lectura de cualquiera de sus textos no pertenecen únicamente al ámbito de la degustación estética, y hallazgos ideológicos... la obra mironiana parece exenta en absoluto de apreciaciones políticas explícitas, que aparecen sumergidas en el particular laberinto de sus inquietudes en forma de hipérbole o parábola.

Sorprende en un autor español esta falta absoluta de "ruidos", de "autopropaganda", quizás porque la ficción de autor que se organiza alrededor de sus narraciones y estampas es la de un ser manso y puro que se siente permanentemente suspendido por sus emociones extraordinarias. Estas emociones son abrumadoras todas (quizás la fascinación por Miró proceda de su incapacidad para sentir una emoción a medias). Su sensibilidad es barroca tanto en lo plástico como en lo intelectual, parece un Azorín volcado sobre pequeñas tragedias no por pequeñas menos conmovedoras.

Los estados de ánimo encapotados no habían sido nunca tan bien descritos ni estudiados, y la verdad es que toda persona que haya nacido con la desgracia de la hipersensibilidad no podrá sentirse nada ajeno a ellos.

Así pues, el embotamiento de las facultades sensoriales se producen en el lector de Miró por dos causas: saturación gozosa de información ambiental (cada estampa mironiana es como una catarata de sonido, olores y detalles pictóricos) y transmisión de la gran sorpresa cotidiana del mundo y la naturaleza.

El personaje mironiano y la propuesta de autor implícito que se desprende de los textos es un vigilante que anota en su libreta mental cada contraste de colores, cada chasquido producido en un prado o un caserón, cada gradación curiosa de colores. Sus interiores son tupidos, densos, desasosegante, o pulcrísimos y aireados, como los humores de cada día en el enfermo bipolar. El amor hacia la creación se derrama en cada página y a veces se manifiesta, como en el amor cotidiano, en forma de celos infundados, violencia o exaltación mística de rasgos objetivamente insignificantes.

Alguno de sus personajes llega a morir de sensibilidad, de sensibilidad inmotivada.

La gratuidad es el valor supremo de la obra artística de Miró. Resulta inútil amortiguar hasta el extremo las interferencias y los ritmos, resulta inexplicable repujar tanto la prosa, trabajar tanto el léxico, escribir tan poco y hacerlo con tanto virtuosismo.

La peripecia intelectual de Miró conmueve porque es la narración de la máxima sensibilidad unida al máximo sufrimiento. Su biografía real, de la que nada diremos aquí, coincide y encaja perfectamente con el perfil del hombre que se sumerge en su dolor tanto como en su gozo, dejando que estos líquidos le impregnen por todas partes. Ese buceo es el que intenta transmitir al lector. La apreciación de sus obras, por lo tanto, no tiene nada que ver ni con la frialdad de un método profesional de creación ni con la correlación respecto a una existencia real atormentada.

La máscara del autor es perfecta en su definición pero no deja de ser una máscara, no cae en el impudor ni deja que veamos directamente el hecho o el motivo concreto que desató el torrente, aunque sepamos que existe.

Otros autores españoles de la época podrán entusiasmarnos por la estructura silogística de sus párrafos, por su tensión emocional, por la belleza de sus imágenes, por su novedad conceptual, por su lucha polémica, pero ninguno alcanzará la locura estilística de Miró ni su nivel de ensimismamiento. En este sentido, su discurso es extremo ("suficiente" dijo Guillén) porque explora las últimas consecuencias de la conciencia paseadora, con una lentitud radical.

Quizás la obsesión por Miró se deba a que la realidad de su mundo (un mundo con referentes concretos tanto autobiográficos como geográficos) está descrita con tanta recreación emotiva que parece una dimensión aparte, un lugar donde las leyes son estrafalarias de puro hiperreales.

Por eso Azorín lo convirtió en un personaje más de su novela "Suprarrealismo". Miró se derrama sobre las montañas y las montañas, una vez absorbido el líquido patológico de su espíritu, brillan con otra intensidad que procede de una fusión como la que describe Azorín al final de su libro.

Esa agua patológica se filtra entre la hierba y alimenta cada vegetal alicantino, acaricia cada caserón y cada uno de los hidalgos que los habitan.

Otros escritores se hacen antipáticos porque pactan con el mundo y así su propia realidad se resquebraja. Las aristas del cubo intelectual mironiano son precisas y nítidas, guardan una relación estrechísima con Alicante y el día a día angustioso que le tocó vivir, sin que se vinculen con ellos acompañados de escándalo y broza.

No hay lamentos ni quejas, el amor terrible de Miró por las cosas (los amores verdaderos aportan más patología y sufrimiento que placer) cubre como una ola todas las heridas, resultando en esta operación superadas todas las mezquindades que el trato humano exige. Su afición por los textos sagrados se explica analizando el concepto de sensibilidad: quien cae en las redes de la grosería pierde el instinto de sacralizar las realidades conmovedoras. Esto no significa que todo deba ser sacralizado. La consecuencia de este modo de obrar divide el mundo en seres merecedores y realidades que deberían ser erradicadas y por eso se ocultan. La maldad en Miró también es pura. En su mundo hay académicos lardosos, ancianos conspiradores y crueldad. Pero las víctimas ignoran que se están sacrificando, no pueden explicar por qué las consideran pecaminosas. No son mezquinas y por eso no conocen qué es pecado, qué es rencor.

Sus narraciones son la historia colectiva de la inmolación.

Este es el oculto sentido nietzscheano de su obra, y resulta un gran acierto difuminar esta orientación vitalista convirtiéndola en un fondo invisible, sin reivindicar.

Por eso su religiosidad no tiene nada de convencional y mucho menos de mesiánico. Supongo que tendrá que ver más con la afición por coleccionar objetos puros de la naturaleza, en este caso puros por el carácter absoluto de las personalidades que protagonizan la Historia Sagrada.

En Miró, como en la piel humana, la propia hemorragia se encarga de cicatrizar las heridas volcánicas del ser humano. Las emociones, afirmativas o negativas, deben aparecer puras, en el sentido de homogéneas, directas, inmediatas. Mientras hay filtro para la contemplación de un prado, no lo hay para la intelección de un afecto. Por eso la luz es tan importante en sus interiores. La luz tiene un origen concreto y un fin determinado, nace y se posa silenciosamente alumbrando rincones que enriquecen nuestra percepción. De igual modo, los laberintos de los espíritus de creación mironiana no son muy complejos, parecen atontados por dogmas intransigentes en su inocencia que no son más que algún cariño inexplicable que ilumina una zona adormecida del alma.

Se trata de existencias despreocupadas que no saben del tesoro que albergan y languidecen sin poder comprender ni el brutal ataque de la realidad ni la naturaleza rapaz de los ambiciosos, los que son incapaces de respetar ningún aspecto de la vida.




Texto, Copyright © 2005 Andreu Navarra Ordoño.
Todos los derechos reservados.


 


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Última actualización: enero 2006

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