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Películas y directores olvidados de Hispanoamérica (II):
La sed / Hijo de hombre (Lucas Demare, Argentina-España, 1961)

por Rafael Nieto


Ponemos este mes otro grano de arena en nuestro modesto intento de sacar del olvido algunas películas realizadas en Hispanoamérica[1], siempre más ignoradas que las producidas por sus vecinos del norte, sean mayores o menores sus valores cinematográficos.

Aunque el criterio seguido, como ya dijimos, para seleccionar estas películas no es mas que el gusto personal del que esto escribe, intentaremos recorrer en cada entrega una cinematografía diferente, convencidos de que en todas ellas hay obras que merecen ser recordadas, no circunscribiendo la búsqueda a ninguna época, género o temática concreta. Por tanto, no consistirá en un repaso a las películas consideradas obras maestras, que con mayor o menor dificultad se han salvado del olvido a través de estudios historiográficos o culturales, sino hacer un recorrido casi azaroso entre películas nunca perfectas, pero siempre merecedoras de recuerdo.



La sed / Hijo de hombre (Lucas Demare, Argentina-España, 1961)

El escritor paraguayo Augusto Roa Bastos alcanzó gran notoriedad con su primera novela en 1960. Se titulaba Hijo de hombre y en ella narraba las trágicas vicisitudes de unos personajes marcados por la dura supervivencia, la superstición, la religión, la guerra, la explotación, durante las tres primeras décadas del siglo XX. Lo narrado se sucedía en diez capítulos aparentemente independientes, pero que tejían un entramado fascinante de personajes que entraban y salían en distintas etapas de su vida, enmarcados en distintas momentos de la historia de Paraguay.

Sabida era la afición de Augusto Roa Bastos por el cine; de hecho ya había sido guionista en algunas películas cuando en 1961 se dispuso a adaptar su propia novela para el cine. En esa labor le acompañaron Emilio Canda, guionista de varias películas de Joselito, y Antonio Cuevas, más conocido posteriormente como productor en España de las películas de Manuel Summers. Juntos acometieron la adaptación, pero centrándose solamente en un capítulo (Misión) y parte del anterior (Destinados), centrando la trama en la peripecia de los aguadores durante la Guerra del Chaco que enfrentó a Bolivia y Paraguay entre 1932 y 1935.

Sin apenas entrar en consideraciones sobre las causas de esta guerra (la posibilidad de encontrar petróleo en el Chaco boreal no fue la única, aunque sin duda importante, causa), la película opta por mostrar la lucha del hombre ante unas condiciones extremas. No sólo por la guerra, si no también por la escasez de agua en ese territorio. Los conflictos políticos fraguados en las altas esferas no tienen aquí cabida, sólo importan las consecuencias para los desafortunados que tienen que arrostran la lucha desde el terreno, cuando de lo que se trata es de sobrevivir durante la peligrosa misión encomendada por sus superiores. La película es una denuncia de la guerra como suele suceder con las películas bélicas, pero tiene también un aire de aventura, aunque sea trágica, que necesitaba de un director eficaz, capaz de transmitir con fuerza las intensas emociones de los personajes. El director argentino Lucas Demare era el adecuado.

Nacido en Buenos Aires en 1910, Lucas Demare desarrolló una carrera temáticamente diversa e irregularmente conseguida. Víctima de los vaivenes políticos e industriales del cine argentino, sus películas, más de 30, se caracterizan en sus mejores momentos por un vigor inusual en sus compatriotas, necesario para hacer creíbles las historias épicas que más fama le dieron. Fue el caso de su mayor éxito, La guerra gaucha (1942), y lo es de la película que hablamos ahora, Hijo de hombre, realizada cuando ya había pasado su mejor época.

La épica enmarcada en un escenario natural hostil, el desierto del Chaco (aunque la película fuera rodada en Río Hondo, en el Chaco santiagueño, no el Chaco boreal donde trascurre la novela), es transmitida al espectador con una fuerza estremecedora y un realismo que van más allá de la representación fílmica ordinaria. El calor, la sed, se hacen físicamente presentes. El sufrimiento y las dificultades trascendieron incluso al equipo de rodaje. Quizás ahí se encuentre el secreto de su veracidad. Y en la pasión de Lucas Demare, capaz de seguir rodando aunque corriera el riesgo de infestarse la herida producida en su pie con un arma de fogueo, aguantando a base de penicilina y calmantes. Pero es que Demare entendía el cine como una aventura, con peligros que había que sortear con decisión, como sus personajes. Veamos lo que a estos les sucede en Hijo de hombre, titulada en España La sed.


Tras una breve introducción para situar la acción del film en el contexto histórico, remarcando la fidelidad a los paisajes, vehículos e indumentarias originales de la época, la voz del comandante Vera (Carlos Estrada[2]) nos describe su desesperada situación al mando de un regimiento paraguayo perdido cerca del fuerte Boquerón. No sólo están desorientados, tampoco tienen víveres ni agua. Han enviado patrullas en busca de ayuda pero siguen esperando. La muerte blanca del Chaco, la sed, les amenaza.

A continuación la acción se traslada al mando del ejército paraguayo, donde ha logrado llegar uno de los enviados por el regimiento perdido. Ante las urgentes noticias que trae, uno de los camiones del convoy que transporta agua a las tropas, conducido por el Cabo Cristóbal Jara (Francisco Rabal), es destinado a la arriesgada misión, poco menos que suicida, de acudir en su ayuda.

Una bella enfermera, Saluí (Olga Zubarry), se entera y suplica sin éxito ir con ellos. Es evidente que está enamorada de Jara aunque este la esquiva claramente. Parece ser que el oscuro pasado de ella tiene algo que ver en el rechazo, pero por ahora lo desconocemos.

Tras un bombardeo enemigo, rodado con gran realismo, parte el convoy hacia el frente. La pasión de Saluí por Jara le empuja a seguirlos, apareciendo en medio de la carretera en la noche, para detener el paso del convoy cuando han avanzado muchas leguas. De este modo se ven obligados a llevarla. La vida que llevaba antes de ser enfermera se descubre ahora en un flashback que muestra sus recuerdos, en los que aparece como una prostituta despreciada por las demás mujeres y rechazada por Cristóbal Jara a pesar de sus claros ofrecimientos. Desde este momento está claro que estamos también ante un film sobre la redención de una mujer a través del sacrificio, provocado por el amor no correspondido. Camino de perfección que inició al hacerse enfermera. No en vano su nombre significa "pequeña salud".

Las heroicas acciones de Saluí, rescatando el material médico en medio de un bombardeo, le ganan la admiración del jefe del convoy, conocedor de su pasado, reconociéndole que está naciendo una nueva mujer gracias al amor. Este hombre fallece poco después intentando desactivar una bomba, en una secuencia estremecedora por su tensión e impactante y trágico final. Los hechos siguientes se tornarán cada vez más desesperados: uno de los camiones del convoy deserta; cuando llegan al frente, sus compañeros del ejercito, que tanto esperaban el agua, se abalanzan sobre ellos; un soldado se autolesiona para tener el privilegio de poder beber agua, etc.

A partir de aquí el camión de Cristóbal Jara tiene que abandonar el convoy y continuar en solitario en busca del regimiento perdido. En el camino se enfrentan a la desesperación de su ejército y a las emboscadas del enemigo. Les quitan parte del agua y revientan los neumáticos, pero los arreglan con esparto y siguen el camino. Salui cura las heridas de su amado Cristóbal, todavía remiso a sus cuidados, sin esperar nada a cambio.

La desesperada situación lleva a los dos soldados que les acompañan a tener un diálogo irónico, clarificador de las intenciones de la película:
- ¿Por qué esta matanza?
- Hemos venido a morir por la patria.
- ¿Y el enemigo?
- También.

A su vez, Cristóbal y Salui hablan por fin, comenzando a entenderse, a intimar, conscientes de que pueden morir juntos. La presencia de la muerte les une en un abrazo, aunque él sigue obsesionado en su único objetivo: cumplir la misión. Ni siquiera el amor de una mujer va a separarle de su idea. La aventura está delante de todo lo demás.

Cuando ya están cerca del objetivo son atacados por un destacamento boliviano. Mueren los dos soldados, Cristóbal es malherido, pero Salui lograr espantar al enemigo lanzando varias bombas de mano. Nuevamente su heroísmo les salva, pero esta vez han quedado muy mal parados. Ella ata a Jara con alambres al volante y la palanca de cambios para que pueda continuar, pero luego se desploma, pues también está herida de gravedad. Él lo ve pero ya nada puede hacer por ella. Está atado literalmente a su misión, evitando que pueda desistir de ella para ayudarla. Está obligado a cumplir el objetivo precisamente cuando está dispuesto por primera vez a dejarlo en segundo plano. Por tanto, obligado y resignado emprende su "último viaje" directo hacia el regimiento perdido, donde el teniente Vera ha matado por compasión a sus hombres. La misión es cumplida pero Cristóbal Jara muere en el último esfuerzo. Es un final trágico pero menos tremendista que en la novela, donde era el propio Vera, enloquecido, el que mataba a Jara disparando al camión al verlo llegar, creyéndolo un espejismo.

Pese al atractivo comercial que podía tener el argumento, similar a la famosa El salario del miedo (Henri-Georges Clouzot, 1953), la carrera de esta película fue desafortunada. Coproducida por dos grandes empresas en sus respectivos países, Argentina Sono Film (Argentina) y Suevia Films (España), no logró el éxito esperado en ninguno de los dos lugares. Fue muy escaso en Argentina y, aunque fue bien apreciada por la crítica en el Festival de Cine de San Sebastián, tampoco en España tuvo suerte ya que su distribuidora, Floralba, estaba en ese momento en crisis. Quizá algún día salga del anonimato este apreciable film que en muy escasas ocasiones se ha podido ver. Y lo mismo deseamos para su autor, Lucas Demare, fallecido en 1981.




Texto, Copyright © 2005 Rafael Nieto.
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Última actualización: enero 2006

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