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Diario incorrecto y mongol (VI)

por Nacho Toro


Estuve en el canal, donde las montañas se acercaban poderosas como gigantes. Junto al puente se establece a diario un mercadillo de libros usados; es casi la única oportunidad de conseguir algún título decente, aunque se caiga a pedazos, y no hagan exactamente precio de amigos al extranjero. Hoy voy de islandés, con un grueso jersey burdeos de lana, al modo tradicional, con su geométrico diseño, y mi chaqueta de Posturinn (cartero), sustraída de mi ruinoso trabajo en Reikjavík, cuando cargaba las cartas en un frágil trineo de plástico para el penoso reparto en medio de la tormenta de hielo y nieve, en el barrio de la costa. Por tanto, el vicio tremendo que produce a cualquier librero compulsivo un lugar como este, pudo verse frenado por la ambición excesiva de los vendedores.

Aun con los precios muy hinchados para mí, la cantidad de posibles compras absurdas y tentadoras era tal que hubo que contenerse. Por 6000, un diccionario español-mongol; por 10000, un superdiccionario del 65 de Sopena ruso-español, español-ruso con 85000 entradas y en buen estado.

Más, libros como ese incomprensible sobre el espacio, cuero viejísimo, que sólo se ve mejor en las cazadoras o guaradapolvos, un diccionario inglés-japonés-mongol, Don Quijote en mongol, que dejé encargado (3000), o libros de escritura mongola tradicional.

Un tesoro, y yo con dinero y ansias. Los viejísimos del cochecito azul me señalan un libro. Les acompaña el que será su nietecillo. Visten ambos en la forma tradicional, como este joven que no cesa de intentar leer lo que escribo y reír mientras. La pareja se acomoda en los únicos asientos de un minúsculo automóvil azul de esos que construían con papel en algún lugar del Este. No debe de pesar más de 250 quilos. Ni tener menos de 35 años. Es bonito. Tiene baca, y libros distribuidos por el pequeño capó para su venta.

Antes que los demás, recogen, meten la escasa mercancía en el cubículo, entran los tres y arrancan el cochecito, con una G al frente como única identificación. Los chiquillos de la calle se echan encima de él, y los arrastra mientras intenta salir de la encerrona. Uno de los chavales consigue robarles un gran diccionario azul inglés-mongol-inglés, pero no se aperciben. Su reto ahora es atravesar el socavón de entrada al mercadillo, ahora con mucho de Mar Negro, sin ser atropellados por la banda infantil que aún les persigue.

Buena parte de los curiosos y transeúntes son estudiantes con la escuela recién iniciada, y la oferta refleja tal demanda. Los chicos compran antiguos tratados de matemáticas y compendios de inglés elemental importados de algún país donde se enseña en la escuela esta lengua desde hace muchos años. Bordeamos los cero grados, y un jersecillo es suficiente para el futuro de Mongolia y sus familias. Yo empiezo a asustarme porque me han anunciado que mientras dure el verano no pondrán a la venta la ropa de abrigo en ningún mercado de la ciudad, y queda casi un mes de canícula. ¿Añoraré mis repartos islandeses con la nieve por las rodillas en esas aceras que nunca se ocupaban en limpiar?

¿Se deslizará mañana el cochecito G por el charco que hoy casi le cubre? ¿Cuántos años tendrá mi mongol "Don Quijote"?


Aburrido, miro el libro de Mr. Altangerel de frases en mongol, en busca de un saludo apropiado, un inicio adecuado para establecer contacto con las señoritas bellas. La página 125 incluye la aseveración



(la gente joven tiene mucha libertad hoy en día); las montañas, en una tarde lluviosa como esta, están desde aquí más próximas y bellas que nunca. Las nubes cubren sus cimas, pese a su elevación mínima, y el marrón se hace negro, y los verdes, bosques y arboledas. Continúo mirando un rato, sentado en una fila de sillas naranjas desmontable que utilizan en los programas con público, venciendo el tedio y la opresión con la fantasía que despierta lo nuevo.


Me picó un mosquito en el ojo. También en el pómulo y en la muñeca. Lo oía, y puede que fuera la causa de alguno de mis desvelos. El zumbido era cercano. Me tapé con la capucha del saco, pero ya era tarde. Apenas puedo abrir el ojo.

Buen día para mi inicio televisivo. Llueve a cántaros y he de pagar de nuevo un eurito de taxi hasta la tele, ya casi en el aeropuerto, largo trayecto. Por suerte, hoy será sólo edición y doblaje de las noticias en inglés. No tendré que poner el ojo en antena hasta la semana que viene. Pienso afeitarme para la ocasión, no más "Yisus" que con los estudiantes en activo se ha vuelto un suplicio, si es que encuentro algo para afeitarme en esta ciudad. Los mongoles no se caracterizan por la abundancia de pelo en el cuerpo. Ellas tienen más o menos como ellos, sobre todo bajo la nariz. Hay varios tipos, ya hablaré de ello otro día, cuando tenga las ideas más maduras.

En la tele, poco que hacer, excepto observar cómo se atusa y enlaca el pelo mi hermosa compañera unas cien veces, mirar sus muy puntiagudos zapatos, la moda este año, que mantiene no son incómodos, o contemplar los labios de la colega de información local.

La recomposición y doblaje de las anodinas noticias de toda la semana, que incluyen la apertura del curso académico en una escuela para deficientes con la presencia del primer ministro y propietario de la televisión 9, la mía, en la ceremonia, la presencia, el ministro, no en la escuela, en la ceremonia, o un plan de cría de híbrido entre yak y vaca, con el punto álgido en el cambio de embajador USA y la llegada al país de No Mercy para cantar hoy a cero grados bajo la lluvia, fue rápido.

Poco más que hacer, excepto horas. Es el viejo modo socialista, que no se ha olvidado. Haré mis horas, y ya. Me acuerdo de mis visitas y prácticas en TVE. Me acuerdo de la arrogancia de algún alto cargo que me ha dado su tarjeta, que ni se despide ni saluda a los presentes en recuerdo de su vinculación de antiguo al Politburó.

El frío también ayuda a estos modos poco rentables o estéticos. Mis alumnas, y muchos más, se espantan ante la idea de ir a Rusia, "porque allí hace mucho frío". ¿Será propaganda, la tele? ¿De veras piensan que en Moscú hace más frío que aquí? ¿Porque no son mongoles? Eso, conociendo, que conocen, las temperaturas aquí y allá. A algunos más razonables, lo que les asusta es Siberia. ¿Bajarán de los -65º C que he leído en referencia al norte de Mongolia? Me acuerdo de esa sempiterna noticia cubre-huecos, crea-sobremesas de los inviernos españoles: el invierno más crudo de la historia está teniendo lugar en Vladivostok, más lejos y frío aún que Moscú. Todos los años hace más frío (aunque nunca alcance a UB). Es como el Carnaval de Río.


7/9/3. No me han traído el Quijote. Dice el desdentado señor que no lo encontró en allá donde acumule las palabras impresionadas. No le reconocí en un principio por la falta de sangre en la boca, pero él a mí sí, recién afeitado y todo.

La gran nueva decepción con la universidad de mi querido país, la ira sin freno por un nuevo atropello, me impulsaron a ello. Eficaz y barato. Me pelé la barba, se acabó el Yisus, aunque no logré que entendieran la palabra alcohol en la farmacia y me niego a lucrar a los coreanos con la compra de una colonia a precio de Hong Kong. Ahora sé que casi todas las miradas eran fruto de mi parecido al icono, no porque todas cayeran enamoradas con sólo cruzar la vista. Tiende a olvidárseme.

Salí anoche recién pelado, aún algo nervioso por mi asunto español. Tras el gasto excesivo de la matrícula, mil viajes para recabar información, de mañana, que los señores funcionarios a la una se retiran, las prácticas, la memoria ridícula inventada, los dos exámenes aprobados sin rozar los libros, y el plomazo sabatino que denominan seminario, seis horas de nada organizada, me dicen ahora en la Complutense que no me dan el título del C.A.P. porque no asistí a ese seminario. Había seminario dos sábados consecutivos. Me asignaron el segundo, y yo hube de cambiarlo al primero, con su previo consentir. Ahí comienza el problema. La señora funcionaria no comprende que, habiendo cambiado el día, cambiará la hoja de registro.

A 10000 km, poco puedo hacer. Les envié a un correo que no creo se use más que para borrar los posibles mensajes recibidos, el siguiente mensaje:

"A quien corresponda.
Me encuentro en Mongolia, y por ello no dispongo de un teclado como Dios manda, espero que me dispensen.
Mi nombre es xxxxxx, de dni n´umero xxxxxxxx. Me dirijo a ustedes para intentar del ´unico modo que me permiten solventar un error que lamentablemente - sobre todo para mí - han tenido con la calificaci´on del cap del anno anterior correspondiente a mi persona. Mantienen que no asist´i al seminario insoportable que me tragu´e a inicos de enero de 2003. La cuesti´on es que ustedes mismos me posibilitarion muy amablemente cambiar mi fecha de asistencia al mismo, del 8 al 1, creo recordar, de febrero, pues uno de esto s´abados ten´ia yo trabajo. El seminario se desarroll´o desde las 9 de la mannana, pero hasta las 2 o 3 que acabamos, en mi clase no se hizo ninguna firma. Firm´e al final, y ni nombre ha de aparecer annadido junto a otro punnado al final de la lista oficial de esa aula. No puedo recordar qui´en fue mi tutor, como han sugrido a una amiga que ha intentado arreglar su entuerto. Lo que s´i recuerdo es que he asistido a unos seminarios en la otra punta de la ciudad en s´abado teniendo obligaciones para escuchar a cinco o seis profesores de instituto sus quejas sobre la ensennanza, a otra c´omo ensenna geograf´ia con m´usica rock, y que han recibido dinero por tales seminarios, dinero salido de las alt´isimas tasas que he pagado religiosamente, y que he efectuado pr´acticas en un instituto y realizado una memoria, que evidentemente no me habr´ia molestado en realizar de saberme suspendido de antemano, de no haber asistido al seminario que me niegan.

S´e que la asignaci´on del Ministerio no es excesiva, pero no intenten aumentar sus ingresos asaltando a los alumnos desprotegidos por la distancia y su contumacia en el error.
Les ruego por consiguiente que revisen del modo preciso todas las actas de asistencia a los dos d´ias del seminario y encuentren pues mi firma y nombre en ellas. Mi compannera xxxxx, de tlf. Xxxxxxx les suministrará gentilmente una copia de mi firma y Dni si fuera preciso, al yo encontrarme a 10000 km de distancia y no poder hacerlo en persona. Preciso con toda premura mi t´itulo para continuar mi ensennanza en Asia, as´i que les ruego diligencia en los tr´amites, aun tiempo que me despido con un cordial saludo.

Xxxxx XXxxxxx

Probaré a llamarles, a precio de platino, el martes, si están en septiembre.

Mi salida fue relajada y relajante. La ciudad vive de noche, sin luz en las calles, cierto. Me acerqué a la discoteca Arirang, coreana, como delata el nombre. Uno de mis invisibles canales de televisión es Arirang, también. A mí me recuerda a una planta medicinal.

La disco estaba llena. La pequeña pista de baile, completamente vacía. Todos los jóvenes se acumulaban en las mesas, en grupos, muchos de ellos unisex. Sonaba una balada asiática. No logré distinguir el idioma. Tampoco me interesó. Partí en pos de bares conocidos, esquivando zanjas con gran precaución. La noche es verdaderamente peligrosa, aquí, por eso, no tanto por las paranoicas aversiones de los onuítas. Ahora que conozco la ciudad más o menos, me doy cuenta de la longitud de todos esos trayectos que hicimos en taxi los primeros días. Ni sus sueldos los justifican.

El mío, una vez decidido que me quedo en mi casi, si Khulna no me encuentra otra más barata, justifica mi delgadez. He adelgazado unos 5 kilos en estas 3 semanas mongolas. Ayer la noche era cálida y los bares estaban llenos. Muchos extranjeros. En el redondo junto a la oficina de correos, frente a ella, y frente a la redonda estatua del parlamentario fiambre, con nombre que parece alemán., la música en directo es muy buena, las camareras hermosas y los precios aceptables. Adiviné qué canción iban aa cantar media hora antes de hacerlo ellos, y eso que su repertorio no era muy conocido ni habitual para mí.

Esa fue toda la magia de la noche. En Elite, que no es un lugar sórdido, pero a mí me lo parece, no me dejaron pasar. ¿La edad? ¿El género? Todos eran adolescentes melosos. El ambiente era cálido, por lo que pude ver. En River Sounds, todos eran guiris que me doblaban la edad. Habían acabado la música en directo y los 5000T por entrar. Vi al yanqui privatizador de bancos, mas él no pareció reconocerme, sin alcohol en el cuerpo ni, yo, barba.

Conseguí levantarme hoy pronto. Había quedado, por fin, con Khulna. A las 12 nos encontramos frente al hotel Gengis Khan. Ella fue mi primer contacto aquí en Mongolia. Habla buen español y mejor portugués. Vivió durante 10 años en Cabo Verde, y sus hijos, que aún no conozco, son una mezcla humana que debe resultar bellísima. Son todos varones. Tengo hace meses el proyecto de escribir una guía de viajes sobre Mongolia junto a ella, pero el vínculo con la ONU me hizo retrasar mi venida, y todo se ha demorado. Yo he hecho contacto en Madrid con una editora de guías y ella va a intentar cerrar tratos cuando viaje a España a finales de mes. También me va a ayudar con otras cosas. Relaja poder hablar con cierta soltura en castellano, aunque se me escapen palabros y coletillas inglesas. El día de hoy, en solitud o con Khulna, me ha resultado plácido. Ha transcurrido en castellano, incluso mi pensamiento. Los días suelen resultarme tremendamente agotadores.

He continuado grabando zonas que me interesan de la ciudad. La cámara se resiste a parar, y acabo excediéndome en los minutos. No dispongo de muchas cintas, y aquí resultan carísimas. Pasa un monje de esos jóvenes musculados, que para mí son Saolín, y tengo que disparar. Una estatua bonita: fílmala. Un coche con el tubo de escape a reacción de CO2 : ídem. He tenido que recargar la cámara. Mis prevenciones respecto a grabar en la calle se han demostrado infundadas. La gente no mira más que en Madrid, y no ha habido sensación de peligro ni en los barrios de gers.

Anteayer llevé la cámara al centro y a clase. Mi prevención, casi miedo, me impidió grabar el primer atropello que presencio en UB. En Madrid sí vi más. Siempre recordaré el de aquel animal que se llevó por delante quince metros a un borracho, en la misma puerta de la Filmoteca. Frenó luego, se bajó del auto, abrió la portezuela trasera, sacó una barra de hierro y golpeó sin piedad al viejo, que había tocado su coche. Después, arrancó como si nada. Un transeúnte argentino atrapó al borracho contra el suelo con una llave simple y así lo mantuvo unos quince minutos, "por su propio bien", decía, hasta que vino la policía. Con gran educación, sin mediar insultos, ni ninguna otra palabra, estamparon al hombre contra la puerta metálica de un comercio -en esa zona, supongo que una pescadería--, le golpearon a placer, y lo metieron a empellones en el coche celular. Hasta un aborrecedor de los borrachos como yo, se indignó.

Lo de UB no fue para tanto, pero el caballero atropellado recibió los insultos del conductor que se saltó el semáforo en un cruce, y quedó malherido. Nadie reaccionó, en la calle.

En el coche viajaba toda una familia, y no era precisamente un Lexus, así que no sería un pez gordo. No obstante, ninguna solidaridad con la casi víctima. Hoy vi a unos borrachos pegarse, y el día del Mercado Negro vi a tres mujeres golpear salvajemente, entre la multitud expectante e inmóvil, a otra, malnutrida, fea de pobre, y seguramente una choriza. Fue en la peritita puerta de entrada. Le rompieron la nariz, pero no soltaba el bolso. Me sirvió para tener más precaución en los embotellamientos del mercado. En algunas zonas, la aglomeraciones es tal que hay peleas, y puedes contornear las vísceras del que tienes delante, si no está muy gordo.

He presenciado algunas escaramuzas entre borrachos. Nada con policías de por medio. Puede que aquí no sigan la tradición europea. Los pocos polis que me he topado me obviaron o fueron amables conmigo.

Esta tarde, un asiático me abordó por la calle, en el centro. En esta ocasión no quería colocarme sus acuarelas, venderme un bolígrafo, monedas o postales, como el Dersu Uzala qu habla inglés y te acosa con violencia para que se las pagues a precio de oro porque sus hijos y esposa perecieron, supuestamente, en el incendio de su ger. Tampoco me pedía dinero, ni me pidió mi número de teléfono, como otros, para practicar inglés. Este me entró con categoría y educación. Hablaba buen inglés. Se sorprendió de que diera clases de español, como cualquier colono haría. Era japonés. Lleva 5 meses aquí, y quiere permanecer hasta que se lo permita el Estado mongol. Es Testigo de Jehová. Me he encontrado decenas, por todo el mundo. Me vuelve a traer la idea de fundar mi proia secta, utilizando mi innegable carisma y la necedad y estulticia de los demás, por supuesto. Es el primer TdJ que no me trata de conquistar o vender una Biblia. Esta capacidad de sacrificio por una idea existe todavía en el hombre. ¿Por qué no se usa para algo digno?¿No es posible?¿Sólo la religión y demás perversiones, nacionalismos, sectarismos, activan esa cualidad?

Un calvito sucio de unos 4 años, precioso, parado frente al restaurante donde voy a cenar, me pide dinero. Le digo que no, y rápidamente atrapa con toda su alma la bolsa de melocotones que llevo colgando. Logro soltarlo y se ase a la de tomates. "Para mí", me dice."No, espera, te daré dinero".

Le solté 200T. Esperaba menos, y salió corriendo, alegre. Son unas 25 pesetas.

Claro, no me había acabado de sentar a la mesa cuando otro desarrapado, este mayor y mugroso, entró a pedirme dinero. Se lo niego, y la fruta también, y sale, pero se queda junto a mi ventana. Le hago seña de que entre, y pido un par de buushes para él. Son bocaditos de carne, ricos, baratos, con todo lo infausto en el nombre. Los rechaza. Dice que no quiere comer, sino dinero. Antes, al entrar, hurgaba en el cubo de basura. ¿Buscaba billetes, perlas, zafiros? A partir de ahora, me limitaré a comprar helados a los niños simpáticos.

Los visten con chalecos de camello y gorritos tradicionales, y a las niñas les aprietan el pelo y les plantan una o dos coletas de esas que se llaman quiquis, y se les dilatan los coloretes. Ayer una iba metida en una especie de bolso-oso dálmata —en el sentido conocido, por identificación con los perros dálmata, en nada similares a los auténticos osos dálmatas— que dejaba sólo su cabeza al descubierto. Será por el momento el número uno de mi colección de niños bonitos mongoles.


Paso de a continuación

Los varones ulanbatorenses gustan sobremodo del juego de billar. No sólo abundan los locales con billar, o los más o menos grandes billares con muchas mesas. Con el buen tiempo - hoy, lluvia y unos 5 grados, pero muchos se empecinan en la manga corta - pululan las mesas en plena calle. Juegan sin parar y parecen cruzar apuestas. Nunca pensé que haber sabido jugar bienal billar pudiera haberme sido tan buen modo de integrarme en una sociedad que aún me es casi plenamente ajena, veinte días después. Tal vez no fuera suficiente.

Comienza casi el invierno, y llega la última oleada de turisteo. Suelen ser centroeuropeos, mayores, y adinerados. Una noche en sus alojamientos habituales cuesta unos 60 euros. Nada, para su bolsillo. Mañana conoceré el Chinggis Khan por dentro, para las conferencias sobre democracia y esos rollos, y creo que el Hotel Ulaanbaatar el miércoles, para las de nuevas democracias, las que cubriré para la tele. Promete ser aburrido, pero un cambio, saludable, pues. Dejar un tiempo las clases, en las que se me ha colado un chaval, hijo de alguien, claro, con su bigotillo de iniciación - cuyo nombre siempre olvido, no sé si es belfo, como el labio, o cómo; también olvido de común el nombre castellano para las pelotillas que se forman entre los dedos de los pies --, que no tiene ni idea del inglés, se pasa las clases absorto, dios sabe en qué, y me mira con cara de yak. En el Gobi, buena parte del transporte de mercancías se efectúa con yaks y camellos.

Khulna va para allá mañana, con un grupo de griegos. Lo que me he perdido por venir con obligaciones y el verano acabado. En cuanto a las obligaciones, sin embargo, se verá, porque la confirmación de que están cobrando dinero pro las clases a mis alumnas, el incumplimiento de casi todos los compromisos que establecieron conmigo por la otra parte y el empeño de la señora jefa Doya, Dulemsuren, para fóbicos de las rimas fáciles, en que trabaje más y más horas para su canal de televisión, me están haciendo dudar sobre mi futuro vínculo con la ONU. En cuanto comience mis investigaciones, crecerá la duda. Espero que me den de una vez el aparato de vídeo. Quiero ver alguna película de vez en cuando.




Texto, Copyright © 2005 Nacho Toro.
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Última actualización: julio 2005

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