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Películas y directores olvidados de Hispanoamérica (I): El hombre que logró ser invisible (Alfredo B. Crevenna, México, 1958)

por Rafael Nieto


Iniciamos en este número de Babab un modesto intento de sacar del olvido algunas películas realizadas en Hispanoamérica y España. Ante el empuje de la industria estadounidense del entretenimiento, cada día resulta más difícil el acceso a películas de nuestro patrimonio cultural, o simplemente a saber que existen, mientras que tenemos al alcance de nuestra mano cualquier nadería sin interés gestada en Hollywood o sus aledaños. Con esta serie de artículos pondremos un grano de arena para suscitar, al menos, la curiosidad por estas recónditas películas.

Aunque el criterio seguido para seleccionar estas películas no es mas que el gusto personal del que esto escribe, intentaré recorrer en cada entrega una cinematografía diferente, convencido de que en todas ellas hay obras que merecen ser recordadas, no circunscribiendo la búsqueda a ninguna época, género o temática concreta. Por tanto, no consistirá en un repaso a las películas consideradas obras maestras, que con mayor o menor dificultad se han salvado del olvido a través de estudios historiográficos o culturales, sino hacer un recorrido casi azaroso entre películas nunca perfectas, pero siempre merecedoras de recuerdo.



El hombre que logró ser invisible (Alfredo B. Crevenna, México, 1958)

La novela de H.G. Wells, El hombre invisible (1897), ha tenido múltiples versiones cinematográficas, aunque sería más preciso decir que se ha utilizado su personaje, o simplemente su premisa científica, en múltiples argumentos cinematográficos. De ese modo, hemos tenidos hombres, mujeres y animales invisibles desde los inicios del cine hasta la actualidad. Desde George Méliès (Siva l'invisible) hasta Paul Verhoeven (Hollow Man).

De todos modos, la popularidad cinematográfica del personaje si vino a través de una directa adaptación de la novela, la realizada por la productora norteamericana Universal en 1933 con el mismo título The Invisible Man, dirigida por James Whale y protagonizada por Claude Rains. No merece la pena detenerse ahora en este clásico, ya que es bien conocida su trama y sus logros visuales.

Sí nos detendremos, sin embargo, en la película de 1940 con la que Universal recupera el argumento original para desarrollarlo en El hombre invisible vuelve, primera de una serie de secuelas que la productora realizó para explotar el rentable personaje, como ya venía haciendo con demás criaturas: hombres lobo, vampiros, etc.

La película, dirigida por el veterano cineasta austriaco, exiliado de la Alemania nazi, Joe May, nos relata cómo el hermano del fallecido hombre invisible continúa sus investigaciones, utilizando el invento para salvar de la horca a un amigo injustamente acusado de asesinato. Muy lejos de la fascinación del film original, la película se centra en la peripecia del nuevo hombre invisible por demostrar su inocencia, desarrollando la acción de forma rutinaria y a veces ridícula. Sin embargo, nos hemos detenido en esta película porque es la que sirve de inspiración a la versión mexicana de 1958, que la superará en varios aspectos, como ahora veremos.


En 1958, tras una larga época de esplendor, repleta de comedias rancheras y melodramas de gran éxito, la industria mexicana del cine se encuentra en una grave crisis de la que no sabe salir, estancada en los argumentos de siempre y sin apenas nuevos talentos que revitalicen el panorama. Sin embargo, pronto surgirían, no sin dificultades presupuestarias, otros géneros populares. Entre ellos la ciencia-ficción.

Entre el ingente número de títulos que el cine mexicano había dado desde el inicio del cine sonoro hasta finales de los 50, la ciencia-ficción había estado representada por muy escasos ejemplos. Sólo en esta década comenzará a gestarse el aluvión de películas que vendrán en los años 60, siempre con un marcado carácter de serie B. Entre los cineastas más prolíficos de esta tendencia se encontrará Alfredo B. Crevenna.

Nacido en Frankfurt-At-Main (Alemania) en 1914, en una familia aristocrática, Crevenna también huyó del régimen nazi estableciéndose en México en 1938, tras un breve paso por la Warner Bros. norteamericana. Aunque anteriormente había realizado Prinzessin Turandot (1936) para la UFA, al tener que sustituir al director original, Gerhard Lamprecht, por un accidente, su verdadero debut no se produciría hasta 1944 en México, con la película Adán, Eva y el diablo. Da inicio así a una carrera de 150 largometrajes que llega hasta 1995, siendo casi inevitable, por tanto, que se adentrara por todos los géneros existentes.

El hombre que logró ser invisible (1958) es una aproximación todavía muy contenida, en el sentido de no apartarse de una narración y ambientación clásica, antes de que se adentrara en el cine fantástico más desatado y barato. Basta leer algunos de los títulos posteriores para hacernos una idea: Neutrón contra los asesinos del kárate, Neutrón contra el criminal sádico, El planeta de las mujeres invasoras, Santo contra la invasión de los marcianos,...


Entrando ya en la película, el argumento firmado por Alfredo Salazar y adaptado por Julio Alejandro es descaradamente similar, sin que se declare en los títulos de crédito, a la película de Joe May. Sin embargo, las intenciones y el tono adoptado distan mucho entre sí.

La película se inicia con un beso entre Carlos Gil (Arturo de Córdova) y su novia Beatriz Cifuentes (Ana Luisa Peluffo), mientras visitan el solar de su futura casa. Sobre el suelo se pueden ver trazadas las líneas que delimitan las habitaciones. Carlos y Beatriz juegan en esa casa, imaginando cómo serán los muebles (que aparecen y desaparecen en imagen según los van nombrando la pareja) y respetando las paredes invisibles, en un guiño al espectador muy sugerente.

Pero en seguida se va a producir el hecho que cambie este idílico presente. Tras visitar a su hermano Luis (Augusto Benedico), que está experimentando con superficies invisibles, Carlos acude a la fábrica donde ha quedado con su amigo Enrique. Al llegar descubre que le han matado y, fatalmente, el celador y José Suárez (Néstor de Barbosa), el administrador de la empresa, le descubren con la pistola en la mano que tontamente ha recogido.

Ante hechos tan evidentes Carlos es condenado a 30 años de cárcel, provocando su desesperación y permitiendo a Arturo de Córdova realizar un tour de force gestual, habitual en su carrera. Hábilmente Crevenna establece un paralelismo entre el encierro de Carlos y el que sufren los monos en el laboratorio de Luis, que ahora se esfuerza más que nunca por lograr la invisibilidad en seres vivos. Tras lograr solamente que el esqueleto del mono quede al descubierto, más tarde hallará la solución de forma un tanto absurda, al ver cómo una cucaracha (evidentemente falsa) se vuelve invisible al pasar por encima de una gotas de la sustancia caídas al suelo. Esta ingenuidad para relatar los descubrimientos científicos no dista en nada de tantas otras películas del género.


Ya sólo queda visitar a Carlos en la cárcel e inyectarle la sustancia. A pesar de contar con unos efectos visuales modestos, que incluso palidecen ante la versión de 1940, Crevenna logra disimularlos con composiciones de plano muy hábiles. La primera vez que Carlos se quita la ropa, ya invisible, se nos ofrece a través de un biombo translúcido con la impecable justificación de ver al mismo tiempo, en primer término, al guardia distraído leyendo.

Las primeras experiencias del hombre invisible están pensadas para ser fácilmente realizables, pero que a la vez sean divertidas y originales. Por ejemplo, cuando un carterista, en el momento de sustraer el monedero de un bolso, no puede terminar su labor al ser retenido por la mano invisible de Carlos. Inmediatamente el ladrón se lanza de rodillas en medio del autobús para rezar a la Virgen de Guadalupe, pensando que ella ha ejercido su benéfica influencia.

Este tono amable y ligero se va a mantener mientras el personaje no empiece a perder la razón, efecto secundario que en las anteriores versiones también se produce. Al igual que las dificultades del científico para lograr un antídoto que le devuelva a la normalidad. Mientras pasa el tiempo Carlos comienza a plantearse que tiene un gran poder en sus manos. Pero por ahora sus esfuerzos se encaminan a demostrar su inocencia, con la ayuda de Beatriz. Esta llega incluso a decir que por lo menos le puede oír y tocar, que eso le basta, dándole a continuación un beso, resultando una escena de extraño erotismo, en la que la actriz debió de besar un cristal para simular el contacto físico con Carlos. Es otro ejemplo que cómo todas las situaciones son aprovechadas en esta película para lograr inesperadas bromas visuales.

Es de destacar, dejando a parte los detalles de la trama criminal en la que la única sorpresa es que el complot está encabezado por el padre de Beatriz (elemento melodramático inevitable en el cine mexicano), y en la que todo se resuelve obligando a los malhechores con una pistola (suspendida en el aire por Carlos) a firmar confesiones de culpabilidad; es de destacar, decimos, la apreciable ridiculización de la autoridad, representada por el Comandante Flores (Raúl Meraz), encargado de la búsqueda de Carlos. Las absurdas conversaciones y deducciones del Comandante y su ayudante son dignas de recordar, llegando al punto culminante cuando se preguntan para qué necesita maquillarse un hombre, ya que han encontrado restos de maquillaje la última vez que se les ha escapado. Este maquillaje ha sustituido acertadamente al más usado en otras películas, pero más incómodo, sistema de vendarse la cabeza para poder obtener una momentánea visibilidad, y que a la vez da un aspecto, si cabe, más irreal al personaje, bigote incluido.

Cuando el cerco policial se estrecha sobre la casa de los protagonistas, la película toma prestada sin rubor una secuencia entera de El hombre invisible vuelve, aquella en la que los policías van peinando la casa, cogidos de la mano, esperando topar con el invisible ser. Pero lo que en la versión de Joe May era una aburrida lógica, en esta Crevenna quiere divertir al espectador. No duda en poner en manos del Comandante Flores un látigo para golpear el aire con la esperanza de dar a Carlos. Pero igual que en la anterior película, cuando la policía recurre a métodos más expeditivos como el gas, Carlos consigue escapar metido en el traje de uno de los policías, oculto por la máscara anti-gas.

Más tarde, y después de hacerse pasar por un fantasma ante los malhechores (cosa también extraída de la película original) para obligarles a confesar, va a comenzar lo verdaderamente original de esta película, mostrando su lado más extraño y a la vez más moralizante. Previamente, Carlos había desarrollado una reflexión inquietante: su invisibilidad no sólo le oculta a él sino que hace más transparente el interior de los demás. Para él ya nada es secreto, y ver sin impedimento la mezquindad humana le angustia, preferiría no saber nada.

Pero ahora, una vez resuelto sus problemas con la justicia, ese inquietante pensamiento le ha llevado a unas conclusiones que le van a provocar un delirio de grandeza inesperado. Ya no quiere el antídoto. Ahora piensa que es un enviado de Dios para purificar a la humanidad. Y para lograrlo sólo hay un modo, matar a todo ser humano. Es decir, muerto el perro, se acabó la rabia.

Ni Beatriz ni su hermano pueden hacerle cambiar de opinión. Los medios de comunicación le transmiten mensajes, reconociendo su inocencia y brindándole ayuda para recuperar su salud. Pero Carlos tiene otros planes, y también utiliza los medios de comunicación para transmitirlos. Para demostrar su poder anuncia que provocará un gran apagón en la ciudad. Y así lo hace, provocando el pánico. Posteriormente anuncia la próxima muerte de todos envenenados y les exige que hagan penitencia. La policía reacciona pidiendo a la población que cierre todo para que Carlos no pueda alimentarse ni refugiarse.

Antes de cumplir con su amenaza Carlos visita a Beatriz, la única persona a la que perdonaría la vida. Ella también intenta evitar el desastre, incluso golpeándole, pero no lo consigue.

La policía protege el embalse de la ciudad, conscientes de que Carlos es invisible, pero no el frasco donde llevará el veneno. Y eso va a ser lo decisivo para descubrirle. En el tiroteo muere su hermano Luis, pero él, herido, se recupera de sus heridas y vuelve a ser visible junto a su amada Beatriz. Es un final feliz un tanto forzado.

El espectador se queda con una extraña sensación. Se ha divertido en gran parte de la película para luego asistir a un discurso moral bastante extraño, porque no sólo se denuncia los peligros de la ciencia, lo que sucedía en la novela original, sino que es una llama de atención hacía comportamientos hipócritas, en una visión del mundo bastante pesimista, aunque sospechamos que forma parte de un negro y sutil sentido del humor, que hace más interesante la figura de Alfredo B. Crevenna. Generalmente considerado rutinario y técnicamente limitado, esta película podría hacernos cambiar de opinión.




Texto, Copyright © 2005 Rafael Nieto.
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Última actualización: julio 2005

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