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Amenábar: el sabor de la globalización

por Javier Quevedo Puchal


Con el Oscar a la mejor película extranjera aún calentito, podemos afirmar, sin la menor sombra de duda y sin asomo de sonrojo, que nunca ha habido en la historia de nuestro cine un realizador de las características de Alejandro Amenábar. Tal vez Almodóvar se pueda atribuir el mérito de haber abierto determinadas puertas pero, y permítaseme el chiste fácil, no ha sabido cerrar las anteriores: la recaudación en taquilla y la cosecha de premios de Mar adentro este año constatan cómo La mala educación y Almodóvar (berrinches del manchego incluidos) han quedado prácticamente pulverizados bajo el peso de ese pequeño gran enfant terrible que es Alejandro. Además, la única etiqueta de la que ha tenido que huir nuestro último Oscar es la de "hacedor de thrillers". Y con Mar adentro lo ha conseguido por partida doble (no sólo le ha salido un drama razonablemente contenido, sino que lo ha sabido revestir de un sentido del humor prácticamente ausente en su filmografía desde los tiempos de Tesis).

Articulado como un breve repaso a su filmografía, el presente artículo pretende indagar en las razones por las que, con apenas cuatro largometrajes, Alejandro Amenábar ha logrado posicionarse no sólo como el buque insignia del cine español más allá de nuestras fronteras, sino también dentro de ellas. ¿Qué tiene Amenábar que gusta —y recauda— tanto? Sin duda, que no es para nada un autor mediocre; pero sobre todo, y aún por encima de lo anterior, que es calculadamente ortodoxo. Creador de un universo personal, pero sin pasarse (nada que ver con Julio Médem), artesano de propuestas visuales interesantes, pero sin llegar a atrevidas (de nuevo, nada que ver con, pongamos, Luis Buñuel), poseedor de un sentido del humor bastante negro (pero bastante menos radical y local que el de un Álex de la Iglesia), Amenábar parece perfilarse como la evolución natural de todos estos autores en tiempos de la globalización y el marketing. Nada de rarezas temáticas à la David Lynch ni visuales à la Baz Luhrmann, pero la sombra de Hollywood planea sobre la obra de Amenábar tanto o más que sobre la de ellos. Ahora que España ha entrado definitivamente en la era del multicine y la palomita, ahora que se le podría ya ir tomando el pulso a nuestro cine, Alejandro ha hecho sin duda la jugada más astuta y, de este modo, se perfila como el creador de nuestro producto cinematográfico definitivo: el que gusta tanto dentro como fuera de los festivales, el que cae bien en los Goya pero además tiene tirón mediático, el que cosecha buenas críticas pero además gusta al público en general. Y, por supuesto, el que se entiende perfectamente dentro de nuestras fronteras, PERO SOBRE TODO fuera de ellas.




TESIS: "Cuando Sally no llegó a consumar el polvo del siglo con Harry"

¿Había algo en los antecedentes de los Goya que pudiera augurar una entrada tan por la puerta grande como la que protagonizó Amenábar en 1996? Es decir: una ópera prima de presupuesto más bien modesto, firmada por un joven realizador novel que había tenido la osadía de ceñirse a las convenciones de un género puramente americano para retratar un tema no tan conocido por el gran público del momento (las snuff movies) y que, ya rizando el rizo, se había rodeado de un reparto absolutamente desconocido por aquel entonces (el único rostro quizás más "popular" era el de Ana Torrent). Un éxito insólito, sin duda alguna, al menos por lo que a los Goya se refiere, que siempre han parecido más cómodos moviéndose en un cine o bien más pretendidamente personal o bien más rancio y/o castizo. Sin embargo, mientras el aluvión de Goyas sigue siendo un misterio por resolver, no podemos decir otro tanto del éxito en taquilla. Y es que, al contrario de la apabullante mayoría de películas españolas, e incluso europeas, la de Amenábar supo tener la astucia de absorver uno de los motores que impulsan los blockbusters de Hollywood, esto es, la idea, el concepto. Podemos afirmar que, si algo tiene Tesis de entrada, es una idea lo suficientemente impactante y morbosa como para atraer al público a las salas. De hecho, la publicidad de la película en ese sentido es inequívoca y, por lo tanto, sabe vender de forma bastante eficaz el concepto de la cinta, todo ello con sólo un primer plano de Ana Torrent tomado con cámara digital y dos frases tan sencillas como "Me llamo Ángela. Me van a matar."

En una entrevista para la prensa con motivo del estreno de Abre los ojos, Mateo Gil, colaborador habitual del director, afirmó que la segunda obra de su amigo venía a ser una historia de amor "envuelta en un caramelo de suspense". Efectivamente, los términos "caramelo" y "suspense" son esenciales para entender el fenómeno Amenábar con la debida profundidad. O dicho de otro modo, ¿qué hay que hacer cuando se corre el riesgo de que un niño no quiera comerse la papilla? Jugar a las avionetas con la cuchara, naturalmente. La alegoría es, bajo mi punto de vista, extensible a la relación del gran público español con el cine hecho dentro de nuestras fronteras. ¿Qué podemos dar a ese gran público nuestro, en general reticente a ver cine español y, desde luego, mucho más cómodo con lo que nos viene de Hollywood? Pues, parafraseando a un personaje de la propia Tesis, darles "lo que quieren ver": algo que parezca una película de Hollywood. Para ello, Amenábar no se conforma con ceñirse a los convencionalismos de un género como el thriller sino, de hecho, a los de un sub-género no menos yanki que podríamos denominar "thriller esquizofrénico" o "thriller de patata caliente", y que tiene quizás en Instinto Básico a su exponente más popular de los 90. Si observamos el armazón sobre el que se construye la ópera prima de Amenábar, veremos que los convencionalismos de este sub-género se han seguido a pies juntillas: un asesinato, un sospechoso principal que dispara la líbido del público y, a medida que avanzan las investigaciones, uno o dos personajes próximos al protagonista en principio libres de sospecha, pero que gradualmente empiezan a suscitarlas y a "pasarse la pelota" unos a otros, para desconcierto del respetable. Así, en Tesis es Eduardo Noriega quien toma el testigo de Sharon Stone en cuanto a villano super sexy, manipulador y bastante descarado a la hora de jugar tanto con las fundadas sospechas de la protagonista como con el batido de hormonas que lleva ésta dentro. Y por otro lado, Fele Martínez asume el rol de Jeanne Tripplehorn (es decir, el del amor tal vez más "puro", la opción menos arriesgada pero, llegados a un punto, tampoco libre de sospechas), aunque esta vez tamizado por esa tensión sexual nunca resuelta entre él y la protagonista, algo muy típico igualmente de tantas series americanas.

Sin embargo, ¿qué es lo que sigue separando a Tesis de otros sucesivos blockbusters patrios à la americana como El arte de morir, Tuno negro o Nadie conoce a nadie? En primer lugar, la película de Amenábar sabe trascender a su naturaleza y, de este modo, acaba resultando mucho más que meramente un producto comercial, algo que no podemos decir de las otras tres. Por otro lado, Tesis sabe absorver su marcada influencia americana con una naturalidad bastante desnuda de estridencias, lo cual le garantiza una verosimilitud de la que carecen completamente sus sucesoras, definitivamente esperpénticas. Por último, la película de Amenábar escapa con notable desparpajo de todo encorsetamiento sociocultural, beneficiándose de un tema de mayor o menor actualidad en casi cualquier parte del mundo occidental (el Asesinato en 8mm de Joel Schumacher un tiempo después da fe de ello) y, de este modo, revelándose como un preparado idóneo para exportar, asimilar y "remakear". Aún con todo, paradójicamente, será otra la obra de Amenábar que cumpla estos objetivos.




ABRE LOS OJOS: "La paranoia cyberpunk"

Desde La escalera de Jacob hasta Carretera perdida, el cine americano ha sido siempre una excelente cantera de narraciones alucinadas, en las que se combina lo real con las fantasías más o menos esquizoides de sus protagonistas. De nuevo, no se puede decir otro tanto del cine patrio; se me ocurren ejemplos reticentes como El sueño del mono loco de Fernando Trueba, que no en vano estuvo protagonizada por Jeff Goldblum, o la más reciente El maquinista que, al fin y al cabo, lo más español que tiene es el capital inversor, el equipo técnico y una Aitana Sánchez Gijón convenientemente americanizada en sus manierismos interpretativos. Dentro de este contexto, pues, la segunda película de Amenábar se convierte otra vez en una "rara avis" de nuestra cinematografía: una película técnicamente española pero que, sin embargo, se apropia de determinados resortes genéricos totalmente ajenos a nuestro cine (de hecho, esta vez más ajenos si cabe) para acabar saliendo completamente airosa de la empresa. Y es que, ¿cuál es la extrecha relación que guarda el cine español con la fábula cyberpunk exenta de autoparodia? Se admiten conjeturas.

No fueron pocos los críticos que se sorprendieron del arriesgado cambio de fórmula que Amenábar había asumido con su segunda obra. Sin embargo, en lo esencial la fórmula seguía siendo la misma: un cine con un envoltorio básicamente joven, atractivo, pero con temas adultos y un armazón de sub-género americano que asegurara la solidez de un producto que se tomaba muy en serio a sí mismo. De nuevo, la ortodoxia del cineasta se ponía a prueba: es posible que Abre los ojos fuera desconcertante y sórdida como una producción de David Cronemberg pero, al contrario de lo habitual en las paranoias del canadiense (véanse Videodrome o eXistenZ), Amenábar no podía arriesgarse a dejar a su público rascándose la cabeza y con cara de pocos amigos. De hecho, si hay una habilidad realmente destacable en Alejandro es que sabe apostar sobre seguro y, por tanto, si se permitió jugar al cine razonablemente raro y convenientemente desasosegante, con tantos giros argumentales como la más pura tradición del thriller americano marcara, fue con una condición muy clara: acabar ofreciendo una historia sin fisuras aparentes, con todos los flash-back que hiciera falta y todas las explicaciones necesarias para que ningún espectador saliera del cine pensando "¿Y yo me he gastado cinco Euros para salir de la sala sin haber entendido nada?" Claro que, aún mejor que ofrecer el final perfectamente coherente que todo multicine exige es ofrecer el típico final sorprendente en plan La noche de los cristales rotos que, sencillamente, "mola" más. Cine de autor, por tanto, pero no tan de autor como para olvidarse de la taquilla.

Dentro del fenómeno Amenábar, no obstante, Abre los ojos resulta particularmente destacable en tanto en cuanto es la película que mereció un "remake" americano. Y no deja de ser paradójico ya que, por muchas razones, Tesis parecía a simple vista más accesible para tales menesteres (tan accesible que, a juicio de quien esto escribe, podrían haber mantenido el guión intacto, cambiando detalles insignificantes como los nombres de los personajes y muy poco más). Sin embargo, fue la segunda cinta de Amenábar la que atrajo la atención y el dinero de Tom Cruise en el Festival de Sundance. De este modo es como nacería Vanilla Sky, una película aún más americana si cabe que la propia Abre los ojos y que, insospechadamente, significa uno de los remakes más notables hechos por Hollywood en los últimos años. Es de esta manera como, manteniendo básicamente la misma estructura argumental que Abre los ojos, incluso manteniendo a la misma Penélope Cruz en el reparto y siguiendo casi al dedillo la misma sucesión de hechos, Vanilla Sky resulta ser radicalmente distinta. Allá donde la primera era una historia de amor "envuelta en un carámelo de suspense", la segunda tan sólo es una historia de amor que no necesita que la envuelvan en nada. Allá donde la primera era un relato bastante sombrío y tenso, la segunda se hace un lifting de sordidez y acaba resultando bastante luminosa y optimista. Allá donde la primera era en líneas generales una reflexión sobre la muerte, la segunda opta por hablar más bien de la vida. Por tanto, en lo que deberíamos entender como un juego de irónica retroalimentación sólo posible en la Era de la Globalización, el cine de Hollywood retoma una película que ya en sus orígenes pretendía imitar el cine de Hollywood y hace de ella una auténtica película de Hollywood. Y no satisfechos con eso, le enmiendan la ortografía al original (el personaje de Najwa Nimri, sin ir más lejos, adquiere una dimensión bastante más rica y compleja en el remake de Cameron Crowe). A este respecto, y aprovechando el juego de identidades que proponen ambas cintas, me gustaría acabar este apartado ironizando con una desafortunada frase que en torno a las dos películas me tocó oir en su día: "Para ser española, la verdad es que Abre los ojos no está nada mal. La pena es que se nota mucho que es una copia de Vanilla Sky."




LOS OTROS: "El sexto sentido de Amenábar"

Llámesele olfato, llámesele sexto sentido, llámesele algo más malintencionado, lo cierto es que Amenábar tiene una habilidad especial para adelantarse a los acontecimientos. Ocurrió con Tesis, que se anticipó al concepto que retomaría muy poco tiempo después en versión más heavy y amoral Asesinato en 8 mm. Volvió a ocurrir en Abre los ojos, con el famoso plano de Eduardo Noriega caminando por esa Gran Vía madrileña completamente desierta, plano que muy poco tiempo después vimos repetir a Keanu Reeves con una exactitud apabullante en Pactar con el diablo. En el caso de Los otros, sin embargo, M.Night Shyamalan pareció adelantársele al haber estrenado primero El sexto sentido, otra historia intimista de fantasmas y niños especialmente perceptivos. A pesar del handicap que podría haberle supuesto a nuestro cineasta llegar a remolque de la película de Shyamalan, con la que guardaba algún que otro parecido razonable, Amenábar se reservaba un decisivo as en la manga. En este caso, un as rubio con la frialdad de una heroína hitchcockiana: me refiero, por supuesto, a esa Nicole Kidman que aún estaba (muy oportunamente) a un solo paso de saborear las mieles del reconocimiento unánime gracias al Moulin Rouge de Baz Luhrmann, sin duda la película que la consagró definitivamente como la superestrella y actriz reconocidísima que es hoy. Tal vez Fernando Trueba rodó su Two much con dos estrellas de la talla de Melanie Griffith y Daryl Hannah, tal vez Pedro Almodóvar tuvo la suerte de contar con un actor de Hollywood como Peter Coyote para su Kika. Pero, una vez más, el fenómeno Amenábar escapa a todo precedente: para su tercera película no se conforma con fichar a una estrella de Hollywood, sino nada menos que a la que se va a poner a una velocidad de vértigo en la cresta de la ola, convirtiéndose en la mayor estrella femenina del panorama cinematográfico actual. En realidad, Amenábar siempre ha reconocido que era a Emily Watson a quien quería como protagonista para el film, y parece ser que ni siquiera consideró a la actriz australiana hasta que las suicidas inquietudes artísticas de ésta le llevaron a interesarse por el papel. De manera que, ¿sexto sentido por parte de Amenábar? No esta vez, desde luego. Pero en cualquier caso, lo relevante es que la jugada le volvió a salir redonda.

Sería divertido que, de una vez por todas, algún estudioso "queer" amante de relacionar obra y vida del autor se animara a entender Los otros como una metáfora bastante rocambolesca y blindada para disertar sobre la tensa relación entre homosexualidad y catolicismo (al fin y al cabo, la película habla de autonegación, correr cortinas y vivir en las sombras con tal de no asumir la realidad, y además acaba ofreciendo una visión básicamente oscura de los dogmas católicos). Claro que, conjeturas a parte, lo que técnicamente propone Los otros es una historia de fantasmas a la inglesa y, por tanto, es caligráfica y ortodoxa, intimista y emocional, muy a la zaga de Otra vuelta de tuerca o la admiradísima por el propio Alejandro Al final de la escalera. ¿Poco que ver con Hollywood? Para nada: al fin y al cabo, después de taquillazos como El proyecto de la bruja de Blair las productoras americanas se volvían a interesar por el terror pequeño, intimista, sin grandes efectos. Inevitablemente, pues, Los otros acaba revelándose como la obra más Hollywood de Amenábar hasta el momento. Es más, de no haber sido porque a Tom Cruise le interesó Abre los ojos tanto como para invertir un importante capital en el nuevo proyecto, es muy probable que Los otros que conociéramos hoy sería muy distinta a la cinta que efectivamente volvió a hacer historia en nuestro cine. No en vano, Amenábar tuvo la astucia de realizar una serie de ajustes al guión en vistas a conseguir una financiación lo más suculenta posible y, durante el proceso, un proyecto que originariamente se iba a titular La casa y estaría protagonizado por una tal Graciela, acabó titulándose The Others, ambientado en Inglaterra y protagonizado por la famosa Grace. De nuevo, la "universalidad" del fenómeno Amenábar queda de manifiesto con la relativa facilidad con que la historia se pudo trasladar de un tiempo y cultura específicos a otros.

Según una reflexión de Almodóvar, en cambio, la fórmula de Los otros es bastante insólita y quizás irrepetible, en tanto en cuanto resulta una película que es "española para los españoles y americana para los americanos". Independientemente de las intenciones del manchego al afirmar esto, desde luego, no deja de ser significativo que la publicidad de la película en España subrayara que se trataba de una producción de "Sogepaq", mientras que en Estados Unidos se optó por hacer hincapié en que se trataba de una producción de "Dimension Films". ¿El resultado? Excelentes críticas y recaudación en casi todas partes, una generosa distribución por todo el mundo, nominación de Nicole Kidman a los Globos de Oro en la categoría de mejor actriz dramática. Y, quizás contra muchos pronósticos, una fecunda recolecta de premios Goya en las principales categorías: al fin y al cabo, no lo olvidemos, no dejaba de ser "una película española para los españoles".




MAR ADENTRO: "El afortunado cambio de rumbo"

Parece ser que la asignatura pendiente en Amenábar es la comedia. Dijo que iba a hacer una después de Tesis y lo que le salió fue Abre los ojos. También antes de Los otros le seguía picando el gusanillo de la comedia aunque, otra vez, la cosa se quedó definitivamente en un picor. Si bien resultaría demasiado atrevido afirmar que con Mar adentro por fin se ha quitado la espinita, lo que sí es innegable es que no veíamos tanto sentido del humor en una obra suya desde tiempos de Tesis. Un humor a ratos bastante negro, de acuerdo, pero indispensable y siempre con un buen gusto que lo acaba volviendo en cierta medida simpático a ojos de casi cualquier público, independientemente de edades y bagaje cultural.

Uno de los rasgos más destacables de esta última obra de Amenábar, y de hecho el que la diferencia marcadamente de las tres anteriores, es que, por primera vez, no se trate bajo ningún concepto de un thriller. Inspirada en la vida de un personaje real, el célebre Ramón Sampedro, la cinta supone no solamente la primera incursión de Amenábar en el drama puro y duro sino, al mismo tiempo, la primera inmersión en un cine quizás más enraizado en la tradición europea que en la americana. Así, lo que nos queda es una historia con mensaje, bastante realista pero no exenta de ribetes poéticos, llena de pequeños detalles e impulsada por una actitud esencialmente contemplativa, pausada, pero bajo ningún concepto lenta o "pesada". Y aquí es donde entra en juego una vez más la astucia y recursividad del director: consciente de que, aún con el tirón de ver la lucha personal de Ramón Sampedro reflejada en la gran pantalla, resultaría arriesgado someter al espectador a dos horas de proyección con un personaje inmóvil en una cama, recurre al humor, la emotividad y la complicidad con el público a través de un puñado de personajes bastante cercanos (entre ellos, sin duda el propio Ramón) para hacer la cosa no sólo más llevadera, sino más entretenida. ¿Habríamos tenido la misma Mar adentro de haber caído el proyecto, pongamos, en manos de José Luis Garci? Rotundamente no (sobre todo, porque Garci jamás ha pensado en el público).

Por otro lado, no debemos llevarnos a engaño concluyendo que esta vez Amenábar ha desatado del todo los lazos que lo unían con el cine "made in Hollywood". El bicopic que nos ofrece de la vida de Ramón Sampedro, de hecho, es una visión inequívocamente falseada de la realidad, lo cual siempre ha sido muy propio de los biopics hollywoodienses. Por ejemplo, el director ha reconocido que el personaje de Julia (Belén Rueda), esa elegante abogada rubia de cine clásico de la que se enamora Ramón en el film, jamás existió y que en realidad es una combinación de varias mujeres que pasaron por la vida de éste. Tampoco la Rosa encarnada por Lola Dueñas, sencillamente encantadora, parece guardar grandes similitudes con esa Ramona Maneiro real que meses después del estreno de la película decidió confesar su culpabilidad a los medios (algo que, a mi parecer, dice más de su sentido de la oportunidad que de cualquier otro de sus sentidos). Pero incluso el propio Ramón Sampedro ficticio es mejor que el Ramón Sampedro real: aún más optimista, aún más seguro de si mismo, aún más bueno, con el sex-appeal de Javier Bardem a flor de piel maquillada. En definitiva, la imagen que Amenabar ha preferido darnos de Ramón no es tan distinta a la de un héroe mítico de biopic hollywoodiense, esto es, un personaje polarizado de modo que resulte absolutamente simpático al público, independientemente de que quizás en la vida real no siempre lo fuera tanto.

Todos estos elementos, por supuesto, le dan a Mar adentro su propia "universalidad", convirtiéndola en la película idónea para llevar de festivales por el mundo: ese cine social que tanto gusta a los jurados, ese tema comprometido y actual que siempre da puntos de seriedad a una película y, por último pero no menos importante, ese Javier Bardem que ya empieza a levantar pasiones incluso en representantes del star-system yanki como el propio Tom Hanks. Con tanto premio a cuestas, por tanto, la carrera de Amenabar hacia los Oscar ya la teníamos sin duda pavimentada y con infraestructuras más que suficientes. ¿Algún punto en contra? Alguno había, claro está, sobre todo en lo que se refiere a algo tan difícilmente asimilable por la mojigatería americana como el hecho de que un tetraplégico recibiera de su propia enfermera ayuda para fumar. Sin embargo, parece ser que no ha sido suficiente para negarle a Amenábar su bandera definitiva en Hollywood. A fin de cuentas, la película gustó al mismísimo Tom Hanks...




Texto, Copyright © 2005 Javier Quevedo Puchal.
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Última actualización: julio 2005

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