Literatura e ideología en La Guerra Del Fin Del Mundo de Mario Vargas-Llosa

por Bernat Castany Prado


El marco histórico de La guerra del fin del mundo es la famosa guerra de Canudos de la que ya Euclides da Cunha había hablado en Los sertones. En esta pequeña guerra civil (si es que el horror de la guerra puede cuantificarse) se enfrentaron, por un lado, el gobierno de la República del Brasil y, por el otro, un conjunto de desheredados que se unieron alrededor de la misteriosa y carismática figura del Conselheiro, una especie de santo popular que, prefigurando la teología de la liberación y el movimiento de "los sin tierra", organizó una revolución consistente en ocupar los terrenos de algunos de los latifundistas de la región de Bahía.

Lo que le confiere cierto carácter simbólico a esta guerra es el enorme desencuentro que se produjo entre ambos bandos puesto que los primeros estaban convencidos de que la revolución estaba organizada por los ingleses mientras que los segundos no dudaron un momento de que la República era el instrumento que había elegido el diablo para imponer su dominio. Se dice que en el fragor de la batalla llegaron a oírse gritos de "¡Muera Inglaterra!" y de "¡Abajo el Anticristo!" cuando, según parece, ni uno ni el otro participaron en ella.

Toda guerra supone un profundo desconocimiento del Otro, determinado por la ceguera que las ideologías producen en aquellos que las aceptan de forma acrítica. Por esta razón considero que La guerra del fin del mundo no es sólo una gran novela que da cuenta de la ambigua complejidad a la que nuestra humana condición nos condena sino también un excelente correctivo contra todo dogmatismo y una siempre necesaria exhortación a la autonomía intelectual y a la observación directa de la realidad.

En la segunda parte de Bouvard et Pécuchet, Flaubert esbozó un diccionario de los automatismos mentales del burgués de finales del siglo XIX. Cien años después Gramsci escribió en sus Diarios de prisión que todo hombre es el resultado de un proceso histórico, cultural y p olítico que ha dejado en él una infinidad de huellas pero no el inventario de las mismas. Podemos definir ideología como esa serie de apoyaturas mentales en las que delegamos nuestra participación activa en la comprensión del mundo.

Algunas de estas recurrencias son inocuas ("los precios siempre suben", "no somos nada" o "madre no hay más que una") y otras no tanto ("lo último es lo mejor", "occidente es mejor que oriente" o "la historia se repite"). Todas ellas, sin embargo, pueden llegar a formar un sistema independiente de la realidad en el que el hombre deje de contrastar lo que afirma con los hechos y pase a hacerlo exclusivamente con sus propias ideas. La verdad no se define, entonces, como la coincidencia entre una proposición y un hecho sino como la consistencia entre una proposición y el resto de las que Flaubert dio en llamar "ideas recibidas". Tanto es así que en las ideologías, como en las matemáticas, sólo hay juicios analíticos. Esta autonomía de la realidad hace imposible el diálogo y lleva, en el mejor de los casos, a la confrontación y, en el peor, al pogromo.

Curiosamente el mismo Descartes puso en evidencia el carácter insular de toda ideología cuando, en la primera oración del Discurso del método, afirma que el común es el sentido mejor repartido entre los hombres porque ninguno de ellos siente que le falte. La ideología como sistema de dogmas o axiomas intangibles hace superfluo el diálogo y la reflexión puesto que, para discutir o pensar una tesis, incluso para demostrarla, hay que tener presente la antítesis, es decir, negar el dogma o el axioma. Cuando esto no es posible el pensamiento se convierte, como en la era escolástica, en una especie de entretenimiento mental, en una superestructura lógica.

Es normal, además, que una ideología conciba a su imagen y semejanza las demás ideologías. De esto resulta que el hombre "ideologizado" no sienta estar frente a una mente balbuceante, en permanente construcción, apenas de acuerdo consigo mismo, sino frente a un ser consistente y decidido en su oposición. De este modo, el adversario eclipsa al hombre y, una vez perdido éste de vista, se hace fácil matar. Según Levinas quizás ésta sea la razón por la que los soldados tienen prohibido mirar el rostro de sus enemigos.

Hace falta, pues, desautomatizar la mente para que la variedad de los hechos atenúe nuestras verdades, para que el diálogo sea posible y para que los enemigos se conviertan en seres humanos tan indecisos y escépticos como deberíamos serlo nosotros. Paradójicamente, la literatura, que es ficción, tiene un gran papel en este proceso de realización de la ideología.

Dice el estructuralista ruso Viktor Schklovski que los hombres tienen una "percepción confirmadora" puesto que cuando éstos salen de casa por la mañana no miran la calle sino que confirman que está ahí y sólo se pararían a mirarla si ésta hubiese desaparecido. Para Schklovski la literatura tiene el poder de desautomatizar la percepción provocando esa lúcida perplejidad que es fuente de placer estético y autoconciencia.

Los argumentos de los escépticos, las Greguerías de Ramón Gómez de la Serna, el Quijote, ciertos cuentos de Cortázar, Borges, Buzzati o Murakami y la novela que nos ocupa son buenos ejemplos de esa píldora dorada que podría curarnos de un exceso de imaginativa. Claro está que, mientras "Instrucciones para subir una escalera" se ocupa de automatismos individuales y necesarios, La guerra del fin del mundo lo haría de automatismos colectivos y prescindibles como son los que forman las ideologías.

En esta novela se enfrentan dos ideologías: la de Canudos y la del Brasil republicano. Como el lector lee desde la modernidad, se perfila en su horizonte de expectativas una lucha entre una sociedad mítico-religiosa y otra positivista. Cuando descubre, en primer lugar, que esta última resulta ser tan poco empírica como la primera, se produce una desautomatización de esa modernidad concebida como el súmum de la objetividad científica; cuando descubre, en segundo lugar, que la sociedad supuestamente civilizada comete crímenes tan terribles como los de la supuestamente primitiva, se desautomatiza la idea de una modernidad humanista y salvadora; y, cuando descubre, finalmente, que la república no es capaz de dialogar con una minoría, se desautomatiza la idea de una modernidad concebida como democracia. De este modo, ambos grupos se equiparan en lo que tienen de alucinados, crueles e insociables.

Aunque la ideología es invisible para el que la posee, al problematizarse la frontera entre civilización y barbarie, el lector se ve obligado a replantearse algunos de los dogmas modernos. De este modo, la ideología se erige en problema y el diálogo con uno mismo y los demás comienza a ser posible. La guerra del fin del mundo puede servir para frenar una inercia ideológica que, a diferencia de la manera en que bajamos escaleras, puede tener consecuencias tan graves como la marginación o el asesinato de seres humanos.

La guerra del fin del mundo nos traslada a la frontera de nuestra propia ideología y nos hace presenciar esa tensión permanente entre los límites que constituyen toda definición. La modernidad se nos aparece como una máquina racionalizadora, homogeneizadora, burocrática, estatalista y universalista (sin dejar de ser eurocéntrica). Para ella la minoría es una arista a limar; las demás culturas, resabios primitivos; la libertad individual, fuente de desorden social; y el pensamiento crítico, una traición a los ideales. Cabe preguntarse por la genealogía de esta ideología de tendencias claramente totalitaristas.

Según Stephen Toulmin la modernidad tuvo dos puntos de partida: uno humanista y otro propiamente moderno. El filósofo de la ciencia, en su libro Cosmópolis. El Trasfondo de la Modernidad, narra el proceso de agotamiento del espíritu humanístico por parte de la filosofía moderna. Parece que los filósofos del siglo XVII promovieron cuatro cambios que desplazaron el tolerante escepticismo humanista de un Erasmo o un Montaigne. En sus manos la retórica deja paso a la lógica formal; la atención a los casos concretos se abandona en aras de una búsqueda desesperada de principios generales; las disciplinas atentas a la pluralidad del mundo como la etnografía o la historia son desprestigiadas y sustituidas por unas ciencias exactas que pretendían llevar a cabo un análisis geométrico de "la realidad"; y el interés por el aspecto temporal de los casos se sustituye por la elucubración de axiomas eternos y universales.

Vemos, pues, que el racionalismo abandonó las características más destacables del humanismo renacentista: la tolerancia a la pluralidad, a la ambigüedad y la falta de certeza resultantes. Justamente este respeto de los humanistas por la complejidad y diversidad del mundo había llevado a muchos de estos "filósofos" a adoptar actitudes de puro escepticismo. El ejemplo paradigmático de dicha actitud es el Montaigne de la Apología de Raimundo Sabunde. Toulmin cree que, sin renunciar a lo mejor de la segunda modernidad, deberíamos intentar recuperar el espíritu de la primera modernidad o humanismo que, gracias a su núcleo escéptico, resulta ser una antiideología.

Precisamente, La guerra del fin del mundo participa de ese mismo espíritu. Algunas de las escenas de esta novela tienen el mismo efecto disolvente que una antinomia kantiana. Éste es el caso de la conversación entre Galileo Gall y Epaminondas Gonçalves en la que vemos cómo ambos, condicionados por sus respectivas ideologías, ven la realidad de dos maneras radicalmente diferentes.

    "-Contra eso luchamos, por eso queremos modernizar esta tierra -dice Epaminondas, soplando la ceniza de su tabaco-. Por eso ha caído el Imperio, para eso es la República.
    "Contra eso luchan los yagunzos, más bien", le corrije mentalmente Galileo Gall."

Más adelante, la concepción misma de la verdad como "adecuación a la cosa" se ve afectada por la conversación entre Galileo Gall y un yagunzo. Cada ideología genera sus propios hechos, su propia realidad. De este modo, el primero ve al segundo como un revolucionario mientras que el segundo ve al primero como un extravagante.

"Le dije que era un revolucionario, que en el mundo había muchos compañeros que aplaudían lo que ellos habían hecho en Canudos, es decir tomar las tierras de un feudal, establecer el amor libre y derrotar a una tropa. No sé si me entendió."

Para Galileo, la rebelión de Canudos es acertada en los hechos pero no en las palabras. Esta distinción no es válida puesto que las palabras, esto es, las ideas, forman parte de toda acción humana que es lo que aquí se entiende por hecho. Sea de buena o mala fe, dicha distinción sólo sirve para encubrir la suplantación de voz efectuada por Gall. En La guerra del fin del mundo, tanto en uno como en otro bando, los ejemplos de "guiñolización" son numerosos.

Frente a Canudos, frente a Galileo Gall y frente al Brasil republicano, Euclides da Cunha se presenta como epítome del hombre que despierta del sueño dogmático de la razón que, una vez más, ha producido monstruos. Este hombre crítico, alerta, creador de sus valores, nos recuerda al superhombre de Nietzsche y al hombre rebelde de Camus. No deberíamos, sin embargo, caer en la tentación de decir que sólo una élite cultural y vital tiene la capacidad de repensar las ideologías mientras que la gran masa, "el rebaño" diría Nietzsche, está condenada a la pasividad, error semejante al cometido por los ilustrados que se reservaban las mieles de la verdad mientras ideaban para el resto una religión popular. También el pueblo debe librarse de las ideologías porque no es sólo víctima sino también protagonista de sus injusticias.

No sería realista pretender que el hombre puede deshacerse plenamente de las ideologías. Como decía José María Valverde, poder ver el "noúmeno" sería "fenomenal", pero imposible. Si todas las ideologías se esconden, proclamar el fin de las ideologías sería preparar el disfraz de la siguiente ideología. Parece que el ser humano no puede hacer más, ni menos, que mantener un pensamiento alerta, autocrítico y dialogante. Para ello es necesaria la ayuda de una literatura escéptica y desautomatizadora como la que practican novelas como La guerra del fin del mundo.




Texto, Copyright © 2005 Bernat Castany Prado.
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Última actualización: febrero 2005

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