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Sierra O’Reilly: pionero de la novela histórica y de folletín en México
por Germán Castro Ibarra
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En 1987, la publicación de Noticias del Imperio de Fernando
del Paso reanimó el gusto por la novela histórica en
México, y el género experimentó un resurgimiento en toda
América Latina, al punto que hoy se ha generalizado el uso
del concepto “nueva novela histórica” para referirse a la
enorme producción de obras de este género que se dio
durante los últimos años del siglo XX1.
Sin embargo, en México, de por sí tierra de
mistificadores del pasado, la tradición del género es casi
tan añeja como el país mismo. Bien se sabe que en el siglo
XIX los liberales tomaron especial afecto a la novela
histórica, en mucho porque sirvió de eficaz instrumento
para denostar a los conservadores y de paso ir creando
identidad nacional, por medio, justamente, de la
construcción de una visión hegemónica del pasado2. Pero,
¿cuál fue la primera novela histórica mexicana? La cuestión
parece sencilla, pero no lo es tanto; de hecho, hasta hace
poco tiempo no tenía una respuesta certera.
1
La novela histórica nació cuando la primera edición de
Waverley salió de la imprenta3. Y aunque apareció sin firma,
mucha gente supuso desde entonces que Sir Walter Scott
(1771-1832) era el autor de aquella obra4; el escritor
escocés no aceptaría públicamente dicha suposición sino
hasta 1827. El tiro de la primera edición de Waverley, que
se agotó en dos días, apareció en las calles de Edimburgo
el 7 de julio de 1814.
Por su parte, la que tradicionalmente ha sido
considerada como la primera novela histórica mexicana data de 1826: Jicotencal es su título. Lo anterior no puede
anotarse con toda contundencia, más bien debe
problematizarse…
Jicotencal se refiere a los poco afortunados andares
del príncipe y guerrero tlaxcalteca Xicoténcatl Xocoyotzin,
oriundo del señorío de Tizatlán, quien pasó a la historia
como el único líder tlaxcalteca que se opuso a la alianza
de su pueblo con los conquistadores españoles para combatir
al Imperio Azteca. Por supuesto, el indígena —estereotipado
como el buen salvaje— aparece como héroe, y el discurso es
independentista y liberal. Así pues, Jicotencatl es una
novela histórica a la que, dada su temática, difícilmente
podría negarse su mexicaneidad. Sin embargo, al menos
quedan por abordar dos datos importantes…
Uno: la primera edición de esta obra fue facturada en
Estados Unidos (Filadelfia, imprenta de William Stavelly).
Y dos: igual que Weverley, el libro apareció sin el nombre
de su autor; por eso, durante más de siglo y medio el
asunto fue motivo de debate, pero hoy, con toda certeza
sabemos que quien escribió Jicotencal fue el poeta José
María Heredia (1803-1839)5. Es decir, la que por mucho
tiempo ha sido considerada como la primera novela histórica
mexicana6 se publicó fuera de México y fue escrita por un
cubano.
Conviene dejar dicho que hay quienes sostienen que
Jicotencal no sólo es la primera novela histórica de
México, sino también de América Latina y, más todavía, la
primera escrita en lengua española. Como se verá más
adelante, la primera aseveración no es del todo precisa; la
segunda es correcta mientras no aparezca algún filólogo con
algún espectacular descubrimiento bajo el brazo7, pero la
tercera no: Vicente Llórens ha demostrado que la edición
prima de Ramiro, Conde de Lucena, de Rafael de Húmara y
Salamanca, no data de 1828, como se creía, sino de 1823,
esto es, tres años antes que la novela de José María
Heredia.
2
El mismo año que Walter Scott publicó Waverley, del otro
lado del Atlántico llegó al mundo a quien hoy debemos
considerar como el primer mexicano que publicó novela
histórica en México: en un pequeño poblado de la Nueva
España, Tixcacalthuyú, localizado en la península de
Yucatán a poco menos de 100 kilómetros de la ciudad de
Mérida, el 24 de septiembre de 1814 nació Justo Sierra
O’Reilly8.
Hijo bastardo del sacerdote encargado del curato de su
pueblo, no fue sino hasta 1819, a la edad de cinco años,
que se iría a radicar a Mérida, la capital yucateca. En esa
ciudad escucharía el repique de las campanas celebrando la
declaración de independencia de México (1821). El primer
quinquenio de la década de 1830 fue para él un período de
intensa formación en el Seminario Conciliar de aquella
ciudad. Durante sus primeros cursos, el joven Sierra
O’Reilly mostró un gusto que al paso del tiempo se
convertiría en uno de los oficios que ejercería por el
resto de su vida:
La historia particular de Yucatán era su estudio favorito, y
no tememos asegurar que lo que poseemos de ella, lo debemos
a su incansable afán. Él, superando toda clase de
obstáculos, empleaba las horas de su juventud en registrar
nuestros archivos y en consultar sobre muchos puntos a los
que habían sobrevivido a otras épocas. Así, mientras sus
compañeros de colegio empleaban sus horas libres en las
distracciones que busca siempre la juventud, Sierra hojeaba
los empolvados manuscritos de las oficinas, o bien oía la
relación de los acontecimientos pasados, de boca de algún
anciano.[9]
Sierra O´Reilly se matriculó también en la Universidad
Literaria de Yucatán, para alcanzar, en 1836, el título de
Bachiller en Teología Escolástica, Moral y Derecho
Canónico. Aún no cumplía 23 años, y gracias a una pensión
eclesiástica, emprendió su primer viaje a la ciudad de
México, para ingresar en el Colegio de San Ildefonso, en
donde luego de poco menos de un año consiguió el título de
abogado. De vuelta en Yucatán, Sierra O´Reilly se
reincorporaría a la Universidad meridana, para obtener,
durante el curso de 1839, el doctorado en ambos derechos, e
ingresar en el Claustro universitario. Pero poco duraría el
joven doctor dedicado a la vida académica; un torbellino
político y social estaba a punto de convulsionar Yucatán, y
él no permanecería al margen. Liberal y anticentralista,
Justo Sierra O’Reilly participaría protagónicamente en la
vida política yucateca desde 184010, sin dejar jamás la
trinchera del historiador:
La mayor parte de los sucesos de nuestra historia política
han (sic) quedado sepultados en el olvido por el poco empeño
que se ha tenido en conservarlos. Falta es esta, a la
verdad, muy lamentable. Cada uno de los hechos de nuestra
última gloriosa revolución, merece un recuerdo: mi mal
cortada pluma va a trazar su historia. Por lo menos, mis
intenciones son puras; el objeto, noble y patriótico[11].
Abogado, político, historiador y literato decimonónico,
Justo Sierra O’Reilly estaba obligado al periodismo.
Mientras actuaba como redactor en jefe del periódico de la
facción encabezada por Santiago Méndez, El Espíritu del
Siglo12, Sierra O´Reilly se dio tiempo para organizar y dar
vida a la primera publicación de divulgación científica y
literaria de Yucatán: El Museo Yucateco13; de periodicidad
mensual, dicho impreso se publicó durante todo 1841 y hasta
el mes de mayo del siguiente año; en total, alcanzó 17
ediciones14. Su temática se centró en la yucataneidad, desde
los cantos de la historia y la literatura. Fue en las
páginas de El Museo Yucateco en donde Justo Sierra O’Reilly
comenzó a publicar tanto su obra literaria como el
resultado de sus investigaciones sobre la historia de
Yucatán. También fue en este impreso en el cual Justo
Sierra comenzó a firmar algunas de sus colaboraciones con
los acrónimos, “José Turrisa” y “J. Tomás Isurre y Ara”. Y
es justamente El Museo Yucateco el medio que difunde las
primeras narraciones históricas publicadas por un mexicano.
3
De 1841 a 1842, más de veinte años antes de la aparición de
la primera novela histórica de Vicente Riva Palacio,15 Justo
Sierra O’Reilly publica en El Museo Yucateco siete novelas
históricas cortas:
1. La tía Mariana
2. Los anteojos verdes
3. Doña Felipa de Zanabria
4. D. Pablo de Vergara
5. El filibustero. Leyenda del siglo XVIII
6. Los bandos de Valladolid
7. D. Juan de Escobar
Significativa la nota que a pie de página hace el
propio Sierra O’Reilly en el segundo capítulo de Doña
Felipa de Zanabria:
Todos los nombres que se citan con muchas de las
circunstancias que se han referido, pertenecen a nuestra
historia. Así es que este cuento tiene mucho de histórico, y
se ha escrito con la mira desenvolver algunos hechos
antiguos.[16]
Efectivamente, Justo Sierra O’Reilly pretendía con sus
primeras narraciones difundir el resultado de algunas de
sus investigaciones sobre el pasado yucateco; consciente de
su labor como patriarca de la historiografía yucateca, no
desaprovechaba ocasión para dejar testimonio de sus
descubrimientos. También hay que destacar que con estas
primeras narraciones históricas publicadas por Sierra
O’Reilly en El Museo Yucateco se inaugura en México la
novela de piratería17: La tía Mariana refiere una de las
aventuras del pirata Lorencillo, mientras que El
filibustero tiene como protagonista a otro pirata, Diego el
Mulato18.
El segundo periódico dirigido por Justo Sierra
O’Reilly fue el Registro yucateco, que se publicó en Mérida
a partir de enero de 1845 y no dejó de hacerlo sino hasta
diciembre de 184919. En este impreso Sierra publicó por
entregas su primera novela histórica extensa, Un año en el
Hospital de San Lázaro20, a la que le siguió La hija del
judío, publicada de 1848 a 1849 en el tercer periódico del
doctor Sierra, El Fénix.
4
Además de ser el primer mexicano que publicó novela
histórica, Justo Sierra O’Reilly es, junto con Manuel Payno
(1810-1894), el pionero de la novela de folletín en México.
La novela de folletín está indisolublemente ligada a
publicaciones periódicas. En 1814, en Inglaterra, The Times
comienza a tirarse en una imprenta impulsada por la energía
de la Revolución Industrial, el vapor, estableciendo así la
factibilidad tecnológica de la publicación de impresos para
las masas urbanas. Dos décadas más tarde, el periódico
parisino Le Press “… reduce el precio de suscripción de
ochenta a cuarenta francos, esperando compensar el
deficiente con los anuncios de la cuarta plana. Pero el
éxito de los anuncios depende de una amplia difusión…, y
para esto ¿qué mejor… que la novela de folletín?”21
Siguiendo el éxitoso ejemplo de Le Press, otros periódicos
franceses comenzaron a publicar novelas por entregas, como
Le Siècle, Journal des Debats, Constitutionnel. Surgen los
dos grandes del género: Alejandro Dumas (1802-1870) y
Eugenio Sué (1804-1857); el primero publica El Conde de
Montecristo en el Journal des Debats, y Sué se convierte en
un superéxito con novelas como Matilde y, sobre todo, Los
misterios de París. A principios de la siguiente década,
mientras en suelo galo el género decae cuando el gobierno
le impone un impuesto especial a los periódicos que
publicaban novelas por entregas, en España autores como
Manuel Fernández y González y Enrique Pérez Escrich
comienzan a cultivarlo con éxito. Si bien los españoles
seguían el formato de la novela de folletín, basado más que
en otra cosa en la capacidad de mantener el suspenso de
entrega a entrega, ideológicamente sus posturas eran bien
distantes entre sí. De acuerdo a Monisváis, El mártir del
Gólgota de Pérez Escrich rápidamente se convirtió en una
novela “infaltable en los hogares devotos de habla hispana
del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX”, mientras
que las obras de Sué, que comenzaron a editarse traducidas
al castellano hasta 1844, fueron atacatas y proscritas por
el clero y la prensa católica22. Así, resultó natural que
los liberales mexicanos de mediados del siglo XIX asumieran
como referencias las obras de los francéses y no así las de
los iberos.
Respecto a los autores que introdujeron la novela de
folletín en México, Rafael Pérez Gay ha señalado:
[Manuel Payno] … empezó a publicar su novela El fistol del
diablo por entregas en la Revista científica y literaria
entre 1845 y 1846… El fistol del diablo y La hija del judío
de Justo Sierra O’Reilly publicada en el Registro yucateco
fueron las dos primeras novelas mexicanas de folletín,
aunque José Emilio Pacheco afirma que hay datos para
suponer que Sierra O’Reilly fue publicada desde 1841[23].
Efectivamente, Payno publica la versión original de su
primera novela entre 1845 y 184624,
es decir, en los mismos
años en los que Sierra O’Reilly publica en el Registro
yucateco no La hija del judío sino su primera novela por
entregas. Dicho en pocas palabras: la dos primeras novelas
de folletín publicadas en nuestro país son El fistol del
diablo de Manuel Payno y Un año en el hospital de San
Lázaro de Justo Sierra O’Reilly25.
Quizá sea pertiente terminar recordando que la nota
definitoria de la novela de folletín —menospreciada y
tachada de género menor por muchos26— es el manejo del
suspenso como gozne entre los capítulos. Si bien muchas
novelas que sin mayor dificultad pueden ser catalogadas como
de folletín comparten además el hecho de ser novelas
históricas —como es el caso de Un año en el hospital de San
Lázaro y, de manera paradigmática, La hija del judío—, en
ello no radica el peso sustantivo del género, como tampoco
en el papel protagónico de heroínas. Para que lo sea, la
novela de folletín necesita condimentarse no sólo con
suspenso —el sabor dominante del platillo—, sino con una
generososa dósis de enredos; las tramas buscan complicar
las relaciones entre personajes, y la estructura los cruces
entre las tramas.
Don Justo Sierra O’Reilly murió joven, en 1861, antes
de cumplir 48 años de edad; lo mató la lepra, la misma
enfermedad por la cual muchos años antes algunos de sus
paisanos eran reculidos en el Hospital de San Lázaro.
__________________
GERMÁN CASTRO IBARRA (Ciudad de México, 1964).
Estudió Sociología en la Universidad Nacional Autónoma de México. Cuenta con dos
posgrados: una Maestría en Edición y otra en Letras Mexicanas. Ha publicado
algunas novelas y cuentos: Cabecita en Brasas (IPN, 1987), Ojalá estuvieras
aquí (Claves Latinoamericanas, 1990), Cuentos de mala fe (Joaquín Mortiz,
1991), Pasar como un fantasma (ICA, 1993), Nostálgicos y posmodernos (ICA,
1997), por citar algunos. Ha ganado algunos premios literarios, como el Premio Nacional de Cuento Edmundo Valades (1982), el Premio Universitario de Cuento Punto de Partida (1985), el Premio Nacional de Narrativa Salvador Gallardo Dávalos (1986) y la beca anual para creadores con trayectoria del FECA (1999). Dirige un despacho de servicios editoriales y la cibermagazine agseso.com
__________________
Notas:
1. Cfr.: PONS, María Cristina. Memorias del olvido. La novela histórica
de fines del siglo XX. México. Siglo XXI. 1996. pp. 15-41.
Cfr.: GRINBERG PLA, Valeria. La novela histórica del siglo XX y
las nuevas corrientes historiográficas. San Salvador, El Salvador. V
Congreso Centroamericano de Historia. Ponencia presentada en la mesa
Historia y Literatura. Julio de 2000.
2. “Las novelas históricas latinoamericanas del siglo XIX se constituyen…
en discursos de legitimación de la ideología liberal, de
ratificación del poder y de una búsqueda para confirmar la identidad de
las nacientes repúblicas frente a esa otredad que era el pasado
colonial. La novela histórica latinoamericana del siglo XIX no sólo
tenía que colaborar a construir el futuro de esas nacientes repúblicas,
sino que también tenía que participar en la construcción del
pasado”. PONS, María Cristina. Op. cit. p. 88
3. Waverley or 'Tis Sixty Years Since . Edimburgo, Escocia. Printed by
James Ballantyne and Co. For Archibald Constable and Co. Edinburgh; and
Longman, Hurst, Rees, Orme, and Brown, London, 1814.
Además de falto de pertinencia, resultaría inútil problematizar
el asunto: el planteamiento de Georg Lukács es correcto: en tanto
género literario, la novela histórica emerge con la obra de Walter
Scott, particularmente con Waverley (1814). V.: LUKÁCS, Georg. La
novela histórica. México. Ediciones Era. 1977, 3ª edición. pp. 15-70.
4. La idea de que la pluma de Scott era responsable de Weverley se
generalizó a las pocas semanas de la primera edición de la novela, pese
a los esfuerzos del escritor por conservar su anonimato. Menos de tres
meses depués de que Weverley fuera publicada, en una carta a una de sus
hermanas, la novelista inglesa Jane Austen (1775-1817) decía a las
claras: “Walter Scott has no business to write novels, especially good
ones. It is not fair. He has Fame and Profit enough as a Poet, and
should not be taking the bread out of other people's mouths. I do not
like him, and do not mean to like Waverley if I can help it –but fear I
must”. (correspondencia a Anna Austen; 28 de septiembre de 1814). En:
The Walter Scott Digital Archive. Department of Special Collections.
Edinburgh University Library.
5. La demostración definitiva de que José María Heredia es el autor de
Jicotencal se debe a Alejandro González Acosta. V.: GONZÁLEZ ACOSTA,
Alejandro. El enigma de Jicotencal. México. UNAM, CONACyT, Instituto
Tlaxcalteca de Cultura. 1997.
HEREDIA, José María. Jicotencal. México. UNAM. Colección Ida y
regreso al siglo XIX. 2002. pp. 21-176
Cuidado: no confundir Jicotencal con Xicoténcal… Pocos años
después de que Heredia diera a conocer su Jicotencal, en España se
publica la respuesta…, y, curiosamente, con "x": Xicoténcal, príncipe
americano (Valencia, 1831). El autor en este caso sí firmó su escrito;
se trata del español Salvador García Baamonde, quien, por su parte,
defiende en su libro la obra bienhechora de Cortés y sus hombres.
6. v.g.: VARELA JACOME, Benito. Evolución de la novela hispano-americana
en el siglo XIX. Biblioteca virtual Miguel de Cervantes.
7. Hay quienes incluso han cometido el despropósito de señalar que a
Jicotencal le corresponde el sitio de la primera novela histórica de
América. Por supuesto, las cosas no son así: James Fenimore Cooper
publicó años antes novelas como Los pioneros (1823).
8. V.: SIERRA O’REILLY, Justo. “Apuntes familiares de don Justo Sierra
(O’Reilly)”. En: SIERRA MÉNDEZ, Justo. Obras completas. Epistolario y
papeles pivados. T. XIV. México. UNAM. 1991 –1ª reimpresión–. p. 11.
9. SOSA, Francisco. Biografías de mexicanos distinguidos. México. Editorial
Porrúa. Colección “Sépan Cuántos” #472. 1985. (De acuerdo a la
página legal de la edición de Porrúa empleada, la primera vez que se
publicó este libro de Francisco Sosa fue en 1884.)p. 581.
10. Desde sus inicios en la revuelta federalista de 1840, el quehacer
político del doctor Sierra O’Reilly siempre se dio al lado del
campechano Santiago Méndez Ibarra, con quien tendría lazos no sólo
ideológicos sino también familiares: en mayo del 42 Justo Sierra contraería
nupcias con la hija de su preceptor y padrino, doña Concep-ción
Méndez, con quien tuvo cinco hijos, uno de los cuales llevó su mismo
nombre y alcanzó mayores famas.
11. SIERRA O´REILLY, Justo. “Prospecto”. En: Los Pueblos. Periódico
oficial del gobierno del Estado Libre de Yucatán. #54. Campeche, martes
25 de agosto de 1840. p. 4.
12. El Espíritu del Siglo, impreso de carácter político en el que se
enarbolaban los ideales del federalismo. Los redactores de México a
través de los siglos destacaron la labor proselitista de Sierra
O’Reilly en favor del reestablecimiento del federalismo en México; de
hecho, la litografía del busto de nuestro personaje que aparece en
dicha obra, ilustra tal cuestión: “… una vez instaladas aquellas
Cámaras y declarada la independencia de México, mientras éste no
volviese al régimen federal, propósito predicado y sostenido con
talento y energía por el licenciado don Justo Sierra, redactor del
periódico campechano El Espíritu del Siglo”. RIVA PALACIO, Vicente.
(dir.) México a través de los siglos. México. Editorial Cumbre. s/f
–17ª edición–. T. VIII p. 64
13. “… El Museo Yucateco, primer periódico extenso y literario de la
península…, fue el primer monumento, o mejor dicho, la verdadera cuna
de nuestra vida literaria, formada en el suelo del país”. CARRILLO
SUASTE, F. “Colección Literaria, 1881”. Citado en: CANTO LÓPEZ,
Antonio. “La imprenta y el periodismo”. En: PÉREZ BETANCOURT, A. y
PÉREZ MÉNDEZ, R. (compiladores). Yucatán: textos de su historia. T. I.
México. SEP / Instituto Mora / Gobierno del Estado de Yucatán. 1988.
pp. 43
Cfr.: SOSA, Francisco. “Noticia biográfica del autor”. En: SIERRA
O´REILLY, Justo. Un año en el Hospital de San Lázaro. T. I. Mérida.
Universidad Autónoma de Yucatán, 1997. p. Xiii.
Cfr.: CARBALLO, Emanuel. Diccionario crítico de las letras
mexicanas en el siglo XIX. México. CONACULTA / OCEANO. 2001. pp. 267-
269
14. “Publicación mensual, frecuencia que se ha confirmado en algunas
obras consultadas y por un análisis o recuento manuscrito anotado en
los márgenes de los ejemplares que se encuentran en la Hemeroteca
Nacional… Consta en total de 17 entregas, cada una con 40 páginas
impresas a 2 columnas. Esta apreciación se pudo establecer gracias a
una serie de constantes y a que en la página 120 del tomo 1 los
editores hablaban del éxito que ha tenido su publicación e invita a que
se suscriban a ella ‘aunque no reciban los trs primeros números que
hasta hoy se han publicado; seguros de que al fin del año haremos una
nueva edición de ellos…’” CASTRO, Miguel Ángel y CURIEL, Guadalupe
(coords.) Publicaciones periódicas mexicanas del siglo XIX: 1822-1855.
Fondo Antiguo de la Hemeroteca Nacional y Fondo Reservado de la
Biblioteca Nacional de México (Colección Lafragua). México. UNAM.
Instituto de Investigaciones Bibliográficas. 2000. p. 285.
15. La primera novela histórica del general Riva Palacio es Calvario y
Tabor (1868). Cfr: MARTÍNEZ, José Luis. La expresión nacional. Mé-xico.
Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. 1993. p. 306.
16. SIERRA O’REILLY, Justo. “Doña Felipa de Zanabria”. En: SIERRA
O’REILLY, Justo. Páginas escogidas. México. UNAM. Biblioteca del estudiante
universitario # 82. 1978. p. 8
Doña Felipa de Zanabria narra una historia ubicada en Yucatán, a
principios del siglo XVII.
17. Walter Scott publicó en 1822 The Pirate. Apenas un año más tarde,
1823, el norteamericano James Fenimore Cooper dio a conocer The Pilot:
A Tale of the Sea. En América Latina, es el argentino Vicente Fidel
López (1815-1903) quien publica la primera novela histórica con
temática de piratas: La novia del hereje o la Inquisición en Lima,
publicada originalmente en Plata Científico y Literario en 1840, es
decir, un año antes que El filibustero de Sierra O’Reilly.
18. El también yucateco Eligio Ancona publicaría años más tarde una
novela homónima. Varios años después, Riva Palacio también
incursionaría en el tema: Los piratas del Golfo (1866).
19. V.: CASTRO, Miguel Ángel y CURIEL, Guadalupe (coords.. Op. cit. pp.
360-361.
20. SIERRA O´REILLY, Justo. Un año en el Hospital de San Lázaro. T. I y
II. Mérida. Universidad Autónoma de Yucatán, 1997.
Además, en el Registro yucateco el doctor Sierra O’Reilly publicó
una novela corta más, también de carácter histórico: El secreto del
ajusticiado. V.: SIERRA O’REILLY, Justo. “El secreto del ajusticiado”.
En: SIERRA O’REILLY, Justo. Páginas escogidas. Op. cit. pp. 17-40.
21. CASTRO LEAL, Antonio. “Prólogo”. En: SIERRA O´REILLY, Justo. La hija
del judío. T. I. México, 1982 –2ª edición–. Editorial Porrúa. Colección
Escritores Mexicanos #79. T. I. p. ix.
22. MONSIVÁIS, Carlos. “Vicente Riva Palacio: la evolución liberal contra
la nostalgia reaccionaria.” En: RIVA PALACIO, Vicente. Monja y casada,
virgen y mártir. México. Editorial Océano. 1986. p. XII
23. PÉREZ GAY, Rafael. “Avanzaba el siglo por su vida”. En: CONACULTA.
Biblioteca de México # 20. México. Marzo-abril de 1994. p. 23. Cfr.:
CASTRO IBARRA, Germán. “El diablo suelto en México”. En: ITAM. Boletín
ex – ITAM. Nueva época #20. México. Febrero, 2002. pp. 25-27.
24. La primera versión de El fistol del diablo es la que Payno publica de
1845 a 1846 en Revista científica y literaria. Después, entre 1859 y
1860, corrige y aumenta la obra, para dejar la estructura que hoy día
conocemos. En 1872 realizaría algunos cambios míimos al capitulado
original, y finalmente en 1887 modificaría varios capítulos y el final
de la novela. Payno escribió además El hombre de la situación (1861),
considerada inconclusa, y, claro, su obra cumbre: Los bandidos de Río
Frío (1891).
25. El supuesto de José Emilio Pacheco que expone Pérez Gay seguramente
se debe a una confusión: como ya quedó anotado, de 1841 son las
primeras novelas históricas de Sierra O’Reilly, publicadas en El Museo
Yucateco, ninguna de las cuales podría ser considerada como de folletín
(las dos más extensas, apenas constaron de cuatro entregas cada una).
26. V.g.: “Llamamos folletín a una novela, en general de tono menor, con
frecuencia lamentable, que se publica en los periódicos en fragmentos
sucesivos a veces inacabables, cuando el texto suscita la atención
necesaria en los lectores. Se llama novela de folletín a cierta especie
de bajos fondos de la literatura, destinados a un público nada selecto
que suele hacer sus delicias con este género literario”. JARNES,
Benjamín (dir.). Enciclopedia de la literatura. México, s/f. Editorial
Central. T. II. p. 711
Texto, Copyright © 2005 Germán Castro Ibarra.
Todos los derechos reservados.
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