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El Insomnio De Doña Emilia

por Betsabé García


A menudo, cuando se habla de feminismo en España desde una perspectiva histórica, el nombre de Emilia Pardo Bazán adquiere una preponderancia que la transforma en la abanderada de la emancipación de la mujer española. Sin embargo, ese protagonismo indiscutible parece haberse creado a partir de una confusión básica entre lo que fue su vida y cómo decidió vivirla, y su pensamiento. Evidentemente que vida y obra se encuentran íntimamente relacionadas, pero no tienen por qué ir en una misma dirección. La misma Doña Emilia se extrañaba en una de sus cartas a Galdós por la contradicción que observaba en el escritor canario: "Es cosa rara. Cuando tú escribes, eres tan nihilista e insensato como sensato y ministerial y burgués en la conversación", le decía. Y este fue el caso de Doña Emilia, que para su vida eligió la independencia y la emancipación, que prefería ser amante de placeres mundanos antes que tomar la vía de la devoción y el aislamiento. No obstante, el camino que su pensamiento abrió para llegar a tales objetivos, los puntos sobre los que pivotaría el desarrollo de sus planteamientos, entraron y entran en directa contradicción con lo que plantea y planteó el movimiento feminista.

A veces, incluso parece que ya esta figura haya llenado todo lo que había por hacer y por decir del feminismo español. La observación de su biografía, de sus méritos, que acaban por entenderse como auténticas hazañas y, en consecuencia, la transforman en una especie de heroína pionera; se instala de tal forma en los estudios que se llevan a cabo sobre la autora que acaba por actuar como una auténtica cortina de humo. Esta mitología no solo impide una correcta aproximación al pensamiento articulado en su ensayismo, sino que acaba por convertir en auténtica herejía cualquier intento de poner en tela de juicio sus planteamientos.

Una de las características principales que suele pasarse por alto es la univocidad sexual que se desprende tanto en su teoría (ensayo) como en su práctica (narración). Una univocidad que encuentra su punto de partida en el resbaladizo concepto de la igualdad entre sexos, que al fin arrastran a la autora a querer ser como un hombre; a pensar, a vivir y a escribir como un hombre. Su necesidad de emanciparse, pues, pasará por la negación y el rechazo de su condición de mujer:

"Me he propuesto vivir exclusivamente del trabajo literario, sin recibir nada de mis padres (…) y este propósito, del todo varonil, reclama en mí fuerza y tranquilidad. Si pensase en este dualismo mío interior, no cumpliría mis compromisos editoriales, porque dormiría mal, estaría rendida al día siguiente, y adiós producción y adiós cuartillas diarias. Lo dicho, esta especie de transposición del estado de mujer al de hombre es cada día más acentuada en mí, y por eso no tengo tanta zozobra moral como en otro caso tendría. De los dos órdenes de virtudes que se exigen al género humano, elijo las del varón…y en paz."

¿En paz? He ahí el dilema: ser hombre o no serlo, en los términos desnudos de una categoría positiva y una negativa, y he aquí el problema: la igualdad como precepto básico, y no la diferencia.

Aquí llegamos a la pregunta, al meollo de la cuestión feminista, a ese gran interrogante que Pardo Bazán evita y el que, ojalá, no hubiera querido evitar por una cuestión de tranquilidad personal: ¿Qué es la mujer? ¿A qué está renunciando exactamente Doña Emilia? ¿Qué cualidades o características tiene para ella "la mujer" que la lleva a renegar de esta "categoría" como si fuera algo insultante? Las establecidas, sin ponerlas en duda.

Antes de seguir adelante, quisiera afirmar que no puedo aceptar que se me diga que es una cuestión de "la época", del tiempo en que vivía, que utilizo una perspectiva anacrónica, que la juzgo por lo que vivimos hoy. Porque no solo en 1891, cuando empieza a publicar estos ensayos, ya se plantea la "diferencia" como un rasgo feminista, sino que hacía ya años (en la década de los '80 pueden encontrarse ya textos publicados en periódicos, y podríamos incluso marcar sus inicios en La Gloriosa) que las mujeres luchaban por su dignidad de ser mujeres (en España), porque se las respetara por serlo sin la necesidad de conducirse como hombres, por liberarse de los rasgos definidores y categóricos a las que el hombre las había sujetado, y que Doña Emilia recoge. Una "diferencia" rudimentaria, sí lo era, pero que ya existía es indiscutible.

Pero, claro, situarse en esa perspectiva, desde ese lado del campo de batalla implicaba muchas más cosas a las que Pardo Bazán no podía ni quería sumarse, era situarse demasiado a la izquierda, era adoptar una postura anticlerical, era pasarse a defender la República; implicaba transformarse en un heterodoxo, en un radical, un enfrentamiento directo con la Institución, construida y llevada por hombres, por la que tanto suspiró la futura condesa, todavía, título que, de otro modo, a mi modo de ver, dudo que la monarquía le hubiera concedido.

Y he aquí cómo definirá, ampliamente y por extenso, a la mujer como "elemento esencialmente conservador", "apegado como ninguno a la propiedad particular e individual, a la herencia y a la estabilidad social". Cuando no, se limita simplemente a la descripción prototípica (por no decir folklórica) de los tipos de mujer en sus distintos estratos sociales, transmisora fiel del modelo de la novela de costumbres que prolonga eternamente la silueta de una mujer producto de una construcción, de una invención objetivada que la convierte en un complemento "hecho a medida" del hombre.

Así, se transforma en un rasgo más que ayuda a definir al hombre no como categoría absoluta, sino como una categoría relacional en la que él se presenta como el eje imprescindible y el resto (ella) como pieza subordinada. Una visión jerárquica que permite el funcionamiento de esta andromáquina que acaba siendo la sociedad (estamos hablando de literatura del XIX, subrayo) y que fomenta una visión clasista en la que hasta cabe el absurdo de entender la categoría "hombre" como clase social a la que uno puede ascender por méritos propios.

Y Doña Emilia no rompe esos esquemas, como mujer y presunta feminista tuvo al alcance de la mano las armas del Naturalismo que le podrían haber valido de mucho pero que no supo -o no quiso- utilizar para este fin, prolongando una visión estática, fragmentaria de la mujer que incluso Clarín le llegó a señalar de su obra La Tribuna:

"color, talle, hasta el diámetro de los cabellos: los pañuelos que usa, cómo se los ata al cuello; sabemos como piensa; qué parece cuando le da el sol en la cara; y lo guapa que está disfrazada de grumete. Pero en lo fisiológico, o lo que sea, no llegamos a tales pormenores[…]".[1]

Pero prescindiendo de la novela, ya que no pretendo realizar un trabajo sobre Naturalismo sino sobre Feminismo, me remito a sus opiniones sobre la mujer española, que consisten en una serie de artículos publicados entre 1891 y 1907, que no carecen de ciertas contradicciones pero que se erigen como una buena muestra del pensamiento de doña Emilia. Esta "Mujer española" será definida, muy en la línea de la autora, utilizando el criterio de las clases sociales. De esta forma nos define la aristocrática, desde la perspectiva de la "envidia" con que la miran las otras clases sociales:

"resplandecientes de pedrería y con los hombros y los brazos desnudos; que devora en los periódicos las "revistas de salones" y los "ecos mundanos" y lleva cuenta de los encajes de cada trousseau y los metros de terciopelo de cada cola"

Evidentemente las defenderá diciendo que algunas así son, pero no todas, porque:

"Muchas viven en modesto retraimiento; son numerosas las que se consagran al hogar y a vigilar de cerca la educación de sus hijos, bastantes ocupan sus horas con la caridad o la devoción, y algunas manifiestan loable interés por las cuestiones de literatura, del arte o de la ciencia, y hasta del progreso agrícola e industrial. Estas últimas las cito como excepción; pero sería injusto no elogiar el buen gusto literario de la marquesa de Casa-Loring…"

Y de ahí salta a una serie de elogios sobre marquesas, condesas y otras por el estilo a las que pretende defender de las "calumnias de los envidiosos".

Cuando habla de la clase media muestra su desprecio hacia ella. Más que analizar a esta mujer, propiamente, la define en relación con el medio de su familia que la usa como mercancía en bodas ventajosas, a la vez que carga contra la mujer burguesa ya que, apelando a su categoría de "mujer", se niega a trabajar para ganarse la vida:

""Las señoritas no tienen más carrera que el matrimonio": esto han oído desde la cuna, y esto ponen en práctica. Yo no diré que no la impulse el instinto amoroso, tan natural y simpático en la juventud; lo que sí afirmo es que el instinto no es ciego, o va guiado por un concepto utilitario, siendo esta búsqueda del marido la única forma de lucha por la existencia permitida a la mujer."

Algunas lo harían, seguro. Pero aquí no hay honrosas excepciones dignas de ser destacadas. Me pregunto si no podemos entender aquí la afirmación repetida hasta la saciedad, retrógrada y bastante desagradable a mi modo de ver, como la que hacía Concepción Arenal: "Si el elemento moral es el más importante en toda sociedad, crece aún su importancia cuando de la mujer se trata, por ser la moralidad de ésta causa preponderante y medida segura de la del pueblo que forma parte.", es decir, la mujer como "la depositaria de la honra de una casa", cambiando "casa", por "pueblo" o por "clase":

"La burguesa española suele parecer un poquito cursi. Se inclina hacia la vulgaridad, y de ese lado cae. Fáltale aplomo, naturalidad y distinción (…). Sin ser tonta ni mala, es, lo repito cursi y vulgar (…) Quien viere en el Retiro a dos señoritas, hija la una de un magistrado con diez retoños, y heredera la otra de un título con veinte mil duros de renta, al pronto las tomará por hermanas. El mismo sombrero, el mismo corte de ropa, la misma sombrilla; y, sobre todo, el mismo aire cándido y desdeñoso, el mismo saludo apretadito y oblicuo. Analizad bien, sin embargo esas dos figuras tan semejantes, y veréis que se asemejan como la reproducción galvanoplástica a la moneda del viejo cuño. Los vestidos se parecen; pero en el uno se ve la tijera del modisto célebre, en el otro el laborioso arreglo hecho a la luz del quinqué de familia. El andar y los modales no son más que remedo infeliz (…) la seguridad y la soltura que da una posición brillante son inaccesibles a quien no la posee, ni puede reemplazarla con una educación escogida y una cultura vasta y apacible…"

Y podríamos seguir hablando sobre la visión tristemente conservadora que Emilia Pardo Bazán tiene de la mujer de clase media y, por extensión, de su valoración de la clase "mediocre". Supongo que, llegados a este punto, ya puede suponerse cómo veremos el retrato de la mujer proletaria, aunque vaya ahí un botón de muestra que nos acabará de perfilar el sueño de Pardo Bazán:

"No quisiera omitir, en el estudio de la mujer española, una categoría en que se amalgaman y viven confundidas aristocracia, clase media y pueblo. Me refiero a las monjas".

Así la iglesia es entendida poco más o menos como la viva imagen de una democracia perfecta, olvidémonos del Vaticano, del beso en la mano al Papa, de los cardenales, de las jerarquías, del máximo rol al que puede aspirar una mujer en la Iglesia, etcétera, etcétera, etcétera, olvidémonos de lo que significó, significa y ha significado la Iglesia en España.

De nuevo, sabremos cómo visten y en qué consiste su higiene. Pero, en fin, bueno es saber que "los tipos étnicos más puros, así en lo físico como en la moral, en el pueblo se conservan, y sobre todo, en la mujer del pueblo". Divide a la campesina y a la ciudadana y calcula que coexisten "diez o doce tipos populares femeniles". Y así procede a una clasificación por tipos étnicos y a sus contrastes, como por ejemplo entre "La obrera barcinonense" y "la chula madrileña", de nuevo, sus vestidos, sus gestos…, en resumen: "(…)la hembra de los barrios bajos de Madrid (…) es la figura que se pinta en los abanicos y en las panderetas.".

¿Dónde está la mujer? Para la condesa de Pardo Bazán parece no ser más que una figura pintada, un prototipo reconstruido en novelas, figuras, dibujos, …tan solo eso. Nada de introspecciones, nada de inquietudes ante la muerte de un ser querido, nada de curiosidades, nada de sufrimientos por salir al paso día a día, nada de erotismo, nada de dudas, nada de nada: "borracha y, cuando no, prostituta". Es cierto que una mujer puede ser borracha, cierto que puede ser prostituta, que puede ser de clase media y llevar una falda remendada, que puede leer mucho en sus ratos libres -cuando pertenece a la "honrosa" clase aristocrática-, que puede llevar el pelo muy bonito, adornos y cintas, que puede incluso esperar un matrimonio ventajoso, etcétera; pero me temo que estas calificaciones son totalmente circunstanciales que, a propósito de la mujer, no aportan nada. También un hombre puede ser borracho, puede venderse (o alquilarse) a mujeres, puede ser de clase media, llevar un pantalón remendado, puede leer mucho en sus ratos libres, llevar el bigote muy bien recortado, incluso puede esperar un matrimonio ventajoso.

No deja de ser un poco inquietante, además, que cuanto más desciende la escala social de la mujer retratada, más peyorativo es su retrato. Tengo bastantes razones para creer (Rosario de Acuña, Ángeles López de Ayala, Amalia Carvia, etc.) que no era así, que hubo mujeres, alguna aristócrata, pero también de clase media y proletarias que lucharon y pensaron por la mujer, que ya llevaban tiempo entregadas a esa tarea, y la pregunta que yo me hago es por qué Doña Emilia afirmó en 1907: "Así es que no existe en España movimiento feminista en ningún sentido". A la vez, afirma que "Es la española apta, laboriosa, de fácil comprensión, de franco y vivo genio, de estatura pequeña, de facciones menudas, de pie chico, de ojos y pelo bonitos y brillantes. No tiene inclinaciones viciosas ni gustos dispendiosos (…) es católica sincera, aunque no tan ferviente como antaño…"

Bonita, trabajadora, virtuosa, madre hacendosa y católica, aunque su religiosidad no es tanta como la que se querría. ¿Esta es la descripción de la mujer española, orientada a reconocerle en la sociedad un lugar público, a concederle su independencia y emancipación?, ¿Alguien puede imaginarse que Doña Emilia responde a este retrato? Doña Emilia había renunciado a poseer estas características, Doña Emilia quería dormir bien y entre las cualidades que se distribuyen en el mundo entre la mujer y el varón, eligió las del varón, y en paz. Y sí, borró de un plumazo las mujeres librepensadoras y anarquistas porque para ella contaba, ante todo, la opinión institucionalizada; porque estas mujeres no debían ser bonitas, evidentemente eran consideradas algo menos que viciosas, vagas, malas madres y todo ello, derivado, claro está, de su talante anticlerical. Estas mujeres no podían existir porque esa no era la mujer de la España futura. Y sí, ciertamente, a no ser que alguien considere la Sección Femenina de Falange como un movimiento feminista reivindicativo, estas mujeres no existirían ni existieron jamás.

Y es que Pardo Bazán, mujer conservadora, clasista, monárquica, católica hasta el punto de poner en duda las tesis de Darwin porque entraban en conflicto con su creencia religiosa, también fue una mujer antirrevolucionaria. Llegará a lamentarse porque la defensa y emancipación de las mujeres sea una batalla emprendida por la izquierda más radical, y no por la burguesía:

"Como ha de decirse la verdad, tengo que confesar que el gran impulso a favor de la mujer lo da, en todos los países, los socialistas. (…)¿Por qué la burguesía se ha obstinado en privar de derechos políticos y de bastantes derechos civiles a la mujer (…)?, ¿Por qué la ha puesto en el caso de esperar su emancipación de los partidos colectivistas, de una nueva organización de la sociedad, de una aspiración nueva?".

Y es que conservadurismo y emancipación femenina nunca se han llevado bien de la mano. Algunos dirán que suena a utopía situarse a la izquierda, luchar desde el margen del sistema, desde la heterodoxia e intentar cambiar la institución. Es más fácil modelarse a uno mismo que cambiar un sistema. Pero lo que a mí me suena a verdaderamente utópico y fuera de la realidad es pretender la emancipación de la mujer desde un talante conservador, digámoslo de una vez, desde la Derecha política. Y es que, a pesar de lo que afirmaba Pardo Bazán, que me suena a excusa barata, la evolución social y las ideas políticas sí van de la mano.

Pardo Bazán, la condesa de Pardo Bazán fue una mujer que luchó por ser integrada en una Institución y en un mundo de hombres, que prefirió traicionarse a sí misma antes que intentar cambiar a la Institución, al mundo de hombres para que la aceptara tal y como era. Un intento que, a mi modo de ver, fue fructífero para ella, pero que hizo poco para cambiar la situación real de la mujer en España. No quiso rebelarse. Creyente, católica, conservadora, monárquica y apegada a las tradiciones, que no se olvide, y que cada uno juzgue a qué le suenan estas características. Esa fue la ilustre escritora que tanto debió dar a las mujeres, pero que al fin luchó por el propio reconocimiento que fue su propia causa, y por su propia causa hizo suya la de la emancipación de la mujer.

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Notas:

1. La cursiva es mía.




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Última actualización: febrero 2005

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