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Music-a
por David Meléndez
Marxy - Kyoshu Nostalgia [Beekeeper Records, 2005]
Un norteamericano llamado David Marx, que decidió
cambiar el sosiego de su idiosincrasia cultural por el vertiginoso ajetreo diario
del Japón, es el responsable de Marxy, un proyecto sonoro lleno de nostalgia pop
sesentera y mucha desfachatez melódica. Traten de imaginar la música que Brian
Wilson hubiera compuesto tras haber decidido cambiar la arena de la playa por
las piedras de los jardines japoneses. El primer retoño sonoro de este joven de
25 años que deambula por las calles de Tokio y que traduce y escribe artículos
para algunas revistas de esta caótica megalópolis en su tiempo libre, se llama
Kyoshu Nostalgia, editado por la naciente compañía de discos Beekeeper Records,
ubicada en Nueva York. Ahora bien, hay que aclarar que Kyoshu Nostalgia es un
mini-LP que ni siquiera llega a los 20 minutos de duración pero su escasa vida
es inversamente desproporcionada a la genialidad musical que se colará por los
altoparlantes de nuestros reproductores de discos compactos. Digamos que David
Marx aprovecha lo efímero del western pop de los 60, le inyecta una leve dosis
de psych pop y crea así una especie de parodias musicales con un dejo de
nostalgia que serían la envidia de The Beach Boys o The Ronettes. Así que
ya lo saben, Kyoshu Nostalgia puede considerarse un entremés de doce canciones
pequeñitas que graciosamente caen en un estanque donde el tiempo ha quedado
congelado. Pocas ocasiones alguien puede meter en una licuadora a The Hollies,
Marvin Gaye, Duane Eddy, The Zombies y los sonidos del Nintendo, y lograr
un turmix de equisonancia total. Pero no se preocupen, David Marx ha
demostrado que aún quedan vanguardias sonoras disponibles para todo aquél
que las busque en el lugar correcto.
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Marissa Nadler - Ballads of Living and Dying [Eclipse, 2004]
El término de "balada" se ha prostituido a través de los
años. Pasó de ser una composición poética dividida en estrofas iguales que podía
recordarse sin ninguna dificultad, a convertirse en el género donde toda melodía
sentimental de ritmo lento podía encasillarse. Por ejemplo, si a las Spice Girls se
les ocurría hacer una canción tranquila y cursi, ya podía llamársele balada sin ninguna
restricción. Es cierto, para vender una canción hay que ponerle una etiqueta y la
balada terminó perdiendo toda objetividad con el paso de las décadas. Pero hace unos
meses apareció Ballads of Living and Dying, el disco debut de una mujer con voz de
soprano llamada Marissa Nadler, que le devolvió a la balada sus glorias pasadas
utilizando guitarras acústicas arpegiadas y progresiones melódicas a lo Leonard
Cohen o Jan Dukes de Gray. En diez canciones, la voz de Marissa Nadler exuda un intimismo
atroz que eriza la piel con suma facilidad; vaya, parece una Ute Lemper sin potencia en
la articulación vocal pero cantando con el corazón en la mano. Y es que en Ballads
of Living and Dying todo parece mágico: en "Hay tantos muertos" (donde cita el "No
hay olvido" del poeta chileno Pablo Neruda) un acordeón campirano sirve de cuna para
una guitarra arpegiada que provoca un eco de nostalgia con reminiscencias del fado
portugués. En cambio en "Days of rum", Marissa toma el banjo y compone un encantador
country blues etéreo. Pero es en "Annabelle Lee" (una excelente versión sonora del
poema de Edgar Allan Poe), donde Marissa introduce una balada folk con una lúgubre
guitarra de fondo con toneladas de feedback, que se llevará los aplausos de los
melómanos más escépticos. Por fin nació una voz que, lejos de hipnotizar, intoxica
nuestros sentidos con la coacción necesaria para hacernos caer en un ilapso
contemplativo digno de todo monje zen.
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Annie - Anniemal [679, 2004]
Aquellos que crean fervientemente que el género del pop sólo engloba "artistas plásticos" carentes de toda capacidad cerebral y con el ferviente deseo de engrosar solamente sus cuentas bancarias, están totalmente equivocados. O bueno, no lo estaban hasta que apareció Annie Lilia Berge-Strand (mejor conocida entre sus amigos simplemente como Annie), una chica sueca que le ha transmitido credibilidad al vapuleado mundo de la música pop con su primer largo llamado lúdicamente Anniemal. Es más, hasta ha logrado que la mayoría de los verdaderos críticos de música hayan terminado de acuñar por su culpa el término fluxpop, el cual sirve para describir una sensibilidad pop que sea ante todo comunicativa y que circunde los elementos cotidianos que incitan a los seres humanos a bailar, gritar y divertirse, celebrando la amistad sin caer en los excesos de la inconciencia de los efímeros placeres de la vida. Salvo que para Annie en un principio las cosas no se vislumbraron del todo fáciles. De hecho, Anniemal estaba planeado para salir al mercado en el año 2001 cuando Annie y su pareja sentimental, Tore Korknes (alias Dj Erot), terminaron de componer la mayoría de los tracks del disco. Pero el destino le jugó una mala pasada a Annie pues su amado Tore murió fulminado por una afección cardiaca congénita. Desolada, Annie se olvidó del mundo por meses. Pero a inicios del 2004, Annie decidió retomar el tiempo perdido y se reunió con los productores de electro-house más prestigiosos del norte de Europa (Richard X, Torbjørn Brundtland —miembro del afamado grupo Röyksopp— y Timo Kaukolampi), para terminar Anniemal y esperar la respuesta del público. Y hoy, a unos meses de la salida del disco al mercado y siguiendo las reglas básicas del pop en cuestión sonora, sólo ha recibido críticas positivas a lo largo y ancho del globo terráqueo. Sus sencillos "Chewing gum" y "Heartbeat" ya son favoritos de las pistas de baile. Así, con bajos funk, cascadas de sintetizadores y ritmos pegajosos como chicles, Annie tomó lo mejor de Madonna, Blondie, Cibo Matto, Pizzicato Five y creó un híbrido sonoro que comienza a reescribir las reglas del pop moderno. Si Andy Warhol viviera, a Annie no le hubiera dado quince minutos de fama sino toda una vida llena de éxitos.
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Texto, Copyright © 2005 David Meléndez.
Todos los derechos reservados.
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