Biblioteca Babab
[Visita nuestra Biblioteca: libros completos totalmente gratis]











Las alcobas del dolor: la voz viva de Antonio Gamoneda

por Andreu Navarra Ordoño


Quien conozca algún texto de Antonio Gamoneda (cualquiera sirve) sabe hasta qué punto la desolación constituye el movimiento primitivo de sus frases. Ahora bien, quien no lo haya visto recitar en público se habrá perdido un auténtico ritual de lustración atmosférica, habrá perdido la oportunidad de asistir en directo a un acto de creación entendido como una válvula de escape por la que los miedos y el dolor se escapan para estrellarse en la misma frente del espectador.

Antonio Gamoneda agarra al dolor por el cabello, lo tortura, lo tuerce y lo lanza sobre el auditorio para que éste conozca su formulación verbal o matemática, el espíritu negro y grasiento que subyace en la existencia de todo ser humano. Este lanzamiento libre de emoción nos identifica como personas y nos hace palpar, gracias a la enorme sencillez de los versos, el temblor cotidiano de nuestros cuerpos asustados.

Asistir a una tragedia auténtica debía causar una perplejidad parecida. Esquilo debió de ser un tipo parecido a Gamoneda, un señor que conociera a fondo los reversos pegajosos de las cosas, que levantara las piedras de nuestras playas y señalase los líquidos poco nobles no dispuestos a sedimentar.

Seguro que Esquilo se movía igual que aquella persona en mayúsculas sentada sobre la caja que contiene las sombras de todo el mundo. El público lloraba silenciosamente y no sabía muy bien por qué, ni se atrevía a levantar la cabeza. Cada individuo se topaba con sí mismo con alivio. Abundaban las lágrimas de los reencuentros. Por fin la propaganda brillaba por su ausencia.

Antonio Gamoneda da la impresión de contener en los ojos toda la inteligencia terrible que esconde bajo su modestia. ¿Lo hará conscientemente? Avanza lentamente y da a sus textos el ritmo no adecuado sino necesario para que se entiendan en su integridad.

Cada poema de Gamoneda basta para conocerle a él en su totalidad, le contiene a escala mínima pero completamente representativa. En general, no hace falta que él los recite para que constituyan una bebida reconstituyente. Pertenece a la raza de los merodeadores de los límites, tanto en historia como en discurso, pero si le preguntas si conoce a Cioran responde que en el planeta hay muchas personas que pueden sentirse, en un momento determinado o en muchos, igualmente destrozadas por una certeza idéntica.

Las manos, los párpados, los abismos y la sexualidad destrozada por los años son los fantasmas que vagabundean por esa habitación húmeda, son los elementos encerrados en el cubo perfecto de su poesía antiestridente. Gamoneda no maneja a sus fantasmas, no los espolea ni los convierte en un estandarte. Tampoco se abre la americana y nos muestra sus vísceras. Sabe que ni la vida ni la comunicación importan a nadie, a no ser que se le descifre su mensaje de horror a la existencia mediante una dicción expresiva. De ahí que afirme que el origen de la poesía es una intuición musical.

Lo único que hace es preguntar lentamente por qué nos pudrimos, por qué las únicas actividades que nos sedan son absurdas, tan absurdas como un recital poético. El sentido de las reuniones culturales se hace evidente ante personajes que, como él, señalan con su dedo las trampas de la vida y evitan extenderse sobre fenómenos insulsos como la fama o las publicaciones o el estilo.

Él es ejemplar porque evita el espectáculo penoso de la autocomplacencia.

Puedes acercarte a Gamoneda e intentar indagar en sus ojillos las palpitaciones de la lucidez, las alas mojadas del hombre experimentado. Te comprenderá en seguida pero no te juzgará. Alberga la cordialidad pero prioriza la honradez: sabe que entre el poeta y el lector media una distancia infinita que existe pero no importa, porque dos seres humanos pueden darse la mano en un túnel pestilente sin que desaparezca la bóveda negra que les impedirá la comunicación.

Gamoneda se pone su anorak normal y se aleja con su paso normal por las calles acostumbradas. Nada ha cambiado después de su recital, pero dentro de cada uno se han quedado taladrados unos mensajes que han reunido a todos lo seres que pueden llamarse humanos.

Por eso es importante la herramienta fundamental con que nos surca el cerebro: la voz.

Recita de forma ortodoxa y clásica para agravar el efecto de sus mensajes, para que todo el mundo entienda que la poesía no es un juego ni un paseo para asalariados. Sus mensajes son un solo mensaje: aquí tenéis lo que es vivir, y la vida suena así. No importa qué es la cultura, importa hasta qué punto podemos agonizar. A veces, es verdad, también nos preguntamos por qué esperar. La poesía ni es grata ni nos acomoda sobre las nubes que nos inventamos para vivir en la inconsciencia. Tampoco debería escandalizar demasiado, porque ya gritan lo suficiente por la tele. Lo dijo en su breve introducción: la poesía no es literatura porque la literatura es ficción. No nos hace mejores ni peores, nos acostumbra a conversar con la desesperanza. Ya lo dijo en su breve introducción: una cosa es redactar, y otra muy diferente, escribir. Redactar, redactamos todos durante largos años, como en una cárcel donde las palabras no significan absolutamente nada. Recitar, recitan cientos de poetas cada día, pero seguro que ninguno habla como Antonio Gamoneda.




Texto, Copyright © 2005 Andreu Navarra Ordoño.
Todos los derechos reservados.


 


Babab.com
Para contactar con nosotros entra aquí
Última actualización: febrero 2005

Copyright © 2000-05 Babab
Prohibida la reproducción de cualquier parte de este sitio web sin permiso del editor. Todos los derechos reservados.