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Diario incorrecto y mongol (IV)

por Nacho Toro


En mis clases, la cerda de Mimí, un dibujo de grandes tetas y chica cintura en la pizarra de plástico blanco, es la amante adolescente del bigotón Iván, casado a su vez con la madraza y muy redonda María, de moño y traje de estraza.
Sin embargo, la guarra de Mimí suelta bocadillos del tipo I love Nacho.

No obstante su entendimiento y sentido del humor reducido —qué decir del de María—, nos reímos todos bastante, excepto María, claro. Mimí es de Londres, y eso es ser muy de moda para un ruso recio.

Un día Anyaa casi se pone a llorar. Se metió la cabeza casi en el vientre —inclinó la cabeza— y la bola formada por su reducido cuerpo no se estiró hasta el final de la clase. Una broma que soltó alguien, en una de sus charlas interminables en mongol mientras yo las ilustro, no le agradó nada. Hasta se fue por un momento de la clase. No la he vuelto a ver.

Les digo en clase que en clase sólo se puede hablar en inglés o finés, nada de mongol, y Chimgee, a quien yo llamo Chingué, aunque haga tiempo de eso, en francés también, quizás en honor al nombre suyo; deben de aprender finés en la escuela. Inglés no sueltan ni cuando les preguntas y conocen la respuesta, y no paran de hablar. Lo que debía ser "qué", "no entiendo" o "repítamelo" es siempre, siempre "sí". ¿Queréis hacer una pausa o continuar? Sí, sí, ahá, sí. De Cruz y Raya, Indra, la industria energética, es traductora de chino y tiene las piernas bonitas, y yo, su teléfono.

Para nada rijoso, no se vayan a pensar. Nada de eso. Quieren quedar con un grupo de extranjeros y que yo le sirva de nexo, ella y la pequeña Ogná, 23 años, casada con hija o hijo y cara de Tábita. A lo mejor es la traducción correspondiente al mongol. Más bien cara de Tábita María. No diré apellidos. Total, ellos no quieren el mío. Me han dado mi carné de identidad mongol, que por desgracia tengo que devolver al dejar el país, pero por ventura es para un año, aunque me lo pidieron para seis meses. Quiero no olvidar hacer fotocopia.

Me estoy cargando demasiado pronto de recuerdos, no "souvenirs". Como me dijeron, y hace cinco días me negué a creer aun recordando que también en Islandia me negué a creerlo, acabaré añorándolo todo cuando me vaya, y es claro que ya es así. Continuarán los sueños de regreso involuntario, por consiguiente. No me refería a esos recuerdos. Me refería a carteles, documentos, cosas en mongol, y hasta en ruso; me falta el libro. Una buena novela, quizás el Quijote, sí, en mongol. Si encuentro una librería.


1-9-2003. Segundo mes. Artículo primero y único.

No se ha de confundir, pero sí de difundir, la palabra de Cristo, "yo soy el que es", con la no menos sabia de Popeye, "yo soy lo que soy". Fundirlas no dejaría de ser un error. Dicho esto, y cuenta habida de que voy a ser profesor en la escuela nacional de cine de Ulaanbaatar, y me van, dicen, a dar un reproductor de vídeo para ver películas en casa, me pasé hoy por el videoclub más cercano a mi hogar cucarachero. En Mongolia el porno está prohibido, así que los videoclúbs son pequeños, pese a que casi no hay cines, menos aun cines que proyecten en cine, y sólo uno, creo que el Nomin —que es "nombre" en islandés y aquí viene a significarlo, porque está de nombre en todo tipo de negocios del mismo tipo, que, muerta su hija Lapislázuli (Nomin), llamó así a todo su conglomerado empresarial—, con sistema Dolby, cine yanqui y una edad decente.
Como un maharajá si me funciona la tarjeta y un maharajá si me mudo. Esta palabra yo creo que es lo mismo se le ponga lo que se le ponga. Rajá, Marajá, Maharajá, con hache aspirada...

Escribir en plena calle, y con aspecto crístico, es lo máximo en Mongolia. Veo que nadie lee porque nadie escribe; por eso, todos, sin excepción, observan atentos, muchos se paran, otros lo comentan; hasta un par de rusas, (des)hechas al país, cooperan en la vigilancia.

Cierto que es común que muchos me miren o se giren, o me interpelen con su "Yisus" —por cierto que existe y es aquí un cubano de nombre Cristo Camilo que vende excursiones a precio de oro y "comida latina" en nada diferente a la de cualquier restaurante o posada de la ciudad—, pero el cuaderno sentado en mi escalón junto a la Avenida de la Paz es mano de santo.

Hoy, pese a que confirmó todos los aspectos desdeñables y dolorosos de estas gentes mongolas, ha sido un día muy aceptable. Comenzaron las clases en la enseñanza reglada, y, de pronto, comenzaron a formarse, salidas tal vez de enchufes, como mis "roommates", hordas de muchachitas nerviosas por mostrar sus modelitos de verano en clase antes de que se nos coma el frío; cientos de jovencillas con y sin uniforme, no sin ropa en estos casos, no se vayan a querer creer, sentadas a mi paso, o caminando a pequeños brincos, con sus cuerpos aún moldeados sin excesos, y lo más raro, bellas de rostro y mirada. Sin el habitual bigote —con machos casi lampiños—, sin rostro pequinesino, con piernas proporcionadas, tan largas al menos como el resto del cuerpo, de cadera para abajo, piel fina, mirada inquieta y hasta glúteos. Sus rostros, sobretodo dentro de la facultad donde voy a enseñar español, y tampoco, como en los locales de Internet, me permiten usar un disco magnético, por pánico a los virus —y con ordenadores infectables procedentes del siglo veinte— se vuelven sonrientes, y se sonrojan si las saludo. Tendré 19 alumnos, 16 de ellos chicas. Nivel cero. Español cero. Ante la fuerza creciente, este año instalan la carrera en la Universidad Nacional a la zaga de varias otras, entre ellas la Gobi, no se sabe el porqué del nombre, dedicada con exclusividad a la enseñanza de castellano.

Acaban de pasar a mi lado los buses de mandatarios y directivos de las líneas aéreas de Asia y el Pacífico escoltados por dos coches de policía, uno de ellos conducido por un tipo de paisano con gorra de béisbol, un taxista, vamos.

También enseñaré cine español en la escuela de cine, y, es de esperar, alumnado femenino, de igual modo y manera, aunque con el cine nunca se sabe.
Una vez descubierta la belleza adolescente —e infantil— del país, y el rápido deterioro —que de nuevo les aproxima tanto a Islandia—, es una buena noticia. Entablar conversación con ellas será menos sencillo, pero una relación con alguna sería tremendamente interesante. Por peligrosa, tal vez.

Me lo anunció Nira, mi jefa que no me puede mandar, porque no tengo jefes en la ONU, sólo conocidos, ni siquiera ayudantes, consultores, orientadores. Soy estudiante voluntario. Becario. Trabaja y calla. O, mejor, calla y trabaja. Me lo anunció ella y mi vecino africano de nombre que no recuerdo lo repitió. Son unos impresentables. Los mongoles. Creen poder disponer de tu tiempo a su elección, y las normas básicas de sociedad no las conocen. Urbanidad en ciudades de ignoto urbanismo.
Entra todo tipo de gente, alumnas y no alumnas, en clase cuando les place, sin llamar, sin abrir la boca. Responden al móvil constantemente mientras les hablo o contesto a una pregunta.

Hoy bajé la voz para que pudieran hablar a gusto. Que alguien pueda hacerlo, al menos.
A las 5 y media de la tarde, en plena clase, entró sin llamar la hermana de, esta sí, mi jefa y responsable de mis actividades en Mongolia, una mujer a lo Yoko de unos cincuenta años que me iba a enseñar, cual pactamos, mongol, hasta que desapareció, justo antes de la primera clase; hablaba alto en mongol, dirigiéndose a mis alumnas, sobre mí.

Cuando se fue, pude entender yo de boca de mis pupilas que estaba invitado a la inauguración del Canal 9 de Televisión, en el que trabajaré desde este sábado como editor de los informativos en inglés; a las 5 y media comenzaba la presentación.
Se supone que debo coger un taxi e ir pitando a la otra punta de la ciudad, a una dirección imprecisa, cuanto puede serlo una dirección aquí, o sea, muchísimo, y dejar a la clase tirada. Es su way. Su modo de actuar, al menos con el extranjero. Yo diría que con todos. Lo único, que la mitad de la gente aquí es muy sumisa, por naturaleza o educación, frente al resto. La "coordinadora" del casino de periodistas es más una limpiadora, y también hay una en el departamento de lenguas romances en la Universidad Nacional, donde no tienen acceso a Internet, pero sí microondas y cubiertos, y algunos libros. Solamente hay una profesora de español, que se imparte como lengua extranjera en la de Filología Francesa, amén de en la Filología Española, y dos de francés, que no tienen ni idea de español ni italiano. Me pregunto, pues, si sabrán mucho más francés que yo. En cualquier caso, a ver si me pueden enseñar ruso, que lo hablan óptimo, que diría una que sé yo.
Empiezo allí el miércoles, con afán por ampliar poco a poco mis 6 horas semanales, según disponga de tiempo, y hacerme al cabo el puto amo. Podrá ser.

Es lunes, y la gente sale como si fuera un sábado. Muchos trabajan en fin de semana o Dios sabe cuándo. Mucho estudiante, venido del campo, o no, también.

Acabo de ver a Toshiro Mifune. Me ha dedicado una larga mirada. Me faltó su voz, la única voz japonesa auténticamente viril que escuché. Uno de los grandes ídolos de mi homosexualidad.

La amiga nosécómo tenía un superjeep con asientos de leopardo albino y volante a la japonesa, a la derecha. No sé si en Corea, los verdaderos accionistas en el país, son así también.
Pero es otro cuento.

Dos miserables recogebotellas —dos más miserables— se me acercan. Espero que me pidan dinero, y no les miro. Sólo llevo billetes gigantes. Me observan de cerca y me preguntan si escribo, algo así como ¿escribiendo?. Amabilidad en la sangre, y humana curiosidad humana. También es otro tema.

El fuego de las barbacoas en el Hotel Sansar y adyacentes no me permite respirar lo bien que el tráfico interno me dejaba. El pincho, y la camarera, tal vez con pincho incluido, me esperan. Pero eso será otro día. Con la noche, nos acercamos a los cero (grados). Ellas siguen caminando en manga corta.


Artículo segundo y único.

De un solo golpe vencí a la mosca gigante, que calló rendida por mi destreza.

Dolzgún tiene nombre de personaje de El Señor de los Anillos, y hombros de capitán de equipo de fútbol americano que olvidó quitarse las protecciones. Tiene la cara pequeña, fina, redondeada, y es mi alumna más adelantada. Venía con ello. Trabaja en la tele, en la principal privada, TV5, pero aquí no hay Mamachichos, ni las chicas en biquini omnipresentes en la RAI internacional. Con el surtido de plumas adecuado como estola y un contrapicado, no daría mal el tipo. Ella. Yo tampoco, para lo que hay en la tele de aquí de psicalíptico o similares burguesadas. Tradición, más que orientalismo o conciencia puritana.

Pues acabo de leer que pensar con los pies es en inglés pensar con el sombrero o gorro, y esto me da una nueva visión de Esperando a Godoy. Eso es la cultura, acumular conocimientos caprichosos y con frecuencia absurdos y encontrar o efectuar nuevas relaciones entre ellos. Lo conocemos como castillo de naipes, también, y es absurdo, teniendo el mus.
Me pregunto si existirá una palabra para absurdo aquí. Si el extranjero en conjunto es absurdo porque no tienen fregonas ni persianas, ni siquiera en el extranjero más sucio y luminoso, Mongolia arrebata posiciones de mérito a sus contendientes en mi lista privada según acumulo días en la región.

Viejos decrépitas y viejas decrépitos, en esa edad que confunde los géneros, se empeñan en limpiar con la escoba aceras, explanadas o aparcamientos que son montañas de polvo, arenales, lodazales o auténticos basureros rurales. Por supuesto, barren en círculos, sin más objetivo que cumplir un horario de un trabajo idiota como pocos. No he logrado ver todavía una acera que sea barrible en la ciudad, sin sus toneladas de tierra con sus límites establecibles, con bordes que la separen de los "jardines" o la "calzada". Además la presencia de polvo nuevo es tan constante que el empeño sería asimilable a barrer el recorrido del rally de Cataluña antes de la prueba. De hecho, si decidieran que la "diferencia cultural e histórica" debe escribirse en cirílico, no sería sencillo diferenciar un lugar de otro, excepto por el número de participantes. Aquí también se calan y destrozan autos a mansalva, y nada más típico que la imagen de uno a un lado de la calzada con el dueño o bien haciendo uso de gato para cambiar la rueda o bien dormitando con placidez en el asiento de atrás, con el coche cojo, en espera de ayuda. Aquí el que más, el que menos, es capaz de desmontar la máquina pieza a pieza. Les va mucho en ello, sobretodo a los que se dedican con cierta rutina a cruzar el Gobi, o el país de los cazacos, que tanto anhelo.


Parte segunda. En Francia hablan Francesss, o Franchiss.

Así que hoy les he puesto un examen a mis chicas. La mayoría han dejado de venir ya, y había por añadidura tres nuevas, así que el resultado general no ha sido brillante. Cuatro preguntas, la última, una redacción sobre mí, su profesor. Una de las nuevas me llamaba Nachor y decía barbaridades como que mi familia me adora. Otra, más asidua, me colocaba ojos azules, supongo que porque tiene "blue" más asegurada como palabra que "brown".

La mejor es la que me ha asignado "unos 25 años, porque es joven". Eso está bien. Otra ha atinado con mi nombre ideal para fantasías amorosas, Natasha, una rusita que me ha otorgado como novia; y aun otra me ha emparejado con María, una bella española de ojos azules. Qué cosas. La amiga Dolgoon, de pronunciación Dultzgun, dice que siempre llevo vaqueros. Como buena pijita, se fija en esos detalles. No sabe que son mis únicos pantalones, así que de aquí a un mes espero los chistes. Tampoco sabe que hace dos meses que llevo los mismos pantalones. Ayudan a andar, colaboran ya. Sin embargo, Dolgoon, muy amable, o muy ingeniosa ella, concluye su larga redacción con el agresivo "en casa, no tiene tiempo de ver la tele. Tiene trabajo. Tiene que lavar la ropa". Esta mañana le dije que no veo la tele, y por eso no la he visto nunca presentando su telediario. Puede que sea una revancha. Seré duro en la corrección.


Parte tres.

Me dan pena las mujeres espantosas que no dejan de acicalarse. Claro, que no las vi sin acicalar. No paran, en restaurantes, en clase, en el Metro no, porque no hay. La feminidad se impone también aquí, donde vender colorete sería como vender helados en el Polo. Pero es que aquí también venden helados, y modelos rubias en un país sin ninguna. Los publicistas y los fenicios me producen cada momento más rechazo, lo convierten en algo realmente íntimo, entrañado y entrañable. La repulsa como religión. Con sueldos de cincuenta pavos al mes, aspiran, como las cubanas, a loreales, y se visten medias imposibles y color en el color. Parecen algunas que van a estallar. La mayoría, verdad, apenas se empolva; puede que la economía traiga razonamiento al fin y al cabo, o el racionamiento traiga la economía, y esta venga con la razón de la mano, pero no gusto de mezclar churras y merinas, y no juntaremos términos tan poco cercanos en el ahora. Quedémonos con lo malo, y veámoslas coquetas de perfume francés, que vende más, y no hay verdad para haberla mesurable.

En días de lluvia, a falta de polvo, las polveras arrecian especialmente, y llueve. Las calles son un pantano sin lodos y el aire se permite una cierta ligereza y sonríe a los pulmones y los ojos rojiblancos. Con nieve, Ulaanbaatar tendrá un imposible pegado de lo más poético, y me hará gastar hojas de cuaderno en decirlo, como son las poesías.


La Cuarta Parte sin Javier Gurruchaga.

Embriagado por el tufo desagradable y penetrante de la pintura que intoxica mi apartamento, y mojado por todas partes, esperando a que mi señor casero germanoparlante, su mujer y la pintora decidan irse a su puta casa, por ejemplo, no es el mejor modo de describir la maravillosa tarde del primer martes de septiembre. Por ello no lo haré del mejor modo, que siempre sería con la palabra, o con cámara y el mejor director de fotografía del cine detrás.

El cielo convierte aquí mi edificio de cuatro o cinco plantas en un rascacielos, cuando hay sol. Cuando llueve, Abraracurcix se retorcería angustiado, ha caído sobre la cabeza de Ulaanbaatar. No es que lloviera demasiado. Fue una hora escasa lo peor, con lluvia ciertamente intensa, y dos o tres más de lloviznas, pero las trincheras que aquí llaman calles, aunque no les pongan nombre propio, tuvieron suficiente para inventar un nuevo YangTsé en Asia Central.

La nube negra rascándote el cráneo, el tráfico habitual incrementado y grandes balsas de profundidad siempre incierta y corriente virulenta a sendos lados de la calzada te convierten en presa, traicioneras, de los coches que logran salvar los cráteres. La alternativa pasa por galopar, deseando no —no— pisar una alcantarilla abierta, neorremolino o un hoyo excesivamente crecido que te fracture la cadera de apoyo, cruzando los ríos. Los más ilusos se ataron bolsas a los tobillos. Tres bellas jóvenes, tres, asaltan la carrocería de un taxi detenido y les hace de puente. La imagen de caos postindustrial, preatómico o postbélico es ejemplar. La luz y el color componen mi película favorita.

Mi largo gabán de cuero negro de búfalo me convierte en candidato a protagonista. Soy el único occidental a la vista, y estos medios sólo se los permite Hollywood.
Camino, entonces, como debo, como sé. Los extras hacen de extras. Hay gritos. Un caballero acaba de pinchar o destrozar una rueda en medio de una caverna. Intenta cambiarla sin perderse en la corriente. No llueve.

Unos minutos antes, despedía a la mayor y decididamente bella Nosequien, una pelirroja holandesa que enseña inglés a los maestros en UB. Eso sí es colonialismo. La conocí en una congregación de voluntarios sobre la que me avisaron dos de mis alumnas, que deseaban acudir por mi intermedio.
Por módico precio, merienda incluida, se sale al campo, a las afueras, a caminar o correr. No fue el mejor día para ello.

Fuimos unos cuarenta. En un minibús, agarrado al techo, conocí a una yanqui muy rubia. Es voluntaria con los Peace Corps. Perdón por lo de la bella holandesa, hispanohablante y amable. ESTO es colonialismo. La conversación hubo de ser breve. Me contó su vinculación. Me hice el sorprendido, Cuerpo de Paz en Mongolia. Será el único país de Asia Central sin riesgo alguno de conflicto armado, aunque haya mandado tropas a Irak y hagas dos años de mili, salvadora no obstante para muchos hambrientos, si alcanzan los dieciocho. Pero aquí está mi yanqui. No entendí cuál era su supuesta misión aquí, pero logré que me contara el origen. Kennedy los creó para fortalecer el intercambio internacional y la globalización, con otro nombre. O sea, en la época cumbre, por más que se digan simplezas agora, del imperialismo yanqui y tras CIA, FBI y Fulbright Program, nacen los "Peace Corps". Sólo un Liberty or Freedom como nombre de pila podría haber sido más sospechoso. "Así que os subvenciona el Gobierno", sugiero;"sí", admite sabiendo finita la conversación y asustada por un momento por mi gesto. Luego recordó que lo del KGB es sólo de películas y yo no soy en principio sujeto de interés uno. Se relajó y miramos a otro lado. Escollo izquierdista de baja intensidad, dice su manual.

Luego conocí a la profesora de inglés, que me va a buscar piso, y por poco a la más bella, y muy amable, del grupo, una angla joven de pelo corto que huyó al jeep (unos en minibús, otros en jeep) tras interpelarme con interés. También, "al grupo". Ohohó. Por momentos vi al Padre Peter, nombre figurado para el rubio tipo pelirrojo, de encías grandes, grandes dientes, sonrisa arrugada, ojos cerrados y cerebro de predicador. Lo peor de los yanquis. Ya en los cincuenta llevaban peinado años ochenta, y no es cuestión de abandonarlo ahora. Tras un chiste sobre la alemana, que resultó holandesa y hablaba excelente inglés, por su acento1, los monolingües, nostálgicos de los boys scouts y el KKK, entonaron un cántico estilo equipo de rugby, se rieron entre sí, y marchamos de vuelta a la ciudad, frenados por la lluvia, de lo más insistente (en caer) entonces.

La holandesa vivió cuatro años en Barcelona. Se queja de que entonces, cuando ella tenía entre 14 y 18 años, me hago que en los ochenta, los chicos españoles eran muy difíciles. Me quedé estupefacto, y me aclara que la relación con ellos era muy complicada, que no podía ser amiga de ninguno, que siempre querían algo más. Observo los restos, aun florecidos, de la antigua diosa y callo por respuesta. Añoro ese precioso sol somnoliento que dibujé para explicar la palabra "sunrise", o el que se iba dormido al horizonte con su gorro de dormir para el "subset"; la lluvia me ha hecho perderme una agradable larga conversación en castellano.


Mañana empezaré a educar a mis nuevas alumnas de español. Habrá que hacerlo bien y rápido para poder aprovecharlas antes de volver a casa. Porque la profesora de español no es muy grata compañía. Sosa, y, diría, adinerada. Casada, en los treinta. No. "Dressed to Hill" se traduce como vestida de gala, elegantemente, para una fiesta o similar. Y yo no lo sabía. Claro, que hay tres mil lenguas más que desconozco por completo y nunca sabré. Me temo que, o le doy una buena oportunidad al francés, italiano o portugués, o a estas alturas sólo el inglés podría llegar a dominar con gran autoridad, e incluso dejar que me domine.

Me resisto a él cuanto puedo, que es más de lo preciso, pues mi propio miedo al español envía tropas, no sé si de paz, y sobra la resistencia como en una película realista sobre la Francia Ocupada. No deja de ser penoso, al ser una legua desarrollada, que dio cerebro a Beckett o Wilde, pero hoy en día apenas se usa para cantar Rap o cantar como los B.S. Yo, enemigo terco de la practicidad, debí haber continuado esa senda por el idioma varonil más melodioso, el ruso, que comenzara en el 92, y haber vencido la tentación de pensar en inglés. Abordaría lo anglo con menos comodidad y aversión a ella, y me haría con él con esa facilidad que da el Maestro Olvido al tercer idioma. Ahora, demasiado tarde, sólo me queda gozar de Woody Allen o la voz rabiosa de Waits para justificar lo emprendido, o volver a intentarlo, si no, con Elliot, sin soltar la hebra, Ariadna.

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Notas:

1. Los yanquis se sienten incómodos ante la presencia de un europeo, más si este defiende su europeidad hablando alguna lengua que los yanquis desconozcan —cualquiera— o haciendo gala de la diferencia (por ejemplo, nombrando su desconocido país de origen que, sin embargo, les suena). Se siente el anglo inferior, desculturizado e inculto, sin recursos ante alguien indiscriminable por raza, ni por religión, ni por tradición. Niños como son, sin más recurso que el llanto, no saben saberse vencidos. Recurren a la mofa en su único terreno, el idioma, cegados ante y por su monolingüismo, o a la retirada con mal camuflaje, que su foro interno no podrá evadir, sí su cerebro "activo", habilitado de antiguo para el usar y tirar.
Los más cultos tienen un último recurso: el ataque, cuando no hay más confrontación que la rivalidad que su inferioridad quiere encontrar, como autovaloración El ataque, el problema esta ahí, suele ser una sola frase "nosotros os salvamos en dos guerras", o "nosotros os devolvimos la libertad más de una vez"; huelga decir que se ven incapaces de especificar las guerras referidas, no reparan el origen del "salvado", ni el bando en el que luchaban sus ancestros, y se vuelve imposible cualquier reflexión acerca del alcance, naturaleza, veracidad o motivo del "salvamento", cual sea el conflicto mencionado. (Cuando lo más sabio sería la vuelta pegada y marchar silbando el "Ave María" de Schubert), hay que cerrar la discusión con frases más propias del show de Larry King, grandes hipérboles ofensivas en menos de 15 palabras, y memeces varias que le permitan clasificarte como un igual, si el tono final logrado fue jocoso, o, si no, un enemigo vencible, aunque blanco, susceptible de calificativo rápido y contundente, apodo, a ser posible, por si no hay guerra y hay que hacer chistes que la sustituyan; con cuidado, eso sí, que la nueva ley Patriota les ha vuelto muy susceptibles a cualquier matiz, y todos saben usar armas —y quién duda que los de los Peace Corps las portan—.



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Última actualización: enero 2005

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