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Cuentos inocentes: Mejor habitaciones separadas, La gran comilona, El problema de mi padre y Las cosas claras

por Jaime López


MEJOR HABITACIONES SEPARADAS

La tremenda explosión dejó irreconocible la práctica totalidad de la ciudad. Aunque las tareas de salvamento iban a durar meses, se calculaba que la cifra de muertos superaría los dos millones y medio. El resto de los habitantes, sin excepción, habían resultado heridos. Sólo habían sido afortunados los residentes en la periferia.

El acontecimiento fue ese día noticia única en todos los periódicos y noticieros del globo, y continuó ocupando grandes titulares durante años. También años, mejor dicho décadas, tuvieron que transcurrir hasta que la ciudad consiguió librarse de la sombra de la catástrofe.

Especialistas de todo el mundo dedicaron en vano gran parte de sus vidas a intentar averiguar cual había sido la causa de aquella destrucción instantánea, pero jamás se iba siquiera a sospechar la verdad. Cómo se iban a imaginar esos eruditos que la culpa la tenía un ronquido. Cómo podían acercarse a la idea de que toda aquella fuerza estaba contenida en el interior de una mujer. Ni la mente más abierta de todos ellos hubiera aceptado la verdad, de haberla conocido. No hubiera creído que aquella mujer había ido acumulando, noche tras noche y siesta tras siesta, durante sus ya casi cincuenta años de matrimonio, los ronquidos que su esposo iba produciendo durante sus sueños más placenteros. Se hubiera reído al escuchar que esta mujer aguantó pacientemente todo ese tiempo mientras los ronquidos insoportables de su marido se iban metiendo por sus oídos y acumulando en su interior. Hubiera despreciado a quien le tratara de explicar que una noche, la de la catástrofe, los sonidos guturales retenidos por esta dama, habían sido expulsados simultáneamente, y sin poder evitarlo, en forma de un solo ronquido que pudo oírse a cientos de kilómetros de distancia, y que dejó desolada una ciudad, mientras el marido continuaba durmiendo.


LA GRAN COMILONA

Junto a las paredes, había unas largas mesas ocupando la totalidad del perímetro de la sala. Unos hombres con traje se encontraban distribuidos sobre las mesas, unos sentados, otros tumbados. Los comensales les cortaban en porciones y se servían en platos desechables.

Era un bufé de abogados.


EL PROBLEMA DE MI PADRE

El problema de mi padre es que es demasiado exigente para todo, no entiende que una gran mayoría de la humanidad no lo sea y sólo acepta las cosas que él llama bien hechas. Ahora mismo estoy con él en el salón viendo las olimpiadas. En realidad sólo las veo yo, él está sentado de espaldas al televisor, leyendo y con tapones en los oídos. Le encanta el deporte, pero no ve las olimpiadas desde que durante la retransmisión de los juegos de Los Angeles en 1984 se enfadara con la realización, arguyendo que mostraban más minutos del público y de los deportistas calentando y esperando, que de deporte en sí.

Ya me he acostumbrado a tener a mi padre cada cuatro años sentado de espaldas al televisor, pero en realidad eso son detalles sin importancia. Ahora que le conozco más me preocupan cosas como el desencuentro que ha tenido con mi madre esta mañana, dice que se va a vivir al armario empotrado, la última vez lo habitó durante más de cuatro meses; y parece que va en serio porque ya ha hecho parte de la mudanza.


LAS COSAS CLARAS

Y por fin, siendo consciente de los motivos que le llevaban a ello, decidió rascarse la cabeza.




Texto, Copyright © 2004 Jaime López.
Todos los derechos reservados.


 


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Última actualización: enero 2005

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