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Relatos: Canción de las Viejas Lunas, Foto en gris, Querido Jahn

por Martin Rasskin



Canción de las Viejas Lunas

Muere la tarde sobre la playa desierta y las sombras buscan a tientas el abrigo de la bahía. El brillo del faro se adivina frío, mientras la tierra rueda infinita, con sus llantos y sus héroes, sonora, eterna, y los médanos suben y bajan.

El cielo vierte el sueño redentor y envuelve al solitario caminante que transita por la delgada línea gris que separa lo que ha dejado de ser luz de lo que aún no ha nacido memoria.

Entonces se quiebra el pulso generoso de los azules que pugnan por regresar al amor de la lumbre, al abrazo de los lugares que sólo medraron en el alma del marino, a los campos infinitos donde comenzó a ser soñado el océano. Y las formas se suceden y los tiempos, y las voces y las ansias quedan atrapadas en las redes salobres, y un somnoliento arpón alienta canciones que nunca volveremos a oír.

Del mar al cielo, del cielo al mar...

Náufragos que pierden la cuenta de las olas y los puertos... ¡Cuántos trabajos, cuántos días! Qué diosa taimada trenza el camino de vuelta a casa, a los rostros de nuestros mayores, a los vientos propicios para navegar una y otra vez sobre los mares de azulejos de las tascas lisboetas donde anclaron todos nuestros barcos, y aún poderse asombrar con el viento, y aún perderse frente a la brumosa isla de Ténedos: ebrios para siempre del vinoso color de lo que puede ser.



Foto en gris

En esa foto sale Santiago, su madre y a la derecha mi padre y mi abuelo de espaldas. No sé qué milonga le está contando mi viejo al abuelo. Da igual. El abuelo se ríe con ganas, como años más tarde le vería yo hacer tantas veces, esa risa franca, abierta, sin medias tintas. Papá tiene un gesto como de cantar un tango con la mano derecha y con la izquierda sostiene un vaso de vino. La fiesta es en casa de los tíos. Se ve la puerta del patio, pintada de blanco.

Junto a esa puerta recuerdo vagamente haberme hecho un corte en la mano... Recuerdo el corte, estaba subido a una silla. El ruido de la botella al caer, el llanto rompiendo la calma estéril de la siesta, mi mano ensangrentada, la tía Cata que venía hacia mí. Siempre tan dulce. Me miro las manos y allí están los puntos. Es la izquierda. Juraría que había sido la otra. ¿Habrá sido el doctor Zabala el que cosió la herida? Apenas recuerdo su rostro...

Contemplo la foto y mi mano. Los puntos me acompañarán siempre. Los hombres de la foto ya no son. También yo desapareceré en la niebla. A tanta distancia esa puerta blanca encierra el recuerdo de horas infinitas. Hace años que mis tíos ya no viven allí. Me bebo el rioja de mis treinta años. Papá está exultante, seguro que le cuenta al abuelo algún proyecto o varios a la vez.

-Don Leizer, no se lo va a creer, pero tengo la fórmula para conseguir un tejido indestructible..., no hace falta lavarlo ni plancharlo. Será el fin de la esclavitud para todos los obreros del mundo.

Y el abuelo, que acababa de pagar el último plazo de su máquina de tejer y ahora podía trabajar a destajo, a tanto la pieza de género, se reía y bebía, y ya estaba a punto de alcanzar el punto en que rompía a cantar y no había quién le parara.

Puedo sentir la fragancia de esa noche porteña, el frescor de las plantas del patio, tiene que ser verano por la forma en que van vestidos, allí habría fiestas más tarde con los amigos de Sergio. Recuerdo al negro y a una chica que bailaba zambas con un pañuelo y que me parecía muy guapa, aunque realmente lo que debería ser es muy sensual pero por entonces yo no sabía qué significaba eso. Yo era simplemente un niño, además no tardaría en marcharme del país por mil años.

Los abuelos ni siquiera quisieron venir al aeropuerto. En la última comida que compartí con ellos vi al abuelo llorar por primera y única vez. En su rostro el temblor de las cartas oficiales de los años cuarenta: sentimos comunicarle que su familia ha dejado de existir, puede solicitar una compensación económica si lo desea.

A tantos kilómetros de distancia, sin un duro el bolsillo, recuerdo haberle llamado muchas veces desde los teléfonos de Cibeles. No tenía monedas, así que miraba bien si no había moros en la costa y marcaba toda la ristra de números 07 54 1 59 39 52. Oía un débil eco del teléfono, al rato acudía el abuelo y le oía decir "hola" con su voz cada vez más cansada. No me daba tiempo a decirle nada. Tenía la secreta esperanza de que algún día iba a encontrar un teléfono pinchado y podría hablar con el abuelo todo el tiempo que quisiera, pero nunca pude hablar más de dos palabras. Sus voces me llegaron en 1980, cuando Roberto fue a casa y grabó una cinta con ellos: una Basf, de esas naranjas y negras (sólo un chaval puede recordar esas cosas). Primero sonaba Pink Floyd y después salía la voz de Roberto y más tarde la entrevista con los abuelos. Recuerdo a la abuela emocionada con el nacimiento de su primera nieta y decía "¡¡Susana!!, ¡¡Susana!!" y luego le mandaba una receta a mi mamá, pero la abuela aseguraba que había que usar harina Blancaflor y no cualquier otra, SÓLO Blancaflor. Y por la noche llamó a Roberto a su casa para recalcarle que la harina tenía que ser Blancaflor o todo el proyecto culinario se vería seriamente comprometido. Además no se debía fiar mucho de esa diabólica caja negra que aprisionaba las voces como había visto en una película de canal 7 sobre la vida de Edison: Mary had a little lamb, Mary had a little lamb... Cómo decirle que estábamos en la otra cara del mundo. Tan lejos.

¿También estaremos condenados a errar eternamente en el cielo? Si existe un cielo para nosotros... En casa nunca se habló de religión: se hacía doloroso pensar en la presencia divina después de la guerra. Y si Dios estaba allí, ¿cómo permitió que ocurriera? Cómo toleró la tortura, la desaparición, la cárcel, el exterminio. Hasta un dictador es capaz de compadecerse. Al menos una vez. Mientras Hitler pasaba revista a sus tropas en Rusia junto a su compadre Mussolini por las llanuras de Ucrania, el italiano intentaba comunicarse con los prisioneros rusos y murmuraba:

-Pobre Boris, pobre Boris. El Führer se desesperaba. ¿Cómo ganar la guerra con semejante socio? La supremacía aria... No, definitivamente el mundo no se parece en nada a la Gran Ilusión de Jean Renoir.

Vuelvo a mirar la foto de mi gente antes de mi nacimiento. Reunirlos a todos. Juntar todas las piezas. Encontrar el sendero que iba de la estación de Villa Bosch a casa. La torre roja de Fiat. Tengo nueve años, cinco. Juego con mi hermano en el jardín de la señorita Perla. La maestra señala la luna y me explica que los hombres han estado trabajando en su superficie. La miro embelesado. De mayor siempre he asociado sus manchas a ingentes obras de ingeniería. Aún no sé andar en bicicleta. Una tarde de invierno remontamos un barrilete que se perdió en el viento austral y desde entonces nos hace caminar a todos. Cada uno a su manera piensa que volveremos a encontrarlo. Corremos por la vía del tren. No tenemos casi nada y, sin embargo, somos definitivamente felices. Nos reímos en el frío una y otra vez. Mi padre nunca usó reloj. Mamá es una niña. En casa nos esperan con leche caliente y torta de miel: los abuelos siempre, siempre están en casa.



Querido Jahn

El doctor Jahn no dice una palabra más alta que otra: no es un marchante de almas. Simplemente, este cirujano infantil, a punto de entrar en la edad de la jubilación, viaja con periodicidad a Kigali y opera gratis.

Sin aspavientos, el médico germano se enfrenta con diabólicas formas del dolor encarnado en niños cuya mirada se ha hecho definitivamente adulta. No hay lágrimas. Sólo ojos que se clavan en el techo del humilde quirófano, desde donde saluda un peluche azul que recuerda vagamente a un oso: uno para todos.

Tanto si se trata de construir un recto artificial en un adolescente abandonado a su suerte como si hay que recuperar la movilidad de las articulaciones de un niño de dos años que sufre pavorosas quemaduras, el señor Jahn mira de frente y lucha a brazo partido contra el implacable imperio de la muerte. Y regresa victorioso una y otra vez de los infiernos como un Orfeo de carne y hueso.

¿Quién es la gente solidaria? ¿De dónde viene? ¿Qué materia sutil impulsa sus naves?

Los medios de comunicación occidentales están demasiado ocupados anestesiando a la población con problemas estúpidos de gente que se mira el ombligo a todas horas. Nosotros aquí seguros (¿por cuánto tiempo?). En la fortaleza europea de celdas incomunicadas, imbecilidad catódica y nadas circulares (¿habrán encontrado nuestros hombres de ciencia un material más resistente que el de las Torres Gemelas para nuestros muros?).

España tiene una larga y gloriosa tradición solidaria. En cualquier esquina del planeta cabe encontrar compatriotas haciendo una labor callada y eficaz, golpeando los mudos pórticos del cielo hasta hacerse sangre, convirtiendo en realidad tangible aquel viejo adagio que afirma que quien salva a un hombre, salva a la humanidad entera.

A esa ingente tarea deberían estar dedicados los mejores esfuerzos de nuestro país, forzando al límite posibilidades y capacidades, obligando a nuestros gobernantes a escuchar y a entender.

¿Es Dios quien alienta la mano del cirujano? ¿Un Dios que permite el dolor inconcebible y luego guía el bisturí de su instrumento en la Tierra...? No sabemos si existe Dios, pero afortunadamente tenemos al doctor Alfred Jahn y a otros seres luminosos como él, arquitectos humanos de otra realidad posible, héroes solitarios que anuncian un mundo radicalmente distinto.




Texto, Copyright © 2004 Martin Rasskin.
Todos los derechos reservados.


 


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Última actualización: jueves, 1 de julio de 2004

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