Biblioteca Babab
[Visita nuestra Biblioteca: libros completos totalmente gratis]



Víctor Hugo Rascón Banda: Demiurgo de una teatralidad sin fronteras

por Mario Saavedra


Si el teatro ha representado desde sus orígenes uno de los espacios por excelencia para reincidir y crear conciencia en torno a las más serias y trascendentales problemáticas humanas, tanto en el terreno individual como en la esfera social, como medio expedito de crítica vehemente e incisiva, la obra del chihuahuense Víctor Hugo Rascón Banda constituye una de las voces más representativas y a la vez personales de nuestra dramaturgia contemporánea. Corrosivo y veraz retratista de algunos de los pasajes más sórdidos del transcurrir cotidiano nacional, en los ámbitos urbano y rural, su teatro resulta ser testimonio fidedigno de los tantos excesos y desigualdades que han alterado nuestra convivencia social, que siguen lesionando nuestro más cierto sentido de identidad, a la vez que en su talante de visionario y sensible humanista nos muestra su indignación ante todos aquellos usos y abusos que inhiben la única y primordial trascendencia del Ser.

Dramaturgo cuyos compromisos estético y humano coinciden en un mismo y único vórtice que hace de su teatro un más que necesario espejo de auto reconocimiento, Víctor Hugo Rascón Banda es autor de una obra pletórica de vivencias tanto ajenas como propias, en cuanto observador pertinaz de lo que pasa a su alrededor y a la vez demiurgo de una teatralidad que indomablemente se vuelca hacia adentro, de un individuo que no sólo crea sino vive sus textos en primera persona. De ahí la sinceridad de su teatro, que no sólo tiene en su autor al artífice de historias inspiradas o propiciadas en/por hechos consignados en la prensa, en la nota roja, sino sobre todo al indignado e incendiario crítico que señala y también sufre la avalancha de sinsabores y desgracias que viven sus adoloridos y sometidos personajes; humanista irredento, no se limita a quitar el velo deformado y deformante que cubre el transitar aciago y tormentoso de sus entes en vilo, sino que propicia que griten, desaforadamente y sin sordina, el dolor de sus penas, la causa de sus quebrantos, su alienada condición de victimarios.

En este sentido, su dramaturgia no se queda en la mera disección de los acontecimientos y de los seres retratados, bajo el dominio de lo pretérito y muerto, sino que trasciende a ese grado de vivisección que señala y exacerba la totalidad del problema, sin prejuicios ni eufemismos de índole alguna, de la voz de quien en su personal testimonio de los hechos busca ahondar en las causas y los efectos, porque el artista de adeveras pretende volver al orden y la armonía lo que es desorden y caos. Es lugar común decir que dramaturgos como Rascón Banda son pesimistas, que se solazan con el dolor, cuando en verdad se erigen como esa cada vez más escasa estirpe de quienes, conscientes de su condición transgresora, para nada complaciente, persiguen el ulterior propósito de contagiar su indignación frente a los más denigrantes abusos y desigualdades sociales, con el único afán de despertarnos del marasmo y así virar el rumbo que pareciera irremediablemente conducirnos al abismo.

Desde hace varios años y en muchas ocasiones he escrito sobre el teatro siempre frontal y aguerrido de Víctor Hugo Rascón Banda, uno de nuestros dramaturgos más lúcidos y visionarios, referente indiscutible del alentador desarrollo y la consagración definitiva del quehacer escénico mexicano de las cuatro o cinco más recientes décadas. En su escritura confluyen la denuncia incisiva, el sapiente empleo de todos aquellos recursos de la invención teatral, un impecable uso del lenguaje, con la inteligencia como vigía que identifica y cuestiona, que desmitifica e inquieta, que penetra y conmueve, como ingredientes torales en la voz de un dramaturgo capaz de poner siempre el acento en algunos de los ángulos más grises de la miseria humana. La universalidad del mejor teatro de Rascón Banda emana, como alguna vez escribió Balzac con respecto a su propio periplo de narrador-cronista de su tiempo, de su honesta obsesión por reconocer y desnudar su entorno más inmediato, en principio del Uruáchic, en lo más intrincado de la Sierra Tarahumara, en el estado de Chihuahua, donde nació.

Ahora que se ha instaurado el Premio Nacional de Dramaturgia "Víctor Hugo Rascón Banda", paradójicamente a iniciativa del estado de Nuevo León y no de su natal Chihuahua, sobre la que ha escrito y la cual ha descrito a raudales, bien vale la pena reflexionar una vez más en torno a las razones y los móviles que dan sentido al teatro más que referencial de uno de nuestros dramaturgos por antonomasia. Si alguna vez escribió Rilke que el oficio de las letras entraña una necesidad tan violenta como inaplazable, como el comer o el respirar ("Escribir o morir"), la vocación teatral de nuestro preciado y apreciado dramaturgo serrano se ha definido precisamente por un no menos connatural y furioso impulso creativo. Auténtico hombre de teatro, desde dentro y desde fuera, como creador talentoso y como espectador lúcido, la obra de Víctor Hugo Rascón Banda, en provecho de nuestro propio quehacer escénico, trasciende su oficio dramatúrgico, cuando en su calidad de crítico y promotor ha impulsado generosamente la obra de otros muchos creadores y ha propiciado la mejora de las condiciones (apertura de nuevos espacios, creación de otros estímulos) de la actividad escénica nacional. Desde su trinchera de defensor auténtico y resuelto de los Derechos de Autor, que desde siempre ha considerado como patrimonio invaluable e inviolable, ha encabezado toda clase de luchas a favor del reconocimiento y el respeto que deben propiciar, tanto en las autoridades como sociedad civil, las obras artísticas e intelectuales, conforme constituyen uno de los bienes más preciados del patrimonio cultural intangible de cualquier pueblo y de la humanidad entera. Si el talento creativo ya entraña en sí un beneficio invaluable para la humanidad, por cuanto beneficia y aporta en sus muchos contenidos estéticos y sociales, justo es que favorezca en principio a su hacedor.

Justo reconocimiento al dramaturgo talentoso y prolífico, al luchador social generoso e incansable, este anual Premio Nacional de Dramaturgia "Víctor Hugo Rascón Banda" lo suscriben el Gobierno del Estado de Nuevo León, la Universidad Autónoma de Nuevo León y el CONACULTA, que otorgarán año con año (por decreto en la legislación de Nuevo León) $150,000.00 y una estatuilla modelada por el también chihuahuense Sebastián. La propia Fundación Sebastián sirvió de marco ideal para la instauración de este nuevo premio (en una ceremonia más que emotiva) que promueve e incentiva la escritura teatral, tras el iluminado ejemplo de uno de nuestros más ilustres dramaturgos vivos, que en uno de esos inexplicables milagros de la naturaleza artística (sabido es que el gran bardo de América, Rubén Darío, nació en un antes de él inexistente pueblo de Nicaragua llamado Metapa) proviene de un pueblo intrincado en la Sierra Tarahumara: Uruáchic.

Honor a quien honor merece, este Premio Nacional de Dramaturgia "Víctor Hugo Rascón Banda" sólo retribuye en algo a lo mucho que este personaje ha aportado a nuestro teatro, a la cultura mexicana, con la vehemencia y la generosidad que siempre le han caracterizado y hacen de su persona un auténtico privilegio para quienes hemos tenido la fortuna de tratarlo y contagiarnos con esa fuerza que emana de la propia naturaleza. Ojalá existieran muchos Víctor Hugo Rascón Banda, para fortuna de Chihuahua, de México y del mundo, que buena falta les hace en medio de una también cada vez más globalizada crisis de valores.




Texto, Copyright © 2004 Mario Saavedra.
Todos los derechos reservados.


 


Babab.com
Para contactar con nosotros entra aquí
Última actualización: jueves, 1 de julio de 2004

Copyright © 2000-04 Babab
Prohibida la reproducción de cualquier parte de este sitio web sin permiso del editor. Todos los derechos reservados.