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Escribir para niños: Rodolfo Dada

por Guadalupe Elizalde


Reza un viejo adagio chino que cuando se habla de los amigos una debe ser mesurada. La lisonja poética puede sonar a advertencia, a pedimento o a campaña de vacunación, todo depende de la calidad del poeta que preceda al introito y a la traza de quien lo escribe.

Sin embargo, todos aquellos que gusten de la poesía y cuenten con el sensorio aguzado para captarla en su hondura, son público advertido acerca de la engañosa vestimenta previa; lectores que ejercitan el arte de deslindar los prólogos y presentaciones del calcificado (o no) esqueleto a vestir. A estos lectores y lectoras quiero dirigirme en esta ocasión; especialmente a aquellos dispuestos a abordar conmigo una carabela, desde Europa hasta el "nuevo mundo", en este caso, a Costa Rica.

Rodolfo Dada (1952) publicó en 1975 un libro intitulado Cuajiniquil, que en la cuarta de forros presenta al autor como un hombre de montaña, asiduo al mar y a las cosas simples. El mar omnipresente en aquel país caribeño lo atrae, pero "Popo" —como le llamamos sus amigos— ya estaba entonces con los ojos embebidos en el verde de la selva, en la cestería natural de los bosques primarios, en las brumas bajas de los de lluvia. El canto de los animales del día y de la noche, era suyo, como voz superpuesta en la línea poética, o susurro subyacente en todo aquello que estimulara su imaginación. Ya estaban ahí los elementos, sólo había que desarrollarlos.

Claro está, dirán los y las avisado(a)s lectore(a)s de Babab; lo anterior es fácil deducirlo cuando se poseen las huellas del escritor a la mano; porque la linterna de Diógenes de esta tecleadora cuenta con la carga de baterías necesaria para iluminar casi 30 años de quehacer poético de Rodolfo Dada. Empero, no hay que dejarse engañar. Rodolfo —quien era una de las jóvenes promesas de Costa Rica— dejó de publicar poesía por muchos años, y cuando reapareció lo hizo con literatura para niños, género que menosprecia quien desconoce las dificultades de la reconstrucción álmica. Porque a los niños se les escribe desde la complejidad de su simpleza, o cualquier trabajo será en vano.

Rodolfo Dada, en 1975, escribió poemínimos; es decir, apostó a la máxima concisión que, en poesía posee sus reglas y dificultades. En el versonema, hay que acertar al corazón del lector con una carga de sílabas muy precisa. Sólo existe una oportunidad y ésta es, además, muy breve:

"Tanto podría decir y comenzar
desde las formas mínimas.
Tanta vida infinita,
innumerables pasos.
                          ¡Mas no soporto el mar
                         sin tu presencia!"

El tema del amor en medio de tanta naturaleza parlante, entre la vida que se desborda a sí misma en aquellas selvas, canales y manglares, tiene que cantar alcanzando ciertos tonos que no desmerezcan. Un poeta expectante, como diría Alejandra Pizarnik en sus Diarios, puede quedar apabullado entre el bramido de las tormentas y sus relámpagos, y esa carencia menesterosa de quien intenta cantar, a pesar de todo:

"Yo soy el que se adhiere.
El que abraza tu cuerpo
y te penetra.
Silenciosamente soy
el que desliza sangre
entre tus venas
y te arrulla
en las noches de niebla."

              "Hoy es lunes y te quiero."

Omnipresente el color, deja estelas que serán reconocidas más tarde en su poesía madura, desde este libro, Cuajiniquil.

"Verás hermano
cómo florece el tiempo
bajo los aleros.
Cómo de mi sangre
surgirán los sueños,
maduros,
con ese color bermejo
de las cosas que amo."

El salto es de 10 años. Rodolfo Dada ganó el premio Universidad Nacional con el libro Kotuma, la rana y la luna (1984), que es un cuento o una serie de ellos cada uno con su propia estructura. La narración, en apariencia sencilla, comienza y termina señalando la evolución de un niño y su renacuajo. Éste, bajo el auspicio de la Luna, se convierte en rana y ambos se aventuran en la selva para llegar hasta el mar. Los dos personajes transitan el asombro, no del abuelo que cuenta un cuento a sus nietas, sino del niño que aún habita dentro de Rodolfo Dada, y se pregunta:

"Dónde la Luna?
¿Dónde?
Toqué la puerta del cielo
y no responde.
¿Dónde su anillo de plata?
¿Dónde su pelo de estrellas?
¿Dónde la Luna?
¿Dónde?
Busqué en la espuma del agua
y no responde."

En literatura, como en la vida, el pre-texto de quien admira y hace sangre cada línea, es lo de menos. Aquello que interesa es el hallazgo: La forma convirtiendo en belleza lo que es cotidiano y, por lo mismo, pasa desapercibido para el ojo con prisa (parodiando a nuestro editor, Luis Miguel Madrid).

El cuento de Kotuma y su rana es la voz del niño que atisba tras el ramal vivido, madurado y padecido por su autor; pero a la vez, la pluma resuelve su agregación con un canto que rescata, como en Cuajiniquil, lo que el poeta ama. Las ideas son universales: Un río nunca es el mismo; la evolución lastima y hace falte el amor para saber que el ser encontrado es el mismo que acunamos en las manos una noche antes, por eso quizás la rana no deja de cantar. Todas las gotas, aun la caída desde la ceiba enorme, son el mismo mar. Un tronco abatido por el rayo se recuerda árbol y un grano de arena rememora un glorioso pasado, como peñón altivo. Es la vida, incluido el arpón temible por el que la tortuga se niega a amistar con Kotuma, cuando advierte al niño: "Ya crecerás", mientras se sumerge con su historia a las profundidades lodosas en donde se cree segura. Kotuma llora; sí ha comido tortuga y ha visto correr su sangre.

El libro termina con un niño que desea ensanchar su horizonte de aldea: "¿Dónde están los pueblos? /anchura del mar./Línea que separa/ su sal y mi sal."

Abecedario del Yaquí, fue un libro publicado en primera edición por Editorial Costa Rica (1982) y reeditado en 2003 por Editorial Legado. En éste, Rodolfo Dada camina de puntillas el abecedario y nos hace recorrer paisajes lejanos y añorados. Las selvas de concreto, al menos, son un buen sitio para la nostalgia. Se trata de un recorrido ético y ecológico cuya señalización es a la vez defensa del entorno (interno y externo) y dolor por lo perdido: Amor, botes, colibríes, chacalines, un delfín herido, esperanza, fuego, etc. ¿Literatura para niños?, se preguntan los lectores cuya siguiente parada debe ser el diccionario. ¡Cuántos nombres ignoramos de esta Biosfera que nos salva y respira por nosotros!

Editorial Norma acaba de entregarle a Rodolfo Dada, el libro De azul el mar. El volumen está dedicado a sus nietas, Nicole y Karina. Todo es un juego de kinderganden donde no faltan números, colores, nombres o canciones de cuna. Las niñas comienzan a hablar y una, como lectora, entiende que no sabe absolutamente nada de la vida: "Karina dice mar/ y la palabra es agua,/sal, barcos a lo lejos... Karina dice agua/ y la palabra empapa la tierra,/ hace crecer las plantas,/florecer un desierto/... Karina dice leche/ y la palabra es una madre inmensa,/ un mundo,/ un biberón repleto... Karina dice mundo/ y todo cabe:/la casa, las ciudades,/los países, un grano de arena, /el atardecer mismo, el mar azul... Karina dice paz/ y es como decir la casa,/el cuarto,/como decir la música,/el futuro...".

Y en otro capítulo, a Rodolfo Dada le asoman los años vividos en Tortuguero, un trozo de paraíso donde halló escenario este poema, Como tambores:

"Nicole oye los sonidos del día.
Está en una selva selva grande,
en Tortuguero,
y no ha salido el sol.
La voz de mamá todavía duerme.
A esta hora los pasos
de una hormiga
son como tambores:
el vuelo de una mosca,
el grito de un tucán
en la rama de un árbol...".

Releo, paso la vista por la cuartilla de cristal, reviso las palabras aquí vertidas y siento que continúo en deuda con las y los lectores(as) de Babab. A pesar de esta cuidadosa selección de poemas y narraciones, a pesar de la emoción compartida y de la voz de Rodolfo aún resonando en los oídos de quien esto escribe, sospecho de mi incapacidad para haber comunicado al hombre que he visto leer —agazapado, tímido, como a media voz— un inédito guardado por decenios, mismo que ha de estar a punto de asomar la cabeza por el durísimo huevo que le ha impuesto a estos poemas su autor.

Han sido muchos años de borramiento, de duda, de correcciones —confiesa él— dolorosas, tanto, que ha decidido darlo a la imprenta.

Rodolfo es un hombre de contrastes, mayormente acentuados ahora que sabe que la poesía ha crecido dentro de sus costillares y a la luz de las madrugadas. Rodolfo vive una fiesta cada vez que escucha la poesía de otros; celebra como niño el pastel de un hallazgo en la garganta de sus hermanos poetas. Pero si se trata de él, pregunta, deduce, vuelve a corregir y a repensar sus metáforas, pues sabe que allí radica mucho del secreto de renombrar el mundo, aunque asegure que este oficio ¡le cansa mucho! La sencillez suele asomarse por sus ojos como reprobación, contra quienes creen que un diccionario y su dominio gramatical, los hace dioses. A veces pareciera decir: ¡Cálmense, amigos míos!, apenas estamos aprendiendo a balbucear. ¡A qué viene tanta presunción! Sin embargo, nada dice; ríe, camina, graba sonidos y retoma su historia, convencido de que cada gota de agua es, efectivamente, el mar:

Circo
"Algunos enseñan sus monedas
para entrar a este circo,
uno trae su perro,
un gato azul,otro una muleta rota,
un título de oficinista.
Pero el boletero exige algo más
que una borrachera rota por un beso,
que una rokola abrazada en el infierno.
Tratando de entrar hay una fama herida,
un dolor abucheado en una cuerda floja,
un payaso quebrado en medio pecho,
un hombre disfrazado de elefante.
Los pocos,
dejaron entrar un padre muerto,
un morralito de infancia,
una pobreza viva,
una garza azul en el trapecio."

No sé si esté entre los elegidos, pero quisiera encontrar este poema en el libro que sigue. Rodolfo Dada decidió abrir la caja de Pandora y, ésta, suele cerrarse a voluntad de la chapa, nunca del poeta. Ojalá que pronto muchos y muchas más conozcan su poesía para "niñas y niños", reales o en conserva.

Un abrazo desde estas páginas virtuales, Popo.

Guadalupe Elizalde
México, Julio de 2004




Texto, Copyright © 2004 Guadalupe Elizalde.
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Última actualización: jueves, 1 de julio de 2004

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