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Recobro de Josevicente Mateo.
Apuntes sobre su vida y su obra.

por Gonzalo de Luis


 

Apuntes sobre su vida

No me acuerdo cuando conocí a Josévicente Mateo. Yo era un niño, quizás un bebé. Su nombre siempre estuvo presente en mi casa. Era un entrañable y fidelísimo amigo de mis padres, y, aunque vivía en una ciudad alejada de la nuestra, nos visitaba con relativa frecuencia. Cada vez que publicaba un libro, nos hacía llegar a casa un ejemplar dedicado. No pasaba mucho tiempo sin que recibiésemos una carta con recuerdos, afectos y alguna impresión cáustica e irónica, casi siempre de cariz político. En fin, a Josevicente le veíamos poco, pero sabíamos que era un amigo de la familia cercano y sin reservas.

Josevicente y mi padre, Luis de Luis, se conocieron trabajando en el Banco Hispano Americano, en Madrid, siendo ambos muy jóvenes. Posteriormente, Josévicente solicitó el traslado a una sucursal de dicha entidad en la ciudad de Alicante, donde vivían sus padres. Siempre les unió una amistad incorruptible, de una solidez pétrea, a pesar de las vidas tan dispares que llevaron, a pesar de la distancia. Esta circunstancia me posibilitó el poder descubrir a Josevicente como escritor, como erudito y como humanista. Para mis hermanos y para mí, de niños y en la primera adolescencia, la figura de Josevicente se nos presentaba tan solo como un amigo de la familia, sin otras vertientes. Era un señor que hablaba mucho y de cosas que no entendíamos. Más adelante, poco a poco, empezamos a ser conscientes de su importancia política y literaria, aunque también éramos conscientes de que se trataba de una importancia local y minoritaria. Es decir, algo de lo que no se podía presumir. Finalmente, ya entrados en una edad en que se rompen los complejos y se exigen respuestas sólidas, fuimos descubriendo a Josevicente Mateo Navarro como lector, como escritor y como político, sus principales funciones por orden de importancia.

Josevicente vivió siempre con su madre, hasta el fallecimiento de ésta. Tuvo una hermanita que murió al poco de nacer. Fue hijo único, en definitiva. Nació en 1931, en Jumilla, Murcia. Se mantuvo soltero hasta unos años antes de su muerte. Se casó siendo un sesentón, pero un sesentón largo, sin previo aviso, contra todo pronóstico, y poco después falleció de lo que sabía que iba a fallecer desde hacía mucho tiempo: de un mal hepático, por culpa de un hígado muy bien macerado en vino, como él mismo decía.

A pesar de sus estancias en Madrid, no fue ésta una ciudad que dejase huella en su obra. Vivió gran parte de su vida en la ciudad de Alicante. Pasaba temporadas estivales en la playa de San Juan, población que colinda con Alicante. Conservaba la casa familiar en Jumilla, y fue en esta ciudad murciana donde pasó los últimos años de su vida. También en la costa murciana mantenía un feudo, en Águilas. Es decir, en la provincia de Alicante compaginaba la urbe, la ciudad estricta, con la costa recreativa; y, asimismo, en la provincia de Murcia compaginaba la ciudad interior, donde mejor se concentraba para llevar a cabo su labor literaria, con la costa placida, sosegada y familiar de Águilas. Es importante esta constante, porque Josevicente, durante muchos años, renunció a ser viajero para residir en alguno de los cuatro lugares mencionados, solares parecidos, cercanos, pero con los que pudo abarcar, tener presente y abrazar, las dos provincias sobre las que más escribió y que más desvelos le proporcionaron.

En la reseña biográfica de alguno de sus libros se indica que Josevicente era autodidacta. Nunca he entendido muy bien este término aplicado a un escritor. Hablando con propiedad, un escritor es sólo autodidacta si aprende a leer y a escribir por sus propios medios, sin ayuda de nadie, y, en principio, ésta sería una situación improbable, muy improbable, prácticamente imposible. Si escritor autodidacta es el que no tiene estudios universitarios, ¿significa esto, a sensu contrario, que los licenciados en humanidades, por ejemplo, tienen facultades para ser escritores por el mero hecho de ser licenciados? En caso de que hubiese tenido estudios específicos de Filosofía y Letras, o de Periodismo, sus libros, sus escritos, en general, no tenían porqué haber ofrecido una característica especial. Mucho me temo que, en este aspecto, se otorga excesiva importancia a los estudios superiores. Cuando J.V. leía, estudiaba, cuando estudiaba, investigaba, y cuando escribía daba vueltas al proceso. En definitiva, no le hizo falta la universidad, y si hubiese cursado estudios superiores, me atrevo a especular que el resultado de su obra hubiese sido el mismo. Fue un erudito, un polifacético escritor; versátil en fondos, formas y gustos, y de una indudable formación cultural. No es relevante, por lo tanto, el origen de su acervo, basta saber que era amplio, resultado de una formación continua. El principal cuerpo de su obra se compone de ensayos. Si hay quien entienda, seguramente de manera precipitada, que un escritor que se dedica a este género debe de ser licenciado, por lo menos en estudios de humanidades, le invito a que realice una reflexión antes de entrar en el cuerpo a cuerpo con la prosa de J.V. Decididamente, el término autodidacta no se usa correctamente.

J.V. se instaló definitivamente en Alicante. Desempeñó correctamente su trabajó en una sucursal bancaria, con pulcritud y seriedad, y sin plantear excesivas quejas. Llegó a un pacto consigo mismo: trabajaría para poder mantener un nivel de vida aceptable, que le proveyese de recursos suficientes para la manutención y la lectura diarias, y que le dejase tiempo suficiente para disfrutar de ambas necesidades. En esos años el trabajo era, por lo general, estable, sobre todo en grandes empresas, y la incertidumbre laboral no era una amenaza que condicionase las actitudes frente al trabajo. No se vivía un ambiente de diabólica competencia. En definitiva, J.V. renunció al dinero y a la posición social que le hubiese comportado ascender a puestos de mayor responsabilidad. Carecía de obligaciones familiares, y, dado su carácter poco combativo en el plano de la competencia laboral, supo renunciar a las prebendas que otorga el arribismo y la vana ambición. A cambio, consiguió su propósito y obtuvo tiempo para leer, meditar y escribir.

A pesar de todo lo dicho, he de recalcar, para que no exista el más mínimo mal entendido, que J.V. era minucioso y correctísimo en el cumplimiento de su trabajo en el Banco, confraternizaba con sus compañeros y no se servía de excusas para justificar su aparente conformismo. Sin embargo, siempre fue un raro en el círculo laboral que le toco vivir. La hora del almuerzo a mitad de mañana era empleada de diversa forma por cada cual. Unos se marchaban a tomar un café a un establecimiento próximo; otros, leían la prensa diaria, casi siempre un periódico deportivo; otros, sencillamente, comían cualquier cosa y fumaban un pitillo. Sin embargo, J.V. no renunciaba a desaprovechar el momento de descanso para leer el libro en el que en ese momento estuviese enfrascado. No hacía de menos a nadie, ni nadie le daba la espalda en la convivencia diaria, pero que duda cabe que el ambiente laboral que le rodeaba, igual daba que fuese el correspondiente a los superiores, a los inferiores o a los iguales, no era el más propicio para que se pudiese explayar, para que se pudiese manifestar, con la misma naturalidad que lo haría cualquiera de sus compañeros. Las amistades del trabajo y las amistades intelectuales eran completamente opuestas, vivía entre dos mundos. Sin embargo, nunca tuvo una queja al respecto.

En el trabajo, entabló relación con un compañero mucho mayor que él, don Antonio Cremades. Una vez se hubo jubilado don Antonio, siguieron manteniendo una estrechísima amistad. Don Antonio había sido teniente del ejercito regular republicano. Era comunista y católico. Su participación en la Guerra Civil fue intensísima, épica, dolorosa y dramática. Una vez terminada la Guerra, fue hecho prisionero. Después de serle conmutada la pena de muerte y tras varios años de presidio, consiguió un puesto en el Banco Hispano Americano, un puesto suficiente para salir adelante, para rehacer la vida sin rencor. Ahí conoció a J.V. No sólo fueron el uno para el otro interlocutores válidos, fueron necesarios, oportunos y complementarios, sobre todo en lo político. J.V. era un joven con ideales de izquierda que buscaba una forma de combatir. Don Antonio representaba los restos de un combate. Pongo como ejemplo esta amistad como una de las muchas que jalonaron la vida de J.V., y que tanto influyeron en su formación política y académica. No creo equivocarme cuando adivino en J.V. y en muchos jóvenes de su generación, una inquietud muy intensa por obtener respuestas a muchas preguntas que se dejaron de formular desde el año 39. J.V. tenía nueve años cuando terminó la guerra. A finales de la década de los cincuenta era un joven inquieto e idealista que notaba un vacío en su formación. Nadie hablaba de la guerra, no se planteaban dudas sobre el desarrollo de muchos acontecimientos, no se respondía siquiera a las confusas situaciones familiares que tuvieron su origen en el conflicto, no se obtenían datos por cauce alguno, siquiera con ánimo de conocer de una manera objetiva la historia reciente. En los años inmediatamente posteriores a la guerra, la propaganda oficial fue cansina, parcial e incuestionable, y ofrecía muchos datos e imágenes de la victoria que, lejos de ofrecer respuestas, planteaban aun más dudas. A partir de finales de los cincuenta, ni siquiera existía esa información. De repente, la guerra dejó de existir. El ansia por conocer de la generación de J.V., la que nació justo antes de la guerra, crecía conforme el deseo se veía insatisfecho. El recurso fue buscar a las personas que con discreción y confianza pudiesen rellenar todos los huecos vacíos de la inquietud. Esas personas eran los supervivientes de la política, de las letras, de la ciudadanía, en general, que permanecieron calladas hasta que algunos jóvenes empezaron a preguntarles por cosas que habían pasado veinticinco años antes.

A finales de los años sesenta, J.V. emprende una serie de viajes a lo largo de la región de Murcia, compuesta entonces por las regiones de Murcia y Albacete. Aprovecha los días de vacaciones, o algunos fines de semana, para realizar las excursiones. Viaja preferentemente andando, si el trayecto es largo lo hace en tren, y, en alguna ocasión, emplea un automóvil. Toma nota de lo que ve y de lo que escucha, de las conversaciones que mantiene con los paisanos de unos y otros pueblos; acude a los archivos, a las bibliotecas y a los registros públicos solicitando información precisa sobre personas y hechos concretos de la historia local; retorna a su casa de Alicante para continuar con el quehacer del día a día; reinicia el viaje el siguiente fin de semana allí donde lo dejó en la última excursión; se hace acompañar, en algunas ocasiones, por el fotógrafo Catalá Roca; da comienzo a un nuevo libro, un libro de un viaje a lo largo de Murcia y Albacete. El libro que había sido encargado meses antes por el editor Josep Verges, responsable de la editorial Destino, que quería que J.V. escribiese la Guía de Murcia, guía que formaría parte de la colección de Guías de España que estaba editando bajo el mencionado sello. Hoy en día, el tono de esta colección está desfasado y casi todos los libros que la integran se han convertido en piezas de libreros de lance. Faltan, quizás, unos años, no muchos, para que alguien rescate y reedite alguno de los títulos como textos de literatura pura.

El atuendo habitual de J.V. durante estos viajes era más propio de un maqui que se había echado al monte, que el de un investigador de rutas y monumentos. En definitiva, tenía un aspecto sospechoso, de ningún delito en particular, pero sospechoso, por lo menos para algunas fuerzas de orden público, y esa era la razón por la cual era continuamente detenido o molestado. El recorrido entre pueblos limítrofes lo emprendía a pie. ¿Qué hacía un caminante desconocido, con greñas y barba desordenada, caminando bajo el sol radiante entre uno y otro pueblo en una comarca escondida de una región apartada? No hacía más que levantar sospechas. Por eso le interrumpían, le atosigaban, aunque formalmente no le detuviesen. Mi padre nos contaba que en algunas ocasiones J.V. recurrió a él para evitar pasar la noche en una celda. Cuando la situación había sido aclarada, era liberado, pero casi siempre fue difícil hacer entender el motivo de un viaje a pie tan pintoresco, tan innecesario, en apariencia.




Josévicente Mateo (izquierda) y su amigo Luis de Luis ante el castillo de Jumilla. 1997.

A comienzos del año 1966 se fundó en Alicante el Club de Amigos de la UNESCO. J.V. se encontraba entre los fundadores, y formó parte de la primera Junta directiva ostentando el cargo de Bibliotecario, un cargo muy propio para él, por cierto. El Club UNESCO estaba instalado en Madrid y Barcelona. La finalidad de éstas asociaciones, en teoría, era meramente cultural y recreativa, y sus actos y propósitos estaban inspirados en el espíritu de la UNESCO. A principios de la década de los sesenta, retornó de su exilio el maestro Óscar Esplá. Se instaló en la ciudad de Alicante, y, desde entonces, la vida cultural sufrió un revulsivo, leve, pero significativo. Una serie de intelectuales locales, algunos con decidida dedicación artística, otros, sencillamente inquietos y cultos ciudadanos, promovieron la creación del Club. Evidentemente, el Gobierno Civil de la provincia de Alicante, en pleno año 1966, radiante el franquismo, no se permitía ligereza alguna a la hora de enjuiciar las solicitudes de legalización. Se denegaba cualquier propuesta que pudiese alimentar el más leve juicio crítico, pero, el caso del Club de Amigos se escapó del rigor. Una asociación inspirada en la UNESCO debía ser permitida, con recelo, con dudas evidentes, con resquemor puntilloso, pero debía de ser permitida. Por supuesto, en más de una ocasión los actos públicos fueron interrumpidos, la sede fue clausurada, y la actividad paralizada, pero, al fin y al cabo, se logró continuar hasta la democracia, hasta que ya no hizo falta, según unos, hasta que se agotaron los ánimos, según otros. Con los Amigos de la UNESCO se recuperó el espíritu ateneista y la divulgación recreativa de la cultura. Se proyectaban películas, se representaban obras de teatro, se daban lecturas de poemas y conferencias, se organizaban coloquios, debates, seminarios y exposiciones de obras plásticas. La finalidad, en definitiva, fue la divulgación y el entretenimiento; las consecuencias, la relación ciudadana pacífica y armónica, el despertar y el mantenimiento de la inquietud política. Era innegable que el sustrato del Club era la vena política, la gestión de la denuncia y la esperanza, pero no existió nunca una seña de identidad ideológica única, ni siquiera mayoritaria. Por supuesto, fue acusada de estar dominada por los comunistas, acusación que no sólo provenía de las autoridades franquistas, sino, sobre todo, de miembros de la asociación contrarios a tal tendencia. La acusación, en cierta forma, tenía fundamento. Los comunistas siempre han tendido al totalitarismo, incluso en los afanes más nimios, y, claro, es que siempre han sido y serán totalitarios. En su descargo, hay que reconocer que en este tipo de asociaciones, solían ser los que más trabajaban. En palabras de J.V., el Club fue lo único que supieron compartir los demócratas alicantinos. Una vez llegada la democracia, se fueron dispersando los socios, el Club se disgregó hasta fenecer. El foro de la denuncia y la esperanza cambió, para ubicarse en los partidos políticos; la recreación cultural hoy en día es objeto de diversos juicios: los nostálgicos renuncian a creer que hoy exista vida cultural; los críticos consideran que la cultura se ha empobrecido; los más animosos, los que siempre se mantienen contemporáneos, creen que las manifestaciones culturales, sencillamente, han evolucionado. Lo único cierto es que el Club se agotó.

J.V. Mateo fue presidente del Club desde 1973 hasta 1978, aunque, desde su creación hasta el año 1980, en que se disuelve, ostentó cargos en casi todas las Juntas y participó en innumerables actos públicos como conferenciante, contertulio o espectador. A raíz de la llegada de la democracia, adoptó una actitud política de vanguardia. Fue cofundador de la Junta Democrática de Alicante y del País Valenciano, de la Taula de Forces Politiques i Sindicalls de Alacant, y de la Junta de Oposición Democrática, asumiendo el papel de interlocutor provincial con determinados poderes fácticos en los años posteriores a la muerte del General Franco. En 1977 fue nombrado Senador electo por la provincia de Alicante. En un primer momento, formó parte del grupo parlamentario de los Socialistas del Senado, pero, apenas un mes después de las elecciones, a raíz de una escisión en el grupo socialista, entró a formar parte del grupo parlamentario de progresistas y socialistas independientes. La legislatura constituyente duró un año y medio. Después de aprobarse en referéndum popular la Constitución de 1978, se disolvieron las Cortes el dos de enero de 1979. Desde entonces, la actividad política de J.V. fue decayendo, quizás por la decepción que le producía la evolución de los partidos y algunas opiniones cercanas. Siempre fue muy crítico con todo lo que acontecía a su alrededor, pero no se convirtió en un viejo cascarrabias antifranquista. Fue siempre juicioso y sensato con todos los compañeros de viaje, incluso con los que decidieron cambiar su destino, pero llegó un momento en que no tuvo nada que decir, y no por falta de criterio o equipaje, sino por falta de ánimo. El juego político, a partir de la Constitución, no podía funcionar con independientes cerebrales, algo nostálgicos y aprisionados en un pasado. Quizás fue demasiado exigente en el plano moral. Él fue consciente. No supero el rencor del año 39, y esta actitud le impidió sumarse al tren de la democracia actual. Escudado en su inquebrantable elegancia y un sólido sentido de la educación y el respeto, nunca manifestó rencor hacia nadie en concreto. No supo hacer frente al futuro y se volvió a encerrar entre Alicante y Murcia, entre sus libros. Desde entonces, fue, más si cabe, un escritor respetado y admirado, un escritor de los que dicen de culto, es decir, con escasos pero devotos lectores. Durante los últimos diez años de su vida no se prodigó por entre las candilejas artísticas, abandonó los circuitos políticos, y se entregó, con una firmeza de ermitaño, a la lectura y a la escritura. Respecto a su pasión literaria, nunca menguaron sus ánimos, aun sabedor de que sus obras, siempre recibidas con una aureola de prestigio, tenían un flaco destino.

Unos años antes del fallecimiento de J.V. acompañé a mi padre a Jumilla. Los dos amigos querían despedirse, darse un abrazo final. J.V. veía muy próxima su muerte, y, aunque sobrevivió unos años más, lo cierto es que tenía fundados motivos en presagiarla con tanta seguridad. Era la primera vez que visitábamos su ciudad natal, y J.V. era el mejor anfitrión posible. Era conocido a lo largo y ancho de la localidad. Despertaba un sentimiento de respeto como el sabio sin adversarios que había llegado a ser, pero también despertaba un cierto sentimiento de lástima, dado que se había convertido en un sabio de ciencia inútil. Era, como anfitrión, por supuesto, un libro abierto, un apabullante libro que no paraba de hablar y hablar, siendo su conversación una cascada de datos, acontecimientos, bulos, certezas, opiniones y ditirambos sobre su querida tierra. Después de visitar algunos monumentos del casco histórico de la ciudad, quiso enseñarnos el cementerio, donde estaba enterrada su madre. Nos pareció una buena idea. En España no tenemos el gusto de visitar los cementerios, salvo que la visita tenga como único fin el velar a un difunto cercano. Sea por un falso sentido del respeto hacia los fallecidos o hacia los familiares de los éstos, el caso es que no sabemos siquiera admirar los cementerios como obras de arte, ni sabemos emplearlos con absoluto aprovechamiento como lugares de recogimiento y contemplación. En algunas ciudades de Europa, los cementerios se terminan convirtiendo en parques públicos, conservando parte de sus tumbas como monumentos que incitan a la contemplación de lo bello y a la evocación de lo trascendente.




Luis de Luis, el autor y Josevicente Mateo en el pórtico de la Iglesia de Santiago, en la ciudad vieja de Jumilla. 1997.

Entré con Josevicente en el cementerio. Mi padre se quedó en el coche. Era minusválido y en ese momento, cansado y algo débil, no se sentía con fuerzas para pasear por entre las tumbas. Se paró J.V. en la puerta de la dependencia del camposantero para saludar a éste y a los sepultureros que en ese momento se tomaban un respiro. El camposantero le devolvió el saludo con una guasa muy efusiva: ¡¡¡Buenos días, don Josevicente, mi único cliente vivo!!! Luego nos dirigimos a la tumba de su madre que se encontraba muy cerca de la entrada. Nos quedamos los dos mirando fijamente la lápida. No rezamos, pero nuestro silencio era evocador. En la lápida figuraba el nombre de la madre, la fecha en que nació y la fecha en que murió, lo habitual. Lo que no era habitual es que debajo del nombre de ella aparecía el de J.V. con indicación de su fecha de nacimiento y con la fecha de defunción sin grabar. Una ancianita que rezaba ante una tumba cercana se acercó preguntando si el difunto era un familiar cercano, una pregunta quizás indiscreta, pero normal en una ciudad pequeña donde se cree conocer a todo el mundo. En cualquier caso, era una interrupción cariñosa. J.V. le respondió a la señora con cierta sorna que no, que la inscripción se refería a su persona y que le estaba enseñando a un buen amigo su futura tumba. La señora volvió a su quehacer un tanto asombrada y siguió rezando. Nosotros nos sumimos de nuevo en un silencio sepulcral, el más propio, dada la situación.

En abril de 2001 falleció Josevicente Mateo Navarro.

Ya nadie lee a J.V. No se reeditan sus libros. Quizás, con el tiempo, cambien los gustos y se retorne, con paciencia y dedicación, a la obra de un escritor olvidado. Yo, por mi parte, no deseo buscar culpables de este olvido, sólo, si es posible, incitar al recobro de Josevicente Mateo.


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Apuntes sobre algunas obras publicadas

A comienzos del año 1966 se publicó en Barcelona, en la editorial Edicions d´Aportació Catalana, el libro titulado Alacant A Part, obra de Josevicente Mateo prologada por Joan Fuster. Desde su aparición, este ensayo es considerado un clásico, es decir, un libro de aportaciones indudables, incuestionables, un libro sin edad. Ha llegado a ser tal su consideración de clásico, tan indiscutible, que en un momento dado se dejó de leer, a pesar de que el público siguiese hablando de su contenido, a pesar de las reediciones, y a pesar de que sirviese para sostener las atrevidas teorías que se han improvisado en las tertulias políticas por polemistas que no habían leído la obra. Por supuesto, cuando hablo de público, de ciudadanos que muestran interés, tanto en 1966 como en el día de hoy, me refiero a concepto muy laxo, muy esquemático, de los posibles lectores.

En cualquier caso, Alacant Apart es un ensayo que tiene todos los ingredientes para perdurar en los anales de la literatura política. Por lo pronto, con su publicación es la primera vez que se trata de una manera seria, rigurosa y con suficiente espacio, el hecho diferencial de Alicante respecto al resto de la región valenciana, respecto al resto de los países de influencia cultural catalana. Debo hacer una observación previa. En 1966, cuando se escribía sobre determinados problemas regionales o interregionales, no se usaban términos que ahora son perfectamente reconocibles, tales como nación, país, comunidad autónoma, federalismo, etc. No es Alacant a part un libro desfasado por su temática, reitero que no, pero la terminología política cambia con una rapidez asombrosa, y, a veces, algunos términos provocan alguna que otra confusión en el lector actual, sobre todo si se trata de un joven.

La segunda razón de la importancia de esta obra es que está publicada en catalán, aunque fue escrita en castellano. Esta situación no se oculta, es más, en el libro se manifiesta claramente cual es la lengua original del manuscrito, como no podía ser de otra forma, pero es importante este dato por el efecto que produce. La obra plantea de una forma abierta el fraccionamiento soterrado, pacífico y natural que vive la provincia de Alicante respecto a la influencia catalana. Lo mismo, pero dicho en catalán, parece, indudablemente, todo un acto de valentía frente a determinado sector de la ciudadanía valenciana que lo entiende como una provocación, dado que no quiere ni oír hablar de los planteamientos fronterizos. Es decir, el efecto de la obra, editada en su lengua original, hubiese sido otro, más tenue, seguramente.

La historia estaba esperando a Josevicente, no tanto para ser protagonista directo de hechos capitales, como político, sino para dar fe, para testimoniar como escritor sobre la vigencia de algunas cuestiones muy difíciles de enfocar. Hace cuarenta años, y ahora también, era difícil explicar con pulcritud y precisión la mera existencia de algunos hechos diferenciales. Antes era difícil porque en España estaba vigente un régimen dictatorial que ponía límites a muchas expresiones públicas; ahora, es difícil, porque, sencillamente, no interesa. Las frases de los políticos nacionalistas o regionalistas, afiladas y destructivas, no suelen invitar al debate, al estudio o a la reflexión; pretenden, sencillamente, la respuesta inmediata e irracional del acólito. Josevicente asumió de lleno un papel muy ingrato, el de escritor, cronista, divulgador y crítico de una sociedad concreta, en un tiempo y un lugar concretos, pero, tomando partido, y no sin dejar de reflexionar y de argumentar cada extremo, sabedor de que podía crearse más enemigos que lectores.

Los libros de viajes se suelen caracterizar por las descripciones detalladas y la aportación de datos concretos. Los libros de ensayos se caracterizan por la retórica, por el discurso, por los pasos razonados que desembocan en una conclusión o en la motivación de una duda. Esta definición puede ser un tanto peregrina, muy básica, quizás, pero la entiendo útil para hacer una primera aproximación a los dos géneros. La obra de J.V. consta, principalmente, de ensayos, libros de viaje y conferencias sobre materias diversas; en menor medida, algo de teatro y prosa literaria, por no utilizar los términos relato y novela, mucho más concretos. Nos centraremos en el ensayo y el relato de viajes, por ser los géneros que más abarcó, géneros cuyo componente común más característico es la mezcla de la descripción y la reflexión. Una prosa rococó, recargada, forrada con adjetivos precisos y exactos, una prosa ensortijada; el placer del discurso giratorio sin límites, sin solución o con una solución ritual a modo de colofón; el vestir las cosas para mejor vestir las ideas, y, sobre todo, el confundir para aclarar, son claves para entender y apreciar una prosa difícil, que requiere gusto por la lectura paciente, gusto para saborear. El resto de la obra de J.V., teatro, relatos varios, aforismos, no es una obra menor, pero si es deudora de su obra ensayística.

Resalto dos libros de viaje por encima del resto de su obra, Imagen de Alicante y la Guía de Murcia. El primero contiene una serie de ensayos sobre diversas aspectos de la provincia de Alicante. Desde cuestiones históricas que fueron maltratadas, pasando por la reivindicación de los paisajes y los horizontes olvidados, hasta las exégesis gastronómicas y la minuciosa descripción del paladeo del vino el país. Artículos cortos, densísimos, abigarrados, terribles, definitivos y valientes. El segundo libro, la Guía, no sirve para viajar, sirve para leer. Si se quieren adquirir conocimientos a través de un viaje, no sólo es necesario el viaje en si, el desplazamiento, es importante, muy importante y útil, una previa formación. La lectura de la Guía de J.V. invita a viajar, pero, sobre todo, invita seguir leyendo. Es el mejor propósito que puede tener un libro. La satisfacción del ansia de lectura, en sí mismo, es un viaje.

Importante, importantísimo, la gastronomía y la enología. En los años sesenta, hablar sobre las costumbres gastronómicas y sobre los vinos y los hábitos que originan, era un tema menor, un recurso que podría causar no sólo la indiferencia, sino el desprecio de quien consideraba la más alta literatura como un coto cerrado para temas folklóricos o populares. Hoy no, hoy está superada esta limitación. La brecha la abrieron Camba, Perucho, Luján, el mencionado Cunqueiro, y, apartado, entre arroces, Josevicente. Hoy, todo tema cabe en la literatura con posibilidad de ostentar idéntica categoría. En casi todos sus libros de viajes o de ensayos, J.V. traer a colación, deba o no deba, el aroma de los arroces, un buen vino y la serenidad que una correcta digestión debe provocar.

La práctica totalidad de la producción de J.V. es un viaje, un único libro sobre un viaje a lo largo de los hábitos, las costumbres, la gastronomía, los complejos, los defectos y las virtudes de sus conciudadanos. J.V. fue un viajero de corto alcance geográfico. Viajó poco por el extranjero y mucho por España, pero en los últimos veinte años de su vida no se movió del círculo que forman sus cuatro ciudades, entre Murcia y Alicante. En cualquier caso, siempre tuvo la condición de viajero. No viaja más quien más veces y más largo se desplaza, sino quien mejor percibe lo que observa, aunque el destino sea un lugar próximo al punto de partida, aunque se trate de un lugar común, sin glorias ni virtudes. En cierta forma, J.V. es un heredero de Azorín, y no por el estilo literario, sino porque mantuvo el mismo ánimo, el mismo aroma en sus obras. El estilo claro y nítido del maestro de Monóvar es precisamente el opuesto al alambicado y barroco estilo de J.V., pero desde Azorín surge un tipo de escritor orgulloso de su tendencia, que si bien siempre había existido, era infrecuente, y es el escritor que acude a lo pequeño, a lo cotidiano, a lo recóndito, para elevar la anécdota a la categoría de tema, y la discusión local a la categoría de disquisición ecuménica. Así, la Guía de Murcia, Imagen de Alicante o el propio Alacant Apart, son una suerte de largos viajes a sitios cercanos. Son libros que confirman una dedicación tan evidente por la discusión y la retórica, una actitud tan leal a lo cotidiano y a lo regional, que ha llevado a se malentendiese a J.V. como escritor. Si, se le ha malentendido porque, quizás, se le consideró sólo como autor de asuntos restringidos al ámbito de lo folclórico y lo tribal. J.V. optó, como muchos escritores desde los años cuarenta, a centrarse en lo más inmediato, en lo más local y concreto. Así, Álvaro Cunqueriro se encerró en Galicia y en asuntos mágicos; Pla, se encerró en el Ampurdá describiendo y analizando todo lo que veía, discutiendo consigo mismo; Fuster, izo lo propio en Valencia; Josevicente se hizo fuerte en su feudo. Son muchos los nombres que podemos traer a colación. Unos, optaron por centrarse en descripciones y abstracciones para poder escribir con libertad sin que les molestase la censura. Otros, bordearon la frontera de lo permitido y hablaron de lo local, de lo menor, con la intención de dar a cualquier asunto la importancia que de verdad requería, con la certeza de que no existían verdades principales ni secundarias, sino sólo la apariencia de verdad. Fueron escritores sin complejos y sin miedo, y, aunque no fueron radicales, escribieron con énfasis y riesgo. En esta segunda tanda de escritores periféricos se encontraba J.V., pero fue malentendido. No fue útil políticamente, ni fue rentable económicamente. Fue siempre respetadísimo como escritor o erudito, pero se le leyó mal o no se le leyó en absoluto; fue, en definitiva, un escritor con exégetas, pero sin verdaderos lectores.


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Apreciaciones sobre el material inédito.

En 1991 J.V. me remitió unos textos inéditos para que dispusiese de ellos como quisiera. Dado que yo sólo editaba poesía a través de una revista, me advirtió que quizás el material no me sería muy útil. Se trataba de una colección de aforismos, máximas y adagios rápidos que había escrito a lo largo de años y que formaban una especie de memoria y evolución de su pensamiento político y social. No hay un hilo conductor, sólo frases sueltas, deslavazadas, ahora sobre esto, ahora sobre aquello. Muestra con ellas su desengaño por la política, sin renunciar a los sinceros ideales de compromiso público que le hicieron participar en la política activa como Senador. Muestra su absoluta oposición a los nacionalismos y otras vertientes de la tozudez y la incoherencia humana. Muestra su agotamiento, pero también la felicidad de saberse cómodo entre la sabiduría que llegó a adquirir, la incomprensión de que fue objeto y la absoluta falta de vanidad que siempre le caracterizó.

Para Babab.com, he seleccionado unos cuantos aforismos de los cientos que dejó escritos. Son sólo una representación, y nada motiva su elección sino mi gusto personal.

En su genereoso afán por ayudarme como incipiente editor, J.V. me envió, asimismo, unas cuartillas en borrador sobre una novela que, jugando con un conocido título de García Márquez, se titularía General, sí tienes quien te recuerda, de Fidel Pan. Desconozco si llegó a terminar este proyecto. No se trata exactamente de una novela. Son hojas sueltas y ninguna es continuación de la otra. Todas empiezan y terminan en frases cortadas. Trata asuntos varios, siempre trascendentes, siempre con una compleja verborrea, formando una yedra de términos y signos de puntuación, una disquisición como cota de malla que lejos de aclarar conduce a la más absoluta incomprensión. J.V. me remitió este material por si yo lo quería utilizar en el número dos de la revista de poesía que estaba editando. No era poesía, pero me lo brindaba para ayudarme. Entonces no supe editarle. No le comprendí. Ahora, caigo en la cuenta de lo que significa esta novela, o como quiera denominarse este discurso rebelde que termina por convertirse en un disparate. Se trata de una novela sin fin ni principio o que empieza y termina en el ojo del propio autor; se trata de una novela imposible, que no pudo ser; se trata de un malabarismo o de un juego de erudición formal, un juego privado que consiste en retorcer y extralimitar el propio estilo ensortijado hasta la deformación.

Josevicente vivía para la lectura y la escritura. Por fin le he comprendido y ya le puedo editar. Estas cuartillas privadas demuestran hasta donde quiso llegar exagerando su propio estilo: estamos ante un suicidio artístico motivado por un exceso de fe en la literatura.


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Obra inédita. Algunos aforismos, máximas y adagios rápidos.


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Notas de interés bibliográfico:

  • Alacant a Part. Edicions d´Aportació Catalana. Barcelona 1966. Prólogo de Joan Fuster
  • Alacant A Part. Eliseu Climent, Editor. Valencia, 1986. 2ª Edición.
    Prólogo a la 2ª edición de Francesc Pérez i Moragon.
    Edición del veinte aniversario.
    Historia de la Provincia de Alicante. Obra colectiva. Escrita por: Francisco Moreno Saez, Salvador Forner Muñoz, Josevicente Mateo Navarro y Francisco Poveda Navarro.
  • Alicante A parte - Versión en castellano. Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, Exm. Diputación Provincial de Alicante. Alicante, 1991.
    Edición del veinticinco aniversario.
    Versión en castellano del prólogo de Fuster y del Libro de Mateo.
  • Imagen de Alicante. Rema Edicones. Alicante, 1967.
  • Dog, Chien, Hund & Co. Reunidos. Obra de teatro en un acto. (1970).
  • Maravillas de España
  • Blanco y Negro en el infiel de la Balanza
  • El vino en la poesía Española
  • Fútbol alrededor
  • Murcia. Ediciones Destino. Barcelona, 1971. Fotos de Catalá Roca.
  • Los Amigos de la UNESCO de Alicante. Los Libros Residuales
  • Alicante, 1983



Texto, Copyright © 2004 Gonzalo de Luis.
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Última actualización: viernes, 7 de mayo de 2004

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