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Como un tango

por Martín Rasskin


Tomás pensó que la imagen que le devolvía el espejo no era de su agrado y apagó la luz bruscamente. Miró por la ventana del pasillo que iba a su cuarto deteniéndose en la contemplación de una esquina: -Los días tienen un sabor amargo últimamente. Estoy en un punto circular de mi vida, como si fuese un pasajero de un vehículo que ha reducido su marcha para entrar en una rotonda y una vez dentro no acertara a encontrar la salida. Este mismo pensamiento ya lo tuve hace tres días y lo recuerdo antes dando vueltas a mi alrededor...tal vez debería cambiar otra vez de ciudad- pensó mientras el viento agitaba con fuerza las copas de los árboles. Se vistió apresuradamente y salió a la calle buscando la esquina que había visto desde la casa. Pero esta no era más que un rincón sórdido, repleto de funcionarios malhumorados y toda suerte de genuflexos que hacían tiempo a la hora del café. No se quedó en ella más de un segundo y buscó la Avenida que conducía a la casa en donde había dormido hacía dos noches -o eso creía recordar.

Por el camino pudo sentir la luz del día en su rostro y, sin darse apenas cuenta, una sencilla e inexplicable alegría invadió su alma de perdedor nato. Sus ojos se extraviaron durante un leve instante contemplando una atractiva mujer que caminaba en dirección contraria a la suya. Sus miradas se entrecruzaron y Tomás quedó fascinado por el eléctrico ardor que despedían los ojos de aquella desconocida. -Esa mujer tiene algo que recuerdo haber perdido -se dijo. Y, sin detenerse a pensarlo, cambió bruscamente el sentido de su marcha lanzándose en su busca. A esa hora había mucha gente que circulaba por la Avenida Dos Reis y por un momento pensó que inevitablemente la iba a perder. Su situación le resultaba totalmente absurda, pero al mismo tiempo le producía una gran excitación. Tal vez estaba persiguiendo su última oportunidad de conquistar la paz consigo mismo, unido para siempre a aquella hembra, como abrazado a un rencor. Entonces soñó el tacto de sus manos, la casa, la risa de los hijos. Por fin dejaría de contemplar la vida de los demás como un espectador aturdido y haría su entrada triunfal en el escenario de la normalidad. Tenía que hablarle, no podía dejarla escapar... Súbitamente volvió de su luna y se dio de bruces con la realidad. Había llegado hasta Plaza Palamidessi recorriendo la gélida e interminable Avenida y ni rastro de ella. La majestuosa estela que exhalaban sus andares se había esfumado por completo y tras ella, la puerta de salida de la nada circular. Finalmente, se dijo que era inútil continuar y resolvió poner fin a aquella persecución desesperada. -Después de todo, iba hacia la casa de otra mujer- pensó terriblemente confuso.

Entró en el primer bar que encontró. Se sentó, pidió un café y un paquete de Lucky Strike. Y entonces la vio. Estaba sentada en una mesa del rincón y leía una revista. Tomás se lo tomó con calma, asegurándose de que resultaba invisible para ella. Disimuladamente examinaba lo que tenía ante sí: una mujer morena, de unos treinta años, y los ojos más turbadores que recordaba haber visto. Eran de un color extraño, con un brillo acerado y etéreo. La mezcla en perfecta armonía de los ojos de Elizabeth Taylor y la mirada de Kim Novak. Sus manos tenían un aspecto decidido y ágil. Su rostro ya había sido descrito en la letra de un tango que no acertó a recordar...

Pero ella permanecía impasible hojeando su revista, aunque de cuando en cuando -con regularidad mecánica- alzaba la mirada y escrutaba todo cuanto se hallaba a su alrededor. Tomás creía comprender el sentido de estas pausas pero no se decidía a actuar, ni adivinaba cuál iba a ser su próximo movimiento. Hacía tan solo unos instantes estaba derrotado y se encaminaba como un autómata hacia la casa de una muchacha fría y distante, en busca de la confirmación de su propio fracaso. Ahora, lejos del territorio hostil, el espejo se había transformado en un oblicuo aliado por el que era fácil no perder ni uno solo de los leves movimientos que hacía esa mujer. -Esto se parece cada vez más a un tango- pensó para sí. Respiró hondo y resolvió acercarse.

Desde hacía algún tiempo, consideraba que poseía -como si de un don de la naturaleza se tratase- una suerte de sexto sentido que se encargaba de hacer sonar la alarma si la empresa sentimental resultaba demasiado comprometida o simplemente no tenía perspectiva de éxito alguna. Confiado en su instinto, se sentó enfrente del sueño que había decidido descifrar. Esos gestos delicados, esa elegancia natural que rodeaba como un halo vaporoso sus cabellos y el aroma sutil del exquisito perfume que aún flotaba en el aire despertaban en Tomás una pasión olvidada hacía ya muchos años. Ella continuaba absorta en las páginas de su revista, como si no cayera en la cuenta de esa nueva presencia. Por fin, cerró cuidadosamente el objeto de sus lecturas -que resultó ser un ejemplar del Paris-Match-, abrió su bolso, extrajo un cigarrillo y se lo llevó a los labios con gesto seductor. Tomás se apresuró a darle fuego y entonces pudo ver con toda claridad su rostro. No se había equivocado. Ante sí tenía a la serena y equilibrada perfección.

-Todo ha sido vigilia y soledad hasta reconocerla. Es la amante de todas las noches del mundo, la madre de nuestros hijos, la deseada compañera para el viaje más largo...- pensó conmovido y asustado. Pudo sentir un extraño hormigueo y no supo qué decir. Ella aspiró lentamente el humo de su cigarrillo, levantó la cabeza con suavidad y buscó ansiosamente los ojos de su acompañante. Era evidente lo que quería decir aquella mirada: yo también te buscaba en medio de esta niebla. A partir de aquí, todo iría a mejor. De pronto, ella alargó apasionadamente su mano y asió la manga derecha de la americana de Tomás. -No sé qué voy a hacer con él, esto es demasiado para mí- dijo mirando hacia la barra. Aunque hizo un esfuerzo, no acertó a comprender el sentido de esas palabras, pero en cualquier caso, se alegró de que hubiese sido ella la que había comenzado a hablar. Todo eran presagios de una velada intensa y profunda.

-Estoy absolutamente decidida y no tengo la más mínima intención de dejar escapar la oportunidad de cerrar esta etapa de una manera conveniente para mis intereses básicos, porque ya está bien, he estado junto a Carlos los mejores años de mi vida y le he dado lo más sagrado que hay dentro mío: mi pasión, ¡todo mi amor! He cuidado de él como la mejor de las mujeres, exigiendo un cambio de asistenta cada dos o tres meses, haciendo que trajeran la bollería de Mallorca y ahora, cuando considera que se ha cansado, y digo bien CANSADO de mí, me cambia por una fulana de tres al cuarto que ni debe saber organizar el servicio y que carece absolutamente de clase y, a fin de cuentas, es una don nadie, un cero, un culo, un simple culo que sólo sirve para follar. ¡Sólo porque tiene veinte años y aún está de buen ver! Pero no es más que una oportunista de principios morales muy dudosos, vamos, una puta barata, eso es lo que es. Una tía guarra sin nada en el coco, una pedorra que hasta debe lanzar eructos en el transcurso de una fellatio; porque yo no es que sea muy escrupulosa pero siempre he tratado de cuidar las formas básicas de comportamiento -siempre la forma- y nunca, puede usted preguntarle a Luis de la Fuente o a Irma Gortázar, he dicho una palabra más alta que la otra, jamás he dicho una mentira y me he preocupado por mi aspecto físico a conciencia, a sabiendas de que a Carlos le agradaba tener una mujer-objeto a su lado, para que todos le envidiasen su suerte e hiciesen comentarios al pasar a nuestro lado. ¡Eso sí que le gustaba! Pero ahora que se me han ablandado las piernas y ya no tengo aspecto de teenager, me tira a la basura como si se tratase de un descolado mueble viejo. Y yo nunca le hice la vida imposible, siempre traté de respetar sus espacios vitales y me ocupé de lo mío: reuniones y beneficencia. Porque cuando papá vino a ofrecerme la dirección de Quinosa yo la rechacé. -Antes que tener que perder mi tiempo entre tus obreros, prefiero vivir de las rentas de los locales que me dejó mamá- le dije. Además, ya por entonces había contratado a un detective -menudo imbécil de detective- para que averiguase si el divorcio de Javier Duque iba a suponer alguna modificación en el régimen de alquiler de mis locales de Plaza Roma. Mi abogado insistía en que había que consultar con Magistratura y que el caso podía sentar jurisprudencia, pero yo le advertí que o bien pagaba la cantidad acordada o a la puta calle. Al final tuve que desplazarme hasta la casa del inquilino en cuestión y hacer la investigación por mi cuenta. Al noveno día descubrí al cabrón de Duque entrando en su portal abrazado a un travesti-fantasía. Ahora ya tenía por donde cogerle si me salía con la cuestión de los jodidos bienes gananciales... Además, yo nunca me comporté como Almudena -que dicho sea de paso siempre intentó mentirnos sobre sus orígenes pero a mí no me la da. Yo sé perfectamente lo que era ella antes de casarse con Alfonso: una advenediza dispuesta a cualquier cosa con tal de subir en la escala social y tratar de borrar sus inciertos orígenes en una familia de ganapanes mal avenidos, si hasta estuvo a punto de echarle el lazo al cuello a un mafioso peruano con un cuento delirante sobre la herencia de unas tierras en México- la típica señora-de su-casa que está dando la vara todo el día y que reclama para sí cariños y atenciones exageradas, porque siempre traté de estar en mi justo lugar sin pasarme ni un pelo y ahora me encuentro con este marrón que resulta tan chungo. ¡Qué leches...! Pero si es él el que pierde. Qué chorradas estoy diciendo, joder, pero si yo puedo tener todos los hombres que quiera, vamos, sin límite, es que me los puedo cepillar a todos si quiero. Es que manda cojones, una mujer como yo, con clase, con una educación esmerada, con sensibilidad, en suma. ¿Qué más puede desear un hombre? Una persona dulce y atenta, no como las putillas ignorantes que te encuentras ahora que no son más que pura arrogancia y que en cuanto te descuidas las dejas preñadas. Esas desgraciadas que escupen basura por la boca porque en su interior no tienen más que odio y envidia a las que son como yo... pero si es que tienen un coño como una catedral y...- siguió vociferando y aún alzó más el tono de voz cuando Tomás había logrado zafarse y se encaminaba rápidamente hacia la salida de aquel sitio que se le antojó el mismo infierno. El café entero se había convertido en una fábrica de azufre.

Afuera había comenzado a llover a cántaros y los espantosos gritos de aquel sueño truncado, de aquel juguete definitivamente roto, le persiguieron durante el resto del mes. Como era su costumbre en los momentos delicados, intentó tararear algún tango para capear el temporal, pero de su garganta sólo salieron las compungidas notas de ¡Pagaría por no verte! -Estoy perdiendo facultades...- se dijo. Y desapareció en medio de la tormenta.




Texto, Copyright © 2004 Martin Rasskin.
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Última actualización: viernes, 7 de mayo de 2004

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