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Diario incorrecto y mongol (III)

por Nacho Toro


Cada vez que, sobre todo esa nueva gente que vengo a conocer, así me pese, en sus treinta asentados, alguien me espetaba la pregunta en España, me veía en un compromiso, me afectaba, y llegaba, pese a mi fuerte convicción, a avergonzarme, pues como vergüenza aquellos lo querían tratar. Es esta misma debilidad de carácter que ahora me desespera y ocupa la vida. Porque por ella no he defendido adecuadamente mi integridad física. Sí, esto está en juego. La cuestión es que cuando, estos meses antes de la odisea, algún neoconuto me preguntaba por mi ocupación, no sabía bien qué, ni en qué tono contestarlo, por la variedad, y la vacuidad, que sé, para él, de mis ocupaciones. A veintinueve de agosto, la misma sensación incómoda me autulla cuando oigo, y es constante, y es comprensible, la pregunta. Mi respuesta me hará recado mi debilidad y el negro futuro que me he marcado. A día de hoy soy, en la capital más fría del mundo, y sin comodidades ni contraprestación pecuniaria, profesor de inglés para periodistas, en el Club de Periodistas, profesor de español en la Universidad Nacional de Mongolia, profesor de Cine Español y Latinoamericano (Hispanoamericano) en el Instituto Nacional de Cine Mongol, editor del noticiario en idioma inglés del canal de televisión TV9, escritor, co-coordinador de una guía de viajes e investigador, para la tesis doctoral, del cine mongol. Me han ofrecido, además, más clases y trabajar en una serie de televisión, y yo vine con el proyecto aún en bragas de hacer unos documentales, que ya pergeño para proponerlos en la TV9 y la escuela de cine, y la necesidad de consumar el cortometraje que no culminé en España. Parece falso. Digo "soy periodista" o "enseño inglés". Cuanto más vivo y más pez gordo me topo, más me doy cuenta de como me infravaloro, y la cantidad de necios mediocres que dirigen todo, hinchando el tórax.

He conocido hoy a una de las estrellas del pop de aquí. Parece haber caído prendada de mí al momento, y no ha sido del todo fácil deshacerme de su insistencia y la de su amigo borracho, que he acordado complaciente apelar "Yan val Yan".
Con ellos, tomaban vino italiano del Véneto varias hembras treintonas y un seco mongol ruso. Hay una provincia mongola, por raza y lengua, que pertenece a Rusia. El amigo Serguei es productor de cine. Va a rodar una película en coproducción con Mongolia sobre los mongoles en los años previos a Gengis Khan. En enero, nada menos. A ver si me puedo meter, puede que esté más desocupado, pero asusta por lo que todos sabemos. Estepa siberiana.

Les encontramos en uno de los bares pijos del centro, a la alemana y con música en vivo, volviendo del concierto-expedición arqueológica de Modern Talking. En la puerta del bar, conocí a este hombrecillo que tiene un cine y se ha hecho con otro para convertir en multisalas con proyecciones de basura yanqui con subtítulos. Para enero, también. Me acojono, y apunto para la tesis. Aunque el contacto lo voy a perder. Siempre me voy sin los números. Pero no sabes nunca, otros días me vengo con treinta y ocho tarjetas de presentación, que es lo más necesario para todo mongol, y lo más placentero, de diseñar, de llevar, de tener, y, oh, de dar, y, bueno, con este montón de cartoncillos me siento como el que carga la guía telefónica a casa. Es gente a la que nunca llamaré; no recuerdo quién es cuál en buena parte de los casos. Nomin es el gran contacto. Ella los conoce a todos. Es abierta, una de las mejores periodistas y relaciones públicas del país, lleva el nombre del principal conglomerado empresarial mongol, aunque no tenga nada que ver con él, y traduce su nombre por "Lapislázuli", que es muy bonito, pero mucho.

Nomin tiene un aspecto más extraño cada día. Su rostro es una mezcla de mongol y portugués, pero si no lo dice, yo no detectaría ninguno de los componentes de la mezcla. Sobre todo, el portugués. No usa bigote.

Nomin se vino al concierto de Modern Talking sin uno de los miembros, del grupo, digo, tras acompañarme toda la tarde a la escuela de cine, para cerrar tratos laborales y de investigación, como consultora y traductora mía. Logré, si les llega el papel con membrete pronto, mis cartas para solicitar una beca en España, me comprometí a dar el curso de cine, él, el director, propuso que enseñara inglés también, se hablará esto con el club de periodistas para trasladar aquí la ubicación del curso, y probé la leche de caballo. No recuerdo el nombre en mongol, y supongo que será de yegua, pero lo de las traducciones tiene estas cosas. Es un líquido fermentado repulsivo al gusto, no tanto al olor. Casi no la probé. Se comprometieron también a darme un reproductor de vídeo para que pueda ver películas en casa. Ahora sólo preciso una tele en condiciones.
Mi vecino ve TVE Internacional, la BBC, un canal alemán, y National Geographic, como puntas de lanza de la desigualdad inmoral entre él y yo. A veces, hasta recibe una tele filipina, "filipino", dicen los anglos estos. Me siento ultrajado. Más que por el cable, porque he visto su piso. Tiene lavadora, máquina para hervir arroz, y mil millones de veces más pinta de hogar que la mía. Yo tengo polvo, polillas gigantes y escombros por todos lados. Pero más que por esta diferencia, me siento atacado por lo que me he encontrado en mi piso al volver. Al volver del sueño, 9 de la mañana, sábado, me encuentro a mi casero con dos personas en mi salón. Se han colado con dos cojones para seguir la eterna reparación/adecuación del piso para el invierno. Nadie vivía inmediatamente antes que yo, pero han tenido que esperar a que yo me instale, con mis 200.000 tugruts de abusivo alquiler, para venir a diario a amontonar polvo en mis libros bienamados y mi ropa no lavada, tirar ventanas y golpear tuberías. La escena puede mejorar aun sin Totó. Rafa dice que yo soy Mister Bean, y, como él, no me doy cuenta. Rafa ha conseguido que el proyecto con Trapiello vaya adelante. Pero mi guión genial fue despreciado. Yo sugerí el proyecto, pero, aun sin saberlo, para ese guión. Rafa lee sin parar, pero escribe "hay" por "ahí". Su guión sobre el mundo del teatro es infumable. Gracias a mí, ha comenzado a robar libros. Me debe mucho, como mentor en el crimen, y probablemente una entrada de filmoteca.

Uno de los dos obreros, era una treintañera atractiva con pañuelo pirata. Decido obviarlos, y continuar dormido en mi saco-sarcófago de hasta -12 grados. Si hubiera comprado 4, podría dormir en la calle en enero. Cada poco, un ruido me despierta. Sigue ahí. Cuatro horas después, abro el ojo. Se han ido. La alfombra está levantada, el trabajo, inacabado.

Me relajo aun así. He logrado dormir, y por fin estoy solo. Voy al servicio, y les oigo. Siguen en la cocina ahora. Consigo cerrar la puerta del retrete, pero no la del baño. Da igual, pues no me hubiera duchado en ningún caso. La bañera está llena de agua, para limpiar en ella las herramientas de trabajo, como comprobaré al volver por la noche. No todas las herramientas; la botella de güisqui escocés no se baña. Pero esto es sólo un segundo acto. He de volver repentinamente a casa a las dos horas, tras haber salido al poco ante lo imposible de plantearse cocinar allí.

Cuando vuelvo, me encuentro las dos puertas de la entrada abiertas. Un sujeto desconocido se sienta junto a ella. Me echo la mano al bolsillo, por si me pide la entrada. Como no tengo entrada, me cuelo. Voy directo a mi teléfono, al pie de mi cama. Para eso volví. Llamada urgente. Mi casero reposa tumbado en mi cama plácidamente mientras observa a la mujer prieta y el varón maduro embadurnar de barro mis baldosas No puedo creer del todo lo que veo, y sonrío, hago mi llamada como si nada. No olvido sonreír al despedirme de nuevo.

El cuarto acto es yo pidiendo ayuda al vecino para poder forzar la puerta interior, mohosa, que yo nunca cierro, y mi amable propietario - uno de ellos, aquí todos parecen disponer de tu tiempo y espacio a su albedrío - no ha dudado clausurar, nunca mejor dicho.

He de usar mis contactos para hablar de vivienda. Ahora conozco a los mejores artistas del país, empresarios, así, en general...como esperaba, a buena parte del pequeño grupo de élite, que se relaciona sólo entre sí y con extranjeros, y Nomin me ha presentado. También conozco al jefe de la iglesia ortodoxa rusa en Mongolia, un personaje de Andrei Rubliev con el maravilloso acento ruso y el inevitable fanatismo sacerdotil, aunque más parece un monje. Nos enseñó su pequeña iglesia, sita en un enorme edificio con jardín de Gigante Egoísta. Tenía los ojos morados. El iris morado. Bonito. Raro, pero, con cierta luz, posible. Me lo pregunté durante toda la visita. Pasamos por allí, y Nomin, tan volcada siempre en teoría a lo espiritual, tras el fiasco de llevarme a la UB más arrabalera para mostrarme la nueva gran iglesia católica que iba a inaugurar el Papa, pero ya no, que no estaba acabada, y en nada se parecía a una iglesia, y sí a una mezquita, mucho, decidió de repente que quería visitar la iglesia rusa.

Había un número de teléfono indicado junto al horario que nos sugería volver antes otro día. Le planteé anotarlo, y llamar luego. Llamó al momento, y entramos.
Los ojos morados, ella le preguntó al cura, en su espléndido ruso, y me lo reflejó al final, ante mi duda, eran lentillas. El barbudo jefe eclesial con sandalias y mirada mística era tan juguetón como para ponerse unas lentillas moradas. Así va Dios.

Así que conozco a muchos. El ortodoxo me dijo que fuera a los servicios religiosos. Me quiere convertir del catolicismo a la ortodoxia. Habrá que encontrar antes esa iglesia nueva perdida y ver qué pueden hacer por mí con lo del catolicismo. Mientras, podría pedirle una habitación en el gigantesco edificio.

Es el primer patriarca ruso en Mongolia desde 1921. En medio de la revolución mongola, un húngaro liquidó a su predecesor. La estatua de Stalin frente al palacio de la ópera desapareció, tras amanecer teñida de rojo, cuando cayó la URSS. Ahora se puede contemplar en un restaurante ex club nocturno muy cercano a mi hogar sin ventanas, creo que en el Axis.

El concierto de Modern Talking merece tal vez un capítulo aparte, breve, pero aparte. Su existencia ya es un capítulo aparte. Esta tierra prometida de los dinosaurios del escenario merece un premio de la industria discográfica global. Por qué más de 10000 mongoles, tal vez 20000, se congregan durante más de tres horas y pagan un mínimo de 4 E, y 12E como máximo, por bailar al son de este afeminado alemán de tupé increíble, papada asentada y moreno de uvas, no lo sé. Por qué yo acudí a la cita, no precisa de más líneas.
La hora de comienzo: 9 de la noche.
Lugar: estadio nacional, donde se celebra el festival Naadam, en julio, con tiro con arco, carreras de caballos y mucha lucha mongola inundando de tradición la ciudad.

Hasta las diez y media no acaban los prolegómenos. En vez de unos teloneros, el estadio, rodeado de policías ociosos que se distinguen por ser lo más zote de la sociedad, y su violencia gratuita, según Nomin - no sabemos de quién se supone que se distinguen, para distinciones ya tienen el uniforme - acoge el sorteo de un sintetizador y un coche, con grandes gritos de la muchacha presentadora.

Luego, surge un humano sobre el escenario. Es The King of Cachemire, un millonario líder del Partido Republicano, la oposición en el Parlamento y promotor musical. A él debemos agradecer la visita del ilustre dinosaurio, y a él le muestran gratitud unas ciento cincuenta personas que van desfilando por el escenario para recoger su pedazo del 20% de la recaudación de la noche, que dona el empresario a varios hospitales de la ciudad. Los doctores mongoles tienen buena educación, pero cobran menos que los profesores universitarios. Se hace pesado el político, y comienzo a observar a la gente. Los esnobs que pagaron el triple por una localidad de asiento se hallan demasiado lejos del escenario, y permanecerán en pie igualmente todo el concierto. Se está llenando el césped. Han de haber abierto las puertas. Hay familias enteras. Es el acontecimiento del puble. Otra vez como Islandia. Los pueblerinos no acaban de descubrir la ciudad. Por fin, un videoclip de los Ochenta se vislumbra en las grandes pantallas laterales. Son las diez y media. Gritamos. No, es de los cincuenta, y no es un videoclip. Es una imagen captada simultáneamente por alguna de las cámaras sobre el estrado que acumula un ciento de amantes del transporte público de UB, a juzgar por los montones formados. Un hombrecillo saluda en inglés a la multitud, algo apagado. Los ancianos no encuentran su lugar. Los niños se aburren. Los jóvenes, sin embargo, oyen constantemente algunos de los temas de esta noche en las disco ulanbatorianas, y botan. El grado de alcoholismo sobre la hierba maltratada es notable.

Brotan peleas. Una chica es castigada severamente en el vientre a mi lado. El novio, que peleó momentos antes con el agresor por cualquier cosa, no reacciona en modo alguno. Ella se duele. El agresor es un postadolescente borrachuzo sin media ostia que ofrecer a los hermanos.

Según camino la multitud, bajo los compases del primer "Atlantic is calling" de la noche - serán tres, a falta de temas conocidos luego del puñado éxitos - las diebuscas locales no dejan de abrirme las miradas. Muchas sueltan la ya coletilla "Yisus". Las más, parecen complacidas. Después, en el Nosequé River, una disco que me llevará al final de la noche, me seguiré sintiendo poderoso por deseado. Prácticamente toda la población del pub es femenina, y joven. Los ojos me buscan en la pista. Sólo bailo decentemente a Ramstein, pero me desenvuelvo cantando el "Lasciate me cantare", anterior incluso a MT en mi memoria.

Los fuegos artificiales cierran un concierto soso, aburrido de solemnidad, con una misma tonada repetida sin cesar, que me recuerda lo perecedero de las modas y estilos, y que aparte de esta especie de macrodiscoteca de inuits (con todo lo cutre y fuera de tono que eso implica) hace nada arrasaba en la educada Europa. Los fuegos son de asociación pobre de vecinos necesitados. Por suerte, para entonces ya nos hemos escaqueado en las tinieblas de esta ciudad sin farolas y olemos la pólvora desde el puente de la libertad, que cruza una avenida sin nombre.

Me anoto curiosidades del día en la muñeca: los chavalitos recogiendo botellas en pleno concierto, como hacen en la calle; la gran sorpresa de la europeizada y americanizada y viajada Nomin, su empeño en mostrarme una maqueta de unos pisos en proyecto en una oficina inmobiliaria por lo extraño; el gordo de origen europeo que utiliza el siguiente paso hacia la esquizofrenia para mi reloj sin pulsera en el bolsillo, que uso también de despertador: el despertador en el bolsillo que usa de reloj de pulsera; la costumbre, que descubro, de sentarse en la mesa alternando el género de los presentes: hombre, mujer, hombre; la ignorancia suprema de los mongoles en lo referente al cine y su conocimiento de Almodóvar; la sugerente consulta de mi hermana en el correo-e sobre si soy un espía; la insólita reparación-usurpación de mi maleta - la pieza estaba dentro, y no sé cómo él lo sabía - por mi casero-okupa; la escolta policial muy ruidosa de un solo coche a multitud de furgonetas y buses en dirección al Hotel Chinggis. Hay una conferencia de presidentes de compañías aéreas comerciales de Asia y el Pacíficio. A los miembros o trabajadores de algún tipo de la ONU nos prohíben volar en la MIAT, aerolíneas mongolas.

Adoro el acento ruso, y me dicen que lo imito muy bien. Estoy de acuerdo, y vuelvo a lamentar mi poco interés a tiempo y mi poca contumacia en mi mayor virtud: el aprendizaje de idiomas.

Sólo sé 3 palabras, o 4, en mongol. Me sirven para saludar al gordo mofletudo vecinito que se exalta cuando me ve en el parque de juegos frente a casa. Si pudiera cuidar niños, aprendería. No creo que paguen mucho menos que en la Universidad.

Sé que no pueden pagar mucho menos. Me estoy convirtiendo en un mongol hasta en el salario. Me han salido coloretes, como a ellos, aunque lo suyo parece más sanguíneo; el sol brillante no me perdona. El nomadismo me va, y también uso lo de llegar tarde a las citas. Si me ves tumbarme en tu cama sin avisar mientras uso tu móvil para llamar a tu jefe y avisarle que hoy no acudirás al laburo, empieza a saludarme con un "Sambanó" y a imprimir tu tarjeta de visita.




Texto, Copyright © 2004 Nacho Toro.
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Última actualización: viernes, 7 de mayo de 2004

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