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Cuentos inocentes

por Jaime López


 

SÓLO TENGO OCHO AÑOS

Sólo tengo ocho años; pero me siento vieja. Físicamente estoy bien, estaría bueno. Es más bien cosa de coco. Ya estoy aburrida de todo. Mis amigas me aburren, sus infantiles comentarios me aburren. Estoy cansada de ir al colegio. Pero no cansada como los demás niños; yo siento un tremendo peso a mis espaldas, siento cómo cada día de los últimos años se deposita sobre mis hombros, cómo intenta doblar mis rodillas, cómo ese peso se concentra sobre mi columna cuando estoy sentada en clase escuchando a la señorita. Los segundos se hacen eternos y los dedico a pensar la forma de escapar de todo esto.

No tengo energía para seguir. No aguanto ni un día más el trato con mis padres. No quiero seguir dando explicaciones a nadie. No quiero que me hablen como a la niña que soy. No quiero tener que contar qué he hecho en el colegio, qué tal las amiguitas, qué tal la comida. Todo eso no tiene la menor importancia para mí. No me interesan esas tonterías. Ni siquiera me interesan ya las noticias de los periódicos. Estoy harta de tanta basura, de tanta hipocresía, de tanta MIERDA.

No soy ninguna niña prodigio, ni tengo ningún don especial. Es sólo que veo las cosas como son. No poseo ese filtro que normalmente ofrece la infancia y que da un tono peculiar a la realidad, un color de inocencia y despreocupación. En el fondo envidio a los niños y niñas de mi edad. Ojos que no ven, corazón que no siente. Son felices; o, por lo menos, se creen felices. Yo no. Ni siquiera me gustan las golosinas, nunca me gustaron, ni los cromos, ni los juguetes, ni los dibujos animados. Yo creo que nací vieja.

Lo peor de todo, es que no le veo solución. Sé que si lo comento con alguien, con quien sea, nadie lo entendería jamás. Y es porque verían a una niña de ocho años contándoselo. Eso es como un sello de identidad, y en una sociedad como la nuestra estamos todos identificados. Los niños somos niños y si no lo demostramos, los adultos (por llamarles algo) se preocupan y empiezan a hacernos pruebas, para poder identificar nuestra anomalía en sus catálogos y así saber clasificarnos correctamente dentro de un grupo que ya está identificado. ¡Pues a lo mejor yo soy la única niña vieja en todo el mundo! O a lo mejor todos los niños somos viejos pero ninguno se atreve a decirlo. Igual nos pasamos la infancia sufriendo y disimulando por miedo a tener que ser identificados y clasificados.

De lo único que estoy completamente segura, es de que así, no aguanto más.


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MADRE NO HAY MÁS QUE UNA

Es la cuarta vez este mes, que suena el telefonillo a las cinco de la madrugada y es mi madre que viene a saludarme con sus ocho amigas en una noche de borrachera alegre.


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A LA CARTA

Sí, pertenezco a ese diez por ciento de mujeres americanas que tienen un hijo que no es de quien se supone que es su padre real. Pero es que yo quería lo mejor para mi hijo: el cariño de su padre y el cuerpo y la inteligencia de mi amante.


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Texto, Copyright © 2004 Jaime López.
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Última actualización: viernes, 7 de mayo de 2004

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