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Pathos o virtud, un poco de humor en serio

por Guadalupe Elizalde


Dentro de la literatura universal han existido personajes cuya importancia se mide por sus silencios en vida y, posteriormente, por las menciones que recibe su obra desde los escritorios de los grandes enterados, después de su muerte. Tal es el caso del pensador alemán Christoph Lichtemberg (sigloXVIII) de quien Goethe afirmó: "Podemos servirnos de los escritos de Lichtemberg como de la más maravillosa varita mágica; cuando hace una broma es que ahí hay un problema oculto".

El filósofo supo poner el humor en sitios dolorosos y no por esto su existencia transcurrió en medio de la infelicidad. Digamos que Christoph poseía un espíritu sano y por ende flexible, que lo mismo sirvió a Kant para subrayar ideas en rojo, que al amargo Schopenhauer, quien llegó a considerarlo el "pensador por excelencia"; es decir, aquél que nos hizo el favor excepcional de pensar por sí mismo y nunca a través de criterios ajenos.

En este principio de siglo inundado por la soberbia del razonamiento avant tout, habría que volver los ojos a ésta, su extraña humildad, a veces cáustica pero siempre certera.

Su pensar flexible, como debe ser el de cualquier espíritu que duda, costeó por las orillas del amor al estilo del Werther (Goethe), aunque con gran descontento por lo trágico del final. No por ello dejó de amar con gran fuerza a una muchachita que más adelante la muerte le arrebató, como dice él mismo, "a la tarde, como una puesta de sol". Del ateísmo más suspicaz (no fuera a convertírsele en otro modo de religión) pasó a "la evolución sentimental de abandonarse a la vida mística para orar con fervor". León Tolstoi, personalmente desmintió a uno de sus críticos cuando pretendió ubicarlo bajo la influencia kantiana, develando en su defensa que en su vida había "bebido más de la fuente del humor de Lichtemberg, que de la contradicción". Incluso llegó a escribir: "No comprendo cómo los alemanes de hoy descuidan a este escritor y enloquecen en cambio con un folletinista como Nietzsche".

Como puede observar nuestro(a) lector(a), los aforismos de este hombrecito, enorme científico silencioso, levantaron polémica e hicieron pensar a su época (empresa de siempre harto difícil en tiempos de molicie intelectual).

Afirmaba que la Revolución Francesa fue sin duda obra de la filosofía; "pero qué abismo- apuntó flamígero- entre ésta y el grito de ¡a la Bastilla!, resonando en el Palais Royal".

Siempre inquieto, fue el primero en penetrar con ánimo filosófico (desconfiado) en el contenido de los sueños. Mucho antes que de Max Ernst, Valéry o Rimbaud, se dirá de él que es "el dueño del humor, o el profeta del azar". Yo -escribió- ni negar ni creer; me dedico a demostrar que uno a veces cree en algo y, sin embargo, no cree. Nada es más insondable que el sistema de resortes de nuestras acciones".

Contemplado bajo la luz débil y medrosa de esta cáscara de siglo, su pensamiento parece adelantarse y reír ante los esfuerzos vulgarmente psicoanalíticos que quisieran comprenderlo todo y el intento de racionalizar hasta los temores más íntimos del ser humano, claro, para deshacerse de ellos en el basurero del inconsciente y bajo la primitiva creencia de que allí desaparecerán sin más, como en el sombrero de un mago de la Gestalt. En el caso de Lichtemberg -y de muchos escritores-, olvido no significa inexistencia, aunque la desmemoria sea indicativa de cierto autismo, y selectividad sospechosa.

El conglomerado humano da la impresión de vivir paralizado en el umbral de la autointeriorización, por terror a toparse con el vacío si se atreve a cruzar esa frontera. Por eso se habla tanto hoy del auto conocimiento; por ello la promoción desorbitada de cursos para llegar a sí mismo. A la par, estamos viendo el surgimiento potencial de más refinadas y parapetadas neurosis, algunas danzando disfrazadas de virtudes y a la luz de las necesidades creadas que impone el mercantilismo desbordado. Lo peor, es que este sentimiento de que todo es desechable, permea, a través del pensamiento, a la misma literatura.

Vea usted -amable lector(a)-, con la misma desconfianza de Lichtemberg a los supuestos "líderes" emergentes en todos los niveles de lo cotidiano; sorpréndalos asomados por la radio y la TV y observará de golpe los síntomas de esta enfermedad social que no se nombra, pero casi todos describen como en núcleo del "mal social".

Adelantándose al absurdo que vio llegar hasta su siglo, como a un caballo escapado del Apocalipsis, dijo una vez del futuro: "El absurdo llegará a ser la obra maestra dialéctica del objeto: Un cuchillo sin hoja, al que le falta el mango".

Veamos ahora algunos de los aforismos que Lichtemberg dedicó a los hombres de su tiempo, empleados en el "artificioso" talento de servir a los súbditos, por medio del ejercicio del poder ilimitado:

  • Su secretario y él estaban tan unidos... Cada uno dependía a tal punto del otro, que se los habría podido llamar un cuadrúpedo.

  • Había previsto todas las respuestas que daría en caso de que el rey le hablara, incluso si el rey le preguntaba a qué altura llevaba los puños de la camisa. Pero el rey le preguntó: ¿Qué dicen de mí en D...? Nada señor, respondió.

  • Cuando imagino los actos y gestos de un grande que es bribón, pienso: Tal vez es su propio verdugo y se inflige su propio castigo, cosa que ningún otro tiene la oportunidad de hacer.

  • Realmente no sé por qué ese hombre sigue en su puesto y vivo. No puede llevar a un mínimo grado de perfección ninguna de las escasas facultades que posee; y si lo hiciera, todas terminarían en el patíbulo.

  • Las hipótesis de algunos innovadores políticos no se oponen todavía a la experiencia, pero temo que algún día la vida sea la que se oponga a ellos.

  • (A un dignatario de la Iglesia que de pronto se volvió rico) Apareció ese día con ropa nueva y aire alegre, y la gente se preguntaba de dónde había sacado todo eso. Probablemente su posición ventajosamente espiritual le había hecho amasar una fortuna en el cielo, a través de acciones de bien que los pecadores incomprendíamos. Ahora el religioso vive de los intereses que recibe de vez en cuando de una manera igualmente inesperada y sobrenatural.

  • Es una pena que no puedan verse los intestinos intelectuales de este hombre, para saber qué comió antes de intentar establecer un nuevo orden y una nueva Constitución.

Hasta aquí el filósofo y sus reflexiones. La recreación posterior y la aplicación del juicio actual, tocan al lector. Hay algunos pensamientos de Lichtembarg que pudieran haber sido escritos ayer, sobre todo si uno acaba de regresar de estados mentales que bordean el porqué de la guerra, o el dónde de las democracias modernas. Bien harían los encargados del caos nacional e internacional en echar una mirada atenta a injusticias y otras prácticas habituales, que pudieran convertirse en detonadores sociales de la desesperanza. Podrían, por ejemplo, parar algunas campañas personales en pro de su permanencia en la Historia viva del periódico de hoy, "como si el triunfo fuera algo que vale la pena dilatar toda la vida", díría Lichtemberg; o acaso podamos tener un momento de lucidez y aceptemos que las hemerotecas se parecen mucho a los servicios médicos forenses: Siempre es posible hacer una nueva disección o urdir un impensado entierro.

Pero no. O esto es un sueño propio, o la amenaza de una pesadilla ajena. Los protagonistas no lo harán. Para ser un ser humano común, uno feliz, se requiere de una clase de valor que los detentadores del poder, en todos los ámbitos donde éste pueda echar raíces, desconocen. ¿Qué sucede en otras realidades invisibles? Voy creyendo que los dueños del mundo, tampoco permiten a sus mandados mucha iniciativa; de ahí la importancia de fomentar el pathos entre las masas, pues sólo así la gente podrá soportar lo que ya se intuye: Un incremento en los tirajes de libros de "auto ayuda", como si los otros géneros literarios, no lo fueran.




Texto, Copyright © 2004 Guadalupe Elizalde.
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Última actualización: viernes, 7 de mayo de 2004

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