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La lírica popular veracruzana: una jota gregoriana de saber popular

por Armando G. Tejeda


A Don Marcelo, por su hondo
saber y agudo entendimiento

La palabra es una herencia que sólo en contadísimas ocasiones se convierte en la esencia más auténtica. La que irradia sin tregua el humor, el dolor y los recovecos más íntimos de un alma individual y/o colectiva . La escritura tiene, entre otras, la virtud de asumirse como memoria y espejo de un pueblo; como se demuestra en la herencia histórica y la afrenta a futuro que reclaman los versos, los poemas, los escritos y las numerosas invocaciones literarias que surgen sin tregua siglos ha desde las entrañas más íntimas de la lírica veracruzana. Es la poética jarocha que se habla en los pueblos que asumen con vehemencia y locuacidad el incesto natural que les mantiene presos del río Papaloapan. Es la literatura "popular" que se ha mirado y se mira desde el espejo de su propio origen: que es sabiduria, humor, emoción, hallazgo e iluminación, pero también escepticismo, incredulidad, autoflagelación y lamento.


Remembranzas del Vale Bejarano
(Fragmentos)


"Para cuando yo me muera
le ruego a toda mi gente
que metan mi calavera
en un tanque de aguardiente,
y que escarmiente el que quiera
el que no, que no escarmiente."

"Tirso sabe componer
versos con buenos remates,
yo puedo satisfacer
que no ha de haber quien te iguale,
a más que sabes leer
tienes diseños del Vale".

"Un sabio contó un millón
siete veces en un día,
y en siete meses no pudo
cantar las décimas mías"

La poesía que ha marcado a esta región de México es el reflejo de una cultura y de una sociedad empeñadas en sangrar su esencia, pero también en mantener viva la expresión de la cultura popular que, de otro modo, sucumbiría ante la historia y se decretaría, sin rebelión de por medio, la muerte de su expresión más sincera y honesta.

¿Qué es el verso, o el soneto, o el cancionero; esa hoja de papel que registra solitaria la versión y la visión de un hombre ante su historia? ¿Qué es la poesía ante las rimas hilvanadas con desparpajo por un hombre que derrama su alma más íntima y colectiva? ¿Qué es la literatura ante la palabra que de fonema en fonema crea imágenes que son historia, que son memoria? ¿Qué es, pues, el verso, la cuarteta y la décima espinela que sólo aspira a expresarse y que se convierte, por su virtuosismo súbito, en sentencia que se tatúa en la mirada histórica y popular de un pueblo?

Veracruz sabe que su palabra es poesía, sabe que la muerte de su alma es la muerte de su palabra. Por eso el pueblo veracruzano tiene prendado a su honor la memoria escrita, que es capaz de exaltarse lo mismo en las más grandes hazallas históricas que en lo más chusco de su trajín milenario. Y lo hace con rima y con humor, con música y sabor costeño. Lo hace desde la memoria que se sabe olvidada por la irrupción de una modernidad que no acaba de entender sus sentencias sabias, sus señas de identidad, su memoria de alma colectiva. La misma que tiene como espejo más fidedigno a la "décima espinela", que además de ser la composición poética más utilizada en la cuenca del Papaloapan, en ella "desaparece la línea divisoria entre lo culto y lo popular".

La poesía popular de esta región del sureste mexicano tiene un origen no tan remoto, aunque sí resulte difícil precisar el año, siglo o momento exacto de su nacimiento, pues -como se sabe- el habla popular no requiere de manifiestos o cónclaves fundacionales; al contrario, surge sin previo aviso, con voluptuosidad y, sobre todo, con vocación de eternidad.

El poeta mexicano José Emilio Pacheco sostiene en su artículo Elogio y triunfo de la poesía popular, que "en toda América Latina debería rendirse culto cívico a Vicente Espinel", a quien se considera inventor de la décima espinela en el lejano año siglo XVI, ya que esta figura literaria, "que en España es monopolio de los ilustrados, resulta, del río Bravo a la Patagonia, el medio por excelencia de nuestra poesía popular. Se improvisa y se canta acompañada por la guitarra", pero que en Veracruz se añaden la jarana, el arpa y el requinto, ya que "sin la quinta cuerda no existiría como hoy la conocemos". Así recuerda a este personaje, Espinel, José Emilio Pacheco:

"Lope de Vega en El Laurel de Apolo consagra a su amigo al llamar a la décima espinela. En la historia de la música Espinel tiene a su vez un lugar importante: añadió la quinta cuerda a la guitarra y en sus Cantares de sala dio los primeros pasos hacia lo que iba a ser la sonata".

Hay muchos nombres, plumas o lamentos que han construido a lo largo del tiempo la anónima pero también singular historia de esa jota gregoriana de saber popular de los pueblos veracruzanos que conviven con el río Papaloapan. Entre ellos podríamos citar, concientes de que condenamos a centenares de brillantes poetas populares a una exclusión involutaria, a los siguientes: Sofía Figueroa, María Teresa Berdón, Guillermo Cano, Carlos A. Ramón, Amado Hernández Martínez, Manuel P. Hernández, Antonio C. Rascón Sandiel, Abraham Portela Zamorano, Ángel O. Hermida, Amadeo Cruz Reyes, José María Martínez Zamudio, José María Lara, Francisco Zamudio Herrera, Salvador Vives Berdón, José Tomás Tejeda Lagos, Leonardo Solís García y Ariosto Yépez Palacios.

Todos ellos han ido a lo largo del tiempo hilvanando inconscientemente a la palabra y a la memoria colectiva. Y lo han hecho con rítmica poesía, con humor y con vocación de perdurar, lo mismo da si a través de la elegía, el mito o la leyenda. O de la décima espinela, "la respiración octosilábica de la copla" que del simple verso que rima su hondo sentir.



Improvisación
(De Antonio C. Rascón Sandiel)


¡Españoles, Mexicanos
de mi lealtad sed testigos:
el dulce nombre de amigos
cambiemos por el de hermanos.
No empapemos nuestras manos
en la sangre fraticida;
mas juremos dar la vida,
si matar quiere el sajón,
o cualquiera otra nación,
a esta patria tan querida.



Amplia soledad
(Neftalí Beltrán)


La muerte no podrá escalar tu altura.
Tú nunca morirás en la existencia
será lo venidero tu presencia
en una abierta soledad madura.

Prolongarás el mundo en tu figura
y vencerás la frágil resistencia.
Nadie, al marcharte, notará tu ausencia
porque tú estás en todo lo que dura.

Vivirás en la tierra, en el sonido,
en el polvo, en el polen, en el viento,
en amplia soledad, en piedra inerte.

En todo lo existente y existido
en la quietud total y el movimiento,
en todo, en todo... menos la muerte.



Nacer y ser la muerte
y ser la vida


Nacer y ser la muerte y ser la vida
y fuego ser que se levante en llama,
convertirse en materia que se inflama
que a vivir llama y a vivir convida

Ser soledad con otros compartida,
misticismo sin Dios que por Dios clama
ser universo, ser un ser que ama,
ser tierra que al sol gira detenida.

Nacer vivir morir, ser la materia
girando alrededor del sol ardiente
capaz de ser grandeza y ser miseria.
Ser sistema solar, fuerza viviente,
ser principio y ser fin, tener un nombre,
ser todo y no ser nada, ser un hombre.


ALVARADO

Recuerdo que la primera vez que visité Alvarado tenía menos de diez años e iba de la mano de mis entrañables abuelos. Ellos me guiaron por su tierra sin saber, posiblemente, que todos esos sonidos, palabras, rostros, sabores y recuerdos me iban a señalar uno de los hallazgos que había buscado con el mayor de los escepticismos durante toda mi corta vida: descubrí que la plenitud, el jubilo, la sonrisa o eso que llaman felicidad no es algo que se pueda resolver con la fugaz presencia del dinero en el bolsillo o con la todavía más fugaz compañía de la identidad prestada o la palabra falsa.

El pueblo de mis abuelos, Alvarado, debe su nombre actual a uno de los conquistadores españoles, Pedro De Alvarado, pero su nacimiento como comarca jarocha se debe a las necesidades imperantes de la Colonia por desarrollar un novedoso -para la época- sistema de comercialización y almacenamiento del azúcar procedente de la caña y de los productos pesqueros que se extraían de sus aguas dulces y saladas.

En el siglo XVI se fundó con tímido orgullo el pueblo de Alvarado, que entonces estaba formado por unas veinte familias, todas ellas de tradiciones españolas, apostólicas y romanas. Y más de 250 esclavos procedentes de la -hasta la fecha- paupérrima África subsahariana, la eterna central de abastos de seres humanos condenados a picar piedras y bajar la mirada ante el capataz que siempre les ha vigilado y les vigila. La historia de Alvarado es, pues, idéntica a la de otros pueblos en el discurrir histórico del mundo, que con ritmo trepidante olvida sin pudor ni piedad la memoria viva, pero sobre todo el dolor vivo y presente que subsiste e implora más atención a su realidad en ocasiones dramática, pero también ricas en su expresión poética popular.

La lírica popular de la cuenca del Papaloapan sí ha registrado los vaivenes históricos de la región, ya que, como dice José Emilio Pacheco,

"el poeta culto trabaja en la soledad de su escritorio. Puede hacer borradores, corregir, ajustar su texto. Lo asombroso es que -de las Huastecas a las Pampas, de los portales de Veracruz y Tlacotalpan a los cañaverales de Cuba, los llanos de Venezuela y los bosques australes de Chile- improvisen décimas impecables personas que a veces no saben leer ni escribir (como es el caso del alvaradeño El Vale Bejarano), pero a quienes jamás fallan los ritmos ni los acentos. Un error en un solo, un solo acento, una sola letra, basta para desmoronar la breve torre esbelta de la décima".

Por eso -añade el notable escritor mexicano- "los poetas fallan, los copleros no". Y también por eso

"en nuestros países la décima se convirtió en la más flexible de las formas. En décimas puede hablarse de todo: Las hay amorosas, fervientes, insultantes, religiosas, escépticas y sobre todo políticas".

Sin embargo, denuncia José Emilio Pacheco,

"nuestro estúpido siglo XVIII desterró las formas octosilábicas -la única medida que, según Alfonso Reyes, acepta como poesía el oído popular- y abolió las glosas que, en cambio, arraigaron en estas tierras y destinó la espinela a fines humorísticos".

Un día, cuando caminaba solitario por las calles de Alvarado, sentí la pulsión sonora de su historia. Descrubí un hallazgo vital, la certeza de que esa narración cronológica vertida en miles y miles de versos, décimas y canciones evocadas al son de la jarana también hablaba y reflejaba mi propia alma e historia. Estaba, como mis abuelos, ante una tierra y una gente por la que sólo podía sentir empatía ante su tesoro lírico y humano, pero también me encontraba ante árboles, flores, animales y miradas brillantes con los que compartía la desesperación ante nuestra falta de convicción, como pueblo de jota gregoriana, de elevar hasta los más sublimes anales del conocimiento la memoria colectiva que nos pertenece.



¿En dónde está?
(De Luis T. Carmona)


"Maestro de las líricas canciones
y de la flauta de acordado acento,
¿en dónde estás que tu saber no siento
ni escucho tus félices diapasones?...

Marcho entre dudas y vacilaciones
buscándote doquier, y no hay momento
que no escuche tus ritmos en el viento,
que repite tus magnas creaciones.

Solo quedé, y aunque en mi ser palpita
lleno de amor fraterno tu bendita
inspiración: cuando perdí tus huellas
luminosas mustiáronse mis galas.

y quedé como un pájaro sin alas,
bajo un cielo sin luz y sin estrellas..."


El verso libre, y el soneto, y el estribillo, y la décima, y el octosilábico, y el poema; esos palpitos rotundos y sencillos. Esas figuras, formatos o cárceles literarias del alma que son expresadas en los pueblos de la cuenca del Papaloapan por gargantas y voces que bailan con parsimonia y armonia, que son invocados por gargantas y voces que, con la rapidez del felino y la claridad del canto gregoriano, pronuncian la jota como si esa sola y solitaria sílaba mostrara la vereda de una verdad, los ritos y ritmos paganos que depositan su sonido súbito en el espacio. Por eso cuando esa jota gregoriana contempla su conjugación poética en el habla cotidiana de la plaza, en los árboles enfrentados sin remedio a su vecino más próximo, es cuando Dios y sus mitómanos objetos, esos tótems de zeta barroca tatuados en la memoria del puerto jarocho, se convierten en suavidad estoica, en el canto suave de la jota gregoriana de Alvarado y su palabra, de la memoria de los pueblos cuyo verso ha rimado y rima sin remedio con la orilla del río Papaloapan.


Carlos Alonso
(Décimas, fragmentos)


"Aunque no soy repentista
De repente me aparezco
y en mis décimas ofrezco
curioso punto de vista.
Nunca fabrico una lista
para buscar consonancia,
prefiero la resonancia
de mi voz en sus oídos,
y adentrarme en sus sentidos
sin perderme en la distancia".

"La palabra sin sentido
es puñetazo en el aire,
a la razón un desaire
y tiempo mal invertido.
Es insano y pervertido
Sentirse poeta letrado
Sólo por haber ligado
dos palabras con su rima,
tocar temas por encima
sin haber profundizado".

"Se está muriendo la Muerte
en éste mundo moderno,
donde el cielo y el infierno
son sólo cuestión de suerte.
No hace falta ya ser fuerte,
ni hace falta corazón;
y la moderna razón
nos deja un obscuro lema:
La Muerte ya no es problema,
es tan sólo solución".



CIPRIANO DELFÁN ROSAS
(Sinfonías de amor, fragmentos)


"Alvarado está aquí. Luce presente.
En cada pecho de nosotros mora
y vibra, como el canto de la aurora
sobre el cristal jaspeado de la fuente.

Alvarado está aquí, noble y sonriente;
y como una visión arrobadora,
con múltiples matices se colora
en el vasto sitial de nuestra frente....

Alvarado gentil y generosa:
por ser samaritana esplendorosa
para todo infortunio ribereño.

¡Yo, por mi voz de júbilo, te entrego,
en un inmenso corazón de fuego,
el corazón de cada alvaradeño!"

Esa jota gregoriana de la décima espinela que se entona a diario en la cuenca del Papaloapan se me presentó un día con la más rotunda de sus presencias, con la más sincera de sus evocaciones, con el roce más cierto de su sabiduria. Estaba en esa plaza alvaradeña de árboles y sonidos hambrientos, era una noche tranquila: había estrellas que sostenían con estupor a la penumbra, el mar emitía sin cesar su rugido de bestia herida, la gente del pueblo caminaba y caminaba por la plaza con la vocación de encontrar bajo la protección de esa geometría implacable su propia mirada, de hallar bajo la noche herida otra mirada sedienta.

De pronto la memoria del pueblo se hizo presente en versos inspirados por el largo y tortuoso trajín de la historia. De pronto se hicieron presentes dos voces, dos viejas miradas del pueblo que tienen en su admirable memoria una buena parte de la historia lírica de su terruño. Por eso cuando compartieron conmigo esa memoria de décimas y vibrante palabra se silenció sin pudor el rugido del mar herido. Y de pronto el verso se apoderó de la noche y comenzó un festín poético que dio pie a la enseñanza vital que me ha inspirado este ensayo miserable, por visceral e inconcluso. En el que, sin yo quererlo, se elevó de pronto hasta la cúspide del mayor de los misterios la palabra que es épica y lírica, ese hilvanar de décimas espinelas, octosilábicos y fonemas que con rotundidad rememoran el trajín espontáneo de esa jota gregoriana. Esa afrenta al futuro que no aspira a suturar la herida. Ese canto gregoriano de la memoria histórica. Esa lírica veracruzana que es y significa la jota gregoriana de profundo saber popular.




Texto, Copyright © 2003 Armando G. Tejeda.
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Última actualización: jueves, 1 de enero de 2004

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