Biblioteca Babab
[Visita nuestra Biblioteca: libros completos totalmente gratis]



Las horas y los labios

por Eduardo Moga



El próximo día 22 de enero, Eduardo Moga presentará en Madrid -Librería Champañería María Pandora- su último libro, Las horas y los labios, publicado a finales del pasado año por DVD poesía.

Babab tiene el gusto de ofrecer una muestra de este magnífico poemario, precedido de varios fragmentos de la presentación que realizó José Antonio Llera (Instituto de la lengua española (CSIC) con motivo de su publicación en Barcelona.


EL ANSIA Y LA VISIÁ“N (fragmento)

Con La luz oída (Premio Adonais 1995), un torrencial poema en alejandrinos, Eduardo Moga se colocó directamente del lado de un fértil exceso en el que no es pródiga la poesía española actual. Propio de un Lucrecio que hubiera bebido en los pozos envenenados de Bretón, el libro era un solemne redoble en el que las cosas emergían de las palabras y las palabras de las cosas. En el arranque de los poemas en prosa que reúne ahora con el título de Las horas y los labios se percibe con claridad el guiño a aquel poemario lanzado a todo o nada: "el silencio es un fragor interrumpido por los primeros insectos. Emerjo de él como si me hundiera en él, por las grietas del ojo, por el ojo no oído". El poeta no tarda en enseñar sus cartas: el discurso se retuerce con paradojas, sinestesias y lítotes. La sintaxis raspa. Se hace sentir el ritmo envolvente.

Las horas y los labios presenta un hilo narrativo discontinuo, pero que puede sintetizarse como un día en la vida de un hombre: el despertar, los transportes, la oficina, la cefetería, el supermercado, la visita a la casa familiar, los hijos... El tiempo de la historia narrada, como s ucede también en el Ulises de Joyce al que se cita en el frontis, puede reducirse a unas horas; pero lo relevante es el tiempo interno, el discurso que genera, focalizado en las sensaciones y percepciones que afluyen hacia el sujeto lírico, un alud en el que todo se afirma y se descompone al mismo tiempo que se nombra. Dejó escrito Henri Michaux que el yo es sólo una posición de equilibrio. Este libro es sobre todo un asedio, una tentativa por construir una identidad que no existe más allá del lenguaje (la célebre frase del Tractatus de Wittgenstein que se cita al principio no es arbitraria: "los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo"). Esta voz es sobre todo una emergencia que se dice, gestos y palabras, pulsaciones, cambios de temperatura de los sentidos, agua turbia, placas endurecidas, mucosas, acechanzas del cuerpo e interrogaciones de la conciencia. El pensamiento existencialista - y barroco - está aquí muy presente; constituye la almendra temático-cosmovisional sobre la que gravitan todas las transiciones, reiteraciones y requiebros de esta escritura. El hombre es un ser para la muerte; sólo el amor y, eventualmente, la creación poética pueden intensificar y hacer soportable la existencia: "la muerte es un rosa triste en el centro de la sangre"...

Jose Antonio Llera
Instituto de la Lengua Española [CSIC]




LAS HORAS Y LOS LABIOS


III

EN EL AIRE hay espinas: las veo brotar de la hierba, y anidar en los resquicios del aire, y amalgamarse. Pájaros mutilados se detienen en el cielo.

Los árboles hablan. Sus ojos me interrogan. Pesa el azul.

Qué es esta calle sino otro cuerpo, la suma de los cuerpos que depositan en ella su finitud y su estrépito; qué sus ángulos, su respiratorio cemento, sino un encajar de membranas, la construcción de una llama que serpentea en el vacío; qué lo vertical y las ruedas y la vegetación, sino partículas quietas de un río innumerable. Crece el ladrido, calcáreo. Los destellos de una panadería barnizan el asfalto y la prisa. Las ventanas sangran quietud, pero una, coágulo, abandona la inmovilidad y entrega al cielo su medula. Arena irritada cruje bajo los pies.

La claridad, sin embargo, miente. Aún no ha nacido este coche que me amenaza (tampoco su conductor, que me observa con los ojos huyendo); ni el autobús, espeso en su inexistencia; ni el último murciélago, que dibuja, ebrio de sol, sus equívocos poliedros. ¿Es aquel gato una posibilidad, una arruga de lo real? ¿Es el delicado olor de los jazmines lo que reúne las partes de mi yo, lo que justifica, con su presencia grande, la decisión de ser yo? Crepita el aire, como el tiempo. Lo atravieso (mis pies me interrumpen: me transportan) hasta que oigo su corazón, el mío, el corazón de la grava y el silencio, el soliloquio de las cosas iniciales, acumuladas en la nada inminente, en el vestíbulo del no ser. Una mujer oscura, frente a una puerta que no se abre, está fumando.

¿Por qué todo es su misma muerte, el canto insuficiente de sí mismo? ¿Por qué me atemoriza este azul sombríamente iluminado, si poseo manos, si bajo los ojos hay mundo? (¿O es el mundo la negación, el óxido infinito?) ¿Por qué sólo percibo la soledad de los semáforos, el insomnio de las buganvillas, la insistencia de los coches abandonados en seguir abandonados?

Pasa otra mujer. Su piel encierra un sol agonizante. Veo sus jabones y su levedad, las manos con que friega, los pasos alquilados. Hay un hervor de árboles en su geometría, y, en sus ojos, distancia: la que une su vientre y las estrellas.

Los minutos orinan en mí. Me dirijo a un más negro principio.




VII

LEO EL SILENCIO, a lentas masticaciones. Leo el mar que no alcanzo a ver, pero cuyo azul numeroso lame los cipreses y las palabras. Leo las palabras que gotean: nazco bajo sus escamas tajantes. (El mar se ha ido: lloro sus ascuas; leo.) Pero ¿reconozco aún los espacios abrasados por la lluvia, la última estancia de la miel? ¿Vuelan en mis ojos las gaviotas que veo o son manchas inútiles en las circunvoluciones de lo abierto?

El mar está lejos. (O cerca: en el pecho, sembrando su humo; en la retina, mojada de añil). El mar llamea, como este papel en el que me embarro, como este teléfono en el que convergen cuerpos solos, unidos por un sombrío estertor. Los pechos que amo descansan en otras manos, mientras el mundo es un jirón de fuego, el animal parsimonioso del poema.

Se ha abierto, sin embargo, la puerta. No hay nadie. Se ha abierto para que no olvide que los objetos, pesados, han visitado mi cuerpo, y que lo poseen. Mi tedio, seminal, construye entonces otro centro, otro país donde transformarse en acto. No hay nadie cuya carne sienta, nadie que me dé su sombra tensa, la humedad de su ceniza. Pero la palabra remonta la sangre y le habla al niño duro, al hombre de la desesperación.

Se ha abierto la puerta y cruzo su umbral y sigo aquí, sobre el mismo sillón agujereado por los cigarrillos de alguien que ya ha muerto, junto al mismo cajón ojeroso, frente a esta pantalla que soy yo, cuyas deposiciones soy yo, irrealidad que me transfunde realidad.

Una palabra, muchas palabras, como un caliente derrumbamiento, me indican el camino hacia el sol. Libre de mí, aparto los códigos. En los folios hay pámpanos, azoteas frutecidas en la ventana.

Y vigilia. Y pechos que regresan.




VIII

EL TIEMPO crece, rizoma de instantes, y los ojos, que quieren huir, se elevan hasta el dolor, o la creación, en busca de un espacio transparente. Sin embargo, un enjambre de fisuras, de oscuridades que arden, los abate. El tiempo ancla en la materia y la transforma en caída. La materia es el cielo y la asfixia que siento bajo el cielo, el poema que escribo y la resistencia del poema a ser escrito, los cristales núbiles de la mirada y los cristales yacentes de la respiración. El tiempo llueve, quieto. Y la materia renuncia a ser: vuelve a su llanto, a su tenebrosa claridad, y despliega su silencio destructor, con el que me construyo.

El tiempo sucede, como el mundo, y sólo se repliega en la inconciencia. La noche se acomoda en la piel, incluso durante este día que resplandece como la soledad en las pupilas de la mujer con la que me cruzo, o a la luz achatada de los neones, a la que acuden los pájaros sinuosos y en la que desaguan los gestos murientes de los hombres. La concavidad de los objetos, la aridez que me fecunda, los hechos nacidos del pánico, actúan como tempestades, fortifican los minutos levantados por el yo.

El tiempo empaña la mirada: a sus turbulencias sólo escapan lo inconcebible, el edificio de lo enorme, las nubes deshilachadas cuya deriva es la deriva de la alucinación, el yo que me excede, el yo en que agonizo bajo una superficie de órganos. El tiempo aguza la mirada: con su hoguera pálida, con sus máximos alambres, con las sondas obsesivas que vacían las arterias del conocimiento. ¿Existo? ¿Existen estas manos discontinuas, que miro como a pájaros devorados? ¿Existe esta luz que escapa del cuerpo y regresa a él, que surge del frío y regresa a él, como si las cosas estuvieran cerradas y bajo su bóveda infinita se reuniesen todas las respiraciones? ¿O es todo un río esférico que derrama sobre el corazón su última negrura?

Por el tiempo no circula la sangre. Su presencia es la ausencia. Su oquedad funeral alcanza el hueso, y el hueso se enfría, se contrae en cifras y en días, en solidez que llora. Las raíces, en cambio, caminan por campos que no conocen ruinas, más allá del vientre que nos quema, donde el despertar es leve y el sol besa. Hay alas en el olvido: entonces soy. Sólo en el lugar sin tiempo palpita el nombre.




IX

EN LOS PASOS encuentro palabras, o fragmentos de palabras, que se agitan con la intensidad de un corazón, como si esporas rigurosas cundieran en sus ángulos. Son pasos hacia el significado, pero hacia un significado que no perezca en sus propias linfas, sino que, radiante de sombra, arda bajo la ambigÁ¼edad y el granizo. Son pasos que se dirigen al colapso de los relojes, a la reconciliación con los labios, a la entrada en el amor. Son pasos, también, que me recorren, con que recorro el silencio, abiertos a toda dentadura, al sudor del autobús o a la soledad del mendigo, a la suciedad de las calles y a los espectros que las habitan, al zumbido laxo de la multitud. Son pasos promesa. Mi Patria es la irrealidad.

Humea el café con leche. El libro tiene manos, que me sostienen. (¿No son libros, muchos, los que me amueblan los ojos, los que me procuran ojos y contradicciones, los que hacen de esta mesa posible una mesa absoluta?). Trataba de ser otros, de borrar las junturas de las separaciones -sí, un solo tejido donde estuviera inscrito todo lo existente. Respiro palabras: palabras mosca, palabras cicatriz, palabras ola, estrago de palabras que me anudan a palabras que me anudan a tormentas, palabras en que duermo y desayuno, y que desembocan en seres que desconozco: que soy. El látigo de un grifo dispersa el humo de las conversaciones.

Abro el libro para hallar al otro. (¿O es el libro muchos libros, muchos otros encadenados a la pupila?). Los tejidos del libro me envuelven como una detonación. Me miran los pechos solares de la camarera: dos centros, como el libro, que me abre. Se trata solamente de crear otra voz: la voz ausente adentro de las cosas. Y escribo cuanto leo, cuanto escribo, y el café me toca, y no los pechos, y el sol me moja los zapatos, y me ciñe, silencioso, el fulgor de su voz.

Camino, pero sin pasos. Me mueven la luz y las palabras: otro sol, oscuro, otros pasos que explican la carne turbia, que comparten el daño o la alegría de tantas horas sin cuerpo, otros pasos que tienden su blancura sobre estos lánguidos cuchillos, sobre esta sed apenas aplacada por la incomprensión. Frases que son lianas que son manchas de humedad que son sombras proyectadas por el fuego...

Vuelve el asfalto, la lluvia seca.

Monedas.

Se apaga el silencio y nazco a la densidad.

¿De dónde viene esta conspiración de invisibilidades?




X

EN LA LUZ se esconde el recuerdo de la luz. Camino hacia quien he sido, y mis pasos entran en mí; al mustio resplandor de mis entrañas, me escarbo la cara, socavo cuanto me encarna, anido en fuentes encendidas, descubro los orificios por los que se escapa la vida, destripo lo que me causa olvido, y hallo todo el olvido. (En las galerías que recorro, me cruzo conmigo; habitado por el rayo, sorteo grumos de inocencia, sonrisas que se deslíen, claridades). Mientras tanto, del asfalto se levantan objetos aleteantes, tropiezan, vuelven a erguirse, se enredan en los tobillos, se confunden con los gestos, vuelan y abaten el vuelo. Hierven las sombras que piso. Los balcones parecen bulbos, ademanes muertos.

Recuerdo los sábados cenagosos, lo incoloro, el tumulto de la sangre y la voluntad, el pan violento. Áramos pobres, pero poseíamos la pobreza: su humus nos cubría como a violetas calientes. La luz de la tarde se espesaba, mientras otra luz, hambrienta, me comunicaba el escalofrío del hijo, las unidad del hijo. En los supermercados sonreía la tristeza. Las mariposas revoloteaban entre escombros y ruidos. La ceniza de los semáforos flotaba en el aire ciego.

La casa era nuestra: la abrazábamos como a otra piel. También lo era aquélla cuya fachada aún conservaba los impactos de los fusilamientos, y la heladería amarilla, de azulejos cansados, a la que acudíamos las tardes de agosto, y los portales en que se entretejían la lluvia y la necesidad. Todo era mi casa, la casa infinita, la casa de la sangre, que jadeaba o dormía, cuyos jugos roturaban la memoria, en cuyos rincones me detenía como en los meandros de un río increado. Allí nacieron los pechos, devoradores, y el ronroneo de la traición.

Veo mi rostro: es el rostro de la farmacéutica, cuyo silencio era blanco. Veo mis brazos: son los brazos del cartero o del repartidor de butano o del mendigo que se lavaba en la fuente. Veo mi sexo: es el sexo de la dependienta a la que no me atreví a amar. Veo, en fin, mi olor: es el olor de los jardines escondidos o de los libros robados o de las personas a las que nunca más encontraré: el olor de la extirpación. Vuelve la luz al lugar donde la conocí: a las islas de los parques, a los atardeceres líquidos y caminados, al bullicio arcilloso de las horas, y la doblo con los dedos, la guardo en el bolsillo, someto su indisciplina. Grito sin que me oigan. El cartero, el repartidor, el mendigo, todavía.

Hoy es veintitrés de mayo. Hay, sin embargo, en el aire irisaciones de otoño. Una red fría, tejida por manos calientes, me impone su beso clausurado. La percepción se detiene en los edificios y en las causas, en los árboles que son árboles y lejanía, en el crecimiento de los pájaros, uncidos a su levedad, y se descompone en asfixias breves, en oxidaciones que palpitan como pétalos de una antigua mutilación. Sobrevivo a los escollos dibujados por el tiempo.

__________________

Eduardo Moga (Barcelona, 1962) es licenciado en Derecho y Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona.
Ha publicado los siguientes poemarios: Ángel mortal (Barcelona, Ediciones del Serbal, 1994), La luz oída (Premio "Adonais" 1995, Madrid, Rialp, 1996), El barro en la mirada (Barcelona, DVD, 1998), El corazón, la nada (Madrid, Bartleby, 1999), Unánime fuego, en edición bilingÁ¼e castellano-portugués (Lisboa, Tema, 1999), La montaña hendida (Vitoria, Bassarai, 2002) y Las horas y los labios (Barcelona, DVD, 2003).
Ha sido incluido en las antologías: Poeti europei (Roma, Centro Italiano Arte e Cultura, 1998), Dieciocho poetas españoles de fin de milenio (Caracas, Pequeña Venecia, 2000), De la transparencia el presagio. Poesía de España (Jalisco, Mantis, 2000), Un siglo de sonetos (Madrid, Hiperión, 2000), Poesia espanhola. Anos 90 (Lisboa, Relógio d'Água, 2000), Quinta del 63 (Salamanca, C.E.L.Y.A., 2001), Por vivir aquí. Antología de poetas catalanes en castellano (1980-2003) (Madrid, Bartleby, 2003) y Palabra virtual. Antología de poesía hispanoamericana (internet, 2003).
Ha traducido y prologado los siguientes libros: Poemas a la hora de comer, de Frank O'Hara (Barcelona, DVD, 1997), Poemas japoneses a la muerte, edición de Yoel Hoffmann (Barcelona, DVD, 2000) y La guerra de los dioses, de Ávariste Parny (Barcelona, Robinbook, 2002). También ha colaborado en la traducción de Juglares y espectáculo. Poesía medieval de debate, edición de Lourdes Simó (Barcelona, DVD, 1999).
Ha escrito, asimismo, Los versos satíricos (Barcelona, Robinbook, 2001), una antología comentada de la poesía satírica universal.
Ha publicado poemas, traducciones y ensayos en libros colectivos y diversos medios de comunicación, como El País, La Vanguardia, Faro de Vigo, Clarín, El Ciervo, Lateral, El Signo del Gorrión, Turia, Barcarola, Cuadernos del Matemático, Perenquén, Diálogo de la Lengua y Casatomada (España); Periplo, Movimiento Actual, Blanco Móvil y Puente (México); Comentário ( Lisboa), Jornal de Artes, Letras e Ideas e Incomunidade (Portugal); La Ciudad (Argentina), La Nación (República Dominicana); Vida Furtiva, Luke y Ojosdepapel (Internet), entre otros.
Es codirector de la colección de poesía de DVD ediciones y miembro del consejo editor de la revista literaria Perenquén (Fuerteventura). Practica la crítica literaria en las revistas Letras Libres, Turia y El Crítico. También lo ha hecho en Lateral, Ánsula, Quimera, Guaraguao (especializada en literatura hispanoamericana) y El Pou de Lletres (en lengua catalana).



Texto, Copyright © 2004 Eduardo Moga.
Todos los derechos reservados.


 


Babab.com
Para contactar con nosotros entra aquí
Última actualización: jueves, 1 de enero de 2004

Copyright © 2000-04 Babab
Prohibida la reproducción de cualquier parte de este sitio web sin permiso del editor. Todos los derechos reservados.