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Cuentos Inocentes: Mi abuela Eugenia

por Jaime López


Mi abuela Eugenia, que en paz descanse la mujer, ya me decía de pequeño que era muy incrédulo. Y tenía razón, pero nunca pensé que lo llevaría a este extremo. Ahora no puedo ver, así que no sé si el diccionario da una explicación de incredulidad que coincida con lo que yo he padecido durante toda mi vida (tan próxima ahora a su fin), pero supongo que sí.

Nunca, durante mi existencia, he creído nada que no hubiera tenido oportunidad de experimentar yo mismo, de ver con mis propios ojos, de sentir en mis propias carnes. He hecho muchas cosas para confirmar que lo que me habían dicho era cierto, pero como esta vez, nunca. Y será la última, porque esta vez era cierto (a mi pesar).

Hace tiempo, leí, en algún periódico creo, que una persona había muerto porque, en un momento de desesperación (no explicaban cual fue la causa), se había arrancado los párpados y las uñas de los pies. ¿Cómo iba a ser cierto aquello? Podría haber quedado ciego, lo admito (sin comprobarlo). Cojo, también es posible. Incluso podría haber perdido la cabeza, sí. Pero me negué en rotundo a creer que había muerto sólo por eso, y, por supuesto, decidí demostrarme a mí mismo que estaba en lo cierto. No lo hice para enseñar nada a nadie, ni siquiera lo comenté con mis amigos (se llevaran una sorpresa cuando encuentren mi cadáver). Lo hice, como siempre, por orgullo, por confirmarme, sólo a mí, que tenía razón.

Me preparé para el primer paso: arrancarme los párpados. Tendría que ponerme en el peor de los casos, es decir, no podría curarme, cortar la hemorragia, si la había, ni nada por el estilo, porque aquella persona, de la que hablaba el periódico, tampoco debió de hacerlo si ciertamente llegó a tan fatal destino.

Levanté lentamente mi párpado derecho, lo sujeté firmemente, y tiré rápido y con fuerza, como el que se quita una tirita. Luz, mucha luz en mi ojo fue lo primero que sentí. Después, escozor, y frío. Miré hacia mi mano, y vi perfectamente un trozo de carne y de ceja que acompañaba a mi informe párpado. No había sido tan doloroso y además veía. De momento, pues enseguida comenzó a gotearme sangre en el ojo. Y por mucho que mi cerebro mandaba la señal, no había un párpado que la recibiera y limpiara la sangre que se iba acumulando y poco a poco secando.

Decidí no demorar la extirpación de mi segundo párpado. La sensación fue distinta (lo da la experiencia) y más dolorosa (me había confiado). Vi como se pegaban los dos párpados en el televisor cuando los lancé molesto por lo incómodo de la situación.

Llegó un momento en el que lo único que veía era una tenue luz roja, a la que, después de sesenta y cuatro días, he terminado por acostumbrarme. Ahora, ya ni siquiera siento ese escozor de los primeros días.

Estaba contento, y convencido de que esto no me llevaría a la muerte, así que vi (valga la metáfora) el momento de despojarme de las diez partes de naturaleza córnea que ocupan los extremos de los dedos de mis pies. Tuve que ayudarme de unas tenazas, pues estaban recién cortadas, y no tenía mucho de donde tirar, sumado esto a que ya me sentía un poco débil.

En el pie izquierdo fue muy sencillo, tiraba una a una hacia fuera, y las uñas iban saliendo como pétalos. La verdad, esperaba que fuera más doloroso, por lo que opté por darle emoción al pie derecho, y las arranqué levantándolas. De esta forma no salían tan fácilmente y, además de ser mucho más doloroso, se llevaban consigo un buen trozo de carne del dedo, que me provocó una prolongada hemorragia, especialmente en el meñique, que también se me fracturó.

De dolor no muere nadie, así que los días siguientes, mal que bien, conseguí pasarlos. Decidí instalarme en la cocina, ya que lo que más me costaba era arrastrarme de un lado para otro. Allí tenía provisiones.

Todo parecía ir bien. En unas semanas, estaría curado. Las cicatrices estarían cerradas y tendría los ojos totalmente secos, lo que sería menos molesto, perdida ya la vista.

Poco a poco, conseguía andar, pero como no tenía mucho equilibrio al hacerlo, resbalé en el cuarto de baño y me golpeé la cabeza con la bañera. Estuve mucho tiempo inconsciente y cuando desperté me sentía muy débil. Había perdido mucha sangre. No sabía si esto era parte de lo que le sucedió a la persona del periódico, ni si debía curármelo o no. Pensaba que si lo hacía, no estaría siguiendo bien el reto. Mientras lo sopesaba aproveché para comer algo, pero no quedaban más que algunas latas en las estanterías más altas de la cocina. A duras penas pude llegar a por una, subiéndome a una banqueta. El golpe en la cabeza debió de afectarme al sentido del equilibrio. Me desplomé hasta el duro suelo de mármol. Caí en muy mala postura, y un clarísimo crujido me indicó que me había partido el cuello. Intenté mover las piernas, pero no me respondían, no las sentía. Por el contrario, sentía un agudo dolor en el costado. Con una mano palpé la zona y la noté muy húmeda. También noté algo duro, como metálico, con un borde astillado. Se trataba de una de las antiguas latas de comida que había abandonado por el suelo, al estar repleta la basura. Había caído sobre ella y se me había clavado. Al poco rato note que el frío suelo se encharcaba con mi sangre y partes de mis órganos internos.

Consideré este incidente como parte del reto y no grité cuando algún vecino llamó ayer a la puerta.

Ahora, doy la razón al periódico; un hombre puede morir por arrancarse los párpados y las uñas de los pies. Lo que más me alegra de todo, es que voy a encontrarme con mi abuela Eugenia, y podré darle la razón también a ella. Soy un incréd...




Texto, Copyright © 2004 Jaime López.
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Última actualización: jueves, 1 de enero de 2004

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