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El teorema esférico

por Teófilo Menta[1]


En la Grecia antigua se practicaban diversos juegos de esferística, como el episkuros, el feninda o el harpaston, la modalidad deportiva que más se ajusta como precedente[2] válido a lo que ahora se denomina vulgarmente como fútbol. Se trataba de una confrontación entre dos equipos con indeterminados jugadores que consistía en conducir con manos y pies una pelota hasta que sobrepasara una línea fijada en el fondo del territorio contrario. La violencia del juego sirvió de entrenamiento para los guerreros espartanos y con igual fin lo adoptaron después los romanos. Más tarde, desecharon la idea considerando que había más ocio que entrenamiento militar en su práctica, aunque los legionarios romanos, justamente por el carácter lúdico, llevaron el harpaston a sus campamentos coloniales poniéndolo de moda para rellenar los huecos en los que no había batalla que librar. Desde entonces, se ha continuado practicando con diversos nombres y variedades hasta estos tiempos que ahora corren.

Desde la edad media, en Bretaña se jugaba al cholle, en Bélgica al souic y en España al bolote[3], divertimentos similares de características esencialmente bárbaras, simples y recias. En el siglo XII ya aparece la designación futballe en manuscritos de la época y en el XIV existía en Italia el giucco del calcio, que como el soule en Francia, eran una mezcla de harpaston y follis[4] , modalidades que como en otros lugares se fueron sucediendo sin definición ni respaldo definitivo, debido sobre todo a su violencia y chabacanería . En el siglo XIX sufrió este juego de balón su mayor crisis, quedando largo tiempo apartado de las costumbres europeas. Sólo en Gran Bretaña se apreciaron sus valores físicos y competitividad, y a través de los grandes colegios, su práctica continuó evolucionando hasta discernir entre las dos modalidades más relevantes: el juego que se realizaba con la utilización única de los pies (soccer) -con excepción del portero-, o la de los pies y manos (rugby, vanqui). La escisión del primero generó la fundación de la Football Association en 1863, cuyas reglas se separaban abiertamente de los partidarios de la utilización de las manos. A partir de esa fecha se disputan partidos con una estructura más o menos similar a la existente. El primero de ellos se celebró en 1866 entre el Sheffiel y el Londres[5] y en 1872 el primer encuentro entre selecciones, enfrentando a Inglaterra y Escocia. La difusión de esta variedad se hizo a través de los comerciantes, que como los viejos legionarios, aprovechaban para echar un partidito cuando no había venta que librar. La evolución desde entonces hasta convertirse en el "deporte rey" ha sido vertiginosa hasta el punto de ser en una gran parte del mundo el único espectáculo realmente de masas. Y esto es así porque el antiguo harpaston, más allá de los cambios en sus reglas, ha asumido diversos conceptos económicos y sociales de enorme trascendencia, implicando de una u otra forma a todos segmentos de la sociedad.

Los dineros y las gentes corren al olor del evento como si estuvieran poseídos.

El fútbol, que dejó de ser un juego para ser deporte y luego especulación, trapicheo y más tarde la bolsa en verso, ahora es mucho más y por ello los más resabiados lo han convertido -también- en un "monopoli sportivo" con billetes, aparentemente, de verdad. Los salarios medios de esta fastuosa sociedad capitaloburguesa se quedan tiesos al emparejarse con cualquier mínima jugada, los chavalines que tocan un balón con cierta habilidad manejan automóviles nunca vistos por su antiguo barrio, los periodistas les persiguen lamiendo cada ripio, las nenas atesoran sus gestos y los nenes imitan los trasquilones de la modernidad peluquera de sus ídolos de pies dorados.

El mundo entero atesora sus sonrisas en la libretilla de su corazón[6].

Somos una tanda de gañanes que se desviven cada jornada buscando lo que siempre ha buscado nuestra especie: un héroe. Individual, colectivo o normalmente, ambos. Precisamos identificarnos con alguien menos mediocre que nosotros mismos. Por ello es necesario que además de chutar correctamente, cumplan en nuestro nombre con en entorno y aditivos de nuestros mejores sueños. Al identificarnos con Zidane o Maldini nos convertimos un poco en ellos, nuestro país cuando hay fútbol se llama Nou Camp, La Bombonera o Maracaná. Nuestro planeta es Argentina, es Brasil o Italia. Nos hacemos tremendamente solidarios con la afinidad, tanto que si once jugadores de nuestro planeta se enfrentaran a otros once de Saturno la inmensa mayoría de nosotros seríamos forofos de la selección terráquea, aunque fueran los más patosos de toda la Vía Lactea.

El fútbol exagera la visión y en el punto más alto, nos ciega[7].

Tan perdedores nos sentimos que nos conformamos con héroes sin labia, quejicas y peseteros. Nada que ver la seriedad de una armadura o la brillante compostura de los cruzados con estos tipos correteando en calzoncillos por un prado iluminado. Los héroes de por aquellos entonces eran otra cosa porque su vida estaba permanentemente apostada contra enemigos de verdad y ahora el riesgo se reduce a unos kilos o a lo más, una triste pupa. La nobleza de la espada se ha sustituido por la vileza de las zancadillas y el orgullo de la muerte por retorcimientos mentirosos restregados por el césped. Ya no se temen las llamas del dragón sino el humo del autobús[8] que el enemigo pondrá delante para evitar el final con beso.

Con el que se debieran cruzar en cada encuentro los labios de la red y los del cuero[9]

Los héroes que nos han tocado son blandengues por mucha gimnasia que practiquen. Quizás sean las dietas, esa manía de controlar los gramos más que los orzuelos. Nadie imagina al Cid manteniendo un régimen de lechuga y huevo duro, o al Amadis degustando un "biomanán". Los lechones, los cabritos o un buen jabalí daban otro carácter al guerrero. Y el vinazo denso una consistencia seguramente mayor que esos caldos asépticos que ni siquiera mojan. Nada de básculas ni terror a la eclosión de las barrigas tras las "tapitas del bar". Aquellos héroes no tenían esguinces ni agujetas. Los dragones o los mismísimos infieles no se andaban con contemplaciones y las tarjetas de colores no les hacían ningún efecto.
Pero el tiempo a veces descoloca los sentidos y ninguno de aquellos caballeros hubiera imaginado que en el pabellón de la fama pudiera pesar más un "dos a uno" en cualquier final que la conquista de Aquitania.

A pesar de todo, sería injusto no reconocer cierta belleza al contemplar los malabares futboleros, su morbo y sobre todo, la pasión que por momentos compensa la insipidez que gastan nuestras vidas gracias al truco mágico del "reflejo",

ese estado de comunión que ata a héroes y comunes en el mismo absurdo.

Por mi parte, lo reconozco con la conciencia negra: aun sabiendo de la idiotez que rodea al redondel no puedo evitar la atracción que produce el galope de Roberto Carlos, el trote regio de Maldini o las diagonales desbocadas de Ronaldo. Y en centro de la inmensidad, Zidane, del que sólo cabe esperar el momento en el que por fin decida estrenar el "regate integral", un paseo de 90 minutos con el balón pegado a sus pies, sorteando a los contrarios con una muestra de todas las figuras geométricas conocidas.
Esperamos también la magia de la oportunidad y exigimos que nuestro héroe lo encuentre en el instante que todos sabemos que debe suceder, como hizo Diego Maradona, héroe incluso de otros héroes, en el campeonato preciso, ante el rival exacto y con una jugada tan maravillosa que aun hay quien sigue buscando la trampa o el cartón de aquel prodigio[10], un gol dejó cortas las atribuciones del héroe, ensanchándolas para Diego hasta la parafernalia de la santidad. No podía ser de otra forma, el fútbol tiene características similares a los de cualquier droga: es caro, produce estados extremos de euforia, depresión y además engancha. Sus efectos derivan en desasosiegos, taquicardias, llega a producir paradas cardiacas, asesinatos, agresiones, violaciones y otros delitos relacionados casi siempre con estados pasionales muy alterados. Curiosamente, la responsabilidad recae en la belleza de ciertas triangulaciones imposibles, quiebros, fintas o pases ciegos desembocando en el fondo de un armario de mayas.

Un simple teorema esférico de consecuencias desproporcionadas.

La parábola descendente o la curvatura mágica de los efectos de aquel trozo de cuero redondeado se ha transformado en un totem con diente de platino, la pelota ha tomado el todo de la forma y al convertirse en esférico ha dejado al círculo desprovisto de valores[11]. La única circunferencia válida en nuestras vidas tiene ahora marca de bolsa de deportes, cuesta más que un cocido y es más besuqueada que la suegra del príncipe de Asturias.

Alucinar es poco, un ovni de pentágonos zurcidos sobrevuela nuestras vidas, alegrándonos o poniéndonos tristes tras un recuento de carambolas. El destino de ellas vale más que cualquier discurso, cientos de veces más que un buen soneto y más también que un respetable orgasmo.

Cuando la trayectoria del pellejo menudea por las trancas con fondo de cordeles que ponen en los frentes, todo se olvida.

El esférico redondo de forma circular como una hogaza es pura sapiencia y la habilidad en su manejo ha resultado ser filosofía, su misterio alquimia, física su compás y fundamental objeto de la literatura. No es grave que se pierdan algunas artes inservibles, ni la geometría podría abarcar más hazañas ni la música cambiar sus himnos.

La vida es sólo el reflejo
del perfecto teorema,
en él hay una pizarra y un solar
por donde los miedos pasan rebotando
entre las piernas de la gente.
Minutos esféricos
imponen su razón: desprecio para el derrotado
y un queso de bola
a los que acertaron con la pelotita en el cestón.

__________________

Notas:

1. El autor de este artículo fracasó en su intento de llegar a ser un héroe futbolístico, aunque llegó a estar federado en la 3ª división regional española (sin ningún éxito), abandonando el ejercicio de este deporte a temprana edad por razones más que justificadas. La experiencia más nombrada de esa época fue el intento de disparo a la meta rival en un encuentro que se saldó con la derrota de su equipo, el Navasport-75, en un torneo de verano por 11 a 0 ante el Aravaca, C.F.

2. Existe alguna teoría que remonta el origen hasta la época de los trogloditas aunque no ahondamos más en ellas por no existir datos suficientemente contrastados.

3. Introducido en América por los españoles hacia el 1600 y continuando una evolución más o menos paralela.

4. Juego similar al harpaston aunque mucho más suave que se jugaba con unas bolas llamadas también follis.

5. Desconocemos el resultado exacto aunque estamos convencidos de que el encuentro no acabó en empate.

6. Esta y otras cursilerías se escriben en serio y no como recurso estilístico.

7. Suele suceder.

8. Nos referimos a la célebre táctica defensiva que se equipara humorísticamente con "poner el autobús del equipo" delante de la propia portería para evitar los goles del contrario.

9. Esta cursilería en concreto, se escribe como recurso estilístico pero no en serio.

10. Campeonato del Mundo celebrado en Argentina, en 1978. Maradona marcó el gol de la victoria ante Inglaterra, a la que eliminó por 3 goles a 2.

11. Se puede prescindir de la comprensión de este párrafo.



Texto, Copyright © 2004 Teófilo Menta.
Todos los derechos reservados.


 


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Última actualización: jueves, 1 de enero de 2004

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