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El cuento del tío

por Sebastián Abdala


La mano venía mal barajada desde el principio: Pepino llegó al cementerio de Flores media hora más tarde de lo convenido y sólo me pagó la mitad del laburo por adelantado. Encima dijo que de una forma u otra íbamos a tener que sacar la merca que faltaba de la tumba misma de tío Alberto. "Cartón lleno", pensé.

A tío Alberto lo conocí en la cárcel y, cuando salimos, me relacionó con Pepino para colaborar en algunos afanos chicos. Conmigo no había más que un poco de amistad, pero el tío y Pepino eran parte de la misma familia. Por eso, si salía algo para pegar buena mosca, a mí me usaban para la parte sucia.

Entramos al cementerio por la puerta de empleados de limpieza, una entrada que no llama la atención, ya que de día y de noche hay movimiento. Pepino tenía copia de todas las llaves -incluso la de la tesorería-, porque andaba de novio con una piba que laburaba en la morgue. Además de hacerse el picaflor con la mina en cuestión, la "ayudaba" barriendo los depósitos, juntando los huesos de las tumbas que no pagaban y llevándolos al osario. De paso se hacía unos mangos revendiendo ropa, alhajas y los bronces de los ataúdes.

Mientras caminábamos por las callecitas del camposanto, me dijo:
-La Marta -su mina- consiguió gratis la parcela para el tío Alberto, y va a campanear si cae la cana mientras hacemos lo nuestro.


La noche contaba con la súbita luz que cae del cielo nublado, con ese extraño reflejo que mete brillo a las cosas. Veíamos unos cuantos metros sin ayuda de linternas. Tanto que, en el aire, se notaba una bruma que se adhería a la piel, al pelo, al alma. Pepino habrá notado que pensaba en algo, que mi semblante cambiaba, porque dijo:
-No seas gil. Eso pegajoso en el aire es la carne quemada -el mal bicho sonrió- y las almas en pena. Pero no pensés en eso, ¿eh?, tarado.-dijo relojeándome para ver si acusaba alguna reacción.

Pepino era flor de hijo de puta.

En la parte paqueta del cementerio, nos refugiamos en la sombra de las bóvedas, como esperando algo. Pepino dijo nervioso:
-Necesitamos tener la mente clara para hacer las cosas bien y rápido -hizo una pausa y me miró. Yo asentí-, vamos a pegarnos unos saques así andamos piolas y en paz.

Sacó un espejito de su abrigo y se acurrucó contra una pared. Algunas nubes se abrieron en el cielo, testigo de la oscuridad de nuestras ideas, dando paso a la luna llena.

Armó cuatro líneas gruesas de cocaína.

De un bolsillo, sacó un cañito de metal, y tomó su parte. La luz opaca de las estrellas entró y vivió con él unos instantes. Pasaron unos segundos hasta que dijo dándome el espejo
-¡Lindo rayón te prepa... -lo corté con un ademán para que bajara la voz- Bueno, qué carácter. A ver si te calmás un poco con esto.

Tuve asco, pero acepté el convite. No me la iba a dar de moralista en esa situación. Bajé la cabeza, aspiré hondo y traté de relajarme.

Abrí los ojos y encontré a Pepino con una cuchilla enorme que mantuvo oculta en el forro del roído sobretodo. Sus manos rozaban el blanco filo lleno de reflejo metálico.

Se dio vuelta y, al notar el pánico en mi cara, dijo:
-No me vengas a aflojar ahora ¿eh? Te dije que el Alberto cagó fuego diciendo que yo tenía el resto del encargue -Pepino moqueó un poco, como mostrando sentimientos-. Ahora Chicutti reclama lo que este infeliz tiene en las tripas -Tomó aire, me clavó la mirada y continuó-. ¡Si querés cobrar la otra parte del laburo, no podés irte al mazo!

Un tiempo atrás, dos meses quizá, pegaron un negocio, con el viejo Chicutti -un traficante de Lugano- me dio mala espina que cantaran a los cuatro vientos que se iban a llenar de guita. Para pasar por "mula" y olvidarse de la cana, tío Alberto se tragó unos paquetes con merca. Me lo contó él mismo la tarde que lo reventaron a tiros. Se dijo en la calle que lo cagaron al viejo, y ese tano roñoso no se anduvo con vueltas, lo mandó a boletear. Muchos pensaron que Pepino fue quien traicionó al tío y a Chicutti, pero como se encargó del velorio, del entierro y comentaban que también lo buscaban a él, nadie se animó a decir nada.

Ahí estaba yo, entonces, repasando los momentos que marcaron el destino.

Pepino me increpó:
-¿Y, cagón, qué vas a hacer?- Puso una mano sobre mi hombro y me miró buscando alguna respuesta. Las palabras de Pepino sonaban lógicas en mi cabeza. Todo resuelto, pensé. Sentía un poco de afecto por el tío, y temor de que algo saliera mal, pero el juego había empezado, y necesitaba la guita. Seguimos caminando un trecho largo dentro de un silencio impenetrable. Bien dicen que el que calla otorga.

Llegamos a la tumba donde enterraron a tío Alberto, casi un mes atrás, Pepino me dijo que aguantara un cacho, que iba a buscar herramientas. Mi imaginación comenzó a funcionar a mil por hora. Pensaba que los muertos me tiraban las patas, que Pepino me cortaba la garganta y revoleaba mi cuerpo al osario. Uno piensa tantas pavadas cuando no se anima a ver lo grave de sus actos...

Por suerte volvió enseguida con dos palas. Me dio una, y, sin gesto ni mirada, me puse a cavar para irme lo antes posible. En eso, me chista y dice:
-Pará, che, aguantá un toque -y entonces el muy hijo de puta, comenzó a mear la lápida de tío Alberto, gruñendo-: hijo de perra, hijo de un camión repleto de perras. ¿Cómo se te vino a ocurrir comerte toda la merca?

El comentario me pareció aposta. Quise pegarle un palazo en la nuca, pero de nuevo pareció leer mis pensamientos y me dijo:
-Bueno, son problemas familiares. De paso aflojamos la tierrita, je, je, je... -Con su risita falsa, buscaba mi complicidad. Habré sido bien elocuente con mi gesto de piedra, porque continuó -... Se nota que a vos no te quieren llenar el culo de plomo.

Pensé que no era excusa para semejante guachada, pensé que todos los Pepinos deberían ser soberanos hijos de putas.

Entre pensamiento y pensamiento, y mientras el chac de la pala arrancaba tierra, perdí noción del tiempo. Imaginaba lo que haríamos una vez abierto el cajón: buscar en las tripas la cocaína. Me seguía preguntando cuánta merca habría tragado el tío, cuánto tiempo faltaría para terminar con todo de una vez.

A todo esto, el hijo de puta, parloteaba constantemente de cuanta boludez se le cruzaba por la cabeza, me confundía.

Luego de cavar y cavar y cavar, chocamos con el féretro. Nuestros ojos vidriosos se cruzaron. Pepino hablaba cada vez más rápido.
-El tío se tragó los paquetes envueltos en globitos de cumpleaños -dijo mientras subíamos el cajón-, qué pelotudo. Si no lo cagaban a tiros se iba a morir de constipación -apoyamos el cajón en la tierra-, ¿se le habrá endurecido mucho la panza?

Pepino contaba con la ventaja de saber que yo no le contestaría.

Hijo de puta.

Con las palas abrimos el cajón de inmediato. La descomposición del tío era fulminante. Me vino un bao a podrido que me hizo voltear la cara.

Pepino se aprovechó y, de una trompada en la mandíbula, me tiró adentro de la tumba. Caí de jeta, atontado.

Desde la fosa, escuché a Pepino darse un saque de merca, la enorme cuchilla desgarrando las ropas del tío, entrando en la carne agusanada y revolver y cortar.

Mientras trataba de levantarme, escuché las arcadas de Pepino, y sentí una ráfaga de vómito cubriéndome la espalda. El hijo de puta decía en voz baja
-Perdonáme...-y luego cada vez más lejos- ... No es nada personal

El miedo a morir, me puso fuera de la tumba en dos saltos. Me encontré con la imagen revulsiva del cajón abierto, el tío con los brazos fuera del ataúd, y las tripas desparramadas en el suelo. La cuchilla a un costado de la fosa, al lado unos paquetitos enchastrados. El decorado que imaginé durante toda la noche. Estaba todo, menos Pepino.

Entonces ocurrió.

No sé, si primero escuché el disparo, o sentí el dolor en la pierna, pero de pronto me encontré de rodillas en el piso, al lado de la tumba.

Pude escuchar entre la confusión del miedo y el dolor, la voz de un desaforado -¡TE AGARRÉ HIJO DE PUTA, DÓNDE ESTÁ LA MERCA!!

Y luego un susurro, calmo y grueso, silenció al bestia que me mantenía amenazado con su revólver. Era Chicutti.

El viejo parecía actor de una mala película de mafiosos. Con acento italiano y todo me dijo:
-Te batieron, pibe -movía la cabeza como dolido, mientras su matón no dejaba de apuntarme-, así como limpiamos al jovato, si no entregas los veinte kilos de cocaína, vas a terminar peor que como dejaste al tío -me agarro de los pelos-, hablá, mierdita.

¡AHORA SÍ QUE ESTOY JODIDO!, pensé. Pepino hijo de puta.

Me mintió todo el tiempo para que el viejo se piense que yo había hecho la mexicaneada con la merca. Mi bronca era todo lo que me quedaba.

Abrí la boca para que viera por qué no iba a hablar, que me pegara un tiro y a la mierda. Le hubiera contado cómo fue que me arrancaron la lengua en la cárcel de Azul.

El viejo, comprendió por qué decían que el tío Alberto laburaba con uno que apodaban el "Mudo".

Hizo un gesto de hartazgo, me pegó una patada en las pelotas, y me empujó al foso. Caí de nuevo con la jeta, aturdido por el dolor. Escuchaba los gritos mientras me disparaban para hacerme cagar.
-Mudo hijo de puta, inútil, ladrón -los tiros rebotaban. Sabía que en cualquier momento se aburrirían de jugar y me dejarían con un balazo en la nuca, o peor, me enterrarían vivo.

De pronto un bulto me cae encima. Luego otro.

Y luego silencio.

Silencio.

Pasos, silencio, y la voz de ella.
-Mudo: ¿estás bien? Les entré por la espalda y los fusilé como a perros. Se me hizo un poco tarde porque Pepino no se iba.

Marta, la dulce Marta, me ayudó a salir de la tumba. El dolor de la pierna era insoportable. Las cosas no salieron tan bien como había planeado, pero al menos me mantenía con vida.

Me besó y me dijo:
-Estás hecho un asco -sonrío-, dale vámonos antes de que Pepino se avive de todo.

Me hubiera gustado verle la cara a Pepino, cuando buscara en el horno del crematorio el paquete de merca, y no lo encontrara. Verle la mueca de dolor, cuando llegara a la pensión y encontrara la habitación de Marta vacía, sin ropa, sin nada.

Me lo imagino al otro día, averiguando en el cementerio si alguien sabía algo de ella, si alguien se enteró de, aunque sea, un mínimo detalle. Entonces le llegaría el rumor de que el Mudo -el tarado, el cagón del mudo- se las había tomado con una mina, en el tren que rumbeaba para el norte.

El resto calculo que se lo habrá contado la yuta mientras lo interrogaban por la misteriosa muerte de Chicutti. O tal vez lo dedujera sólo, mientras la familia del tano lo buscaba para la vendetta. Y el trataría de explicarles que un mudo, le hizo el cuento del tío.




Texto, Copyright © 2003 Sebastián Abdala.
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Última actualización: sábado, 1 de noviembre de 2003

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