Biblioteca Babab
[Visita nuestra Biblioteca: libros completos totalmente gratis]



Diario incorrecto y mongol.
La gran odisea. (I)

por Nacho Toro


De inicio, según se acercaban los días, y según lo iba hablando con más y más amigos, todos coincidíamos en calificar el viaje de aventura, sea por el casi completo desconocimiento que incluso yo tengo de lo que aquí me espera, aun recién llegado, sea por la distancia enorme, en cualquier sentido, que nos separa de las tierras mongolas, sea por justificar o magnificar un viaje tal vez no suficientemente cavilado ni predecible.

Sin embargo, mi lucha contra la continua trampa mediática, que denosta lo no occidental, que barbariza al distinto, que coloca motes -Aeroplof-a líneas aéreas competidoras, con aviones competidores de la gran industria, y mi batalla contra mi propio esnobismo que pudiera impulsarme al salto asiático, me han hecho ver que esto tiene de aventura lo justo. Hasta llegar a Moscú. Salí de Madrid muy por la mañana, tras el susto de mis problemas con el visado que me suministró la Embajada de Mongolia en Francia. Tras todo el papeleo, envío, pago de elevados costos, espera..., me mandaron un bello adhesivo en mi pasaporte en el que indicaban que había pagado 0 Euros (tal como se solicitó desde la ONU en Mongolia, con quienes parece que voy a trabajar), que el visado expiraba en octubre (cuatro meses antes de lo solicitado y pagado), y que tenía validez por 30 días. Era 18 de agosto, mi billete tiene retorno para el 14 de febrero, y la British Airways no me dejaba montar al avión sin una reserva de vuelta dentro del plazo de validez del visado, por temor a posteriores demandas de Aeroflot, la compañía que me llevaría de Londres a Moscú y de allá a U.B.. Hasta hace nada creía que la capital de Mongolia era Ulan Bator, y en ello me distinguía de buena parte de mis conocidos y de los agentes de viajes con los que hablé cuando buscaba un billete medianamente asequible para este destino, que ellos invariablemente situaban en el África negra. Tan ignorante era yo como ellos, en términos relativos, pues alguien en algún momento decidió boicotear mi ventaja cultural, y llamar Ulaan Baatar a este oasis de hormigón y pavimento agrietado en la estepa desaforada.

El conflicto con el visado fue fácilmente resoluble, y monté a tiempo en el Airbus con aterrizaje en Heathrow, junto a Javier Bardem y un amigo del barrio que me encontré y que planea volar a China en noviembre para hacer una especie de gira con la tuna. Me cuenta que un pasacalles allí de los "grillos" puede reunir a 300.000 personas, que te sientes como Beckham.

Los ingleses se lo han montado muy bien. Nos han hecho ver a los demás nuestros defectos y creer que ellos los sustituyen por una especie de impoluta virtud, sobre todo en lo referente al trabajo y al orden. Lo grandioso es que, aunque una efímera visita a su realidad pone las cosas en su sitio, han logrado el mágico y arcano prodigio de hacer que lo obvio se olvide al momento, y vuelva a la conciencia del visitante lo aprendido: la virtud angla.

Pero algo falló conmigo y todavía recuerdo la desinformación, la arquitectura opresiva, los precios lacerantes, el caos y la enorme agresividad de los funcionarios de Heathrow, por otra parte fundamentalmente ocupados en la mezquina tarea de detectar gramos de más en los equipajes de mano, exceso que es falta sustituible por otras libras de más, las esterlinas.

Alguna inconexa frase en francés te hacía recordar que te hallabas en un aeropuerto internacional, y descifrar lo que, paradójicamente, una francesa informaba en inglés se convertía en el mejor modo de soportar la espera despierto. Ya a esa altura una nada amable señorita me confirmó que habían extraviado mi equipaje. Debía presentar la queja en Aeroflot en U. B.

El aeropuerto de Sheremetyevo, en Moscú, transmite una paz absoluta al atardecer. Tal vez sea la luz tenue, el relajo de los transeúntes, la ausencia total de fuerzas de seguridad o vigilancia visibles, la presencia de entrañables "diebushkas" o jóvenes de pelo amarillo y gesto adormilado; la zona de tránsito te anestesia a media tarde ante el auténtico inicio de la aventura anunciada y negada.


Hasta llegar a Moscú.

El Tupolev 154 es un avión con capacidad para 126 pasajeros y una puerta de entrada de un metro sesenta de alto. Conviene en todo lo que llamaríamos un aparato austero: nada de televisores ni vídeos de los años 60 para explicar las medidas de emergencia en vuelo, como en otro avión de Aeroflot que me trajo desde Londres, con su soviética de perfil con fondo y planificación de Julia Solntseva. Nada de canales de radio o música -en esto sí que parece más uniforme Aeroflot-. Nada de comida identificable o deseable por alguno de los sentidos habituales - en esto, se homologa con las normas internacionales. Nada de números en el asiento, de tripulación superflua - dos azafatos --, de insonorización.

Una muy bellísima señorita me dio paso al avión. De nuevo, me habían asignado el asiento junto al ala derecha. Sólo que esta vez sería consciente de ello las 6 horas de vuelo, por más que cerrara los ventanucos.

El terrible run run de los motores me permitirá oír increíblemente el discurso del comandante, que nos tranquiliza, pese a la incipiente lluvia, con su voz monótona y la información del vuelo.

La información es poder. Ahora ya sé que volaremos a más de 10.000 metros, y que el trayecto es 5.000 km.

El miedo que me transmite mi pánico al avión se traduce en una constante y aceleradísima caída de cabello y el afán por ocupar las horas en algo que mantenga la mente quieta, que me haga olvidar los 30.000 pies de altura, el humo que emanaba abundantemente de un zócalo en la sala de intervalo entre la clase turista y primera, la puerta abierta tras las cintas que versan "salida de emergencia", a punto de iniciar el vuelo, el pasillo estrechísimo, el cinturón de seguridad oxidado, los asientos abatidos. Hojeo la gruesa revista de Aeroflot. Casi todo en ruso. En las últimas páginas, encuentro un mapa que sitúa Dar Es Salaam en medio del Índico. A continuación, una entretenida estadística, con gráficos, sobre la flota de la compañía. Incluye el Tupolev 154. Cuentan con 20 de este modelo. Tiene 48 metros de largo, 37 de ala, y 5.000 km. de autonomía. Vaya, me digo, como nuestra distancia de vuelo. Bueno, estos aviones a la vieja usanza ya sabes cómo son. Seguro que después de llegar a rojo el panel de mando, hay una reserva sustancial. Como en el R12 de mi padre.

La pareja a mi lado se mete mano en un duermevela. Casi todo el mundo ha optado por buscar el sueño. La gran cantidad de niños mongoles no ha molestado en ningún momento. De hecho, eran los más callados en el gran zoco turco en que se convirtió el pasillo nada más despegar. Un equipo de televisión francés se hizo notar, y turistas y nativos se cruzaban sin parar con la azafata, el carrito y los demás transeúntes. Pero a mitad de vuelo todo está silencioso. El amanecer hermosísimo en el horizonte lejano reanudará algo la vida del foro, pero es entonces cuando cerraré un rato los ojos.



Desde el aire, Mongolia cumple todos los tópicos: inmensa estepa, despoblada, vacía, muy abierta. Son cinco veces España para dos millones y medio de personas, la tercera parte de ellas en la capital. No existen prácticamente rutas pavimentadas, y los vuelos internos, en avión o helicóptero, no son especialmente recomendables: 120 accidentes desde 1980, según la Red, tres en los últimos años, con víctimas de la ONV (la organización de voluntarios de las Naciones Unidas con quienes voy a trabajar como voluntario-estudiante -sin sueldo-), o de una agencia paralela, que han llevado a la organización a prohibir a sus miembros los vuelos en Mongolia.


El aeropuerto de Ulaan Baatar, llamado Buyntukhaa, tiene mucho parecido con el aeródromo de Cuatro Vientos; hasta parece reproducir su museo aeronáutico. Claro, que este museo es interactivo. Previo pago del billete, los aparatos estacionados a un lado de la pista de aterrizaje pueden ser usados, vuelan. O eso dice tu billete. De pronto, me siento poderoso en mi moderno Tupolev, una especie de Pizarro llegado al país de los incas sobre cuatro patas.

Para entrar al país, hay que rellenar, cual suele suceder en todos lados, un papelito con los datos esenciales, incluido tipo de visado, dirección en Mongolia y motivo del viaje. Sin embargo, y pese a lo complicado, sobre todo por la ausencia de consulado en España, de la obtención de la visa, todo es sencillísimo una vez en U.B.. Los funcionarios sellan sin más, y te dan paso, incluso si entregas la cuartilla aportando un genérico "otro" como motivo de tu viaje, y dejas en blanco el periodo de estancia y la dirección.

Pese a que el periodo de dependencia de la URSS haya acabado y la nueva democracia mongola pretenda abrir el país al exterior, y lo haga en parte sustituyendo el ruso por otras lenguas europeas en la enseñanza, lo cierto es que en el minúsculo Buyntukhaa casi nadie parece hablar más que ruso y mongol. Sólo alguno de la horda de taxistas que te acosan tratando de ser elegido como transporte a la ciudad (a unos 15 m., yo calculo, aunque los arrabales de chozos llegan casi hasta el mismo aeropuerto).

Ignoro si Europa vencerá en la gran guerra económica que está librando con EEUU, pero sin duda para el viajero en Asia, nos beneficia por ahora el rumbo que está tomando. La divisa aquí se mide aún en $, y la fortaleza del Euro te coloca en mejor posición a la hora de las compras y cambios de moneda. El tugrut se cambia a 19 de agosto a más de 1200 por Euro. Una tarjeta de teléfonos pequeña cuesta 1000 tugruts, 85 céntimos. Tras cuatro llamadas breves a móviles y fijos en la ciudad, apenas he gastado 7 céntimos. Las distancias comienzan a observarse tan grandes como esperaba.


21 de agosto de 2003

En UB es mucho más sencillo atracar un banco que una casa, o por lo menos que mi casa. Los bancos no disponen aún de las atrocidades surgidas de los ochenta: sucursales incontables, tal vez para servir de motor a la ingeniería inmobiliaria que los propios bancos detentan, cajeros automáticos, ventanales antitanque entre cliente y cajera, laberintos de detectores en la entrada… sólo un par de cámaras y un guarda que te marcan el aumento de seguridad. Mi casa, en cambio, es un fortín. Al menos, en la puerta de entrada. Vivo en un tercero sin ascensor. Dudo que haya muchos en el país. Ascensores.

La puerta del edificio, de ladrillo colorado, me dicen que uno de los primeros de propiedad o iniciativa privada, está salvaguardada por un vigilante que duerme junto a ella en un colchón. De noche permanece cerrada, y para entrar hay que despertar al buen hombre. Todavía no le he conocido, pero me da que su cara me ha de resultar familiar. Va a ser uno de estos mongoles con aspecto inuit, groenlandio, kulusukino.

No todos los mongoles parecen inuits. Ni todas las mongolas tienen coloretes, ni son todas bellas, como me anunciaron. Sin embargo, hay un tipo estilizado difícilmente superable, al menos en Asia Oriental, al menos para el gusto occidental de hoy día, al menos para mí. Una de ellas es mi futura compañera de trabajo. Una delicatessen de ojos distantes, dientes redondos y redonda cara plana, cabello brillante y silueta generosa con la idea de Belleza, que utiliza por doquier. Su cuello es largo y las manos también, y tiene, claro, los tobillos delicados que esperamos en toda oriental. No recuerdo su nombre, pero en mis sueños será siempre ella la que hable, hasta que me quede con él. Si siempre fui malo para los nombres, en este país te lo ponen muy complicado. Son todos interminables, absurdos con frecuencia, y con pronunciaciones que sólo un islandés puede considerar aceptables. Por suerte, controlo algo de islandés, así que la longitud y la incoherencia son mis únicos problemas - como los de tantos hombres.

He conocido ya, en 24 horas, un buen número de gentes, y el único nombre que alcanzo a recordar es Edgardo, un cooperante fiilipino. Los filipinos me producen desazón. No hablan más allá de un puñado de palabras castellanas, de común; cien años son más que suficiente, y sin demasiado empeño, para borrar 300 de historia. ¿Cuánto durará la memoria de la Historia mongola?

Voy a ser editor de un programa informativo en la TV. Será en inglés, siguiendo los pasos de otro ya existente, y de la onda 106.4 FM, que se anuncia en las calles principales con una gran bandera yanqui. No obstante, lo cierto es que aquí no habla inglés ni Dios, y cierto también se me hace que se observan muchas prioridades que anteponer al aprendizaje de cualquier idioma en un país con 60.000 pesetas de renta anual per cápita.

Los charcos son piscinas en UB, y se unen a la costumbre de conducir a lo loco para crear el caos en el tráfico de una ciudad tan pequeña y con tan reducido parque móvil. Es fascinante, y desopilante, para dar más ritmo, comprobar que las casi inexistentes señales de paso de peatones presentan un muñeco esquivando a saltos los hoyos de la calzada. Sólo le falta la ubicua mirada antiatropellos para pasar de símbolo a imagen hiperrealista.

En la ONU nos aconsejan ir siempre en taxi, no salir de noche, no caminar y no coger transporte público. En parte es pijerío, estoy seguro, aunque difícilmente puede costar un trayecto habitual en taxi más de un euro, y los buses, casi todos fruto de la cooperación para el desarrollo japonesa, se antojan tremendamente incómodos, y los -35ºC no hacen de las caminatas plato de gusto. De todos modos, pienso que el esnobismo está presente en este consejo, y que será muy interesante probar el bus cualquier día.


Así que voy a dar tres horas diarias de clase de inglés a periodistas en un cuartucho que se han encargado de repetirme que antes era mejor, y es provisional, mejorará, y a llevar un informativo semanal en inglés sobre actualidades mongolas en el nuevo canal 9, de ubicación también eventual, y cutre sólo por su novedad. Escribo esto porque mi "jefa", a quien acabo de conocer, una agria potentada pegada a un móvil de 1000 euros, no ha parado de excusar apariencias, avanzar virtudes que clarifican defectos y buscar las llamadas fútiles de atención sobre la increíble importancia de nuestros asuntos y proyectos. Pura fachada.

Me temo que aquí se está atravesando, si no es consustancial, esa etapa de fachadas que se incorpora perfectamente en mi observación sobre la portada de mi hogar. Vivo en un tercero, puerta con puerta con un keniata y un militar malayo. Puertas con puertas. Aquí es costumbre tener doble puerta en las casas. Cuando alguien descubra las puertas acorazadas, o simplemente las puertas blindadas, le van a dar una plaza, que es lo que se hace aquí con los héroes. Es como la fregona: hay que descubrirla.

Así que tenemos dos puertas: una interior de madera, con cerradura mohosa en mi caso, y otra de acero exterior, con tres vueltas de llave horizontal y otra vertical, en mi casa. Me indican que es la solución a una especie de moda que se daba recientemente; consistía en quemar las puertas de los apartamentos. Los culpables: niños de la calle y borrachos: los desplazados del país, los chivos de turno siberiano. Increíble.

Por supuesto, escalar y romper mis ventanales no es especialmente complicado, como de hecho muestra la estupenda "El ladrón de Ulaan Baatar", película que grabé en la 2 cuando aún era la Segunda, pero no el guache efe. Mientras medito mi sueño con mi compañera futura de noticiero, no tengo nada mejor que ver la tele.

Tengo "cable tv", lo que en teoría me augura 45 canales de diversión, incluyendo TVE internacional, pero yo sólo recibo unos 10, repetidos sin fin, y me temo que se refieren a la RAI como "canal en español".

Es fascinante lo fácilmente comprensible que es el italiano. Por momentos olvido que no es castellano, hasta que vuelven a salir quince chavalas oxigenadas en biquini. Tele italiana. El resto de mis canales son rusos, coreanos, mongoles o anglos.

Los rusos, qué recuerdos, efectúan un horroroso doblaje átono sobre la voz original, que mantienen. Al menos, no es el polaco, o el húngaro, con un solo tipo doblando toda la película sin pausa.


Mi casa es un tercer piso. Sé que todos lo saben ya, hasta mi compañera de trabajo. Hoy nos invitó la jefa a comer. Fuimos a un nuevo restaurante chick con carta en inglés, pero se había ido la luz y hacía mucho frío, así que cambiamos al Winner's Restaurant, mucho más cálido e igualmente caro - unos 5 euros el menú normal, con bebida.

Ellas beben té caliente, antes y durante la comida. Luego, tenemos dos reuniones más, con el correspondiente té. Yo quiero dormir esta semana, así que pido agua. Me la sirven en una taza hirviendo. En efecto, el agua también está hirviendo. Los amigos que hace el frío. Pero aún no hace frío.

En casa hiervo el agua así mismo, pero la enfrío luego. Pura profilaxis. Conocí en Argentina a un Aldo que hacía fotografía microscópica, se alimentaba a base de limones y sólo bebía agua caliente.


El váter de mi casa parece una silla eléctrica. Una silla eléctrica usada por prisioneros temerosos. Así huele, al menos, y así se vislumbra al final del pasillo que lo anuncia.

Mas seguramente sea cierto que es una buena casa. Todos los edificios están desconchados, y las grietas en el pavimento tienen vocación de túneles. Uno comprende por qué tantos barrios de gers, las tiendas tradicionales, crecen en las afueras sin parar. No creo que ose volver a salir a mi balcón. Tengo el constante presentimiento de que se va a caer.

Vivo cerca del gran estadio de lucha. La lucha es en Mongolia deporte nacional. A los tradicionales combates y modalidades hay que unir ahora la desbordada fama de Dagvadorj, la estrella mongola del sumo en Japón. Es el Beckham nacional, a falta de una gira madridista por estos lares. Ya he visto a un sujeto con una camiseta merengue. Se trata del responsable de deportes de mi tele, presentando las noticias.

La globalización asusta; sin embargo, yo voy a ayudar al Imperio a desarrollarla con mis clases, si soy capaz. Me siento no sólo poco entusiasta, también diletante, enseñando inglés, ¡e informática! Lo peor es que estoy convencido de que todo saldrá bien.

El club so mi hogar se llama "Paloma". La semana que viene iré con los colegas de la ONU, y mi compañera de TV también asistirá, al acontecimiento de la temporada, tal vez, quizás, el concierto del año, lleno asegurado, viene, con todos sus éxitos, el sin par Demmis Russos. Triki, triki.


Los perros no dejan de aullar toda la noche. Lo había leído, y es el motivo perfecto para no pisar la calle de noche, aun siguiendo el consejo. Si tuviera miedo a los supuestos -espúreos- atracos, tengo la excusa perfecta. Siento pánico auténtico hacia los perros, desde siempre, y mi inacabada vacunación antirrábica, detenida por una reacción alérgica, no me da más valor ante tanto animal errante y pulgoso.

¿Y si mi tremenda alopecia mongola fuera causada por las mil vacunas que me inyecté para venir? ¿Y si el bulto fosforescente en mi espalda y las membranas entre los dedos del pie se relacionaran con el tratamiento?

He abierto una cuenta en el banco, que me ha expoliado un buen puñado de $ en el proceso.

Se pueden tener cuentas en $, así que en $ la hice, cambiando Euros a tugruts y tugruts a $, con las consiguientes comisiones.

Aun así, con lo que me sobró de lo que traje, unos 100 Euros, me llené el bolsillo de billetes. Más de 100.000 tugruts. Te da seguridad manejar estas cifras. La seguridad del tonto, pero seguridad.

Como consecuencia del atentado contra la sede de la ONU en Bagdad, han surgido de la nada nuevos guardias en nuestro cuartel general, y la entrada se complica. Me han pedido que haga saber en todo momento mi ubicación. Es bueno que me suministren gratuitamente tantos motivos hilarantes. Compadezco a los gilipollas que se hacen enviar chistes al móvil, o compran cintas de Arévalo en las gasolineras. Por hacerlo, y por necesitarlo. El mundo es demasiado ridículo para tener que buscar el humor. Me van a entrevistar las teles y periódicos para anunciar mi curso inglés. A veces también se reciben buenos chistes por la Red.


Un mongol paga un mínimo de tres veces menos que yo por el alquiler, es decir, como máximo. Comprar mi apartamento me costaría un máximo de diez mil euros, quizá menos. Sin embargo, por hacerme ocho fotos de carnet pago dos, y por abrir una cuenta en el banco, otro. El agua es más cara que en España, e imbebible sin hervir, del grifo. Un ordenador, un 50% más caro aquí. Un móvil, como en Madrid.

Todos mis jefes y compañeros son mujeres. Yo mantengo que es el frío lo que construye sociedades matriarcales. Asumo que es una tontería, pero lo discutiré con quien sea. Puedo hacerlo objeto de charla en mis clases de inglés. El viejo método que conmigo tanto se usó: que hablen ellos, hacer tiempo, participación del alumno como oposición al esfuerzo del profesor. Hay que aprender de los maestros. Y permitir las discusiones; eternas, de ser posible.


El que identifica la comida basura con los yanquis, claro, no ha estado en U.Baatar, o, me atrevería a decir, en Asia. Voy a atreverme. Ya. Acabo de aniquilar una de mis bases éticas. Ahora que he comprado una cámara mini DV, debiera haberme grabado haciéndolo, para fustigarme luego masoquistamente. Sí señor, sentado en el mini taburete, vertiendo esa sustancia pegajosa en los fideillos, con el gran pepinillo en la derecha.

En el supermercado para ricos coreano que me mostraron, donde hay escaleras automáticas que marean a dulces viejecitas con ropajes tradicionales, más unidas que nunca a sus bravos maridos en tan tensos instantes, lo primero que te encuentras es una variadísima selección de VHS's. No sé si a la venta, o en alquiler, dos grandes signos orientales acompañan a imágenes de productos de videoclub, producciones asiáticas ignotas, grandes éxitos de los 80, mangas, y muy excitantes muchachitas orientales sin ropa. Si tuviera vídeo, podría informar de la naturaleza de este último sugerente producto, dado que en teoría la pornografía está vetada en el país, pero, al no ser el caso, centraré la atención en curiosidades, lo único que puede vencer al sexo - y su mejor condimento.

El súper es en verdad un a modo de Simago, con un poco de mucho. Los precios son españoles, desorbitantes. Una mochila de Shin Chan llama mi atención. Hay muchos productos "Sinchanianos", así que trataré de ver si se emite por el cable.

La sección de bibelots y trajes tradicionales deja claro que aquí no compra mucho nativo. Tras el centro comercial coreano, básicamente el súper, uno de los pocos edificios modernos de cristal de la ciudad, el mejor hotel de Ulaan Baatar, el Chinggis Khan, aloja a mucho rico. Ojeo las camisolas, los quimonos y los gorritos; caros, mucho, pero asequibles. Pienso en comprarle uno al mono, ahora mandril, una mala buena amiga.

Llevo 24 horas en ayunas, así que me lanzo en busca de comida.

1ª regla del ama de casa:
Never go hungry to the supermarket.

Hoy me han llevado por los medios en inglés del país, un par de periódicos semanales, así que me permito un apunte políglota, regla, baidegüei, no aplicable en estos mercados, innecesaria.

Sorpresivamente, mi guía ha sido mi traductora de ayer y futura compañera periodista, la bellísima Drum, o algo similar, significa un tipo de piedra preciosa. Le va como anillo al dedo. De rubíes.

Hoy ha venido muy elegante, tal vez porque había acto oficial. Me anuncia al verme que ha llegado tarde porque veinte minutos antes la directora la había llamado para pedirle que se encargara de mí. La había sacado de la cama. Este fue por ahora mi momento excitante del día, de Mongolia, en verdad.

Más que las carátulas de vídeo. Cama y esos dientes, unidos. Traía hoy de nuevo fino jersey, hoy de pico, pelo brillante, pecho suelto y falda plisada, con los finos tobillos al aire que me hicieron comprender a mi bisabuelo y zapatos de tacón alto y chúpame la punta desde ahí mismo.

El calzado tradicional mongol mira al cielo en la punta, y los diseños modernos se aproximan a la costumbre. Los zapatos granate de Drum tenían cuatro o cinco tallas más de punta.

Aunque esquiva y poco afable, hoy he podido conversar más fácil con ella, por estar solos y no haber tanta traducción. Es una mujer inteligente, muy independiente, y tiene perro, pero no coche propio. Es profesora de ruso e inglés y si le ganas confianza te mira a los ojos y le brillan los suyos.


Para entrar en cualquier antro te piden el DNI… si eres mongol. Yo hago lo que me plugue, supongo que por ir con ella. En el último sitio en que estuvimos, Mongol no sé qué, un periodicucho de 8 páginas en el que me enteré de que "la estrella de Hollywood" Steven Seagal planea rodar la vida de Gengis Kan, el guarda paramilitar de la puerta desapareció con su documento, y tuvo la bella que quedarse a buscarlo y volver en taxi o andando, mientras el chofer me llevaba a mí al súper.

La caballerosidad no se lleva mucho por acá, o tiene otras formas. Así que mi compañera no me la agradece.

Hay más mujeres en el país. Pero he de decir que no se le acercan. Supongo que variaré de opinión día a día. O ya la he variado. No sé. Los diarios no están para leerlos, como las fotos, se hacen y ya.

Hoy conocí a Ianyaa, una de mis futuras alumnas. No para de mirarme sonriente, adoratriz. Es del tipo groenlandés, como los niños y casi todos los hombres. No se puede comparar. Me llama "teacher" ("seño").

La conocí en una ridícula reunión con mi jefa india de la ONU, que comprobó lo cutre que es mi lugar de trabajo y recibió la charla de autobombo de mi directora de la tele, y pudo ver las fotos que yo vi ayer, con su consiguiente cuestión ¿y estos quienes son?.

Me acordé de mi ya alopécico amigo que, habiendo sido secuestrado en un coche y llevado por todo Estambul - y eso es mucho todo - para saquear poco a poco su cuenta corriente de banco en banco, acudió a comisaría, y, tras evitar ser encarcelado, pudo ver una colección de álbumes de fotos de sospechosos habituales entre las que se habían colado varias del señor comisario de vacaciones en la playa con su esposa - o una amiguita. Mi amigo no osó identificarla como culpable.

Regamos la ceremonia con Hana Bis, flores de luz de la Konica con que rellenará un nuevo álbum mi patrona, que mostrará a mi sucesor, supongo. En cualquier caso, es mi primera, y segunda, y tercera, foto con mi admirada colega.

La directora tiene, como ayer, un celular que parece un coro sinfónico ruso, y cada cinco minutos recibe una llamada en THX Sorround System® que tarda 10 segundos en coger y me traslada indefectiblemente a la estampa de Drum girando como una loca sobre la mesa sobre sus tacones, subiéndose la falda para nos, vamos, como esta hembra que luego hizo cine, Bardem, creo creer, en España y bailó está música en 1, 2, 3 de Wilder.

Como la charla, sobre mí, no me va ni me viene, me deleito sonriente con la estampa.

A la estampada también le suena el móvil sin parar. Nadie pide siquiera perdón.

Lo de los móviles es el no va más antisocial. Sólo he encontrado a una persona que no coja siempre la llamada cuando está en medio de una conversación conmigo. Y tuve que adiestrarla. ¿Por qué ha de ser más importante la llamada que la persona que está contigo? Aquí ni siquiera se disculpan. ¿Por qué he de ser yo el crítico con este nuevo paso atroz al individualismo, yo, a quien tanto podría beneficiar? Actúo siempre en mi contra. Me siento generoso.

Mi compañera tiene los pies hermosísimos y me hace entender la pasión china por los pies orientales. Los chinos, y me salgo algo por fin del tema de hoy, comen mucho arroz. En el supermercado coreano venden sacos de arroz de 10 Kg. a 8 Euros, y aceitunas españolas importadas de Alemania a 1 Euro.

Cada vez que te aproximas a un producto, una empleada te dice "hola", olvidé de nuevo cómo, e inclina su cabeza. Yo les sonrío y me inclino también, y les digo algo en islandés. No puedo evitarlo, siempre que me dirijo a un mongol, lo hago en islandés. Mi cerebro no da más de sí: una lengua extranjera y otra a medio, o medio medio gas, ya sea francés o islandés, ahora, espero, mongol, y la propia, que puede ampliarse a italiano, catalán, reducida de atrezzo y enjaezar. Mientras me halle inmerso en este mundo, y si no reviso a la vuelta los diarios, no veré palabras muy elevadas, ni tantos dobles o triples saltos mortales de sentido como suelo y deseo. Sin más, no puedo. Es como con el inglés, ¿por qué lo hablo tan mal cuando estoy con alguien que no lo domine mucho? Ahora tiendo a enclaustrar mi castellano en el cajón de mi inglés.

Hoy hablé español con un mongol. El inicio de su nombre significa "Domingo" en mongol, así que así le llaman, Domingo, sus amigos cubanos. Bien, Nyamka será de ahora en adelante "Domingo". Lo conocí junto a un tipo que hace películas. Me han hablado de la situación del cine aquí. Atentos, Nacho. Se hacen más de 100 películas al año, en vídeo, de común, mucho documental, y se pasan en cines móviles por todo el país. Los antiguos cinemas itinerantes. Me lo pido. Huele a película 100%.

Otro tema sin duda apasionante son los niños de la calle. Hoy vi tres. Antes, me había reído al ver una alcantarilla destapada. Le dije a mi jefa india que eso era un peligro, y ella me hizo ver de qué tipo. "Nunca te acerques a ellas en invierno". Comprendí que serían trampas mortales, semicubiertas de nieve y hielo. No. El peligro es que en esas alcantarillas y demás huecos en el suelo viven los vagabundos, niños en buen número, y puedes ser atacado por ellos.

Me parece que la privatizada Mongolia me va a hacer más comunista que nunca. Había visto injusticias en Ecuador, y me enoja la tergiversación de temas como Sendero Luminoso en la prensa, y no digo más por prudencia, pero ningún beneficio del sistema puede justificar que los niños vivan en alcantarillas para protegerse de los 40 bajo cero de la calle, ni creo que tenga sentido que yo aporte mano de obra cualificada, yo diría supercualificada, a la TV de una oligarca en vez de manos de sobra a esos inuit soterrados. Seis mil, cuentan. Supera lo visto.

Los niños aquí, como en Groenlandia, son muy bonitos, tímidos y divertidos. Bajo mi casa, un tercero sin ascensor, aunque mi ensoñada me dice que sí existen ascensores en el país, hay un pequeño parque infantil. Intentaré hacer amigos para poder jugar de vez en cuando.

Pero yo estaba con la comida basura. Me va a traer quebraderos de cabeza el agua hervida, los precios, y la comida de la Agencia Espacial China que ocupa las estanterías. Los chinos planean poner un hombre en el espacio en breve, pero ahorran en su manutención. O puede que estas bolsas de fideos sean el inicio, modesto, del plan espacial mongol. Los mongoles tienen enormes lagos con abundante pescado, pero no lo capturan. Se considera de baja estofa; por lo tanto, su presencia, nunca fresco, es anecdótica en el súper.

Hoy me alimentaré a base de bollitos, rosquillas de piñones y pepinillos gordos sin picante, que me equivoqué, pero mañana buscaré una de esas cantinas donde hacer boca y estómago. Seguro que dará páginas a mi diario, pero con letra pequeña, que el papel es artículo de lujo acá lejos.


2ª tanda

En U.B. todo auto es un taxi. La gente para para llevarte a donde digas por dinero. Muchos de los coches son grandes todoterrenos, y esta es otra de las similitudes con Islandia, junto a las aspiraciones afirmantes, la tl chiclosa, los grandes espacios, el despoblamiento, el frío, el viento, mi estancia en ambos países, su decadencia en la escena mundial, Björk y la causa de la abundancia de coches grandes: no hay carreteras. Hoy hemos caído en una enorme charcapiscina. Por un segundo, creí ver a Álvarez del Manzano dotado de casco acariciando una tuneladora, pero no, se trataba de un monje rapado de un cercano monasterio.

Circulábamos en un vehículo normal, esquivando rastros de meteorito, cuando la única alternativa fue agua o agua.

No se veía el fondo, y no había vereda bordeable, así que atacamos el obstáculo. En Mongolia, todos los coches son sumergibles. Como en todos lados.

He de decir que algo me protege o nos protege a los mongoles, porque igual que finalmente apareció mi maleta, tras encallar, y volver a encallar con el agua por las puertas, salimos marcha atrás, y ganamos el tiempo perdido esquivando grandes coches en dirección contraria y saltando hoyos, sin cinturón de seguridad, por descontado y sin reparar en los peatones que, es increíble, cruzan abotargados, lentos y sin mirar.

Nos protegen, manifiesto, las montañas puras que nos rodean, cual Esja sin nieves, pardas, compactas, peladas, moldeables al ojo. Se ven desde cualquier parte, pero, camino a la tele, en la carretera del aeropuerto, donde las vacas pastan en los nuevos barrios junto a la calzada, allí esperan a mi cámara.


3ª vía.

Por fin vi a Beckham. En la puerta del despacho de la directora de uno de los principales periódicos del país, distribuido a todas las provincias: unos 16.000 ejemplares diarios. Exactamente como El Mundo, porcentualmente, infiriendo, güotever.

Estaba guapo, todo lo que puede estar, que yo creo que es poco. Es una maricona. Entendámonos, muy niña, muy poco viril. No considero que se pueda considerar guapo a un hombre con poco de hombre. Puede ser bello, como una estatua, o como los enormes pájaros que dicen que no, pero son águilas reales, me creo, que sobrevuelan la ciudad, pero no guapo. Guapo es para las personas. Y tenemos sexos. No creo que nadie que no sea inglés, adolescente, bebé o japonés pueda decir que este hombre es guapo. En cualquier modo, de rojo, como ahí, está mejor.

El sentido jerárquico sustituye aquí al tacto, porque, con el frío, me hago que todos usarán guantes. El principal periódico del país no deja de ser una sala con diez o doce ordenadores IBM y la sala de la directora. Siempre la estancia de la directora; siempre el despacho a la cabeza. Por la misma parte, me apercibo de que todo lo que he visto hasta ahora, y van cinco, es directoras, mujeres al mando. Y mis dos amigas mongolas por Internet también dirigen empresas. A la islandesa, pero sin teorías, realidades.

Y con despacho, para marcar la realidad.

Estuve en otro periódico donde la plantilla eran 5 personas. Como la guía de Aluche. Periodismo de verdad. Espero. Voy a ser reportero, y hasta me van a pagar, fuera de mi asignación universitaria como voluntario suicida. No dejan de dolerme irremisiblemente los ojos. Como si los moscones que no dejan de surgir cadáver por mi casa hubieran desovado dentro.

Duermo doce horas al día, y sigo molido. Ni siquiera consigo masturbarme más de una vez al día. Mañana consultaré a mi diminuta, incomprensible y muy aparente jefa sobre la asistencia sanitaria. Si me dejan entrar al edificio de la ONU. Con tanto segurata, y ahora que no tengo el pasaporte a la espera del visado corrector - y esta vez gratis, como debía haber sido el incorrecto --, no sé si me dejarán pasar. Hablaremos de todo un poco. Es pequeña, oscura, velluda, y con muchísimo carácter, aparente, decía. Con capacidad de mando y decisión en los ojos. Luego, trataré de usar el ordenador del voluntario, sin tildes, para ver si la Red me rescata del sueño, y el propio Beckham, por ejemplo, o Jorge Berrocal, de Gran Hermano, vuelve a ser importante en mi vida.

Todo lo que no se puede salvar de un naufragio carece de importancia, vale, pero ¿no es la vida un naufragio?

Yo, mientras me hundo, cazaré las langostas con los dientes, y devoraré su cabeza y sus ojos negros me los clavaré en los colmillos, como picas de Robespierre.

Pondré su abdomen en el mío mientras sigan vibrando las patas para que me haga cosquillas y reírme y luego lo echaré a la primera rémora que pase en un tiburón, para loarla y llamarla novia.

Esta es mi declaración de intenciones.


Andén cuarto.

Mientras, sigo sin salir, hastiado de cansancio, sin abrir mis guías, mis libros, entre ellos uno para integrarme del todo en el pensamiento en inglés, mis manuales informáticos, las instrucciones de mi cámara, pensando que, como nunca pasé a limpio mis libros, nunca grabaré, ni seguiré, atacado por lo de siempre, mi diario.

Si estuviera el mandril joven conmigo, le depilaría también las cejas y parecería un shamán mongolés. Lo complejo de los diarios es que nunca soporté identificar los días, y navego, más que circular por las horas, y el mar océano se llena de langostas decapitadas y babas rosáceas.

Si estuviera el mono, yo me vería un ballena rosa de barbas.

¿Quién no recuerda a Willy el ballenato empujándose sobre las olas con la cola y el timón, entonando el Fígaro con voz contenta? La mejor película americana de dibujos de los siglos.

Qué grande, se me ocurre, ahora que divago, comprar aquí un piso de dos habitaciones, por 2 ó 3 millones de pesetas, y alquilarlo a precio de saldo a amigos que quieran dejar de ser becerros y venir acá, uno tras otro, preferiblemente en comuna, el asceta que traiga tienda, a dormitar, en manada, de cuatro en cinco, o cinco en cuatro, a pasear, a mirar, a dejar estar las horas un mes o dos, y luego volverse, o seguir nadando, cada cual a lo suyo. Sería un pequeñito negocio y un gran acto de amistad al mundo. Pero conozco, son, hay, tanto pelele que no creo que tuviera el cupo lleno por muchas semanas. A 10.000 al mes cada uno, más gastos; amortizable, sano, barato. Ahora que mis colegas comienzan a tener posibles para las 120.000 del billete. Si tuviera 3 millones, o dos.




Texto, Copyright © 2003 Nacho Toro.
Todos los derechos reservados.


 


Babab.com
Para contactar con nosotros entra aquí
Última actualización: sábado, 1 de noviembre de 2003

Copyright © 2000-03 Babab
Prohibida la reproducción de cualquier parte de este sitio web sin permiso del editor. Todos los derechos reservados.