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Como que algo se mete entre los dientes

un cuento de Jaime López


Unas pequeñas molestias es lo primero que se siente; como que algo se mete entre los dientes. Uno, al principio, no le da importancia. Sin embargo, la segunda o tercera vez que ocurre, se aprecia ese sencillo dolor que ya se ha vivido antes. Cuando, pasados unos días, la sensación se ha hecho, lamentablemente, demasiado familiar, comienza la exploración de la zona con la punta de la lengua y, con ella, la preocupación al descubrir el pequeño orificio en una de la muelas; presencia que se confirma rápidamente en el espejo.

Ahora es cuando se ve la necesidad de visitar al dentista, por muy desagradable que pueda ser hacerlo. Afortunadamente, siempre se interponen asuntos inesperados mucho más importantes que un pequeño agujero en una muela. A pesar de todo, la situación empeora: cada vez se come con mayor dificultad, los dolores son más intensos, la comida parece perderse en la profundidad del molar, da la sensación de que se comiera menos, como si parte de la comida se perdiera por el camino; hasta se siente que se ha adelgazado, y se achaca, por supuesto, a que al tener dificultades para masticar, irremediablemente uno se cansa antes y come menos. Se hace indispensable visitar al dentista.

El doctor nos tumba en su trono de tortura y, antes de nada, nos ciega con un potente foco, como insinuando que es mejor que contemos la verdad: qué sentimos, cómo es el dolor y todos los detalles adjuntos. Tras un alarde de sinceridad por parte del paciente, el dentista observa la zona afectada e informa de que se trata de una simple y común carie, cuyos males va a proceder a extirpar mediante un empaste.

El dentista se queda sorprendido cuando la primera dosis de pasta parece desaparecer en el interior de la muela. Después, tras una pequeña reflexión interior, imagina que el orificio es mayor de lo que parecía y acerca un poco más de masa, que también desaparece. Al quinto intento, y sin poder ocultar su preocupación, toma una dosis equivalente a las cinco anteriores sumadas y la dispone obstruyendo el orificio. Ya está todo solucionado. Aunque sólo en apariencia, porque, poco a poco, mientras espera a que fragüe, observa como la pasta va siendo succionada por el hueco. Ya presa de los nervios, después de más de diez intentos con cantidades cada vez más grandes y, sobre todo, ante el ruego del paciente, el doctor desiste, aunque esto vaya en contra de su amor propio.

Por fin, el dentista admite que el problema de la boca que atiende se escapa a su conocimiento, conocimiento éste que debe de ser realmente vasto a juzgar por la colección de diplomas que pueblan las paredes de su consulta, y propone una posterior cita con un experto en no sé qué tema que nombra técnicamente. Desgraciadamente, el encuentro no podrá tener lugar hasta pasados quince días. Mientras, uno debe volver a su vida y seguirla lo más dignamente posible.

La cita con el especialista nunca tendrá lugar, porque, en un plazo aproximado de ocho días, la situación será incontrolable y tendrá un trágico final. En cada comida, va aflorando la consciencia de que algo fuera de lo común está ocurriendo. Ahora, es prácticamente nula la cantidad de alimento que llega a cruzar la garganta. La saliva se pierde por el orificio y los músculos de la cara empiezan a ceder hacia dentro ante una succión cada vez más fuerte. Tan fuerte que, tras unos días, absorbe todas nuestras energías, toda nuestra vida.

Al final del proceso, tumbado en la cama, uno se consume y se arruga como un pasa, cada vez más rápido. Tras la arruga, vienen el desinfle y los dolores, el cuerpo termina perdiendo su volumen y, finalmente, en un acto veloz y terriblemente doloroso, uno se vuelve del revés y desaparece absorbido por un agujero negro que había en su propia muela, la cual, desaparece también ocultando todo rastro de existencia anterior.




Texto, Copyright © 2003 Jaime López
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Última actualización: lunes, 1 de septiembre de 2003

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