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En su décimo aniversario luctuoso: Rafael Solana, narrador de prolija imaginación

por Mario Saavedra


El ya también desaparecido dramaturgo Luis G. Basurto escribió alguna vez sobre la personalidad literaria de su colega y cercano amigo Rafael Solana, citando con fortuna y lucidez a Rilke: "Escribir o morir". Qué mejor manera de definir la vocación de alguien que asimilándola al deseo y la posibilidad de existir, tan vital como el aire o el alimento, porque se hace igualmente necesaria e inaplazable, convirtió al trabajo poligráfico en una de sus dimensiones existenciales. Un ser humano ante todo apegado a la vida, a sus bondades y penurias, a sus felicidades y sinsabores, conforme logró entenderla a plenitud y sin mayores sobresaltos, Rafael Solana escribió no sólo por amor al hecho mismo de escribir, como impulso irrefrenable, sino sobre todo por inclinación a la propia existencia y todo lo que ello implica. Quizá sea un pobre lugar común decir que en su literatura buscó explorar todas las posibilidades de la existencia humana, pero en su específico caso con una determinación honesta y sincera, sin exhibicionismos ni exabruptos, más bien por la simple pero categórica tendencia de un ser que igualmente se interesaba por lo social, lo moral y lo filosófico del individuo, por cuanto tenemos de trascendente y de efímero, por lo que se recuerda y lo que se olvida.

El Rafael Solana narrador de igual modo acometió tanto la forma de la novela como la del cuento con un no menos auténtico conocimiento de causa que por lo él hecho tanto en la poesía como en el teatro. Desde su primera obra de arranque y para soltar los dedos en el género, El envenenado, de 1939, no supone la escritura de un joven de apenas veinticuatro años de edad, para entonces seducido por la estructura y la atmósfera surrealistas que a varios de los Contemporáneos invitó a escribir sus llamadas "novelas como nube". Intentaba ser la primera de una trilogía de similar especie metafísica que sólo alcanzó el segundo título y de la cual sólo se publicó la primera ya mencionada, con la convicción de representar la vida como memoria, vida como experiencia actual y vida como anticipación de lo por-venir, en un destiempo continuo de impresiones subjetivas y espacios inaprensibles.

El sol de octubre, de 1959, representó su madurez novelística, a tal grado de que constituye una de las tríadas de la narrativa mexicana citadina de los cincuentas, junto con Casi el paraíso de Luis Spota y La región más transparente de Carlos Fuentes. Quizá la más ambiciosa de sus novelas, refiere varias historias entrecruzadas de distintos tipos humanos en la Ciudad de México de mediados del siglo XX; escrita con equilibrio y perfectamente bien llevada, consigue su autor ese tan justo como difícil punto medio en las grandes obras, a decir, profundidad y ligereza, hondura y amenidad. Un perfecto y extendido mural de la sociedad citadina de entonces, El sol de octubre nos revela a un gran observador de la condición humana y de sus distintos modos y maneras de ser y expresarse, en un atinado maridaje, como bien escribió Alejo Carpentier, del novelista de generosa imaginación y el cronista avezado. Así se van sucediendo personajes reales y ficticios, situaciones vividas y otras supuestas, atmósferas expresas y algunas más sólo inventadas, dentro de una especie de kaleidoscopio que retoca y transmuta un mundo en el que todos podemos reconocernos. La historia neurálgica o hilo conductor, la relación entre doña Inés y don Juan, nos descubre además a un hombre sensible, que entiende y reconoce en detalle ese mundo entreverado de las emociones y de los sentimientos, ese tan soterrado mapa de los dolores humanos que mudan según los momentos y fortunas.


Narrador fino y elegante, atento lector de prácticamente todos los tiempos de la novela, entendida ésta como género moderno por excelencia y sólo a través del cual es posible indagar sobre las mayores y eternas interrogantes del ser, tuvo otro de sus momentos estelares en el género con El palacio Maderna, de 1960. Se trata de su estructura novelística más equilibrada, en la cual vislumbramos al dotado acróbata que construye sus saltos y caídas con los tiempos y distancias en la memoria, desplazándose entonces como aquel sabio conocedor para quien ya no es indispensable pensar en soporte de andamiajes o geografía de órdenes o verosimilitud en la edificación de los personajes. Aunque no concibió una novela río en términos proustianos, varias de las narraciones de Rafael Solana retoman personajes y situaciones, que nos hablan de un itinerario ya perfectamente sabido por su director, más en la idea de lo que en el siglo XIX hicieron Balzac o Benito Pérez Galdós, dos de los escritores que nuestro dotado polígrafo más admiraba y conocía a la perfección.

Otras novelas de justa mención en la escritura narrativa de don Rafael son La casa de la Santísima, también de 1960, que conoció su versión en teatro y describe un recoveco más del centro de la Ciudad de México de los treintas, en torno a la vida de un burdel nocturno y costurero diurno; Real de catorce, de 1979, es más bien una sucesión de visiones, escritas con la sabida y madura eficacia de quien sabe punzar en los espacios más nobles de la condición humana, con la sabia adicional de un sensible fotógrafo de momentos e instantes eternos en la conciencia. En esta hermosa composición a manera de travelling cinematográfico, conforme de igual modo su escritor conoció ese otro lenguaje y al cual también aportó algunos guiones con la sutil eficacia propia del escritor e intelectual de mundo, constituye una magnífica pintura poética de la fisonomía ese antiguo y ahora fantasmal poblado colonial minero de San Luis Potosí. Completan este heterogéneo legado novelístico: Las torres más altas de 1969, obra que nos conduce a un ambiente cinematográfico (los "gloriosos" años cuarenta del cine nacional) que el ojo crítico y el característico fino humor del autor trastocan en soterrada parodia de una atmósfera natural de parafernalia y banalidad; Juegos de invierno, de 1970, quizá sea la novela más agresiva de Rafael Solana por su tono confesor de una realidad lamentable, en la cual descubre los intestinos subterráneos (los del 68) por los que transitaban penosamente la queja y la masiva represión, mientras en la superficie se preparaba, en pomposas Olimpiadas, las cenizas del olvido; Vientos del sur, de 1971, es en cambio de ambiente musical, como el de muchos de sus cuentos, cuyos escenarios maravillan al amante de la ópera (otra de sus muchas sinceras pasiones) y a la vez despiertan la morbosidad del lector, a la manera de ese no menos envolvente "siroco" que en la Muerte en Venecia de Thomas Mann llega a provocar estragos.

Sobre todo dramaturgo y novelista, como él mismo se auto nombró por considerar a esos dos cauces de expresión como los más afines a su persona, el Rafael Solana cuentista escribió algunos de los relatos cortos incluidos ya entre los clásicos de la literatura mexicana del siglo XX. Auténticas filigranas en las cuales la sorpresa reveladora y la vuelta de tuerca ingeniosa alcanzan un nivel de maestría en el manejo del género, en la medida en que su autor llegó a conocer a fondo esta tan difícil como manifiesta forma de precisión narrativa -escribió un visionario ensayo en torno a uno de los más grandes artífices en dicha variedad, el también medular novelista inglés William-Somerset Maugham-, fueron en su mayoría escritos entre 1942 y 1954, reunidos más tarde en un solo tomo con el nombre de Todos los cuentos. Los más de ellos son de ambiente urbano y de época contemporánea, aunque los hay también de evocación histórica, concebidos por quien en el humor sin corrosión pero con sentido irónico esgrimió una de sus armas más peculiares y significativas, siempre con ánimo de legar una lección de vida que le confiere un sentido humanista a su literatura. "El Oficleido" y "Cirugía de guerra" aparecen como los estelares, tanto en materia temática como estructural, en los cuales la habilidad constructiva y el desenlace imprevisible terminan por someter al lector.

No podemos hablar del Rafael Solana narrador sin mencionar al ensayista, sobre todo aquel que disertó con no menos destreza e ingenio sobre escritores de la talla del mencionado Maugham, o el imprescindible novelista portugués decimonónico José María Eca de Queiroz, o el gran estilista francés Pierre Loti, sin desconocer sus otros varios y bellos apuntes impresionistas sobre asuntos de teatro, de música, de toros, de cine, de cocina, de viajes, de pintura, y de tantos otros aspectos que llenaron la vida plena y enriquecedora del Rafael Solana escritor y ser humano, del artista y el hombre, del individuo generoso y el sibarita empedernido.

 

Texto, Copyright © 2003 Mario Saavedra. Todos los derechos reservados.

 


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Última actualización: jueves, 1 de mayo de 2003

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