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El Síndrome de Pinocho: Ansiedad y Mentira en la Existencia

por Antonio Palomo-Lamarca*


LLa existencia humana, al igual que toda existencia bien animal, vegetal o humana, está marcada por el hecho fundamental de la supervivencia. Esta supervivencia, conjuntamente con otros hechos, fue discutida y analizada por Ortega y Gasset cuando ya decía que el hombre moderno inmerso en toda su modernidad ya no le queda el "vivir," sino el "sobre-vivir." Es, pues, una holganza el repetir lo que tamaño ensayista y filósofo ya dijo. Sin embargo, tan sólo por pecar de insistente, he de reiterar que los seres humanos sobre-vivimos, pero lo hacemos de modo peculiar y un tanto especial. La mentira de la existencia, es la mentira más comúnmente creada y creída; en especial, es nuestro tema favorito. Sobre-vivimos porque mentimos, porque nos negamos a aceptar nuestro papel humilde dentro del orden de la Naturaleza. No sobre-vive el más fuerte, sino el más mentiroso. Las consecuencias pueden ser sublimes, pero como tales, también analizables. Filosóficamente hablando, "mentir" no es contar mentiras, es decir, contar aspectos de la existencia que, en realidad, no existen. Para ello, y antes que nada, hemos de estar muy seguros qué sea la realidad, pues sin conocerla tajantemente, cualquier intento de mentira no es sino una burda farsa. Teológicamente, el mayor y mejor mentiroso es el Diablo, Satán, el Príncipe de las Tinieblas. Mistéricamente, el mayor mentiroso es el hombre, el descendiente de Caín, el eterno vagabundo condenado a caminar incansablemente por las tierras del Este del Edén. Visto filosóficamente, y desde una perspectiva cristiano-teológica al estilo de Kierkegaard, el hombre como ser espiritual es un descendiente directo de Adán, la imagen y semejanza del mismo dios que lo engendró. Sin embargo, como ser material, como ser existencial es un híbrido, un hijo de Caín; poéticamente hablando, al estilo de Dámaso Alonso, somos hijos de la ira. Detrás de toda ira existe una negativa, o sea, una negativa a aceptar aquello que se ve, se experimenta y contra lo cual nos elevamos en nuestra mentira existencial. Para aceptar los hechos, bien sean sociales, políticos o espirituales, primero hemos de saber y aprender a aceptarnos a nosotros mismos. Sin este difuminado papel que nos ha tocado, sólo viviremos para mentir, mentir eternamente como hijos de Caín, como hijos de la ira. Como hijos de Caín estamos condenados a vagar por la existencia, desprovistos de todo norte, y decapitados por el hacha de nuestra soberbia ignorancia. Si Dámaso Alonso le dió forma poética a este hecho, Miguel de Unamuno, unos años antes, había estado llorando por ello mientras escuchaba las exequias de su párroco favorito don Manuel, ese bonachón, ese mártir. Somos dioses pero atrapados en cuerpos de demonios. Atragantados, teológicamente hablando, por el bocado de aquella manzana que nos abrió los ojos. Anatómicamente, los ojos son dos cavidades localizadas en la parte frontal del cráneo. Espiritualmente, son dos huecos horadados y secos en la parte central del alma. Los ojos que fueron abiertos en Adán fueron los ojos materiales, los ojos que miran a la existencia con el ritmo demónico de la mentira. A ese se le llama, una vez más teológicamente hablando, el segundo Adán, pues el "primero" es el limpio, el verdadero, el único y caballero hombre de la existencia espiritual. El "primer" Adán, y antes de que se comiera y atragantara con la manzanita, era un ser egregrio, limpio, desprovisto de todo pecado, hablador de lenguas y conocedor de los más íntimos secretos de la Naturaleza. Este Adán poseía ojos en su alma, y con ellos miraba dignamente la magnificencia de la Creación. Cuando comió la manzana, su ojo espiritual fue cerrado al tiempo que sus ojos materiales se abrieron. Con estos ojos, con los ojos de la cara, del cráneo, de la cabeza, con estos y no con otros, conoció la mentira de la vida y la miseria de la existencia. A Unamuno le interesaron mucho estas cuestiones, y no fue el valde. Cuando Dios creó al hombre, creó con él a su marioneta, ppara que esta pudiera mirar al mundo con ojos de mentira, la misma mentira de la existencia que iba a vivir. Pinocho, la marioneta que tanto nos hizo reír cuando éramos niños, conoció la mentira de la existencia, pero como marioneta, nunca como niño. El hombre es un mentiroso patológico, quien a lo largo de los siglos ha sido socialmente aceptado, pues, aquellos lo aceptan y comparten el mismo pecado original. La originalidad del pecado es la mentira, la mentira cegada por la soberbia, la falta más horrenda que el Dios del Antiguo Testamento detesta. El pecado de Pinocho, es el pecado de toda marioneta terreste, material: se trata del pecado original. Este pecado original fue definido por Kierkegaard como la ansiedad, la angustia. La ansiedad es producto de la mentira, de esa mentira material en la que vivimos. Pinocho lo supo, también Adán y su hijo Caín. Somos marionetas con presupuestos de querer llegar a ser humanos, convertir nuestra liviandad en voluntad pura. Pinocho quería ser niño. Adán volver a ser divino. Caín agonizaba por encontrar humanidad. La característica común es la niñez. Todos son algo que no desean, algo que han de conquistar para acceder a un estado mejor. Este estado, es el estado inicial del hombre, el estado de pureza donde la felicidad posee su fertilidad imperante. Este estado ha sido llamado inocencia. El problema de Pinocho es la desconfianza, la testarudez, y sobre todo, la pereza. El tema de la mentira es un tema que se ha sobrevalorado, y al mismo tiempo, malentendido. Pinocho no es un mentiroso, sino un perezoso testarudo, cualidades que le impide llegar a ser humano, a ser niño. La niñez como edad dorada, con vuelta y entrada al Paraíso. Por ello, antes de llegar a ser como dioses, en principio uno ha de abandonar el estado divino, estar en un estado corrupto y material en el cual sufrir las exigencias de la vida. Llegar a ser dioses requiere dejar de ser demonios, o bien, ser demonios para luego convertirnos en dioses. Los dioses también fueron diablos, y como estos, también sufrieron los embates de la vida. Llegar a ser humano es darse cuenta de la condición de nuestra divinidad, de nuestro lado sagrado e interior. Conocemos el dolor mediante nuestro cuerpo. A través de nuestro cuerpo, y con ayuda de la consciencia, conocemos la ansiedad del dolor, y el dolor de la ansiedad. Sabemos que somos almas en pena atrapadas en un cuerpo humano, y sabemos esto gracias al dolor, a la ansiedad -tal vez, a los dos al mismo tiempo-. La ansiedad es un dolor que se siente en todo el cuerpo. Un dolor mental que invade el alma de cada órgano corporal. El alma, como ente divino y vivo, está por todas partes, igualando la materia en sistema y funcionamiento. Los cinco sentidos son las entradas materiales al alma, y por ellos se establece un contacto directo con esa divinidad interna que nos ha tocado. No, no somos "seres racionales," sino todo lo contrario. Somos seres luminosos incrustados en la impermanencia de la materia. Somos seres sentimentales, hermanos universales y eternos de la pureza del Amor, emanación suprema del Uno, de la Providencia, de Dios. Sin embargo, es gracias a la materia como conocemos a Dios, y gracias al dolor material, al dolor y a la ansiedad de estar incrustados en ella como somos capaces de discernir entre el Bien y el Mal. La materia no es perversa, sino todo lo contrario. Dios hizo la materia para que así pudiera ser descubierto Él mismo. Sin materia no hay Dios, y sin Dios, no hay materia. Es un círculo sagrado trazado con el compás de la paciencia, y cuyo centro es el Amor.

Kierkegaard ve en el amor el tema principal de su obra, de su exposición, de su predicación y de su misión como hombre y como pastor. El amor no es un sentimiento vano, pero tampoco inicuo. Por amor se han destruído reinos, se han levantado murallas, se han matado hombres, etc... Por amor se han conquistado tierras, dictaminado leyes, ejecutado herejes, etc... Por amor. Por amor. Pero, ¿qué clase de amor es aquel que mata, que hace daño? Evidentemente, no ha de ser amor, sino una mezcolanza entre un reflejo borroso de amor, y un sentimiento sublime de confusión. La aleación de amar da el más tierno y querido elemento químico de toda la historia de la humanidad: el fanatismo. Queda, indeleblemente, que no ha sido por amor por lo que se han "movido montañas," sino por fanatismo, por lo que se han destruído vidas. El "amor a la patria," no es sino el más bello ejemplo. Nuestra patria ha sido idealizada, postergada desde la interioridad sagrada, hasta la exterioridad mutable, indecente, cruel. Una exterioridad construída por nuestros egoísmos y nuestro afán de poder. Una exterioridad que supuestamente había de ser tan sagrada como la interioridad aque nos fue dada. No nos basta con corromper nuetra alma, sino que además de corromper la de los demás, también hay quien se afana por corromper el entorno que le ha sido concedido. De esta corrupción nace la Política, es decir, el arte del engaño. Pinocho, en su fase de búsqueda, en su fase de búsqueda-por-una-patria, es el más elaborado y sutil de todos los políticos. Por eso era de madera, por eso era una marioneta -una marioneta a los ojos de su Creador-.

Existe una patria mucho más importante que aquella que muestra el carnet de identidad: la patria interior, el alma. Tal y como Platon ya resalta, este es el reino de todos los reinos, el alma que se leva a sí misma en búsqueda de su Creador, del Bien Universal. Esa "patria" es una patria cosmopolita, sin límites, sin banderas. También se han manchado banderas con la sangre de inocentes, y por "amor" a la libertad, a la patria. ¿Qué libertad y qué patria son dignas de ser lavadas con la sangre de un ser humano? Se trata de comprar la emancipación con la desgracia ajena. Lo mismo ocurre con la conquista, la invasión, la violación de derechos humanos y constitucionales. Se compra la unificación fascista de un reino a costa de la invasión y sometimiento de aquellos que jamás has pertenecido al juego. Por supuesto, huelga decir, que si protestan serán encarcelados, juzgados, torturados y sentenciados. Así, en sociedad, conocemos el dolor humano, la sangre derramada y la ansiedad de la existencia. Para aliviar esta ansiedad, este miedo a ser humanos, hay quien se busca una "causa" que defender, o bien, hay quien se afilia a un partido político, o a un equipo de fútbol. Los hay que les dan por fumar, otros por beber, otros por tomar drogas, otros por masturbarse eternamente, descargando mediante una fijación sexual la impronta negativa de la depresión, de la ansiedad de saber que la vida caduca, que carece de sentido. De esto ya habló Viktor Frankl cuando recién salido del campo de concentración nazi se da cuenta de la belleza de la existencia y de la dignidad del ser humano. Una belleza y una dignidad que es pisoteada por aquellos que abusan del poder, y que, irónicamente, termina de ser masacrada por nosotros mismos, por nuestra impaciencia, nuestro odio y nuestra falta de esperanza. También habla de cómo el ser humano huye de sí mismo en una especie de círculo vicioso, haciéndose partícipe de estúpidas asociaciones que le mantengan entretenido, adormilado para que así no sepa la verdad. Aquí, en este preciso punto, me viene a la memoria la imagen del Padre Manuel, el protagonista de la novela de Unamuno, quien pensaba que al pueblo había que dejarlo soñar, que viviera durmiendo sus ilusiones. Todavía me sigo preguntando por el verdadero sentido de este proceder. Don Manuel era una especie de renegado de la vida metido en un cuerpo humano y disfrazado con sotana. Tal vez, un Unamuno encabronado ante la desesperación de la existencia. Tal vez, un bonachón amargado hasta los tuétanos al saber que la vida es sueño, y que al pueblo hay que dejarlo soñar. Se trata de un Unamuno depresivo, una depresión con síntomas de ansiedad; síntomas que comparte con su amigo Don Manuel. El mismo cura dice en la novela, que toda su vida no es sino una evasión del suicidio, una ansiedad sempiterna al temor de quitarse la vida. Pero, ¿qué es la vida sino dolor? Dicen algunos. Claro, que esto le fastidiaba sobremanera a Nietzsche, quien aún con dolores de cabeza, vómitos y problemas sentimentales pensaba que la vida era digna de ser vivida, y que los Griegos sabían el secreto de ello. Para Nietzsche los Cristianos había deformado toda magnificiencia de la vida, todo entorno lustroso de la existencia. Claro, que Nietzsche tenía depresión, una depresión bien acentuada, unos síntomas no solamente ansiosos, sino psicosomáticos. La ansiedad en Nietzsche se somatizó en sus nervios, en sus dolores de cabeza, y en su sistema digestivo. Y es que Nietzsche tampoco era perfecto. Construyó un sistema filosófico con la tinta humoral de su propio vómito, de su odio. Lo peor en Nietzsche no es su odio hacia todo aquello que le rodea-no deja títere con cabeza-sino que llega a analizar el Cristianismo desde el lado más simple que uno pueda creerse. Nietzsche analizó y entendió el Cristianismo bipartitamente: por un lado como ejemplificación de ese fanatismo que arriba hemos descrito, y por otro, como producto del idiota cotidiano que anda por la calle. El Anticristo no es sino un conjunto de sentencias sacadas del odio y del resentimiento en contra de la Cristiandad. Y no digo que no llevara razón, pues de tantas flechas que lanza, algunas da en el centro. Pero, lo que sí digo, es que no se puede analizar una religión tomando como ejemplo lo que el resto de mortales-idiotas-fanáticos han entendido por ella; o peor aún, lo que estos fanáticos han hecho de ella. Para Nietzsche el más simple de los cristianos es el más grande de los fanáticos. Una sobrevaloración que es supinamente sarcástica y desmodulada. Para analizar el Cristianismo-y esto Nietzsche nunca lo hizo-tiene uno que comenzar, como ya hizo Kierkegaard, analizando el concepto de culpa, de pecado, es decir, la ansiedad. Pero Nietzsche tenía mucha prisa, quizás demasiada. Criticó igualmente al Budismo, aunque en menor medida, cuando ni tan siquiera había leído satisfactoriamente sobre filosofía budista. Lo peor de todo, es que se tiró toda su obra criticando a Kant cuando ni tan siquiera se había preocupado por leerle, sino que tan sólo se valió de recursos secundarios para saber de su filosofía. Digamoslo de paso, Nietzsche estudió Filología, con una especialidad en lengua griega. Él mismo se auto-llamaba filólogo, y no filósofo. Nietzsche estuvo ansioso toda su vida, depresivo y compulsivamente en contra de todo sistema. Él dice que Roma fue genial, pero yo digo que si él hubiera nacido en tiempos de Cicerón, hubiera criticado al César -por mucho que estuviera enamorado, como estaba, de Tiberio-. Psicoanalíticamente hablando, Nietzsche no estaba muy centrado. Una sobreafirmación de sí mismo para así tapar el vacío que tenía. Hay quien incluso ha sugerido una posible homosexualidad. Yo me abstengo de opinar. Todos estamos desquiciados. El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra...

Una de las características principales de la ansiedad es su poder de somatización. Un simple dolor de cabeza es un buen ejemplo. La artritis es otro. La dyspepsia funcional, la úlcera, o la gastritis, son también claros ejemplos. De todo esto la Medicina Psicosomática ya ha hablado. ¿Cuál es, pues, el síndrome de Pinocho? Para analizar esto, he tenido primero, que hacer una somera exposición de unos principios básicos de existencialismo. En segundo lugar, he de hacer una leve introducción a la obra italiana, y al entorno en que nació. Su autor fue el florentino Carlo Collodi (pseudónimo de Carlo Lorenzini). La obra estuvo primeramente dirigida a los niños, aunque nunca se infravaloró el resultado e impacto en los adultos. Fue lanzada primeramente en distintos capítulos en una revista, para luego más tarde ser recogidos en forma de libro en el año 1883. El título original fue La avventure di Pinocchio. Storia de un burattino, o sea, Las aventuras de Pinocho. Historia de una marioneta. Grosso modo, la obra fue lanzada con vistas a una audiencia infantil. Aunque, por otro lado, la obra levantó un notable interés en la población adulta. Se trata de un libro que posee una directriz moral, así como un claro reflejo de la psicología infantil. Sin embargo, este reflejo no es sino, en realidad, la yuxtaposición de una psicología humana adosada al cuerpo de un niño. Se usa como pretexto el mundo infantil para llegar a probar algo mucho más profundo, y de lo cual todos somos partícipes -tanto adultos como menores-. La obra está caracterizada por la ansiedad, la angustia de la vida, y la mentira que nosotros hacemos de la existencia. El protagonista, una marioneta de madera, más que mentir, lo que hace es dudar de lo misterioso y complicado de la existencia. La duda pinochiana es la que difumina el carácter de este protagonista. Esta duda conlleva en sí misma el irrespeto por todo aquello que se desconoce y por todo aquello que se está por conocer. Pinocho es irrespetuoso, y producto de su falta de respeto hacia todo y todos nacen sus desdichas. Esta falta de respeto posee una cualidad intrínseca de suma importancia: la testarudez. El personaje de Pinocho más que mentiroso es obstinado, testarudo. Mil fallos comete y mil más vuelve a cometer, y jamás escucha a nadie ni a nada que posiblemente pudiera darle un consejo. Esta característica no es solamente de Pinocho, ni tampoco de la personalidad infantil, sino muy por el contrario es una característica humana, es decir, se trata de la médula vital de la mentira de la existencia: la testarudez, la obstinación. Se ha dicho, tradicionalmente, que el hombre es el único animal que tropieza dos (o tres) veces con la misma piedra, esto, con otras muchas más cualidades, sólo nos corrobora una vez más que la personalidad de Pinocho es la personalidad de cada uno de los seres humanos. En pocas palabras, todos llevamos nuestro Pinocho dentro. Todo el mundo quiere respuestas, pero nadie hace la pregunta adecuada, ni la más sincera tampoco. Todo el mundo quiere soluciones, pero nadie desea poner remedio a sus problemas, y cuando se desea, el deseo no es sincero. Vemos las cosas más fáciles de lo que en realidad son. Al igual que Pinocho, deseamos las cosas como si de hecho ellas nos pertenecieran, sin preguntarnos si en verdad las deseamos, o si en verdad las merecemos. Nos creemos, como Pinocho, merecedores de muchas cosas, cuando en realidad somos egoístas y obstinados. El síndrome de Pinocho el egoísmo y la obstinación, la testarudez centrada en uno mismo sin ver ni los sentimientos ni las necesidades de los demás. Por ello se da una centralización del ego, una superabundacia de ego-ísmo. Este ego-ísmo es el componente esencial de la angustia y de la depresión en la existencia. Pinocho quiere mil cosas, entre ellas incluso sanar de su enfermedad, y cuando el hada le entrega la medicina, la rechaza pues piensa solamente en su mal sabor, pero reclama vigorosamente el ser sanado. La aunténtica medicina que Pinocho ha de tomar, y consecuentemente, de aprender, es la medicina de la humildad. Con esta sanará de todas sus desdichas, y con esta tornará a ser humano. Un viaje, un dolor.

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Notas:
*. Doctor en Filosofía, pintor y escritor.

 

Texto, Copyright © 2003 Antonio Palomo-Lamarca. Todos los derechos reservados.

 


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Última actualización: jueves, 1 de mayo de 2003

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