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Orgullos de arriba.

por Jaime López


Vivo en un pueblo llamado Orgullos de arriba.

En las proximidades existe otra localidad llamada Orgullos de abajo, pero sólo tiene doscientos cuarenta y tres habitantes y setenta y ocho casas; es decir, una casa y cinco habitantes menos que nuestro pueblo, que, obviamente, es más grande. Estamos orgullosos de ello.

Lo cierto, es que, hasta hace casi dos décadas, los pueblos eran igual de grandes y tenían el mismo número de habitantes. Pero un fatídico accidente, acabó con la vida de una familia de cinco miembros en nuestro pueblo vecino. Una tranquila noche de primavera, el techo y los muros de la vivienda de la familia Catastús se vinieron abajo, y entre los escombros quedaron sepultados los cuerpos sin vida del matrimonio y sus tres preciosas hijas de cinco, ocho y trece años.

Hace cinco años, trece después de la lamentable merma de población que sufrió aquella localidad, se presentó a la alcaldía de nuestra población un vecino de la misma: Edolino Catastús, pariente de la familia desaparecida y perteneciente a una de las ramas de los Catastús que desde muy antiguo han habitado nuestro pueblo. Se trata de la única familia que mora en ambas poblaciones, y ni los más ancianos tienen conocimiento de cómo, cuándo o porqué se establecieron aquí, ni tampoco en cuál de los dos pueblos lo hicieron primero. La verdad, es que la familia al completo ocupa un buen porcentaje de la población total de ambas localidades.

Pues bien, cuando Edolino se presentó a la alcaldía de Orgullos de arriba, éramos todos muy reacios a darle nuestro voto, porque temíamos que nos hiciera pagar injustamente la muerte de su familia en el pueblo vecino. Sin embargo, era una de las persona más preparadas y válidas para aquel cargo. Además, él jamás nos había culpado públicamente, muy por el contrario, su relación con el resto de la vecindad era si cabe más cordial desde la desaparición de sus familiares.

Su programa electoral, aparte de mejoras en el pavimento de la calle principal, en la conducción de agua y en los servicios del doctor que nos visita una vez por semana, incluía la construcción de un modesto centro polideportivo, con piscina y pista polivalente; la transformación del antiguo y abandonado teatro en un cine; y, por si fuera poco, un centro social y de ocio, con bar, mesa de billar, diana, juegos de mesa y hasta un pequeño escenario para actuaciones de los aficionados locales. Eso sí, nos dijo que para poder llevar el proyecto a cabo tendríamos que apretarnos un poco el cinturón.

Ante lo atractivo del programa y la falta de alternativa que suponía Valerio Lagarto, que se presentaba por haber perdido una apuesta, votamos y Edolino Catastús salió elegido. Y cumplió su promesa dentro de los plazos y del presupuesto previsto. Efectivamente tuvimos que apretarnos bastante el cinturón, más bien se hicieron necesarios agujeros nuevos, pero, por fin, concluyeron sus tres grandes proyectos.

Construyó el centro polideportivo. Pero no a la salida del pueblo como era de prever, sino justo en el límite territorial de la localidad, exactamente a veintidós kilómetros y setecientos metros de la última vivienda, pasados los últimos cultivos y las montañas que engrandecen el maravilloso paisaje de nuestra comarca. Al recinto sólo era posible acceder por un tortuoso camino forestal imposible de transitar con vehículos turísticos. A pesar de todo, nuestro amor propio nos hizo aparentar que lo disfrutábamos. Y con una enorme sonrisa y falsas muestras de júbilo, montábamos a nuestras familias en los tractores disponibles y cada fin de semana, lloviera o nevara, allí nos dirigíamos.

El cine quedó precioso, de lujo, una pantalla increíble, butacas modernas, un sonido perfecto y hasta tienda de chucherías. Las películas proyectadas eran casi de última hornada y se proyectaban en sesión única los lunes, miércoles y jueves a las cuatro y cuarto. Un poco pronto quizás, o un poco tarde, según se mire, porque no se trataba de las cuatro de la tarde sino de la madrugada. Edolino en persona observaba con cínica satisfacción cómo la sala se abarrotaba cada noche. A la cita no faltaba ni uno de nosotros. Después, mostrando enorme interés por lo que habíamos visto y dándole las gracias por su trabajo, nos marchábamos fingiendo alegría y acompañados por el sol naciente; unos a trabajar la tierra, otros a sus labores, y los más pequeños de nuevo a la cama hasta que empezaban las clases.

El club social también fue inaugurado por el alcalde, en este caso en lo más profundo de unas minas abandonadas por los romanos en tiempos inmemoriales. Para acceder a él, prácticamente había que arrastrarse a lo largo de más de medio kilómetro de agobiantes y húmedos túneles, alumbrados por las antorchas que cada uno debíamos portar. Sin embargo, todos, incluidos los más ancianos y Lucrecio Vasconsiglos, que perdió una pierna en otra apuesta con Valerio Lagarto, nos reuníamos allí cada tarde. El propio Edolino nos acompañaba, no sólo sin rechistar sino con enorme placer, a todas las actividades que, para no mostrar disgusto, decidimos organizar allí durante los cuatro años que duró su mandato.

Pasado este tiempo, habíamos envejecido prematuramente a causa del esfuerzo diario, de la rabia contenida y, sobre todo, de la enorme falta de sueño y descanso que padecimos. A pesar de todo, nadie, ni siquiera un solo niño, había mostrado ni mostrará nunca públicamente un gesto de desagrado o una ligera palabra despectiva haciendo referencia a los acontecimientos vividos.

Desde el principio y sin hablar de ello, excepto en el seno de cada familia, supimos cómo actuar, cómo comportarnos y, desde luego, estamos muy satisfechos con el resultado. Además, ahora tenemos un centro social y un polideportivo abandonados, un cine que proyecta los sábados por la tarde y, sobre todo, seguimos teniendo una casa y cinco habitantes más que nuestro pueblo vecino.

 

Texto, Copyright © 2003 Jaime López. Todos los derechos reservados.

 


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Última actualización: jueves, 1 de mayo de 2003

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