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"Harry Potter" y "Operación Triunfo": sobre la destrucción de la infancia en el cine y la televisión.

por Aurelio del Portillo


"Yo sólo quise ser un niño, pero no me dejaron" (Epitafio sobre la tumba de Nahamán Carmona, 'niño de la calle' asesinado por la policía en Guatemala en 1990)

Tenía 13 años. Huía de la realidad inhalando pegamento, aletargando su mente y su cuerpo para sentir menos y no alcanzar a pensar. Una historia dramática que desgraciadamente no es un caso aislado.

Pero no queremos hablar sólo de los 'niños de la calle' desgarrados violentamente de una sociedad en la que no caben ni encajan las infancias, sino también de todos los otros niños que, como ellos, sólo quisieran ser niños y no les dejamos. A la mayoría de ellos, precisamente, les hemos ido sacando de la calle y sus peligros para hacerlos crecer solamente entre el colegio y la casa. Así podemos observar, y deberíamos hacerlo con cierta preocupación, cómo ha ido desapareciendo en la últimas décadas el concepto de "salir a jugar" mientras aumenta de forma espectacular el tiempo dedicado al ocio y al entretenimiento en casa, sobre todo en el ámbito urbano que, además, va sustituyendo de forma masiva al entorno rural y a todo tipo de contacto con la naturaleza. En esto parece consistir, de alguna manera, y paradójicamente, uno de los efectos principales del progreso sobre la vivencia cotidiana de los niños. Al protegerles de las amenazas de la convivencia callejera estamos cauterizando nuestros temores y justificando nuestra responsabilidad sobre su educación y aprendizaje, sin darnos cuenta quizás de las terribles cualidades de ese otro mundo al que les estamos empujando. Un falso universo menos material, menos palpable, más invisible, y más peligroso por lo tanto como enemigo, en el que estamos también aniquilando su proceso infantil de descubrimiento y de sorpresa, su búsqueda natural y espontánea de experiencias vitales directas sobre las que apoyar su crecimiento mental, emocional y físico. Nos referimos al consumo masivo de la droga doméstica más peligrosa de todos los tiempos: la televisión. Los 'niños de la casa' no inhalan pegamento, pero matan su mente poco a poco consumiendo imágenes y narraciones audiovisuales de nulo valor pedagógico o estético soportadas sobre valores y modelos adultos y corrompidos: la competitividad, la individualidad, la superficialidad, el bienestar material y la carencia absoluta de magia, inocencia, novedad, inteligencia, libertad, o cualquier elemento de integración de la diversidad en la eterna búsqueda de la unidad (¿podemos llamarlo amor sin sonrojarnos?) que mantiene en movimiento al universo desde siempre, tomemos o no los seres humanos conciencia y parte de ello.

Quise titular esta reflexión El fin de la infancia, robándole a Arthur Clark el nombre de su relato (Childhood's end, 1954). Sin embargo me pareció una asociación de ideas extravagante, cercana tan solo en los sustantivos. Luego leí el capítulo II del libro de David Buckingham Crecer en la era de los medios electrónicos (After the death of childhood. Growing up in the age of electronic media, 2000) titulado "La muerte de la infancia" y tomé mayor conciencia de que "la idea de que los niños se hacen mayores sin haber tenido una infancia se ha convertido en un tema básico de la psicología popular" (op. cit., pg. 33). El caso es que, más allá de estos ingenuos juegos de palabras, resulta necesario encontrar el sentido al concepto de 'niño' o 'infancia' al que, según estamos planteando, ponemos seriamente en peligro con la abrumadora y desequilibrada influencia de determinados productos audiovisuales que han ido paulatinamente invadiendo las parrillas de programación en las franjas horarias en que los niños suelen habitualmente ver la televisión, y también las agresivas explosiones de marketing con que se dirige y condiciona la exhibición en las salas de cine "para todos los públicos" y los soportes de vídeo y dvd que prolongan esta selección en el ámbito doméstico. No podemos ignorar que los niños identifican en principio el "pensar" como algo que se hace con las orejas y/o con la boca (PIAGET, Jean: La representación del mundo en el niño, MORATA, Madrid, 1973, pgs. 41 y siguientes) Es decir, su aprendizaje racional tiene, de forma natural, un importantísimo componente audiovisual. Y aquí resulta más sencillo y directo tomar como referencia a los niños que cada quien tenga más cerca, observar sus hábitos cotidianos, y reflexionar con sinceridad.

El niño es una parte del proceso de aprendizaje en el que todos estamos inmersos y permanece en cada uno de nosotros más o menos disimulado, enterrado o, en algunos casos, estrangulado. Nos reconocemos en ellos, al menos en la parte de nosotros mismos que aún se sorprende y juega, que sigue aprendiendo. La tecnología va convirtiendo la comunicación en un alud. Esa avalancha se impone sobre la complejísima red de relaciones sobre la que apoyamos los pasos que damos en la vida. Y sabemos que todo este movimiento, en todas sus fases, tiene lugar en la mente. Sabemos también que la mente no es un ente aislado en el interior de cada cabeza humana, sino algo mucho más amplio que nos abarca y nos supera por completo. Permanece en herencia, con una lentísima evolución, un "cerebro interno" en el que se aloja nuestra vida instintiva y visceral, nuestra faceta más animal. Se transforma vertiginosamente un "cerebro externo" en el que se desarrollan las operaciones cognoscitivas superiores que dan lugar al progreso científico y técnico. Estamos citando casi textualmente a José Luis Pinillos (La mente humana, SALVAT, Madrid, 1969). En su texto se hace referencia a la afirmación de Arthur Koestler de que "el hombre posee una capacidad mental mucho más desarrollada que su capacidad afectiva" (KOESTLER, The ghost in the machine, 1967). De ahí que el profesor Pinillos afirme que el progreso científico y técnico supere en el hombre claramente a su progreso moral y artístico. De forma paralela, y a otro nivel, podemos observar cómo nuestra parte más exterior, también más consciente, se ve avasallada por unos sistemas y medios técnicos de vida y de comunicación que no contienen nada que satisfaga realmente nuestra búsqueda interior, esa parte subconsciente y supraconsciente que nos sigue empujando, aunque sea a nivel intuitivo, en otra dirección. Y no hay acercamiento a la felicidad, ni siquiera a una alegría real, no artificial ni fingida, y sólo encontramos banalidad y energías que, al no moverse desde la comprensión, generan competitividad, agresividad y violencia en una espiral cada vez más disparatada, muy lejos de la Creatividad y plenitud de vida (usamos el título de un maravilloso texto del maestro Antonio Blay) que todos buscamos. No nos escapemos. Ese niño que tenemos a nuestro lado está viviendo el mismo despiste que todos nosotros. Pero a nosotros nos corresponde un mayor grado de responsabilidad en este proceso.

El diario El País publicó recientemente un artículo en el que se manejaban datos a mi juicio terribles: Todas las cadenas de televisión en España, salvo La 2 (que disminuye del 26% al 19% entre 1993 y 2002), han hecho desaparecer totalmente la programación infantil y juvenil en la franja de tarde. Sin embargo los espectadores entre 4 y 12 años suponen un 6'5 del total en ese horario. Las parrillas están copadas por "información de ricos y famosos", "Info-show" y "Ficción". Muy por detrás "Deportes" y "Concursos" (Pablo X. de Sandoval: "La televisión abandona a los niños" en El País, 19 de enero de 2003, pg. 59). Otros estudios barajan el consumo de televisión por parte de niños y adolescentes entre dos y cinco horas diarias. Basta con atar los cabos para estremecerse.

¿Podemos salvar todo este desequilibrio, este retablo de carencias y despropósitos que estamos observando, haciendo que nuestros niños vean la televisión que ven, Operación Triunfo y productos hipercomerciales semejantes, o llevándoles al cine a ver películas como Harry Potter para que usen la experiencia después como modelo? ¿Considera usted "normal" o "adecuado" que su hijo/a, su sobrino/a, su nieto/a se sepa a la perfección las circunstancias personales y las canciones de Bisbal o Chenoa, haya escuchado multitud de veces a José Mª Aznar defender la guerra como medio de acción correcto (esta experiencia ética y estética es ya de por sí traumatizante para cualquier ser humano en cualquier edad), o tenga en la mente una cantidad de marcas y productos que sobrepasan lo imaginable, mientras no se le enseña nada de cómo son otras culturas y países (a los que después tendrá miedo), ni de cómo funcionan las cosas en la naturaleza y a su alrededor (a las que después despreciará) o cómo enfocar positivamente las situaciones que plantea la vida y la sociedad en la calle (de las que después se defenderá aislándose)? ¿Le parece que está bien que haya aprendido que una varita mágica se usa para petrificar a sus adversarios (como hace la espantosa bruja "Ermione", una especie de sargenta vestida de empalagosa y repipi compañera de clase absolutamente abofeteable en la nefasta superproducción Harry Potter) en vez de proyectar y conseguir con ella sueños, cosas fantásticas, metas y utopías?

Según parece, los niños, y lo que en nuestro estado mental permanezca como infantil, tienden a fusionar estímulos y valores, sobre todo cuando no se deja lugar a la comprensión. La velocidad y la cantidad de información, cuando no se han calibrado convenientemente, producen el efecto contrario: confunden, alienan, hipnotizan. Ante un televisor el niño procesa en paralelo, desarrolla asociaciones de ideas, mosaicos de pensamiento, construye su mentalidad atropellado por cosas que de alguna manera le sobrepasan, que se le presentan en un lenguaje de impacto audiovisual y penetran en su mente mucho antes de que sea capaz de describir con palabras aquello que está viendo, que está aprehendiendo. Es decir, aprende sin comprender en un efecto de condicionamiento tan brutal que debería ser revisado por tribunales internacionales. Los 'niños de casa' se drogan con la televisión, pero es que, además, están asumiendo valores morales y sociales basados en el deseo de éxito, en la comparación con los demás, en el consiguiente miedo al fracaso, en la pérdida de su ser real que se disuelve en modelos sociales que se les imponen de forma asfixiante. "Los padres, las escuelas y los medios de comunicación "apremian" a los niños durante la infancia", dijo David Elkind ya a principios de los años ochenta (ELKIND, David: The Hurried Child: growing up too fast too soon, Addison Wesley, 1981). El problema si duda se ha agravado. Sirva como dato, de nuevo estremecedor, un estudio realizado sobre 8.000 horas de televisión: un 64% contenía violencia frente a un 4% de antiviolencia; el 40% de los actos violentos eran realizados por los "buenos"; el 40% de esos actos no eran castigados; en el 55% de los casos no se mostraba el dolor ni el sufrimiento de las víctimas; el 40% de esas situaciones desembocaba en muerte y humor. No es de extrañar la creciente pasividad con la que muchos asisten a espectáculos tan patéticos, grotescos y destructivos como el que en estos días representan Bush-Blair-Berlusconi-Aznar bendiciendo la guerra como una acción del bien contra el mal.

Recuerdo la proyección de El viaje de Chihiro de Hayao Miyazaki en una sala comercial. Unos cuantos espectadores asistían con niños. Algunos se movían incómodos, visiblemente aburridos. A otros padres les he oído comentar que las películas de Miyazaki, como, por ejemplo, La princesa Mononoke no son para niños. Y sí les parecerá adecuada, por ejemplo Sólo en casa, uno de los trabajos anteriores de Chris Columbus, el director de Harry Potter. Frente a la poética ecológista, mágica y mística del maestro japonés, en la que se cuestiona con tanta delicadeza la frontera entre el bien y el mal, se opone el gamberrismo estúpido con el que balbucea, cinematográficamente hablando, el incomprensiblemente aclamado director de Ohio, que ha sido capaz de transformar una escuela de magia en un reformatorio donde sólo hay competitividad, represiones y maldades débilmente paseadas por un trío de "héroes" infantiles absolutamente imbéciles, insuficientes y absurdos que sólo piensan en la gloria final para su "casa". Yo, por mi parte, añoro a Espinete y a la Bola de Cristal con una nostalgia que a mí mismo me sorprende. Yo también quiero ser niño y que los niños simplemente lo sean. Y veo claramente que no nos dejan.




Texto, Copyright © 2003 Aurelio del Portillo


 


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Última actualización: marzo 2003

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