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Munich, una isla imposible

por Santiago Fernández Patón


No resulta raro oír que Munich es, dentro de Alemania, una especie de isla, e incluso que sus habitantes son los mediterráneos de Centroeuropa. En realidad, a pesar de que la romanización alcanzara plenamente a Baviera y de que, por lo tanto, abunden fisionomías claramente mediterráneas, es ésta una afirmación inexacta por varios motivos. En primer lugar porque el tópico sobre la rigidez de los germanos es válido, desde una mentalidad meridional, únicamente en el norte del país, y aun así el día a día desmiente esta imagen. En segundo lugar porque, a pesar de lo dicho, el carácter germano es diametralmente opuesto al de un italiano o un griego: nunca podremos encontrar en Alemania nada que se parezca a un país mediterráneo, por mucho que oigamos que Munich, y Baviera en general, constituye una isla.

La isla

Lo que sí es una isla es el Englischer Garten, uno de los mayores parques públicos de Europa. Allí puede acudir el visitante en invierno, y encontrará un paraje algo desolador. La humedad de estas tierras, donde la lluvia rara vez se toma el día libre, hace del parque una inmensa sucesión de praderas atravesadas por el río Isar. Apenas hay gente, a no ser solitarios paseantes, corredores abstraídos o algún ciudadano que pasea a su perro. Cruzan también esporádicos estudiantes en sus bicicletas, que abundan en toda la ciudad incluso los días de lluvia. La peculiar Torre China, reconstruida tras los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, no es sino un testigo mudo de este inhóspito paraje. No obstante, su callada presencia no siempre fue tal.

Construida a finales del siglo XVIII por Joseph Frey, la Torre China era un antiguo lugar de encuentro para los estudiantes de la ciudad. Allí concurrían ataviados de trajes típicos y se debatía acaloradamente de temas académicos, pero también se escrutaba con atención a las muchachas que por allí rondaban. Porque a Baviera también llega el sol, y este bien escaso es, por lo mismo, aprovechado hasta la saciedad. El Englischer Garten es otro durante los meses estivales. Lo que más llamará la atención a alguien originario de nuestro pacato país será la extendida costumbre de tomar el sol en cueros. Y es que, en liberalismo, los alemanes se encuentran a la cabeza de Europa. Y estamos hablando de Munich, la capital de la católica Baviera, religión ésta mayoritaria del sur alemán, pero algo menor en cifras al protestantismo, dominante en el norte. En ningún pueblo bávaro falta el homenaje a la virgen en forma de una Marienplatz ni la fiesta religiosa del Día de difuntos, que se celebra en noviembre. Sin embargo, merece la pena retroceder algunas fechas, en concreto hasta mayo.

Algunas festividades

El Primero de mayo es, además del día del trabajador, el día de Baviera. Largos troncos pintados de listas azules y blancas -el distintivo bávaro- se elevan en las rotondas de Munich. En los pueblos de las comarcas aledañas, tal y como marca la tradición, uno de estos troncos es custodiado por los muchachos del lugar día y noche, ya que los chicos de los demás pueblos intentarán robarlo. Si lo consiguen, aunque sólo sea trasladándolo hasta la frontera del pueblo, el deshonor mayor recaerá sobre los vigilantes y su comunidad. En caso contrario, los jóvenes lo festejan con una peculiar ceremonia. Los chicos se sitúan a un lado del tronco, mientras que las chicas lo hacen en el opuesto. A continuación se extraen de diferentes urnas papeletas con los nombres de los muchachos y las muchachas, para así conformar parejas que han de bailar juntas toda la noche, mal que a alguno le pese los destinos del azar.

De la celebérrima fiesta de la cerveza, el Oktoberfest, que tiene lugar quince días antes del primer domingo de octubre, es mucho lo que se ha dicho. Su origen se remonta a 1810 como festejo de la boda de Ludovico I. con Teresa de Sajonia. Si bien su nombre deriva de que, en efecto, la fiesta tenía lugar en octubre, pronto se decidió adelantarla a finales de septiembre a causa de la ya mencionada lluvia de Munich. No es éste el único cambio. De hecho, el espectáculo principal durante la boda real fueron las carreras de caballos y, más adelante, cuando los reyes decidieron instaurar esa tradición iniciada con su enlace, la fiesta se hacía coincidir con la Feria Agrícola y Ganadera, de vital importancia en la Baviera antigua. Todavía en la actualidad, cada cuatro años se hace coincidir esta Feria con el Oktoberfest.

Como se ve poco tenía que ver con la cerveza. Pero ya lo dijo el alemán Karl Marx: "La cerveza es un alimento básico para la gente de Munich". Aun así, cuando en 1818 Anton Liruben recibió la primera licencia para despachar comida y cerveza, poco podría imaginar en lo que iba derivar aquella decisión: en 1986, año récord hasta la fecha, siete millones de personas procedentes de todo el mundo acudieron al Oktoberfest.

El festival se celebra en el parque de Theresienwiese ("la pradera de Teresa"), en el que se distribuyen enormes carpas donde la música en vivo no deja de sonar. Largas mesas corridas son ocupadas por un gentío beodo que indefectiblemente acaba subido en ellas. Si hace unos años era frecuente oír el Macarena, en la última edición el Aserejé ha estado a la orden del día. Es sin duda el mayor acontecimiento de la ciudad y el de mayor fama en toda Alemania, tanto que las televisiones locales comienzan a informar sobre el mismo meses antes a base de reportajes un poco absurdos: cómo se van montando las carpas y las atracciones, entrevistas a los operarios, etc.

En cuanto al mencionado Día de difuntos, el tercer domingo de noviembre, puede acudir el visitante a cualquier bar de toda Baviera, pero no espere oír una sola nota de música. Ese día reina el silencio en toda la región. Nadie osará perturbar la paz de los muertos, ni siquiera en los pubs o discotecas de moda, como el Atomic Café o el Soul City, donde no se pincha música hasta pasada la media noche y, por tanto, comienza un nuevo día. No obstante, unas semanas después, el seis de diciembre llega la festividad de san Nicolás, lo mismo que en Austria o Hungría. Cuenta con una amplia tradición y no hay bar o facultad universitaria que no la celebre. Es habitual encontrar hombres y mujeres vestidos de Santa Claus por las calles.

Sin embargo, la génesis de esta tradición no es del todo festiva. Así, Santa Claus se hace acompañar ni más ni menos que por un diablo portador de una cadena, Krampus, el cual, originariamente, como ayudante y ejecutor del trabajo sucio podía azotar a los niños desobedientes. Algo de esta raíz, deformada por la barbarie, se puede rastrear en algunos pueblos bávaros o austriacos, donde pandilleros descarriados aprovechan la ocasión para, mascarados de semejante diablo, propinar verdaderas palizas a inocentes ciudadanos. No así en Munich, sino que aquí los niños esperan impacientes la llegada de Santa Claus a sus casas, que suele ser el propio padre de familia o algún allegado convenientemente disfrazado. Cuando Santa Claus irrumpe, Krampus le pasa su famoso libro, en el que ha anotado todo lo que el niño ha hecho a lo largo del año. Muy parecido a nuestros Reyes Magos, pero si bien aquí te pueden regalar carbón, allí Santa Claus te puede llevar en su saco.

La cerveza

Obviamente, al hablar de Munich, no pueden dejar de mencionarse algunas de sus cervecerías de más renombre y, desde luego, tampoco se puede dejar de reseñar, siquiera brevemente, algo sobre los orígenes de la cerveza en Munich.

El primer texto que documenta su elaboración data del año 815, cuando el obispo de Freising (hoy una pequeña ciudad universitaria) recogía sus pedido en el pueblo de Föhring -actualmente uno de los barrios muniqueses-. Ya en 1487 el duque de Bauer Albrecht IV redactó el primer edicto de la Historia sobre la fabricación de la cerveza, con el fin de combatir las múltiples elaboraciones espurias: "De nada más que lúpulo, de malta, y de agua la cerveza se debe refinar" (la levadura es un elemento posterior que se introdujo con el fin de acelerar la fermentación). Cabe decir que esta norma de pureza sigue vigente hoy día, y es la única que regula la elaboración de cerveza en la Unión Europea.

Así que se puede estar seguro acerca de su pureza en cualquiera de las tabernas. Por ejemplo en la Agustine Bierhalle, ubicada en la Neuhausser Strasse. Es famosa, entre otros motivos, por su delicioso jardín y no es tan cara como la legendaria Hofbräuhaus, ineludible punto de paso para los turistas. Está constituida por inmensos pabellones en los que cuelgan antiguas fotos que dan testimonio de su solera. El ruido y la música en vivo acompañan las grandes jarras que los camareros, uniformados al uso tradicional, acarrean de mesa en mesa. A su fama ayuda el hecho de que se encuentra en las estribaciones de la Marienplatz, es decir, del centro neurálgico de la ciudad.

Pasados lejanos y cercanos

La Marienplatz fue fundada con la ciudad en los alrededores de un monasterio a mediados del siglo XII y por eso el emblema de la ciudad, el "Münchner Kindl", es en realidad un pequeño monje. Se trataba de enclavar un nuevo asentamiento a lo largo de la Ruta de la sal, que desde Austria seguía el curso del río Isar. Allí se podía comerciar con "el oro blanco", y de hecho el nombre remoto de la Marienplatz no es otro que el de Plaza del Mercado, y por cierto que mercado hubo hasta mediado el siglo XIX. Durante la Edad Media, también en la Marienplatz se celebraron los clásicos torneos, de los cuales el más importante fue el que en 1638, en plena Guerra de los Treinta años, venció el duque bávaro Maximilian frente a Friedrich de la región de Pfalz, en el este de la actual Alemania. Fue precisamente para conmemorar esta victoria que se elevó el actual pilar con la figura mariana que hoy da nombre a la plaza.

Ese pasado histórico aún se puede rastrear en la magnífica Alte Pinakothek -donde cuelgan Dureros y Botticellis, entre otros-, en la iglesia de Fraurkirche de finales del siglo XV y cuyos pináculos, instalados treinta años después, son una seña de identidad local, así como en las figuras de los "Schäffler" (los barrileros del Medioevo), que desde el reloj de carillón del Ayuntamiento saludan a las once de la mañana y a las cinco de la tarde para recordar que fueron ellos los que anunciaron en el año 1517 el final de la peste.

No cabe decir lo mismo de las épocas más recientes. Así, lo que hasta los años setenta se conocía como el "barrio latino de Munich", es decir, el Schwabing, no es hoy más que un tranquilo vecindario. Nada queda nada de aquella bohemia de artistas callejeros al estilo parisiense. A lo sumo, algo de ello podemos adivinar en el Rastro local, el Auer Dult, que tan sólo se instala una semana en los meses de mayo, julio y octubre y que es además una feria de tiovivos y barracas. Algunos de sus puestos, como el de los herederos de "Jacobo el baratero", son verdaderos centros de peregrinaje desde hace décadas y allí se amontona una nutrida concurrencia que, además de comprar sus cuchillos de a euro, se deleita con su ininterrumpida perorata.

Un buen modo de terminar el día puede ser admirando en versión original a una jovencísima Susan Sharandon, gracias al pase que el cine Museumslichtspiele realiza desde hace varias décadas del clásico musical Rocky horrror picture show. Es posible incluso asistir sin pagar entrada alguna, siempre que el espectador acuda disfrazado de algunos de los personajes del filme y, por su supuesto, si así desea, puede adquirir arroz para lanzar en el momento de la boda, o matasuegras para hacer burla a los personajes en la escena indicada u otras sorpresas del estilo.

Es Munich una ciudad cosmopolita, como no podía ser de otro modo, pero es también una ciudad elitista, menos abigarrada que Berlín, por ejemplo, aunque no tan coqueta y fina como la otra joya bávara: Augsburgo. Su posición es envidiable, ya que, gracias a la generosa naturaleza del área, basta salir unos kilómetros de la ciudad para encontrarse en Los cinco lagos y disfrutar de un paisaje único que, por un momento, nos hará creer que estamos en una isla verdadera.




Texto, Copyright © 2003 Santiago Fernández Patón


 


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Última actualización: marzo 2003

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