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Los sobacos de la Posguerra española.

por Andreu Navarra

Reconozcámoslo: el olfato es, de nuestros sentidos, el más desprestigiado por la literatura. Mientras la belleza de la mujer ha entrado siempre por los ojos, por vía oral han entrado siempre los más sabrosos manjares, por vía tópica los rodillazos que extasiaban a los románticos, a Werther, a Ana Ozores, y por auditiva las armonías que nos trasladaban a las esferas superiores en que el misterio de la creación era esencialmente transparente, la escritura se ha demorado, en general, bastante poco en lo que atañe a la nariz.

Es bien sabido que no había desodorantes en España durante los años cuarenta. Era esperable que el hedor corporal fuera penetrando poco a poco en los textos literarios como distintivo de una época especialmente triste de la historia de España: época, sin embargo, que constituye y ha constituido el marco preferido, casi obsesivamente, por novelistas como un Juan Marsé o un Antonio Rabinad, narradores de una ciudad y un tiempo muy determinados de los que no saben (no quieren), en general, apartarse a la hora de escribir.

El siguiente fragmento, que procede de la novela Si te dicen que caí, es un buen ejemplo de cómo el tufo identifica a una determinada masa humana, anónima y difuminada, tal y como ocurrirá igualmente en los arrabales de Tiempo de silencio o en las irrespirables atmósferas de los prostíbulos que la novela contemporánea suele visitar:

Java se debatía entre una doble muralla de hombres que exhalaban un vaho enervante y pegajoso, una crispación muscular que les hermanaba extrañamente a cada explosión de los petardos.

El hedor corporal, inicial signo de nuestro vergonzoso atraso respecto a las formas de vida occidentales, va con el tiempo modificando su significado literario.

Siempre recordaré como si hubiera sido ayer el viaje a Praga que realicé con motivo de un conmovedor fin de curso, aún en secundaria. Nuestro hotel fue un infecto edificio en donde permanecimos toda una semana soportando condiciones infrahumanas: comidas sin sal ni pan llenas de grasa de dudoso origen, habitaciones llenas de mugre, sábanas de cartón, barrio prostibulario,... encontré una naranja podrida bajo mi almohada y, mientras me duchaba, podía hablar con el compañero de la habitación inferior a través de los peligrosos boquetes en el suelo que comunicaban nuestras dos habitaciones. Era tal ruido el que hacían las cañerías que desistí de intentar dormir en la cama que me asignaron.

La experiencia dolorosa, sin embargo, sirvió para que recordara entre carcajadas, con mis compañeros, las penas sufridas. A la larga, el hotel de Praga se convirtió en un aglutinante generacional para todos nosotros, lleno de connotaciones amenas y divertidas. Algo así debió ocurrir a los poetas y novelistas de nuestra Posguerra: ansiosos por ver cicatrizadas sus heridas, encontrarían en su memoria viva más inmediata una auténtica mina de vivencias de la que extraerían toda su sabia elemental. Así, lejos de considerar la dictadura o la pobreza elementos positivos, se complacen en ofrecernos los atisbos de una existencia normal que, gracias a ciertos instintos de supervivencia, fue capaz aquella época de ofrecer al ser humano.

El despertar a la sensualidad de un adolescente, el mero hecho de que un hombre pueda excitarse tranquilamente y sin remordimientos ante la vista de unas muchachas, el desarrollo de un diálogo de sexualidad implícita, no necesariamente formal, entre un hombre y una mujer, son algunos de los elementos que, por contraste con unas imposiciones o cerrazones ambientales, entran en las novelas y poemas por primera vez como sombras de una libertad que ha escogido la intimidad, lo más hondo y personal de cada uno, como único campo de extensión posible ante la realidad nauseabunda.

Por eso, el olor corporal pudo dejar de ser, en la memoria de unos autores que evocaban, un signo vergonzante para convertirse en un detonante de sensaciones inolvidables. Así, el olor de las axilas pudo abandonar su condición de elemento asqueroso más de la ya de por sí asquerosa sociedad para convertirse en una puerta de franca entrada a pasiones más o menos reprimidas que se identificarán con la realización de una felicidad basada en lo corporal. Para la comprensión de una poesía como la de Caballero Bonald, por ejemplo, es esencial examinar la relación directa que existe entre la conciencia atormentada y el tardío descubrimiento de la sexualidad. La cantidad de juventud, de tiempo desaprovechado, que el poeta reconoce en su pasado es su principal fuente de desasosiego actual.

En un poeta como Ángel González, el sentimiento motriz de los versos tiene mucho que ver con la sensación perdida en el pasado. Los olores evocados desencadenan la nostalgia, el deseo proustiano de revivir una experiencia que no volverá (la cursiva es mía):

Inefable perfume el de esas horas
tan felices, que todos conocimos.
La gasolina iniciaba su reinado
por las calles atónitas,
pero los jazmines no habían emprendido aún la retirada
ni los desodorantes
estaban preparados para sofocar la personalidad de las axilas

El poeta, en una composición que titula significativamente Penúltima nostalgia, enumera novedades que fueron transformando la sociedad que le tocó vivir. Es muy curioso que identifique las horas felices con un perfume inefable, es decir, irrecuperable por la palabra. De forma exquisita, Ángel González nos sitúa en un tiempo en que los avances causaban asombro entre los españoles (nótese la hipálaje: no son las calles quienes se asombran), pero no se había llegado a la extinción del olor corporal de cada uno, que se celebra bajo la forma de un jazmín, reconocida por todos como una flor de delicioso aroma. Esta extinción artificial es ya toda una realidad entre nosotros, los humanos del siglo XXI: nuestras axilas ya no suelen desprender perfume natural, sino una mezcla química teóricamente agradable.

De la misma forma, la higiene personal va significando, cada vez más, un acto que reconcilia la personalidad problemática con su individualidad intrínseca e intransferible. La imposibilidad de lavarse puede ser interpretada como una nueva forma de imposición de la infelicidad. El acto sexual y el jabón son dos tesoros casi imposibles de alcanzar en la Posguerra más inmediata. Son las dos formas más elementales de higiene. De higiene mental, una, y de corporal, la otra, sin las cuales vivir de forma sana es imposible.

El motivo del olor de las axilas no es nada infrecuente en nuestra narrativa contemporánea. Lejos de permanecer inamovible a través del tiempo, ha podido irse cargando de connotaciones inicialmente impensables, como ocurre en la novelística más confesional o, directamente, en la memorialística de Antonio Rabinad.

En los siguientes fragmentos, tomados de la novelita La transparencia, un texto muy atento a la sensorialidad del personaje protagonista, encontramos el olor de las axilas directamente vinculado al acuciante deseo sexual de que es objeto el cuerpo femenino:

e invadido de voluptuosidad y de una surte de terror sagrado, el muchacho contempló la flor injertada entre los senos y mecida por un oleaje poderoso, y la textura granulada de la piel aquí y allá perlada de brillantes gotitas, y percibió mezclado a su perfume el emocionante olor de sus axilas, un olor amargo y vegetal que le llegaba desde oscuras selvas y que él aspiró profundamente para acumular en sus pulmones algo de ella en la atmósfera corrupta, algo precioso, consciente de una floja pero dulcísima erección.

Reencontramos aquí la primitiva comparación de lo odorífero del cuerpo humano con la flor y la vinculación del olor corporal con algo muy primitivo, relacionado con lo animal: una selva. La percepción olfativa actúa como un poderoso ayudante de la vista. Si gracias a los ojos se produce la erección del muchacho, gracias a la nariz la unión sexual puede trascenderse a una cuestión de identidades en busca de su afirmación a través del placer compartido. Si el muchacho no aspirara, o no se figurara que aspira, una parte más bien inmaterial de la mujer, la unión no se completaría sino que sería parcial: insatisfactoria.

Si una personalidad puede mantenerse sólida en un ambiente desfavorable (¿una atmósfera corrupta?), es gracias a la ilusión de que dos espíritus se fusionan a la vez que se consuma el coito.

Su sentido de la visión, exacerbado, ayudaba a los otros sentidos, principalmente al olfato, y volvió a sentir distintamente, con el silvestre olor de las axilas, la humedad y tibieza del sexo.

Vuelve a ser evidente la instintiva unión del olor del sudor de las axilas (calificado nuevamente de silvestre) con rasgos propios de los genitales que no tienen por qué tener nada que ver con el olfato (humedad y tibieza). La nariz, pues, es rectora del conjunto del cuerpo, en este sentido, y es una importantísima vía de entrada de información erógena cuya función principal, según la fisiología, ha de ser mantener la tensión de los amantes el tiempo necesario para que se consuma su unión carnal.

Resumiendo: tras un periodo inicial de rechazo de la masa maloliente que representaba una España maloliente: sucia, desvencijada, triste y lóbrega, se va abriendo paso en la conciencia intelectual una nueva concepción de la felicidad que no se basa en un proyecto colectivo (condenado al fracaso automático por la acción represora de un régimen político intransigente) sino por la posibilidad de que se satisfagan unas mínimas exigencias individuales que normalizan las relaciones humanas. Gracias a factores como el sexo o el diálogo de galanteo se alcanzan unos niveles mínimos de suficiencia existencial: la vida puede hacerse soportable gracias a microsociedades de alcance íntimo.

En el fondo, y a pesar de las reticencias sociales, de la presión de una mojigatería generalizada y convertida en costumbre monótona, las muchachas consiguen tener sus novios y las parejas acaban encontrando un lugar en el que pueden, con la debida clandestinidad, consumar su unión sin interferencias inoportunas.

Así, el olor de un cuerpo individualizado en la mente de su amante permite a éste diferenciar el deseado de los demás que nada aportan a su configuración personal. Eso es lo que tiene de sacramental un olor: su capacidad identificadora, como en un rebaño de ovejas en que las crías buscan a sus madres guiadas por sus infalibles olfatos. La mezcla resultante de lo que emana el cuerpo de uno mismo más lo que emana el otro, conocido, probado, singular e irrepetible, representa metafóricamente la voluntad de los amantes por descontextualizarse de una multitud que estorba, en un plano más o menos metafísico y ontológico, sus pretensiones. Así lo expresa Rabinad en un fragmento que tomo del volumen El hombre indigno, suerte de enciclopedia vivencial de la Posguerra:

Y entonces advertía, de pronto, entre los mil olores de la masa apelotonada en la plataforma a oscuras la mayoría excursionistas de ambos sexos, silenciosas parejas atacadas de una extraña soñarrera, un olor ligeramente amargo, verde, silvestre, penetrante, el olor de las axilas de ella mezclado con el último rastro del jabón con el que se había lavado por la mañana; un olor que aspiraba indistintamente junto con un millón de gérmenes patógenos, mugre, sudor y pestazo a nicotina y ventosidades pérfidas liberadas poquito a poquito; un olor sacramental que aspiraba a grandes tragos, con voluptuosidad y a pleno pulmón, con ansia, como metiendo dentro de mi cuerpo una porción de ella.

 

Texto, Copyright © 2002 Andreu Navarra. Todos los derechos reservados.
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Última actualización: miércoles, 1 de enero de 2003

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