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"El lenguaje artificioso me produce desconfianza...": una entrevista a Elena Muñoz

por César Cuadra

Excepto por una que otra rareza deportiva o militar Chile es más conocido por sus vinos y mariscos (e incluso por sus terremotos), que por su literatura. Incluso se puede decir, con o sin razón, que esta última, salvo honrosas excepciones, tiende a ser monopolizada (para bien o para mal) por esa extraña especie semiológica que son los poetas. Quizás por todo esto resulta tan gratificante encontrarse en nuestro paisaje de signos con una novela que deshace uno a uno estos espejismos. Y no sólo eso, una novela que en su calidad parece asegurar la vitalidad de las jóvenes escritoras, novela en fin que llega, además simple y vertiginosa como opera prima que es. Este es precisamente el caso de Antes de que se me olvide (Santiago de Chile, Agosto 2002), la novela recién estrenada de la escritora chilena Elena Muñoz.

"Una casa vacía y en venta. Una familia que vivió, fue feliz y sufrió en ella, vuelve para verla por última vez. Para enfrentarse a esos fantasmas siemprevivos en los espejos de la memoria".

Así describe Carlos Franz el escenario que sirve a la autora para revisitar con extraordinaria honestidad y crudeza las marcas que el tiempo ha dejado en esa familia que vivía como cualquier otra en el Santiago de Chile de los años 70 y que de pronto se ve conmovida por un hecho inusitado: el suicidio del hermano de la protagonista. Este trágico hecho sirve a la autora de detonante y de bisagra para articular a modo de contrapunto del relato el misterio que habita en el mundo de la protagonista ¿Qué pasó en este transcurso del tiempo - se pregunta la autora- que hizo que una niña cariñosa, divertida, coqueta y llena de ingenio, se haya transformado en una mujer sola, seca y jaquecosa? Esto es precisamente lo que hay que averiguar...

En su corta existencia Antes de que se me olvide (el título mismo muestra la decisiva presencia de la oralidad en la novela) ya ha recibido elogios que sin duda acreditan el impacto y la eficacia de esta primera pieza narrativa de Elena Muñoz. En este sentido, las palabras de Carlos Franz y Jaime Collyer son esclarecedoras. Este último, por ejemplo, no trepida en afirmar que Elena Muñoz en esta novela nos brinda un relato "con maestría digna de la mejor narrativa universal". Y no resulta exagerado este comentario (impreso en la contratapa del libro), pues la novela resulta francamente conmovedora a la vez que sorprendentemente ágil. De principio a fin atrapa al lector en un fluido campo de risas y lágrimas que hace de la lectura una verdadera y estremecedora experiencia. Todo el material lingüístico y literario parece estar dispuesto para encarar el secreto que une y separa la vida de una niña y la de una mujer ya madura que la recuerda, la que siendo la misma no logra reconocerse en ella....

Elena Muñoz nace en San Fernando (Chile) en 1962. Estudió teatro en la Universidad Católica de Chile donde más tarde fue profesora de actuación. En 1992 gana la beca Fulbright y viaja a los Estados Unidos para seguir estudios de postgrado. En 1994 termina su Master en Dirección Teatral en la Universidad de Michigan. De regreso a Chile se abocará fundamentalmente al teatro, aunque incursiona también y con éxito en televisión. Junto a participar en diversos talleres de narrativa con los mejores narradores chilenos ha co-escrito con sus compañeros de la Compañía Teatro Aparte exitosas obras dramáticas, tales como ¿Quién me escondió los zapatos negros? (1991) y De uno a diez, ¿cuánto me quieres?(1996). Actualmente conduce junto a otras mujeres un controvertido programa radial llamado Desatinadas.


BABAB: ¿Cómo ha sido para ti pasar del teatro a la novela?

Elena Muñoz: Ha sido un proceso natural, diría yo, porque la narrativa como medio expresivo, surge en mí como producto de mi experiencia de trabajo colectivo en la dramaturgia, de mis acercamientos como actriz a los diversos personajes y de un largo estudio y trabajo sicoanalítico, incluyendo el ser paciente. Todo esto se conjuga con otro hecho: cuando escribía con mi grupo nuestras obras dramáticas, me di cuenta que había una buena cantidad de material que no servía para el escenario, pero que a mí me gustaba aun cuando el lenguaje no fuese teatral. Incluso los autores de teatro cuando desechamos un texto, muchas veces usamos la expresión "no sirve, porque es muy literario". En esos desechos empecé a interesarme cada vez de manera más obsesiva, pero no sólo por el tipo de lenguaje, sino también por la experiencia de trabajar sola. Luego entré a cuanto taller pude: de cuentos, de guiones, de novela, de novela negra, de cuentos eróticos y todo tipo de cursos que me exigieran, especialmente el estar constantemente escribiendo. Así surgieron mis primeros cuentos, los que pienso publicar luego de ésta, mi primera novela.

B.: ¿Qué más le debes al teatro?

E.M.: Creo que el teatro me ha servido enormemente, tanto en mi prosa como en mis personajes y sus diálogos. Con relación a la prosa, me entregó el manejo de la economía de lenguaje: "menos es más" como dice Jaime Collyer. Es decir, hacer prevalecer el valor de la sugerencia y del subtexto... en que no todo se dice, ni se describe. Esto tiene que ver con un gusto personal, claro, no digo que ésa sea la buena literatura, sino la que a mí me gusta escribir. También es el tipo de narrativa que me cautiva como lectora: un texto que me permita completarlo y por lo tanto vincularme.

B.: ¿Con qué autores te sientes acompañada en esta ruta literaria?

E.M.: Yo me siento cercana de algunos autores a quienes les soy completamente fiel e incondicional, no porque yo sienta que escribo parecido a ellos, sino porque me gusta leer todo lo que escriben, es el caso de Javier Marías, de Antonio Tabucchi, de Antón Chéjov, de Miguel de Unamuno, de Raymond Carver y de Alejo Carpentier. Pero también hay novelas que me han marcado y sobre las cuales vuelvo cada vez y que por no sé qué extrañas razones las necesito: El gran cuaderno de la Kristof, Aura de Carlos Fuentes, Lo bello y lo triste de Kawabata y Crimen y Castigo de Dostoievski. También me gusta leer a San Lucas, no por ser religiosa, sino por su pureza y simplicidad en el lenguaje. También me gusta Quino, no así la Maitena.

B.: Carlos Franz advirtió agudamente la valentía de tu novela para visitar lo que él llamó "ese peligroso territorio que es la infancia". Para entrar a ese territorio Franz adivina el parentesco proustiano y señala que "su mecanismo favorito es el recurso...del recuerdo involuntario: la magdalena en la taza de té y la baldosa dispareja son acá la citroneta, Ñuñoa, los veraneos en el estadio....súbitos relámpagos del pasado..." En relación a esto ¿Cómo definirías tú el contrapunto que teje el juego de tu novela en lo que parece ser una constante del texto, la memoria y el olvido?

E.M.: Para mí el contrapunto no está entre la memoria y el olvido, sino más bien entre un presente concreto (la visita a la casa en venta) y el recorrido interno que surge en la narradora gatillado, o producto de los rincones físicos revisitados. El contrapunto a mí me surge más bien entre las dos voces narrativas (la de la niña que representa el pasado, pero que está escrita en presente y la de la mujer adulta, escrita en pasado), a raíz, fundamentalmente, de la gran distancia que aparece en el comienzo de la novela entre las dos personalidades de un mismo personaje. Es decir, el contrapunto sería el gancho dramático que busca (espero que lo logre) provocar la pregunta ¿Qué pasó en este transcurso del tiempo que hizo que una niña cariñosa, divertida, coqueta y llena de ingenio, se haya transformado en una mujer sola, seca y jaquecosa? Por lo tanto no hay una disputa entre el recuerdo y el olvido, sino más bien una necesidad de llenar esa distancia para entender la disociación y recuperar parte de lo que quedó atrapado en la casa. Como autora, es parte de mi interés, también, el querer recuperar un sistema de vida "premoderno". Una época de mi país en la que una familia de seis hijos cabía completa dentro de una citroneta (2 Caballos), en la que una bebida de tres cuartos de litro alcanzaba para todos y en que la sobremesa era una rutina diaria. Antes de que se me olvide significaría entonces, más bien: quiero que nunca se me olvide porque era bueno, aunque también hubo dolor. Tal vez vale la pena comentar aquí lo señalado por el psicoanalista León Cohen, que siguiendo quizás secretamente esa vieja premisa freudeana que nos recuerda que "lo reprimido siempre vuelve", incita a leer esta novela, no como una rememoración de algo que le sucedió a alguien que recuerda, sino como una auténtica reconstitución lingüística ejercida por el poder de la memoria y del dolor. "La memoria -dice Cohen- se vuelca tenaz y silenciosa sobre nuestro presente, continuamente, para imponer allí la exigencia del ideal irrealizable y los caminos de la repetición del dolor", en este sentido, para él la autora de Antes de que se me olvide logra "domesticar (su) alucinación y volverla recuerdo y aplacar el dolor" pues la autora actuaría como una madre que sabe tejer... es decir, que sabe "enseñarnos a bordar un pensamiento con otro, un deseo con el siguiente, una sensación con otras tantas. En síntesis -concluye- es un hecho que alguien ha escrito este libro... sabe tejer".

B.: Sin entrar en la cuestión formal sobre la naturaleza de la escritura (pues obviamente escapa a esta entrevista) quisiera preguntarte acerca del valor que le asignas tú en esta novela a la capacidad terapéutica o catártica del lenguaje artístico ¿es un elemento central en tu trabajo o simplemente actúa en el proceso mismo de su elaboración?

E.M.: A mí la palabra catarsis no me gusta, porque me imagino inmediatamente una cachetada o un ataque de llanto, es decir descarga pura, por lo tanto, en ningún caso le asigno a mi texto un valor (que sería negativo) catártico. Tampoco se lo adjudico al teatro, al bueno. Si me hablas de terapéutico en términos de una elaboración a niveles conscientes e inconscientes, tal vez podría entenderlo mejor. En todo caso, yo prefiero mantener al arte -o a la literatura en este caso-, separado de lo terapéutico, para eso pago mis sesiones de psicoanálisis y asisto a talleres de narrativa. Si se juntan es natural, pero no me parece un valor, sino algo inevitable. Prefiero no acercarme a ese misterio, si me lo explico, a lo mejor dejo de escribir. Lo que sí te concedo es que hay una suerte de alivio en el acto de escribir, así como también lo hay en el leer, pero ojo, alivio con dolor de por medio.

B.: La palabra "nostalgia" se suele asociar a evasión, a huida, sin embargo en tu novela parece actuar como un poderoso mecanismo articulatorio de la experiencia.

E.M.: Sin duda, pues para mí la nostalgia no tiene una connotación evasiva. Etimológicamente hablando, nostalgia significa "deseo doloroso de regresar", y me parece a mí que cualquier acto de evasión busca justamente arrancar al dolor y en especial al dolor interno. La nostalgia es para mí, en esta novela, un acto voluntario -pero imprescindible- de recorrer algo que se borró. Paradójicamente hay que volver a la casa, para poder dejarla. Es decir, hay que buscar la historia escondida, aquella que no se recuerda, porque al momento de ser vivida fue demasiado angustiante. La nostalgia es para mí una salida a la angustia. La angustia es asfixiante y cierra la mirada, la nostalgia nos permite respirar y mirar con tristeza. La evasión yo la asocio más bien a una respuesta maníaca, en cambio, la nostalgia es siempre una pregunta dolorosa, pero atractiva.

B.: No puedo dejar de mencionar un rasgo que de puro obvio suele pasar inadvertido en tu novela. Es un rasgo muy sofisticado (y por lo mismo, aparentemente simple) que sólo prevalece al ir unido a otros procedimientos, tales como el manejo de las técnicas del distanciamiento, la fluidez narrativa, la delicada y compleja construcción de personajes y atmósferas, la riqueza en recursos humorísticos. En fin, elementos que consciente o inconscientemente el lector agradece, pues consigue mediante una prosa fresca y coqueta urdir con profundidad una trama inquietante y densa... No sé si me explico, Antes de que se me olvide logra mantener a raya esas dos bestias que son lo light versus lo críptico, bestias que acechan a la mayor parte de lo que circula hoy en día bajo el rótulo de literatura. ¿Crees tú que para alcanzar este grado de acercamiento al lector es necesario ir más allá de la visión esteticista de la literatura? ¿Tiene que ver esto con lo que tú decías antes respecto a aprovechar los desechos?

E.M.: Yo creo ( o quiero) que hay que tratar de recuperar al máximo la cultura de la oralidad, es decir, de lo simple, porque ya estamos saturados de diversidad y ruptura. Lo audiovisual, la computación, el quiebre del realismo, el desorden del discurso, el fracaso de las ideologías, en fin tanto estímulo (sé que suena a lugar común, pero es común) ha terminado por confundirnos y asustarnos. Creo que basta de vértigo, tengo la impresión que eso ya pasó de moda, y como dice una vieja y sabia actriz "No hay nada más pasado de moda, que lo que recién estuvo de moda". Pero esto, como te decía antes, es también un gusto personal, a mí me gusta el lenguaje simple y económico. El lenguaje artificioso me asusta, porque no me permite ver con claridad si es de calidad o mera pretensión. El lenguaje artificioso me aburre y me provoca sospechas. Nunca pierdo de vista el silabario donde aprendí a leer y a escribir: tenía un par de niños sobre unos cubos, en cada cubo había una vocal y eran sólo cinco.

 

Texto, Copyright © 2002 César Cuadra. Todos los derechos reservados.
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Última actualización: miércoles, 1 de enero de 2003

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