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Con Bardem En Bagdad.

por Carlo Frabetti


Mi primer y temprano encuentro con Juan Antonio Bardem, con su cine, me causó una impresión imborrable. Muerte de un ciclista fue la primera película distinta, atípica, que vi. Casi todas las que había visto hasta entonces respondían al esquema "chico encuentra chica", y las peripecias que narraban, por variadas que fueran en apariencia, siempre conducían dócilmente al inevitable final feliz. Y de pronto, a los once años, colándome en un cine de Valencia, España (el programa no era "tolerado para menores", como se decía entonces), descubrí que el cine podía ser otra cosa muy distinta, casi antagónica, de lo que yo creía que era. Una película podía plantear una reflexión moral perturbadora y mostrar sin concesiones toda la sordidez oculta tras muchos finales y principios aparentemente felices.

Tardé mucho, sin embargo, en conocer a Bardem personalmente, cuando juntos integramos (con Julio Diamante, Fernando Lara Polop y otros) una candidatura alternativa a la junta directiva de la SGAE. Con ese motivo nos reunimos y conspiramos durante varios meses, aunque, como era previsible, no conseguimos desplazar de sus sillones a la pandilla de oportunistas y alevines del PSOE que controlaban la Sociedad de Autores.

Mi segundo encuentro importante (el tercero, en realidad, pues el primero fue, como ya he dicho, el revelador encuentro con su cine) con Bardem también tuvo que ver con un intento de oposición organizada, con otra batalla aparentemente (sólo aparentemente) perdida. Juntos formamos (con Gloria Berrocal, Enrique Cerdán Tato, Juan Genovés e Ignasi Riera) la delegación cultural que visitó Iraq en diciembre de 2000. Juntos visitamos el Museo de Arte Contemporáneo, nos estremecimos ante un retrato de Bush (padre) con colmillos de vampiro, nos entrevistamos con el Ministro de Cultura (que conocía y admiraba la filmografía de Bardem) y paseamos por las calles de Bagdad.

Y en el viaje de vuelta nos sentamos juntos en el avión y hablamos largamente de John Masefield y otros poetas, del libro de memorias que Juan Antonio estaba escribiendo y de su deseo de retirarse a vivir junto al mar. (Sus memorias se inician con una cita de Sea Fever, uno de los más famosos poemas de Masefield: I must down to the seas again,/to the lonely sea and the sky.)

Cuando este verano decidimos constituir la Alianza de Intelectuales Antiimperialistas, Juan Antonio fue, junto con su hermana Pilar, una de las primeras personas en firmar nuestro manifiesto fundacional. Y el pasado 6 de octubre, cuando presentamos públicamente la AIA y su manifiesto en el Instituto Cardenal Cisneros de Madrid, Bardem debería haber presidido el acto. No pudo hacerlo porque estaba ingresado en el hospital (por un providencial acto de justicia poética, José Luis Sampedro se presentó por sorpresa en el último momento y ocupó su lugar: era el único que podía hacerlo). Pero, un par de semanas después, Bardem se levantó de la cama para presentar nuestra Alianza en Getafe. Fue su última aparición pública: murió pocos días después de este postrer acto de combatividad y de coherencia ética, dejándonos el doble legado de su obra y de su ejemplo personal. Descansa en paz, Juan Antonio: tus compañeros y compañeras de la AIA no descansaremos hasta que se haga realidad el mundo por el que luchaste hasta el último aliento.


 

Texto, Copyright © 2002 Carlo Frabetti. Todos los derechos reservados.
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Última actualización: miércoles, 1 de enero de 2003

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