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Claroscuro del Monstruo (6 poemas).

por Samuel Serrano



Samuel Serrano Serrano es un escritor colombiano residente en Madrid. Autor de los libros Ritual del recluso y Canto rodado. Los poemas que ahora presentamos pertenecen a su libro inédito Claroscuro del monstruo.






LOS MONSTRUOS

Con garras afiladas que se extienden letales
y dientes de molino que trituran los huesos,
los monstruos nos asaltan en mitad de la noche.

Sus formas combinadas que trastornan los ojos
se forman como el sueño, de anhelos y de miedo,
y ascienden en la sangre cuando la carne duerme
para mostrar los trazos de un mundo que se ignora.

Son la implacable esfinge que interroga el camino,
la quimera de fiebre que despliega las alas,
los seres ungulados que acechan en los parques,
la voz del pezmuchacha que lacera y que encanta.

No confiemos entonces en burlar su vigilia
Y asomarnos sin riesgo a sus mundos abisales.
Hijos de un mar enorme sin contornos ni orillas,
los monstruos nos aguardan como el viento o las olas
y entrar en sus dominios sin temor a sus garras
acaso nos proteja de esperanzas malsanas.






CARTA DE MAREAR


No es en la calma chicha donde se ensancha el mundo
ni amainando las velas como se enfrenta al monstruo,
nos grita el capitán que nos insta a entregarnos
a galopar las olas que fatigan la quilla.

Ah, de los insensatos que piensan que su nave
puede quedarse al pairo en mitad de las olas;
solo los que no temen al fragor de los vientos
descifran los caminos de la isla soñada.

En el palo mayor danza el jubón de seda
que el capitán ofrece para el que vea las playas
y en la cresta más alta nos empuja al trinquete
para avisar qué vemos en la tiniebla espesa.

Pero ya a nadie engañan sus gastados señuelos
que prometen el goce de montañas de plata
pues estos largos meses de cruentas singladuras
nos han ido enseñando lo que nadie confiesa.

Por eso cuando el viejo desafía la tormenta
y trepado en mesana lanza papeles rotos,
sabemos que no intenta trazar nuestra derrota
sino que esos papeles son fragmentos de un sueño,
ajada y sucia hoja que nos contiene a todos
y nos lanza sin rumbo contra el viento impetuoso.






SINGLADURA


De nuevo hemos salvado el abismo y la noche
y repuesto las velas que rasgó la tormenta.
La brújula alterada por el violento rayo
ha vuelto sigilosa a marcarnos la ruta;
pero nada asegura que hemos burlado al monstruo
ni escapado un instante de su atenta mirada
y mucho nos tememos que este cielo sin nubes
sea solo un espejismo creado por el miedo.

El mar duerme sereno,
Leviatán en reposo;
pero nadie se fía de su sueño de fiera
porque todos sabemos que las aguas tranquilas
ocultan más colmillos que el tifón tempestuoso.

Crece el tedio,
la espera,
barruntos y señales cargadas de presagios:
los gritos lastimeros de insepultos ahogados,
el alcatraz mostrenco que cayó en la cubierta,
la estrella fugitiva de cabellera roja,
el madero labrado que arrastraron las olas.

Ojalá sólo hubieran tempestades y rayos,
el fervor de la vida contra el agua y el fuego
y no este azar confuso de señales oscuras
que enerva nuestras ansias con sus turbios presagios.






LA QUE SE VE DE LEJOS


No sé por qué el epítome que define a mi isla
resulta tan sonoro
si los que lo escuchan
jamás han divisado
el oro de sus playas.

La que se ve de lejos,
digo con tono grave
tras nombrar a mi isla
cuando mis protectores me instan
a que hable del lugar de mis sueños
y es cosa sorprendente,
pero este solo nombre
parece que encendiera una luz en sus ojos,
un antiguo conjuro que se hallaba dormido
y que ahora se levanta al oír mis palabras.

Incluso ha sucedido
que enemigos feroces,
a punto de lanzarse y destrozar mis huesos,
refrenan sus instintos al oír ese nombre
y dicen que en un sueño les habían anunciado
que vendría un forastero,
errabundo y oscuro,
a indicarles el rumbo de esas playas lejanas.

Quizás todos llevamos una isla en el alma,
un medallón pulido con señales de un sueño que,
roto y carcomido por la sal de los años,
conserva los latidos de pasados anhelos.

Quizás todas las islas se divisan de lejos
y esta fe compartida es la que enciende el fuego
porque al oír su nombre juntamos nuestras ansias
y el horizonte se abre como un vasto pañuelo.

Yo hace ya muchos años que persigo a mi isla
y en alcanzarla he puesto mi vida y mi palabra:
he errado por los mares arrostrando naufragios,
he asolado ciudades por venganzas ajenas,
he mentido hasta hacerme célebre en el engaño,
he desdeñado amores que me daban reposo.

Un día estuve a punto de tocar sus orillas
pero vientos contrarios me alejaron de nuevo.
Ahora me encuentro viejo,
cansado,
temeroso
pero sigo aferrado a mi viejo madero.






LA ISLA


Para Inmaculada

Porque son necesarios el estío,
las aguas en menguante y en creciente
y el salto de una ola detenida
en su eterno quebrarse contra el mundo,
muy pocos navegantes de estos mares
vislumbraron la orla de esa isla
y quienes se atrevieron a pisar sus orillas
jamás han regresado para nombrar sus radas,
sus montañas de plata,
sus abiertas bahías y estrechas ensenadas
donde vela el dragón y duerme la muchacha.

Pensamos que la isla es un reflejo
de las ansias y anhelos de nuestra alma
o que acaso la esfera de sus playas
se encuentra sostenida sobre el lomo
de una bestia disforme y submarina
que requiere del sol,
de un día de estío,
de la unión de las aguas en su abrazo
y del salto de una ola detenida
en su eterno quebrarse contra el mundo.






LOS VIGILANTES


Porque muy bien sabemos que a una gran amenaza
es mejor enfrentarla que aguardar su embestida,
todos los tripulantes de este buque de guerra
nos hemos conjurado contra el monstruo y sus mañas.

El temor y las ansias nos unieron a todos
pero solo nosotros guardamos el rigor,
solo mi hermano y yo no descansamos nunca
trepados en mesana o espiando en el calcés.

No cruzamos palabra,
nos hemos dicho todo,
el sol y las estrellas nos ven siempre de pie.
Ya perdimos la cuenta de las noches y días;
pero seguimos firmes,
sin descansar jamás.

Algunos resentidos nos motejan de perros,
sombras torvas y viles del viejo capitán;
pero ignoran la cuerda,
el lazo que nos ata,
la yunta de odio y fiebre que nos liga feroz.

Hay tardes que la brisa trae un aroma tan suave
que refresca un instante mi seco corazón
y pienso si han valido estos años de lucha,
este errar sin sosiego,
esta vigilia atroz.

Qué podrá haber de cierto en aquellas consejas
que nos hablan de un monstruo delicado y sutil
con una isla de plata sostenida en el lomo
y frutas y agua fresca para calmar la sed;
pero una mano férrea asentada en mi hombro
me retorna a mi hermano,
a mi sombra,
a mi cadena.

No nos hablamos nunca,
nos hemos dicho todo.
Los perros,
los vigilantes,
no descansamos jamás.






EL CORAZÓN DEL MONSTRUO


Tras de la cacería que ensangrentó los mares
flotaba a la deriva el corazón del monstruo,
hinchado,
tumefacto,
como un peñón de odio extirpado del mundo
que aún roto y cercenado contamina las aguas.

Su carne nauseabunda,
batida por las olas,
exhalaba el hedor de una ciudad sitiada
a la que el enemigo,
la miseria
y las plagas,
han llevado la muerte a sus espesos muros.

Por fin el universo tornaba a su sosiego:
astillas,
remos rotos,
los buitres en el cielo en su cotillón de sombras,
la mortaja del mar meciéndose tranquila.

No obstante, aún se temían
los colmillos y garras del monstruo
que ahora era tan sólo un corazón
y esa carne corrupta,
deforme,
ulcerada,
podía sembrar sin tregua las raíces del mal.

Con un golpe de azada le abrieron el costado
y de esa gran carroña que saturaba el mar
surgió una tenue fuente
de perfumado aroma,
que avanzó entre hediondeces
sin ser asimilada,
como un potente río de corriente muy clara
que se adentra en los mares
sin alterar sus aguas.






COMBATE CON EL MONSTRUO


No pensé que sus ojos brillaran en la noche,
me dije con asombro al entrar en su reino;
pero su mirada torva,
de reptil en reposo,
penetraba mi cuerpo como un viento glacial.

Avanzaba sobre algas,
bajo helechos gigantes,
hacia una grieta horrenda
abierta en la espesura
y aquella luz de luna
que calaba mis huesos,
fue el último destello que recuerdo en la noche
antes de que una venda me cubriera los ojos.

Conocía bien al monstruo:
sinuoso,
carnicero,
insaciable,
voraz,
de mirada de fuego
y mil bocas y garras
que aun ahíto y reventando requería matar

y sin saber por qué aceptaba el suplicio,
ser el insecto vivo que sirve de carnada,
la mosca temblorosa que camufla el anzuelo.

Algo denso y viscoso
me atenazó los brazos
y una zarpa terrible me estranguló la voz,
quise librarme de ella con mi mano derecha
pero tenía los brazos ligados a la espalda.

Sé que en estos momentos la mente vence al cuerpo
y desbarata planes forjados con esmero.
No me encuentro perdido,
repetía con esmero
y contenía el aliento
que huía de mis pulmones.

¿Dónde estarán los míos que se hallaban ocultos
esperando que el monstruo dejara su caverna?
¿Dónde estarán los míos que me habían prometido
eliminar al monstruo y volverme a la tierra?

Sentí la constricción de brazos asquerosos
que estrujaban mi cuerpo con ansiedad voraz
y unos belfos pastosos hurgando en mi garganta
donde un nudo de venas deja latir la vida.

Entonces olvidé todo,
que vendrían a salvarme,
que matarían al monstruo
y salvarían mi carne
y quise desatarme,
escaparme,
gritar;
pero estaba de espaldas,
con el monstruo en el pecho
y sentía sus mil bocas pegadas a mi piel
como un feto de odio que se hinchara de gozo
y bebiera mi sangre insaciable y voraz.

Alguien jaló la cuerda que me tornaba al mundo
y juntando mis fuerzas lancé un aullido atroz.
Me encontraba en mi cama,
quebrantado,
jadeante,
a salvo al fin del monstruo
que devora mis noches.

 

Texto, Copyright © 2002 Samuel Serrano. Todos los derechos reservados.
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Última actualización: viernes, 1 de noviembre de 2002

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