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Rubén Darío, entre Parsifal y Ganimedes.

por Consuelo Triviño Anzola

La fascinación por la estética femenina, y por todo cuanto cubre y oculta a la mujer-velos, sedas, piedras, flores y esencias voluptuosas- es uno de los tópicos más estudiados del modernismo. Lily Litvak señala en Valle Inclán, el más modernista de los españoles, una variedad de arquetipos femeninos que oscila entre la inmaculada pureza de las vírgenes prerrafaelitas y la perversidad de la mujer fatal. Pero estas Vírgenes dolientes, Herodías, Cleopatras y Salomés, que pueblan la poética del agónico siglo XIX, fueron sobre todo proyecciones de las fantasías masculinas, y esta es una circunstancia que la crítica no ha elaborado con suficiente profundidad.


La reciente biografía de Rubén Darío escrita por el narrador y ensayista argentino Blas Matamoro (Madrid, Espasa Calpe, 2002) viene a llenar este vacío con una aguda interpretación del imaginario rubendariano: el sentimiento de orfandad que lo lleva a buscar padres protectores; el encuentro con la mujer que teme y persigue de manera obsesiva; su alcoholismo y vagabundeo, su rechazo a las responsabilidades hogareñas; sus complejas relaciones con otros modernistas, como Gómez Carrillo; y la afeminada estética desde la que se expresa su ser reprimido. Y es curioso que algunos críticos nicaragüenses se hayan ofendido al leer esta biografía que extiende al entorno modernista una percepción, digamos, «afeminada» de las cosas*. Como señala Matamoro, es evidente el parsifalismo de un grupo en el que las mujeres intelectuales no tienen cabida, pero sí aparecen con insistencia en el imaginario compartido por estos hombres. Excluida de la tertulia letrada, la mujer, sugiere Matamoro,

«vuelve como todo lo desplazado, y ocupa, no ya el espacio singular que le ha sido denegado, sino todos los espacios. Los escritores modernistas imaginaban como la mujer y se manifestaban como el varón».

Este afeminamiento de los artistas fue denunciado por Max Nordau que lo consideraba decadente, como también lo fue por el catalán Pompeu Gener que en Literaturas malsanas defendía apasionado una estética viril, expansiva, y al servicio del progreso -muy necesaria en la pujante y moderna sociedad catalana de principios del siglo XX-. Paradójicamente, la mentalidad decimonónica, misógina por excelencia, incorporó a su sentido de la estética y convirtió en moda, las afeminaciones de los dandys que se paseaban por los salones, los seres andróginos y etéreos de Moreau y los efebos insinuantes de Menard.

Matamoro nos revela el alma del poeta nicaragüense, husmeando en su autobiografía, en su correspondencia y sobre todo en sus versos. Su conclusión es que

«en el fondo de Rubén [como en el de los varones que comparten esta estética] había una mujer que no terminaba de reconocerse como tal y que tenía fobia a las mujeres a la vez que se sentía atraída fuertemente por ellas para identificarse con el género femenino»,

lo cual no debe entenderse como una afirmación de que el poeta practicara la homosexualidad, pues el alma humana llega a ser todavía más compleja, y no digamos nada de la imaginación, la loca de la casa.

Esa dualidad que dinamiza la identidad de todo ser humano en su búsqueda de lo opuesto, o de lo semejante, aflora en las sugestivas imágenes poéticas de Darío en las que efebos gallaros y recatadas doncellas se funden para colmar sus deseos eróticos cuando exclama: -¡Princesas, envolvedme en vuestros blancos velos! -¡Príncipes, estrechadme en vuestros brazos rojos! Darío ofrece suficientes argumentos para sustentar tal percepción de la vida, pero también Valle Inclán y Sawa, sus epígonos, quienes confiesan en sus ficciones un apasionado deseo de ser como las cortesanas, cuyo destino envidian. En cambio, el colombiano Vargas Vila que vivió en pareja con el venezolano Ramón Palacio Viso, se identificaba con las vírgenes lapidadas, como la maestra de Flor de Fango.

La «estética mujeril» que Matamoro explora en Rubén Darío es algo que tampoco pasa por alto el ácido escritor colombiano Fernando Vallejo en su biografía de José Asunción Silva. Sin embargo, en Colombia ningún crítico protestó en su momento por esta singular interpretación del poeta suicida, quizás porque su muerte voluntaria fue un obstáculo para que en su país lo elevaran a la categoría de mito, como sí ha ocurrido con Rubén Darío en Nicaragua. Acaso por esta razón los compatriotas del «Príncipe de las letras» rechazan cualquier interpretación que profundice en su humanidad, soslayando la existencia de su complejo imaginario, la exploración de ese ser mudo que nos habla en sus versos, y que no puede reducirse únicamente a una idea de nación, justamente por su carácter universal. Y es que Darío no hubiera sido posible sin su paso por Valparaíso, Buenos Aires, Madrid, Barcelona y París, patrias que el destino le asignó, pero que él buscó huyendo de la estrechez de miras de la vida provinciana.

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Notas:

*. Me refiero a un debate organizado el pasado nueve de julio en Nicaragua, a raíz de la lectura del libro de Matamoro, bajo el título: ¿Rubén Darío homosexual?, en el que participaron críticos como Jorge Eduardo Arellano, Ramiro Argüello Hurtado y Pablo Kraudy y donde entre otras cosas se afirma que: «Nicaragua no ha producido un solo intelectual homosexual», lo que nos permite medir el nivel de una polémica no exenta de prejuicios.

 

Texto, Copyright © 2002 Consuelo Triviño Anzola. Todos los derechos reservados.
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Última actualización: domingo, 30 de junio de 2002

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