Especial

 

 

Presentación
Rosario González Galicia
El poema en prosa en Los placeres prohibidos
Carlos Jiménez Arribas
Centón para una prosa
César Castillo
Quisiera estar solo en el sur (canción)
Presentación de Aurora Moreno
Las facciones erráticas de un rostro: Entre La realidad y el deseo
Mª Ángeles Vázquez
Por los pasos de Ocnos...
Rosario González Galicia
El fox-trot de las sombras blancas
Luis Miguel Madrid

 

 


Presentación

Por Rosario González Galicia


El 21 de septiembre de 1902, estrenando otoño, nace en Sevilla Luis Cernuda. No siendo muy partidarios en esta revista nuestra de celebrar o conmemorar fechas concretas, queremos esta vez, sin embargo, recordar a Cernuda a los cien años de su nacimiento. Por ser un poeta extraordinario, no el mejor de su Generación, no el mejor o uno de los mejores del siglo XX en España, sino un poeta extraordinario, sin que en esto cuenten tiempo o espacio. Y por ser un poeta no reconocido como se merece y que arrastra una fama personal a la que en los mentideros literarios se le presta más atención y se le concede más importancia que a su poesía. Prosista, crítico literario, pero, por encima de todo, poeta, fue él mismo recomponiendo, puliendo, reuniendo sus obras independientes en una de compendio, de totalidad, de la que llegó a hacer, corrigiendo y aumentado (y también eliminando), hasta tres ediciones y a la que dio el famoso y significativo título de La realidad y el deseo. España, Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos, México fueron los países donde vivió. Y en el último murió el 5 de noviembre de 1963.


He oído y leído muchas veces que el defecto de los españoles (calificado por algunos incluso como el pecado capital nacional), el principal, el más característico, es la envidia. Yo no sé ni quiero saber de estadísticas. Pero lo que puedo asegurar es que la envidia no conoce de latitudes ni de fronteras. Y lo que sí que sé muy bien es lo que es la envidia, la tela de araña que, lenta pero segura, va tejiendo en torno a su víctima para atraparla en ella. La envidia no es sólo querer tener un automóvil más grande, más deslumbrante, más rápido que el del vecino; o querer ser "rubia-alta-ojosazules", siendo una morenaza de ojos negros. Esa envidia es hasta comprensible, en parte aceptable, bastante llevadera y no especialmente dañina para el envidiado, porque, a fin de cuentas, esas cosas las puede conseguir el envidioso aunque sea haciéndose trampas a sí mismo. Pero está la otra envidia, la incomprensible para el que la sufre, porque no puede entender de dónde surge ni se le alcanzan los motivos que la provocan. Y ésa es la de la cara terrible, la de la zarpa desgarradora, es carcoma y peste arrasadora, que todo lo envenena, todo lo pudre, todo lo aniquila. El envidioso siente envidia del aire que respira el otro, del sol que lo alumbra con su rayos, como si a él le faltasen o los del otro fuesen distintos y mejores; siente envidia de que el otro sonría o llore, de que haga mucha vida social o se quede en casa disfrutando de su encierro y soledad. El envidioso tiene envidia de que el otro esté vivo e, incapaz de vivir él mismo, siempre sin sosiego y sin calma, busca la manera para que el otro tampoco pueda vivir. Y, sobre todo, el envidioso envidia al que no lo es, porque ni puede comprender que no lo sea ni mucho menos que no despierte su envidia. Y es que la envidia va asociada con la soberbia y, muy a menudo, con la estulticia. Juntas arrasan corazones y destrozan o incluso destruyen vidas. No nos confundamos: no hay envidia sana (cuidado con la palabrita, cuidado con ese "sano" de clichés como "chico sano", "tío sano", "juventud sana", "sana deportividad" o "sana alegría"). Quevedo da en el clavo cuando dice: "La invidia está flaca porque muerde y no come. Sucédela lo que al perro que rabia. No hay cosa buena en que no hinque sus dientes, y ninguna cosa buena le entra de los dientes adentro." (Virtud militante contra las cuatro pestes del mundo y cuatro fantasmas de la vida).

Y la envidia cayó sobre Cernuda, como la plaga de langosta sobre las espigas granadas. Lo envidiaban por ser atildado y cuidadoso en su aspecto y su vestido; pero igualmente lo habrían envidiado si hubiera sido un desastrado. Lo envidiaban por ser delicado, pulido y sensible; pero también lo habrían envidiado de haber sido rudo y tosco. Lo envidiaban por ser homosexual y haber conseguido, después de muchas angustias, aceptarlo y aceptarse, manifestarlo sin alharacas, sin dar la nota, sin convocar a la prensa ni al público para hacer falsas proclamas, sin ser abanderado de nada ni de nadie; pero también lo habrían envidiado si hubiera sido un heterosexual promiscuo o religiosamente casado y buen padre de familia.. Lo envidiaban por ser discreto, por ser solitario, por melancólico, por culto, por disfrutar del sol, de la luz, de la música, por querer ser libre, por hacer su camino, por no ser un santo. Y lo envidiaban por ser poeta, por ser verdadera su poesía y no sólo lucimiento de palabras bellamente engarzadas. Y le creció la fama, le colgaron las etiquetas y lo clasificaron: hombre huraño, poco sociable, de difícil trato, obsesivo, apartado y solitario, raro... Pero ¿de dónde ha salido ese derecho que algunos se arrogan a dictaminar cuál es el carácter válido y correcto y cuál no lo es? ¿Quién se ha adjudicado en propiedad el papel de juez? ¿El oportunista que tiene siempre a punto una anécdota que contar, una frase con que responder en el momento preciso, una broma de dudoso gusto y conveniencia con que hacerse el centro de la reunión? ¿Por qué va a ser peor una persona callada y reflexiva que un charlatán que con todos habla, a todos trata y que, de tanto ir y venir, de casi nada habla y en menos aún medita? ¿Por qué va a ser peor aprender a convivir con uno mismo a solas y conseguir sobrellevarlo o, incluso, llegar a poder disfrutar de ello, que estar siempre rodeado de gentes y aturdido de voces? ¿Qué tiene de malo ser obsesivo?: ¿qué otra cosa es escribir más que una obsesión? Y, en todo caso, ¿qué más nos da si Cernuda era hosco, obsesivo, intratable? Nosotros ya no tenemos ocasión ni momento para tratar con la persona Luis Cernuda. Así que, ¿por qué no lo leemos más, si es que somos lectores y amantes de la poesía, en lugar de andar haciendo conjeturas sobre el grado de paciencia que habríamos tenido que desarrollar para tratarlo? (ya puestos, ¿por qué no el que él habría tenido que desarrollar con nosotros?).

Contra la envidia no hay antídoto y no se puede luchar con ella en campo abierto ni a pecho descubierto, porque sus armas son la simulación, la trampa, la argucia, el fraude, el engaño, y el no envidioso está inerme contra ella. Sólo se puede uno proteger de sus asechanzas tratando de pasar desapercibido, hurtando el bulto, pero, como eso es tan improbable (una vez puestas en marcha las huestes de la envidia, llegan hasta el último rincón), sólo se la puede contrarrestar con amor: el amor a uno mismo y, sobre todo, el amor de los demás por uno. Que Cernuda especialmente en sus últimas obras, por amor a sí mismo, lanzara duras invectivas contra compatriotas y compañeros literarios es bien cierto; demasiado tiempo había soportado chistecitos, descalificaciones, pullas y zancadillas, y, al fin, estalló; pero siempre dio la cara, su ataque fue directo y de frente, sin trampa: no hay más que abrir Desolación de la Quimera para comprobarlo. Pero también quiso a los suyos, quiso a los que quiso, pero no quiso por obligación ni por rendir pleitesía. Y siempre lo protegió el amor de los que lo quisieron, que lo quisieron mucho y bien y que lo ayudaron a mantener su fe en la vida.

Salud a Cernuda, poeta de amor y del amor, por siempre vivo entre nosotros, como hermosa y hondamente cantó otro extaordinario poeta, muerto hace poco más de dos años pero que también nos acompaña: me refiero a José Ángel Valente y al poema dedicado a Cernuda de su obra Fragmentos de un libro futuro. Con él quiero cerrar esta presentación, por amor a Cernuda:



"A Luis Cernuda, con unas siemprevivas"

A Derek Harris y James Valender



La luz caía vertical sobre la piedra.

En la losa desnuda pusimos siemprevivas.
También son leves y te representan,
a ti, tan duradero entre nosotros.

Subimos al lugar en donde yaces
dos amigos ingleses y un hombre de tu tierra,
amigos ciertos que te aman
de dos países que al cabo desamaste.

Tal fue tu sino, engendrar el amor
en el difícil reino de lo siempre contrario
unido por el fuego.

Señor de la distancia y lo imposible.
Luis Cernuda, poeta, reza
la piedra, y los lugares y las fechas
que acotaron tu paso entre los vivos.

Entre ellos soñaste un poeta futuro
y al final lo engendraste
y hoy puede así el futuro hablar contigo.

Otros han desaparecido entre las sombras.
Tú no. Tu luz escueta permanece,
lo mismo que estas flores, para siempre.

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El poema en prosa en Los placeres prohibidos

Por Carlos Jiménez Arribas



A Luis Cernuda se le tiene por uno de los pocos poetas que cultivó el poema en prosa pasada la época en que el surrealismo atizaba con fuerza los plectros en España. Sus obras Ocnos y Variaciones sobre tema mexicano constituyen vivo ejemplo del género (Gil de Biedma, 1977: 333). Aquí no nos detendremos en estos libros, objeto por lo demás de cabal estudio por parte, no sólo de Gil de Biedma, quien comenta con deleite su génesis y acabamiento, sino sobre todo de James Valender (1984), cuyo trabajo arroja interesantes conclusiones sobre las peculiaridades de estos poemas en prosa. Nuestra atención se centra en los ocho poemas en prosa alternados definitivamente con los poemas en verso que constituyen el montante de Los placeres prohibidos, de 1931. Se trataba de once poemas en prosa en total, pero el criterio cernudiano sólo dejó tres de ellos fuera de la edición definitiva.

Las referencias de los estudiosos arriba citados a los textos que nos ocuparán son escuetas pero sustanciosas. Gil de Biedma, insistiendo en su filiación surrealista, da noticia de las reticencias del poeta ante los mismos: "hubo que esperar a la tercera edición para que se decidiera a incluirlas en La realidad y el deseo" (Gil de Biedma, 1977: 332). El hispanista James Valender, por su parte, se manifiesta más por extenso al respecto e incluye un esbozo comparativo interesantísimo entre estos textos y la génesis de los ciclos poemáticos prosísticos de madurez:

Cuando Cernuda volvió al poema en prosa en 1940, las lecciones que había aprendido de sus primeros poemas en prosa (sobre todo aquellos luego incluidos en Los placeres prohibidos) parecen haberle proporcionado un punto de partida. Si bien, en los textos contemporáneos con Perfil del aire, la voz de la experiencia está todavía por articularse plenamente, la expresión sacrificada a favor de la dicción, en los textos surrealistas la característica nota meditativa es muy evidente (Valender, 1984: 126).

Es decir, se apunta como especificidad del poema en prosa cernudiano de corte surrealista un rasgo por lo demás inherente a toda su poética: lo meditativo. Comparando esta tendencia con otras prácticas del poema en prosa, más o menos coetáneas, y pensamos en concreto en Pasión de la Tierra de Aleixandre, el contraste es singular, pues en esta última obra, que se tituló en un principio Evasión hacia el fondo (Jiménez, 1976: 3), el escapismo imagístico brindado por la fuga del subconsciente que pone en escena Aleixandre queda bien lejos del tono contenido y reflexivo cernudiano. También de la escueta longitud que presentan los textos incluidos en Los placeres prohibidos. James Valender cree ver en ellos además dos de los pilares fundamentales que sostienen el edificio de la poesía cernudiana: la base temática de la niñez sólo evocativamente recuperable, tema central de Ocnos; y la fundamentación retórica que domina toda su poesía en realidad, "la técnica del desdoblamiento, como medio de objetivar el yo sin llegar a convertirlo en ficción" (Valender, 1984: 126). El poema en prosa de sesgo surrealista, según esto, sirve a Cernuda para ensayar prácticas poéticas posteriormente llevadas a plenitud. De hecho, su surrealismo parece un pretexto, o al menos un acicate, y es una fina capa envolvente, "externa", bajo la cual late "la desolación metafísica evocada en muchos de los poemas en prosa de Los placeres prohibidos" (Valender, 1984: 127). La adscripción surrealista de Cernuda es, como comúnmente se suele entender, muy matizable, tratándose más bien de un recurso al servicio de propio desarrollo poético del autor, de suyo ya personalísimo, que de una militancia.

De hecho, como demuestra el análisis de los textos en prosa finalmente incluidos, el discurso más escorado hacia la tópica superrealista fue dejado por Cernuda fuera de Los placeres prohibidos en su formulación final. De los que han sobrevivido, lo que sorprende, si los comparamos con obra coetánea del propio Aleixandre, de Larrea o Hinojosa, por ejemplo, es la brevedad que presentan los cernudianos. Incluso llega a contrastar de hecho ésta con unos poemas en verso de mayor arboladura textual dentro del mismo libro. Y se trata de un modelo de poema en prosa que presenta, además, un remedo de disposición estrófica favorecido por los sangrados. Se trataría del formato aireado, señalado por Sandras (1995: 99) en su tipología del poema en prosa, frente al compacto. Este estudioso destaca la mayor ligereza de cara a la recepción de este modelo, pero en el caso cernudiano no andaremos desencaminados si atribuimos su presentación al desenvolvimiento meditativo que el poeta opera sobre su texto. Cada párrafo se ofrece, así, como preciada pausa donde el pensamiento se remansa. Frente a esta decantación armónicamente pautada del pensamiento, veremos cómo algún estudioso ha subrayado que el verso cernudiano surge de un modo más extremado, por lo que es especialmente valioso contar con ambos modos discursivos en un mismo libro, privilegio que hay que agradecerle a la revisión del propio poeta.

El primero de estos poemas en prosa instaura una dicción sólo en hilvanes narrativa pero que se mantendrá a lo largo de toda la serie. Temáticamente, ya aparece aquí la búsqueda y el objeto del deseo, cifrado en una figura varonil con ciertos rasgos que se repetirán en los poemas sucesivos: la juventud, posteriormente devenida infancia, y el pelo rubio. Esta cabellera, que recuerda la cantada por Baudelaire en prosa y verso, se suma a la posible herencia del poeta francés legible en un contexto eminentemente urbano: "En medio de la multitud" es, en efecto el título del poema. Es el yo quien habla con una impostación narrativa perceptible en el aspecto verbal -predominio del imperfecto, tiempo inveterado de la diégesis-, pero enseguida desmentida por la categoría existencial que le ocupa. El final también parece deudor del ámbito cuentístico con su acerada y sorpresiva resolución. Prima, no obstante, la lectura existencial que trastoca la aparente multitud en "Los muertos" (Cernuda, 1993: 177). Y la nómina de imágenes, el precipitado subconsciente típicamente surrealista, está reducido al máximo, destilado en una suerte de contención subrayada por la brevedad del período. El siguiente poema, "Estaba tendido", continúa ya desde el título el modo de dicción anterior. Vuelve a constatarse el predominio del imperfecto; también el tema, que parece apuntar a una mínima consumación. Este poema es más atrevido en el plano tropológico. Las transformaciones y una ilación a menudo inconsecuente entre las frases lo adscriben con más nitidez a una poética surrealista. El período es breve aún. Otro imperfecto introduce el siguiente texto, "Esperaba solo", de manera que sólo con los títulos podemos trazar el contenido anecdótico de una breve historia: En medio de la multitud...estaba tendido... esperaba solo. Aquí se introduce con pujanza el símbolo, caro al surrealismo como nos enseña el ejercicio cinematográfico de Buñuel y Dalí, de la mano, a la postre clave que cerrará la serie. Pero para una ruptura con la dinámica aspectual anterior, una quiebra del mínimo hilo narrativo también, hay que esperar al siguiente poema, una especie de alto en el camino de este viaje tan particular. El espacio abierto en la secuencia se inunda de lirismo cuando descubrimos que el yo, desdoblado ya en la solidaridad del tú, arde en la dolorosa plenitud de una pequeña anagnórisis. El giro hacia la tópica infantil, lo que permitía a Valender fundamentar aquí la aventura de Ocnos, comienza también a vislumbrase. De las cenizas surge nuevamente el recorrido: "Estaba en una calle de ceniza" (Cernuda, 1993: 185), salpimentado en esta ocasión por el leve eco surrealista en la imagen del reloj. El reconocimiento anterior ha dado paso ahora a un caer en la cuenta marcadamente irónico, sello de la visión negativa del Cernuda más encastado: "Comprendí por qué llaman prudente a un hombre sin cabeza" (Cernuda, 1993: 185). La alternancia enunciativa, yo-tú, evocación-apóstrofe, parece instaurada de pleno ya en la serie, como demuestra el siguiente poema, terminado también en la concisión casi versal de un amargo epifonema. La recapitulación aspectual del poema último, no obstante, retoma no sólo el imperfecto, sino que parece inscribirse con decisión en lo diegético al convocar una fórmula cuentística tradicional: "Había en el fondo del mar" (Cernuda, 1993: 192). Este poema, más largo que los anteriores, introduce también mayor gama de imágenes de posible procedencia surrealista cifradas en la nómina de objetos aparentemente no asociables en el contexto del poema. No obstante, la repetición formularia del título en cada nuevo aparte otorga al conjunto un aire de canción infantil que sólo la resolución final, también dependiente del afilado y brevísimo colofón, ubica en la tónica introspectiva de toda la serie. La unidad que estos poemas presentan leídos aisladamente, ejercicio de difícil legitimación, sin embargo, no impide que acompañen con suficiencia a los poemas en verso al lado de los cuales se ordenan.

Queda fuera de sucesivas ediciones, junto a otros dos de menor entidad, un texto, "Sentí un dolor en el pecho", cuya mayor longitud parece justificar a simple vista la exclusión operada por el poeta. Ofrece mayor contenido narrativo, visible en el calado más minucioso de la peripecia, pero se despliega en similar errancia y remisión a referentes aparentemente dispares de la realidad, sin hacer ascos al desarrollo lúdico. Es el tono, pues, lo que parece haber desaconsejado certeramente al poeta su edición conjunta con el resto. La militancia surrealista, al ser este texto el más deudor de la estética bretoniana, parece haber quedado fuera definitivamente del conjunto por voluntad del propio Cernuda. En verdad, los poemas en verso de Los placeres prohibidos, núcleo duro del libro, no se habrían visto beneficiados por este texto un tanto histriónico, mientras que sí recogen sustanciosos frutos de la compensación ofrecida por el resto de poemas en prosa.

La especificidad de éstos tiene por fuerza que residir en una calidad expresiva de índole diversa a lo versal. Y este papel vicario, como anteriormente había ocurrido en el Diario de un poeta reciencasado de Juan Ramón Jiménez, permite la entrega del poeta a una ocupación narrativa no buscada como tal por Cernuda en sus poemas en verso. Bien conocido es el lugar juanramoniano de ese mismo Diario en el que delimita con claridad los predios de lirismo y narración:

-¿Por qué no se queda usted aquí?

-Porque soy poeta y esto lo puedo contar, pero no cantar (Jiménez, 1999: 365).

El alto contenido urbanita que el poeta de Moguer acoge en aquella obra viene plasmado magníficamente en poemas en prosa, dando entrada también así a toda una nueva corriente de modernidad para la poesía en castellano. De igual modo que en el caso de Juan Ramón los poemas en prosa sirven de elemento compensatorio a un yo desgarrado ante su gran aventura metropolitana, ofreciendo contrapeso a la voz esencializada del verso en su lirismo, esta alternancia cernudiana ilustra una función de equilibrio similar, sólo que de distinto signo. Aquí el poema en prosa construye un discurso otro que no duda en recurrir a la narración para dar cumplida cuenta de una experiencia unívoca: la de la irrealización del deseo. La escisión del sujeto poemático cernudiano, su inoperancia para asir con firmeza las cosas del mundo, ha sido leída como síntoma de marginalidad: como la voz dolida del exiliado, también como el quebrado canto de quien se sabe orientado sexualmente hacia la diferencia. Pero como ha estudiado Manuel Ballestero (1981: 116) es muy posible que la amargura venga de más adentro. Ello arroja un saldo mezcla de pesimismo y esperanza: aunque no hubiera tenido que exiliarse y su sexualidad hubiera conocido el beneplácito de la convención, Luis Cernuda habría escrito siempre con idéntica distancia, con igual voluntad de aniquilación para con lo dejado atrás en el acto de escritura; porque su abismo no era tanto el margen como la insatisfacción metafísica que informa gran parte del pensamiento romántico europeo. Su exilio no era geográfico, su alineación no fue sexual: Cernuda, parafraseando su famoso ensayo sobre poesía áurea, fue el cuarto poeta metafísico en discordia. Y su poema en prosa, al menos el practicado en Los placeres prohibidos, lejos de tributar al fuego efímero del superrealismo, puso en escena desde otro ángulo, el del hilo narrativo carente de alegato lírico, la peripecia dolorida de su incompleta plenitud.

El contenido o sentido de la forma es entonces la forma, no en tanto que "arrangement" estético, sino como palabra que surge y que vibra un momento en los huecos que ha excavado el pensamiento; la forma es asidero, clavo ardiendo o ardiente, en los abismos que abre la distancia a la vida (Ballestero, 1981: 116).

De un arriesgado cálculo entre la realidad y el deseo se obtiene la ecuación que es el poema: en los huecos del pensamiento crece la palabra. La tentación está servida, pues, para leer estos poemas en prosa de Los placeres prohibidos como el limo originario de sus compañeros en verso, como el envés de la palabra, aquella que ha sido excavada en el vacío del discurso. Y, a diferencia de otros libros de Cernuda, en éste se nos ofrecen también muestras de ese pensamiento. Se recoge la palabra aislada, dolorosamente extraída, del verso, de naturaleza eminentemente exclamativa, lírica en su desolación. Y a su lado, alternando también visualmente con su propuesta semiótica, los poemas en prosa a modo de bloques donde se remansa el discurso y se nos da cuenta, a través de un fino velo narrativo, de la peripecia cantada. El tono también divaga entre la dolorida exaltación de lo versal y la distancia descriptiva, un modo de dar a ver, de la prosa. El poeta ha sido generoso al ofrecernos, junto a la voz, su testimonio.

Pero, además de este aporte testimonial, hay un nuevo valor en estos poemitas que tardaron en ganarse el respeto, al lado de los poemas en verso, del propio poeta. Una importancia renovada, nos parece, en la decidida eliminación de todo lo autobiográfico que ofrecen. Frente a los poemas en prosa ya canónicos de Ocnos y de Variaciones sobre tema mexicano, los textos que venimos comentando nos miran sin sonrojos desde su desnudez, puros y exentos en su gratuita combustión:

en la forma hay supresión; [...] la poesía no rememora, olvida, y sólo en ese olvido y desligada evoca, en lo que fuera, lo que jamás ha sido (Ballestero, 1981: 116).

Los dos libros señeros de poesía en prosa cernudianos se entregan, bien que con mal disimulada nostalgia, a cantar lo que fue, o la realidad que pudo haber sido. Nos atrevemos a reivindicar una estatura estética de relevancia para estos otros poemas en prosa de Los placeres prohibidos por cuanto que dan cuenta de aquello a lo que la prohibición del título negó existencia: el deseo que nunca fue consumado.

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REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

  • BALLESTERO, Manuel (1981). Sondas de hermenéutica y poética. Madrid: Hiperión.
  • CERNUDA, Luis (1993). Los placeres prohibidos. En Poesía completa, I, pp.171-195. Madrid: Siruela.
  • GIL DE BIEDMA, Jaime (1977). Luis Cernuda y la expresión poética en prosa. En su obra El pie de la letra. Ensayos completos. Barcelona: Crítica. 1994
  • JIMÉNEZ, José Olivio (1976). Pasión de la Tierra, de Vicente Aleixandre, cincuenta años después. Ínsula, 354, pp.3-4.
  • JIMÉNEZ, Juan Ramón (1999). Diario de un poeta reciencasado. Edición de Michael P. Predmore. Madrid: Cátedra.
  • SANDRAS, Michel (1995). Lire le Poème en prose. Paris: Dunod.
  • VALENDER, James (1984). Cernuda y el poema en prosa. London: Tamesis Books.

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Centón para una prosa (en el centenario de Luis Cernuda)

Por César R. Castillo

Oh! How I love, on a fair summer's eve,
When streams of light pour down the golden west,
And on the balmy zephyrs tranquil rest
The silver clouds, far -far away to leave
All meaner thoughts, and take a sweet reprieve
From little cares; to find, with easy quest,
A flagrant wild, with Nature's beauty dressed,
And there into delight my soul deceive.
There warm my breast with patriotic lore,
Musing on Milton's fate -on Sydney's bier-
Till their stern forms before my mind arise:
Perhaps on wing of Poesy upsoar,
Full often dropping a delicious tear,
When some melodious sorrow spells mine eyes.


(John Keats)


Artemisa Adorata, ¿del PLACER, desde "tan lejos" (...), vienes tú, ahora a adularme los oídos, como si de un oceánico nonato yo me tratara? Del Placer, he creído oír... ¡Déjame reír , reír con colmillos de sardonia, lavanda reverdecida porque sí y jazmines mal cortados! He aquí donde puede residir el MAYOR, el más grave e imperdonable de nuestros (tacha "pecados") -'humanos'- ERRORES: No, nunca es (la nuestra) una sola Vida ..., ¡¡son MILES , CENTENARES de miles, quizá -cada una, por supuesto...!! El siete de enero de milnovecientosochentaiséis o cuando la hadilla lo prefiera, sin distingos, pues -al fin- una bata carente, una cachimba, dicen que una silla y un corazón díscolo, gritando contra ti por última vez en su esprint sin retorno hacia la Antártida del gusto seco que se cree sabroso. Destrozado desea el maestro muerto a Dilthey, destrozados "el azar, el destino y el carácter", con jubilosa depresión nerviosa, como pidiendo perdón con ojos sangrientos, que no ensangrentados. La rabieta semiótica te odió, y tú no dejaste de intuirlo, la modernidad -¡!- es así(n), qué se le va a hacer, qué se le hará... (Ah, sé, sé, límpido andalucismo sin acentos -¿por qué querrán que lo sea?) Weltanschauung de causas más justas ¡en el treintaiséis! Nada merecía un aliento de gozo. Ni la Justicia -a lo que parece. O el bestialismo cafre ultamontano-católico, Verlaine nos lo tenía -psicalípticamente- advertido:

Arlequín también,
ese antojadizo
granuja
de vestidos locos,
sus ojos luciendo en
su máscara,

-Do, mi, sol, mi, fa,-
todo el mundo va,
ríe, canta
y danza delante
de una bella niña
maléfica."

¿Por qué, diosa, por qué no ibas a olvidarte, tú, también, de 1936? Ahora nos place gozar de ensoberbecidas y sin contorno eleonorasduses sin cuento, sin cuento. La verdad estuvo en la calle y, según los vendedores de la ONCE, la abandonó, como una marquesa con raya en el pantalón. Otro que no prevé mitificaciones... "Miching Mallecho esq.", en lugar -y por la fuerza- de la Antología Palatina, y del Friedrich Wilhelm más dulcérrimamente loco, de ése mismo. Dar clase NO es ningún gusto. Pero la panicación ES cosa de hombres, que nadie te habla de chalupas, que nadie menciona haber veraneado en Brest, que los signos te buscan antes que tú -al revés. Lecho cálido... de hojas SOLAMENTE tostadas; mortal lecho... de mitrales auspicios engañosamente protervos. Ártemis anónima te responda, aceite de un beso encarnado, "lo más extraño soy yo"... Como si fuera la primerúltima vez. Dejaban de ser tan ENGAÑOSOS, los cipreses de piedra... Ella es un río, puesto que Ella ES lo que debe ser. Ningún colaboracionista podía impedirlo. La Historia les va colocando en su sitio. Y, si no, les halla acomodo en el "gallinero", no en vano eres tú nuestra diosa del lagrimal yacente, remolino de NUEVO AMOR (¿?) con "shipness" y bucles tan hermosos cuales de (byroniano) Batallón Alpino (¡delicia de incongruencia!) para un "Licenciado Vidriera" pasado por Leopardi, más tarde por el solemne Wordsworth, por cierto "malestar en la cultura", por los rosales entre las chumberas, aunque EL FATALISMO VAYA CON LA DECENCIA -¡que ya es desgracia! "Este cuerpo mortal de 1000 días, ahora"..., ¿qué gracias nos da el mundo para que Ártemis, hasta el Placer, las invoque? No, me dan igual los fusilamientos, el azúcar moreno, la castración maternal y hasta las fosas comunes: No hay (falsos) epigramas previos a "Cordura", ni Dafne es ya un mito -¡¡míralos!!-; no se pasean ya, musa-hermano, rubicundeces engañosas a la vista cantando el vaivén pagano ante unas pupilas tibias. Presocrática inconcreta desdicha aspirante al plural, a (casi) todos los (demás) plurales. ¿Cómo que "Carácter es Destino"? ¿Síndrome de Estocolmo, tal vez, en un Ganivet escapado de Heidelberg a FRISCO? México y las viandas de las yemas del pineal o los pulgares. Versos libres como la peste, un suponer. Creo en EL PLACER. Ahora... sobrevendrá.

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Quisiera estar solo en el sur

Por Aurora Moreno



Quisiera estar solo en el Sur (Un río, un amor, 1929): este magnífico poema de Luis Cernuda, con música de Esteban Valdivieso, forma parte del CD Mar Adentro. Lo grabé en 1992 junto con otros textos que seleccioné pertenecientes a algunos miembros de la Generación del 27, a poetas granadinos de actualidad y al cantautor Antonio Mata, ya que consideré que su punto de encuentro podría ser el carácter intimista que los preside, y un lirismo impregnado de tonos nostálgicos tras su aparente color mediterráneo.

Es el último título de esta grabación, y pensamos que era el perfecto para concluir este trabajo puesto que en sus versos se revelaba, como si de una preciosa declaración de principios se tratara, todo un universo de sensaciones, imágenes evocadoras, recuerdos del Sur, tal vez desgarradores presagios de lejanía....

Con sus palabras les dejo: "Su oscuridad, su luz, son bellezas iguales" y con la dedicatoria con que Cernuda nos presentó su gran obra La realidad y el deseo: "À mon seul désir".

Quisiera estar solo en el sur*

Quizá mis lentos ojos no verán más el sur
De ligeros paisajes dormidos en el aire,
Con cuerpos a la sombra de ramas como flores
O huyendo en un galope de caballos furiosos.

El sur es un desierto que llora mientras canta,
Y esa voz no se extingue como pájaro muerto;
Hacia el mar encamina sus deseos amargos
Abriendo un eco débil que vive lentamente.

En el sur tan distante quiero estar confundido.
La lluvia allí no es más que una rosa entreabierta,
Su niebla misma ríe, risa blanca en el viento.
Su oscuridad, su luz son bellezas iguales.


Haz click aquí para bajarte la canción en MP3.

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NOTA:

* Cernuda se ha ocupado de aclararnos este punto en Historial de un libro, en Prosa completa, pág. 909, dice así:
"Dado mi gusto por los aires de Jazz, recorría catálogos de discos y, a veces, un título me sugería posibilidades poéticas como éste de I want to be alone in the South, del cual salió el poemita segundo de la colección susodicha [se refiere a Un río, un amor] y que algunos, erróneamente, interpretaron como expresión nostálgica de Andalucía."

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LAS FACCIONES ERRÁTICAS DE UN ROSTRO:
Entre La realidad y el deseo

Por M. Ángeles Vázquez


A Rosario González Galicia, por su entusiasmo,
sabiduría y por mucho más que no nombro
y a mi amigo César Cuadra,
que fascinándome un día, me "robó" este libro.


A pesar del poco apoyo intelectual e institucional que un poeta tan carismático y extraordinario como Luis Cernuda recibió, no pocas generaciones se han transformado gracias a la robusta sombra de una de las voces poéticas hispanas que más fuerza y atractivo han adquirido en el pasado siglo. Venció la timidez que su tiempo propuso en muchos aspectos y nos ayudó a ser más ricos sin temor, se lanzó incluso a la vorágine de la crítica literaria y aprendimos a su lado a apasionarnos, por ejemplo con Gómez de la Serna, en un ensayo1 ingenioso y vivaz sin artificio alguno, como su poesía.

Cernuda nunca se vistió de rosa por innecesario, sino que conquistó como un ciclón "elegido" la temporalidad de lo humano, la grafía sin misticismos de la poesía, la efusión de una obra monolítica y enfatizada por el paso del tiempo. Mucho se ha escrito acerca de La realidad y el deseo, (tal vez su libro-fetiche ante la crítica especializada) y por tanto no seré yo quien trate de aportar nuevas contribuciones en torno a una obra tan estudiada. Como acertadamente se pregunta Octavio Paz2, no sabemos si puede ser poética una biografía (En La realidad y el deseo aparecen todas las fases del hombre, excepto la niñez, que en este libro emerge como un orbe de signos, pero que en Ocnos aparece explícitamente como si de un torrente dialéctico se tratara) en la que sus desdichas de futuro "poeta maldito" viven aprisionadas en un agobiante exilio interior y es por ello por lo que se hastía ante la ubicuidad de las verdades ajenas: entre la "realidad" y el "deseo" se arrebuja un hombre-mito cercano al "Hiperión" de Hölderlin o al "lobo estepario" peninsular. Un laberinto discursivo "moderno" en definitiva. Por no hablar de la importancia de su aportación al movimiento surrealista en España. Y nada más y nada menos.

Hacia 1935, a partir de una conferencia que da, elabora el ensayo Palabras antes de una lectura, en el que se contiene por primera vez toda la "poética" cernudiana o como él la llamaba, el "instinto poético". Por si no había quedado claro en su obra, nos habla de la atracción-reacción hacia el mundo objetivo, determinando que éste es puro espejismo y que el auténtico "deseo" se halla en poseer la "abstracción", lo que no se percibe pero se intuye. Nada nuevo que aportar si de los deseos del hombre cotidiano hablamos. Pero Cernuda no era ese hombre cotidiano. Bastaría leer cualquiera de sus poemas para saberlo.

Participo en este breve -pero no menos vigoroso- homenaje a la figura y obra de Cernuda desde una perspectiva más pasional que intelectual (que para eso ya tenemos fantásticos artículos críticos sobre él), por lo que finalizo mi intervención transcribiendo uno de los inmensos poemas que forman parte de ese "hombre gris" y universal que conforma La realidad y el deseo3:


REMORDIMIENTO EN TRAJE DE NOCHE4

Un hombre gris avanza por la calle de niebla;
no lo sospecha nadie. Es un cuerpo vacío;
Vacío como pampa, como mar, como viento,
desiertos tan amargos bajo un cielo implacable.

Es el tiempo pasado, y sus alas ahora
entre la sombra encuentran una pálida fuerza;
es el remordimiento, que de noche, dudando,
en secreto aproxima su sombra descuidada.

No estrechéis esa mano. La yedra altivamente
ascenderá cubriendo los troncos del invierno,
Invisible en la calma el hombre gris camina.
¿No sentís a los muertos? Mas la tierra está sorda.

_______________________________

NOTAS:

1. Ver "Gómez de la Serna y la generación poética de 1925". Luis Cernuda, en Estudios sobre poesía española contemporánea, Madrid: Guadarrama, 1957, pp. 167-177
2. Ver "La palabra edificante" en Papeles de Son Armadans, XXXV, 103 (octubre 1964), reproducido en Historia y crítica de la literatura española, edic. de F. Rico, Barcelona: Editorial Crítica, 1984, vol. 7, pp. 459-466
3. Utilizamos la edición de Miguel J. Flys, Madrid: Clásicos Castalia, 1985.
4. op. cit., p. 115

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Por los pasos de Ocnos y Variaciones sobre tema mexicano: en memoria y homenaje a Luis Cernuda.

Por Rosario González Galicia

A Alfonso Pescador Pérez,
por las estrellas


Lo que el hombre es, si algo es, a los ojos y en la voz asoma; tanto, que pueden ganar a quien los mira o los escucha. Hasta al cuerpo hermoso, por hermoso que sea, le hace falta algo más: una chispa de luz, un eco de música. ¡Perderse en una voz, quemarse en unos ojos! ¿Quién no lo ha deseado una vez?
(...)
Hay quienes se pierden por codicia y quienes se pierden por vanidad; quienes se pierden por ambición y quienes se pierden por no querer perderse; hay quienes se pierden por una criatura, y tú te perderías por unos ojos y por una voz. Podrías seguirlos hasta el infierno (si ya no estás en camino), por una palabra, por una mirada, y aún te parecería poco el precio.1

Como una letanía repicando en la memoria, como una oración a la que aferrarse en horas difíciles, como una alegre jaculatoria que pronunciar en noches que colman a quien se merezca oírla, estas palabras llevan años acompañándome y sosteniéndome. Como tantas otras, sin pretenderlo, estas palabras se me grabaron en la memoria. Y ahí siguen. Tal es su virtud y su gracia poética. Tal es su verdad. Bien sabido es que se nos prenden mucho mejor los versos que la prosa: la rima, el cómputo silábico, la distribución de marcas rítmicas, las repeticiones léxicas o fónicas y, en fin, toda una serie de diversos procedimientos, colaboran sin que nos apercibamos, sin que seamos conscientes, a la fijación de los versos en la memoria. En el caso de las palabras citadas al principio estamos ante prosa; pero es tal el ritmo interno, el cíclico regreso del oleaje de frases, las anáforas, los elementos bimembres, las aliteraciones... que nos capta como si de verso se tratase. Virtud de este poeta, que lo fue de principio a fin, cualquiera que fuera la forma literaria que empleara, y que se atrevió con estas obras a la composición en prosa poética, algo poco practicado en español hasta él y practicado a veces abusivamente después.


Entró Cernuda en mí, cuando yo andaba por los dieciocho o diecinueve años, por una vía no muy habitual, la de Ocnos y Variaciones sobre tema mexicano. Recuerdo nítidamente el momento en que alguien me lo dio a conocer, la emoción al oír aquel dulce fluir de palabras. Y, cuando pude, algunos años después, me compré la edición de Taurus, que reunía las dos obras y que iba prologada por Jaime Gil de Biedma, edición que aún conservo, completamente desmembrada por haber pasado muchas veces por mis manos y por muchas manos amigas. Deseo no cumplido del autor fue -como explica Gil de Biedma en el prólogo- que pudiese ver publicadas juntas estas dos obritas.


Este libro obró en mí (como los libros fundamentales de la vida) eso que expresa a la perfección el propio Cernuda:

(...) Mas un libro debe ser cosa viva, y su lectura revelación maravillada tras de la cual quien leyó ya no es el mismo, o lo es más de como antes lo era. De no ser así el libro, para poco sirve su conocimiento, pues el saber ocupa lugar, tanto que puede desplazar a la inteligencia, como esta bilbioteca al campo que antes aquí había.2

Y en ese libro, en esas obras, abriese por donde abriese, me iba encontrando conmigo, me iba reconociendo a mí misma. No se trata de petulancia; se trata de esas veces (más bien raras) en que se va uno encontrando a cada paso con lo que ha pensado, ha sentido, ha incluso dicho o escrito. Todo un cúmulo de coincidencias (si es que las coincidencias existen). Allí estaba el otoño, la estación de Cernuda (que nació un 21 de septiembre) y la estación en que yo nací:

Encanto de tus otoños infantiles, seducción de una época del año que es la tuya, porque en ella has nacido.3

Allí estaban la tristeza, la alegría, el agua, la luz, el amor, el sexo, la religión y la religiosidad, el Tiempo, dios implacable. Allí estaba la ciudad del poeta, los amados rincones donde se había criado; pero también los lugares odiados, aquellos del frío Norte, de Escocia; pero, por fin, de nuevo en la lejanía, bajo otro mar, bajo otro cielo, los bienamados lugares de México, donde vivió y donde murió y a los que canta con estas hermosas palabras:

Durante muchos años has vivido, tu cuerpo en un sitio, tu alma en otro; (...)
No: nada de ángel ni de demonio desterrado. De lo que aquí hablas es del hombre, y nada más; de la tierra, y nada más. Ambos, el hombre y la tierra, hallada la armonía posible entre el uno y la otra, son bastante. (...)
Por unos días hallaste en aquella tierra tu centro, que las almas tienen también, a su manera, centro en la tierra. El sentimiento de ser un extraño, que durante tiempo atrás te perseguía por los lugares donde viviste, allí callaba, al fin dormido. Estabas en tu sitio, o en un sitio que podía ser tuyo; con todo o con casi todo concordabas, y las cosas, aire, luz, paisaje, criaturas, te eran amigas. Igual que si una losa te hubieran quitado de encima, vivías como un resucitado.4

Y, entre medias, me encontré con una perla rara, una composición titulada "Ciudad de la Meseta"5, un tanto exclusiva por no formar conjunto con las otras que tratan de lugares donde el poeta había vivido; y en ella, sobre todo en las palabras con las que describe su luz, ¡oh maravilla!, reconocí la ciudad donde yo había nacido, y me llené de gozo:

Entre el cielo nevado y la llanura nevada, tajante, tal proa de navío, estaba la ciudad, su masa animando con un halo amarillo la carencia inhumana de color sobre el paisaje. (...)
Luz sin sombra era aquélla, no irradiada desde astro remoto, sino brotando por igual aquí abajo, desde la piedra planetaria humana, (...). Y pensaba: al gótico le va lo gris, al barroco lo rojo, pero al románico lo amarillo; (...).
Así viste la ciudad y así la amaste. (...). Su piedra, (...), es fuerte; pero más fuerte es la luz, y allí la luz es corona y fundamento de la piedra


Quizá lo primero que subyuga de estas y de otras obras de Cernuda, lo primero que nos capta y nos atrapa, sea el sutil discurrir de las palabras. La impresión que nos va quedando es la de la envolvente sencillez y facilidad con que las cosas se dicen, la aparente falta de elaboración. Con el reposo de lo leído, la reflexión -y la conclusión- es que no se pueden decir mejor ni más claramente las cosas más hondas, los sentimientos de más difícil expresión, por veces inefables. Que no hay que confundir facilidad y sencillez con simpleza ni espontaneidad me parece que es algo en lo que no hace falta insistir. En este sentido (y también en otros) son comparables los casos de Cernuda y de Antonio Machado. Pero ya se sabe que lo más difícil es decir lo más obvio (y con sencillez y sin vaciedad), expresar con pleno acierto, sin una palabra de más, los comunes y reconocibles sentimientos y pensamientos de los seres humanos.

El camino que toma Cernuda para llegar a lo espiritual (y también a lo abstracto) arranca en lo carnal y lo que los sentidos ofrecen. El temblor del alma, la emoción, brotan de los impulsos del tacto, del oído, del olfato, del gusto, de la vista, que, combinándose y reforzándose entre sí, son el camino para los deleites y penas (siempre juntos, siempre inseparables) del espíritu. El poeta, ya desde Los placeres prohibidos, va cada vez más decididamente manifestando su propia captación del mundo a través de la sensualidad, en la que se inscribe el sexo, también cada vez más patente y más abiertamente tratado; y cifra el poeta en el cuerpo, en su cuerpo, que es por donde entran las sensaciones que poco a poco se subliman en el espíritu, la piedra de toque que le hace distinguir lo que es vida. En un poema llega a clamar en defensa del cuerpo, postergado y sacrificado en aras del espíritu, por sentencia censora de las mentes biempensantes, como culpable de vergonzantes delitos:

El cuerpo no quiere deshacerse sin antes haberse consumado. (...)
(...) Pobre cuerpo, inocente animal tan calumniado; tratar de bestiales sus impulsos, cuando la bestialidad es cosa del espíritu.
(...) Y podrás olvidarlo todo, todo menos ese contacto de la mano sobre un cuerpo, memoria donde parece latir, secreto y profundo, el pulso mismo de la vida.6

Íntimamente unida -como no podía ser de otro modo- a esa defensa, a ese amor al cuerpo, a esa necesidad del cuerpo, está la valoración del sexo, don supremo para el poeta, dador de vida, con el que, trascendida la carnalidad -imprescindible y necesaria-, llega a la unión divina, mística, cósmica. Varias son las ocasiones en que en estos poemas Cernuda abiertamente declara y se declara, pero tal vez las más elocuentes sean las siguientes palabras:

Mírale: de niño, sentado a solas y quieto, escuchando absorto: de grande, sentado a solas y quieto, escuchando absorto. Es que vive una experiencia, ¿cómo dirías?, de orden "místico". Ya sabemos, ya sabemos: la palabra es equívoca; pero ahí queda lanzada, por lo que valga, con su más y su menos.
(...)
Plenitud que, repetida a lo largo de la vida, es siempre la misma; ni recuerdo atávico, ni presagio de lo venidero: testimonio de lo que pudiera ser el estar vivo en nuestro mundo. Lo más parecido a ella es ese adentrarse por otro cuerpo en el momento del éxtasis, de la unión con la vida a través del cuerpo deseado. En otra ocasión lo has dicho: nada puedes percibir, querer ni entender si no entra en ti primero por el sexo, de ahí al corazón y luego a la mente. Por eso tu experiencia, tu acorde místico, comienza como una prefiguración sexual. Pero no es posible buscarlo ni provocarlo a voluntad; se da cuando y como él quiere.7


Pero si en algo me sentía íntimamente unida a Cernuda, leyendo, oyendo sus palabras, si en algo me parecía encontrarme a mí misma, y más después de los años transcurridos y en las relecturas sucesivas tras aquella primera, era en su obsesión por el Tiempo: su paso implacable, la añoranza de la infancia (años de felicidad y de libertad verdadera, que milagrosa y misteriosamente me tocó en suerte vivir, sin que pudieran arrebatármelos los mayores ni el Tiempo, que entonces no existía), la angustia, difícil de expresar, del peso y del paso del Tiempo; la angustia ante la pérdida de lo querido, de los seres queridos, de los árboles queridos, de los lugares queridos; el desgaste físico, la llegada de la vejez. Todo eso está obsesivamente reflejado en estas obras de Cernuda, y por doquier en el resto de su obra:

(...) ¿Cuántos años tendría entonces: cinco, seis? Él mismo no lo sabía, porque el tiempo, la idea del tiempo, no había entrado aún en su alma. Pero aquel anochecer entraría en ella otra idea nueva y terrible, a la que sólo el adulto puede, si es que puede, enfrentarse.
(...)
Un miedo, de cuya aparición súbita en él acaso no se daba cuenta, (...): el miedo frente a lo extraño y lo desconocido, (...)
(...) aquel despertar del terror primario y ancestral en un alma predestinada a sentirlo siempre, (...) expresión que luego él mismo iba a darle cuando hombre en un verso: "Por miedo de irnos solos a la sombra del tiempo".8

O estas otras palabras de un poema con un título tan revelador como "El tiempo":

Llega un momento en la vida cuando el tiempo nos alcanza. (No sé si expreso esto bien.) Quiero decir que a partir de tal edad nos vemos sujetos al tiempo y obligados a contar con él, como si alguna colética visión con espada centelleante nos arrojara del paraíso primero, donde todo hombre una vez ha vivido libre del aguijón de la muerte. ¡Años de niñez en que el tiempo no existe! Un día, unas horas son entonces cifra de la eternidad. ¿Cuántos siglos caben en las horas de un niño?9

Los ejemplos son muy numerosos. En casi todos el tema del Tiempo va unido a otros como el de la eternidad, la religiosidad, el envejecimiento, la muerte. Sólo un testimonio más, el del poema titulado "Escrito en el agua", que, finalmente, Cernuda excluyó de Ocnos10:

Desde niño, tan lejos como vaya mi recuerdo, he buscado siempre lo que no cambia, he deseado la eternidad. Todo contribuía alrededor mío, durante mis primeros años, a mantener en mí la ilusión y la creencia en lo permamente: (...)
Pero terminó la niñez y caí en el mundo. Las gentes morían en torno mío y las casas se arruinaban. (...) Mas apenas me acercaba a estrechar un cuerpo contra el mío, cuando con mi deseo creía infundirle permanencia, huía de mis brazos dejándolos vacíos.
Después amé los animales, los árboles (he amado un chopo, he amado un álamo blanco), la tierra. Todo desaparecía, (...). Yo solo parecía duradero entre la fuga de lo efímero. Y entonces, fija y cruel, surgió en mí la idea de mi propia desaparición, (...).
¡Dios!, exclamé entonces: dame la eternidad. Dios era ya para mí el amor no conseguido en este mundo, el amor nunca roto, triunfante sobre la astucia bicorne del tiempo y de la muerte. Y amé a Dios como al amigo incomparable y perfecto.
Fue un sueño más, porque Dios no existe. (...) Me lo dijo la conciencia, que un día ha de perderse en la vastedad del no ser. Y si Dios no existe, ¿cómo puedo existir yo? Yo no existo ni aun ahora, que como una sombra me arrastro entre el delirio de sombras respirando estas palabras desalentadas, testimonio (¿de quién y para quién?) absurdo de mi existencia


Nada de falso hay en Cernuda. Se atrevió a jugarse la vida y a dejarse la vida en su poesía. Pagó muy caros su búsqueda y su camino. No fue un literato, fue un poeta, que, a la manera auténtica de los antiguos poetas, reconoció que por su boca hablaba el pueblo y no el individuo Cernuda:

La poesía habla en nosotros
La misma lengua con que hablaron antes,
Y mucho antes de nacer nosotros,
Las gentes en que hallara raíz nuestra existencia;
No es el poeta sólo quien ahí habla,
Sino las bocas mudas de los suyos
A quienes él da voz y les libera.

¿Puede cambiarse eso? Poeta alguno
Su tradición escoge, ni su tierra,
Ni tampoco su lengua; él las sirve,
Fielmente si es posible.
Mas la fidelidad más alta es para su conciencia: y yo a ésa sirvo
Pues, sirviéndola, así a la poesía
Al mismo tiempo sirvo.11

Es la lengua la que lo une y hermana con su tierra y con los suyos. Y, si al final de su vida, plasmó con toda la intensidad de sus versos la amargura por la incomprensión y la indiferencia, cuando no el desprecio directo, a los que se sintió sometido por parte de compatriotas y compañeros literarios, nunca se olvidó de los que lo querían y lo valoraban ni se permitió la confusión de igualarlos a todos ni sufrió la ofuscación del arrebato colérico. Era hondo y sincero el dolor por su extrañamiento, por su apartamiento, no de un lugar localizable en los mapas, sino de un lugar humano y poético. Ese dolor, latiente, esa herida abierta, quedan claramente expresados y como una flecha disparada "a quien corresponda" sobre todo en dos poemas de su última obra, La Desolación de la Quimera, los titulados "Díptico español" y el muy conocido y citado "A mis paisanos". Pero -¡cuidado!- también en esos mismos poemas está el amor por los suyos (los caros a su corazón), por su tierra, que fue -como él mismo señala- siempre la misma: la de la lengua y la poesía. Y, a través de la tierra que lo acogió al morir y en la que disfrutó los días más hermosos de su vida, quiso a la tierra en que nació:

Casi un año ha pasado, y otra vez te encuentras en esta tierra. (...) Otra vez estás en una tierra cuyo ritmo y acento se acuerdan con aquellos de la tuya ausente, con los tuyos entrañables.
(...)
Casi no crees a tus sentidos. ¿Estás realmente aquí? ¿No es en tu imaginación donde ves a esta tierra? (...) Qué extraño es el amor, y cómo brota inesperado, arrastrando tras de sí la voluntad y todo el ser, con razones sólo de él percibidas, en un impulso hondo y único.
Sí, ahí lo tienes, frente a tus ojos, al objeto de tu amor: míralo, que pocas veces halagó a tu mirada la vista de lo que has amado. Esta llanura, este cielo, este aire te emvuelven y te absorben, anonadándote en ellos. El amor ya no está sólo dentro, ahogándote con su vastedad, sino fuera de ti, visible y tangible; y tú eres al fin parte de él, respirándolo libremente. Pinesas que es bueno estar vivo, que es bueno haber vivido. Toda tu alegría, todo tu fervor recrean en tu alma el sentimiento de lo divino. Y das gracias a Dios, que ha preservado tu vida hasta este único instante deseado.12

Cernuda es uno de esos amigos que me han ayudado, que me siguen ayudando, en el viaje de la vida. Él me ha dado amor, luz, otoños, vida, en definitiva. Así que yo, paisana suya, porque nuestro territorio común es la lengua, la misma lengua que él se encargó de usar tan bella y verdaderamente, estoy en el lado de los paisanos que lo amaron y lo aman, y quiero a cien años de su nacimiento, como celebración de una vida que nos hace más hermosa y mejor la nuestra, saludarle con sus propias palabras:

Entonces te doy gracias y te digo:
Para esto vine al mundo, y a esperarte;
Para vivir por ti, como tú vives
Por mí, aunque no lo sepas,
Por este amor tan hondo que te tengo.13

_______________________________

NOTAS:

1. De "Los ojos y la voz", perteneciente a Variaciones sobre tema mexicano. A partir de esta nota, en las siguientes aparecerá el nombre de la obra Ocnos simplemente con su inicial O. y el de Variaciones sobre tema mexicano con la inicial V. Las citas sobre estas obras se basan en la 2ª edición de Taurus (de 1979), que va prologada por Jaime Gil de Biedma. En los casos en que se hacen citas procedentes de otras obras de Cernuda, se indica su nombre completo.
2. "Biblioteca", de O.
3. "El otoño", de O.
4. "Centro del hombre", de V.
5. De O.
6. "La posesión", de V.
7. "El acorde", de O.
8. "El miedo", de O.
9. De O.
10. En la edición de Taurus queda incluido en el epígrafe Un poema excluido de Ocnos.
11. "Díptico español" I ("Es lástima que fuera mi tierra", vv. 52-66), de Desolación de la Quimera.
12. "El regreso", de V.
13. "Sombra de mí" (vv. 21-25), de Poemas para un cuerpo.

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El fox-trot de las sombras blancas

Por Luis Miguel Madrid



Con su primer libro, Perfil del aire1, recién publicado y recién visitada por primera vez la lejanía del mar, Luis Cernuda cambió su Andalucía por la revolución que el norte le ofrecía. Trabajó en Toulouse, visitó París y se estableció luego en Madrid al calor de las nuevas modas que por entonces iban triunfando: Los bailes -charlestón, tango, fox-trot-, la alucinación del cine o el surrealismo como estética poética más innovadora fueron dando aires nuevos a su vida y a sus poemas. Era el final de los años 20 y el principio de una carrera en cuya meta estaba él mismo aliviado de tabúes, prejuicios o falsedades. Aprendió por entonces a disfrazarse de cualquiera, liberó sus versos y trató de ser el Luis Cernuda que llevaba dentro.

Quizás mis lentos ojos no vean más el sur
De ligeros paisajes dormidos en el aire,
Con cuerpos a la sombra de ramas como flores
O huyendo en un galope de caballos furiosos.2

Sobre el año 29 o poco más el cielo comenzó a perder sus dueños y las cejas de Cernuda el valor de la constancia. El fogón del cine quemó la leña de sus pasos desandados y un bigote a lo John Giilbert bajo un sombrero americano gris llenaron a Cernuda la cara de camelias y dudas razonablemente bellas sobre la pasión de ser.

Fue por eso que Luis se apellidó Roland, Keaton, Valentino o cualquier otra elegancia con hermosura destacable.

Cualquier baile era ya posible con el recuerdo de París. Los poemas perdieron su chapa alejandrina al ritmo de un prefijo de la palabra realidad.

Líbremente los besos desde sus labios caen
En el mar indomable como perlas inútiles...3

En lo blanco de lo oscuro, los deseos se hicieron sonoros como el cine.

Madrid también fue una fiesta el mismo año que el olor a hombre perdió los disimulos y el licor le amanecía sin mucho asomo de arrepentimiento. El amor, como si amor fuera, rompía sus cauces, cada foto era un exceso, cada dolor un río con sus chorros de sombras blancas desembocando de madrugada y bailándose un fox-trot.

Son los mares, los mares desbordados
Que atraviesan ciudades humeantes.4

Aquellos años no conquistaron el sosiego de Cernuda, pero en algo maquillaron su traída timidez, se dejó desbocar muchas madrugadas y ahuyentó los dimes y diretes de corrillo sevillano con un juego de zarpazos. Pero su carácter no pudo nunca acomodarse y malamente se reconoció en alguno de los lugares por donde su cuerpo paseaba. Por encima del aparente idealismo que tantos de sus poemas contienen, la crudeza de la realidad siempre se hizo un hueco para no darle al poeta nada por completo de lo que deseara. Ni el pasado ni el después le hicieron caso Ni tampoco en ésta época de ganas y descubrimientos encontró Cernuda satisfacción que le llegara a los huesos de alguna manera permanente. Lo exagerado, lo imposible, el "todo" es la vía única por donde Cernuda pudo circular. En ella encontró el éxtasis y por ella viajó también a la lejanía -de paisanos, de amantes, de poetas, de patria- huyendo en círculos y reencontrándose por tanto con la fatal recurrencia de la melancolía, el dolor de pozo ciego o tristeza sin límite ni compostura que la aguantase. La sensación de destierro estaba en Cernuda pegada como un dedo.

Sobre el año 30 o poco más, el proceso de rebelión se precipita y la contradicción, los fuegos, la violencia y el "dexeo" proponen el sentido de sus cuadernos. El terremoto que significó en su vida la relación con Serafín Ferro5, y el presumible escándalo convirtió su verso en huracán, en tornado, en odio, como siempre, total.

Abajo, estatuas anónimas,
Sombras de sombras, miseria, preceptos de niebla;
Una chispa de aquellos placeres
Brilla en la hora vengativa, su fulgor puede destruir vuestro
                                                           [mundo6.

Si en la pasión puso versos de pasión, para el olvido gastó los sabores de meditación. Egocéntricos, lastimeros y geniales.

La vuelta a su roca pesimista, a la tristeza de siempre, aparece vestida con un regodeo de melancolía azulada en la que a lo absoluto llama muerte cuando en realidad decía distancia. Para confirmarla, dejó un retrato de la perfecta soledad.

A sus trazos reservó lujos sublimes:

Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.7

La grandiosidad del personaje que finalmente encontró Cernuda para sí durante estos años de temblor y cielo no le otorgó facilidades. La suntuosa corrección de su presencia abarcaba modales y corbatas con idéntica elegancia. El silencio altivo, a veces intrigante o una arrogancia disimulada con fórmulas de perdedor no le impidieron vestir los atributos del "César": chaleco, sombrero, guantes, escrupulosa plancha, zapatos de charol.

Para ser algo más único, cambió el laurel de los caudillos por la prepotencia de un monóculo. Cuestión de distancia.

_______________________________

NOTAS:

1. Para las citas poéticas hemos recurrido a La realidad y el deseo, Fondo de Cultura económica, Madrid, 1964. Utilizaremos la abreviatura LRD y a continuación nombraremos el poema, el libro y el año de publicación.
2. LRD, "Quisiera estar solo en el sur", de Un río, un amor, 1929.
3. LRD, "Sombras blancas", de Un río, una amor, 1929.
4. LRD, "Mares Escarlata", de Un río, un amor, 1929.
5. Se conocieron posiblemente en marzo de 1931, presentados por F.G.Lorca. Era una especie de vagabundo adolescente, -gracioso y dulce- del que L.Cernuda se hace protector y con el que se desencadena la que se considera la historia amorosa más absorbente y atormentada de su vida.
6. LRD, Los placeres prohibidos, 1931. Coincide la redacción del libro con la aventura amorosa mantenida con Serafín Ferro.
7. LRD, del poema 1 de Donde habite el olvido, 1932-1933.

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Última actualización: domingo, 1 de septiembre de 2002

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