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Shanghai: un mundo al otro lado del mundo

por Hari Camino

Todo ahora está preñado de futuro,
Todo futuro echa raíces en su ayer

Shu Ting, 1982

No es habitual que un habitante del D.F. se impresione con el tamaño desproporcionado de otra ciudad, pero mi primera impresión sobre las dimensiones de Shanghai fue más allá del asombro y durante el trayecto del aeropuerto al hotel sentí como si viniera de Celaya en vez de la Ciudad de México. Afirmar que Shanghai es una ciudad de cambios y contrastes no tiene nada de original en un continente en el que tantas otras capitales han brincado de la pagoda al shopping-mall, lo que sucede es que aquí la misma luz está compuesta por tres haces fundamentales: el rojo de la ciudad antigua, encerrada en si misma en el centro de un laberinto de callejones de la dinastía imperial; el azul con toques nostálgicos de la ciudad colonial -o concesión francesa- sembrada con avenidas arboladas y mansiones de ladrillo Art Decó; y el fulgor plateado de una metrópoli del futuro que continua elevándose hacia las nubes con el perfil afilado de nuestra era globalizadora. Tantos edificios de apartamentos engañan a primera vista y resulta difícil discernir donde se está parado, sin embargo las muchedumbres de cabecitas negras y los enjambres de ciclistas me ubicaron: estaba llegando a la ciudad más grande del país mas poblado (y organizado) del planeta.

Hasta ese momento mi iconografía del mítico Shanghai -plagado gangsters y cabarets- de los años treinta se limitaba a películas como El Imperio del Sol o Deseando Amar (In the Mood for Love), pero bien pronto descubrí que el futuro esbozado en Blade Runner ya existe y esta aquí: es esta urbe vertical y eléctrica que se enciende cada noche anunciado tiendas y restaurantes con una orgía de pictogramas de neón, rascacielos rematados con penachos de láser y autopistas elevadas que se tejen en tréboles de tres, cinco y hasta siete niveles iluminados con luz púrpura. Y ¿éste es el país que fuera durante medio siglo conducido con el más férreo comunismo? Si y no, pues la historia particular de Shanghai no tiene mucho que ver con la del resto de las provinciaschinas ya que desde su fundación fue el punto que mantuvo a este país de 1200 millones de habitantes en contacto con el resto del mundo: la puerta de entrada a una cultura con cinco milenios ininterrumpidos de desarrollo y la de salida para un muy prospero comercio. No hay otro lugar como este para comprobar la transformación que comenzó el gigante asiático a principios de los años noventa y que aun sigue su vigoroso curso hacia la supremacía regional. Prácticamente día con día se termina una nueva obra pública o aparece como seta un edificio gigantesco: Una de cada cuatro grúas de construcción en el mundo trabajó durante estos últimos años en Shanghai, y se nota.


Quería empezar por las partes modernas y salí a la calle decidido a tomar un taxi que me llevara en esa dirección. Paré tres autos y hablé (o intenté hacerlo) con los choferes, pero resultó totalmente inútil. Aunque China sea el segundo país con más conexiones de internet, los idiomas internacionales aun no han penetrado en sus tejidos, por lo que regresé frustrado al hotel y un sonriente conserje me entregó lo que sería mi salvavidas como explorador urbano: una tarjeta "please take me to" con los nombres de las principales atracciones escritos en mandarín e inglés. Y así provisto con esta imprescindible "acordeón" de ideogramas puse rumbo hacia la nueva área Pudong. Esta se localiza en la orilla oriental de río que corta a la ciudad, el HuangPu, y de ser una zona con casas de bambú sobre arrozales pasó a convertirse en el último y más ambicioso proyecto de expansión urbana del continente. Con la presencia de la bolsa de valores y los rascacielos corporativos de grandes firmas se ha plantado la semilla que habrá de germinar para el año 2015 en el centro financiero par excelence de este lado del Océano Pacífico. Claro que tantos brokers necesitan lugares donde vivir y para ellos hay cientos de edificios de apartamentos (que se elevan hasta 30 pisos y apiñonan un sinnúmero de minúsculas superficies habitables), también hay mega centros comerciales, teatros IMAX, recintos acristalados para convenciones y una avenida de ocho carriles inspirada directamente en los Campos Elíseos que termina en el Gran Parque Central: un derroche de aluminio, vidrio y electricidad que con la determinación por imponer nuevos records ha formado un skyline que tiene a la Torre Jinmao, una mole color plomo con guiños Art-Decó que alberga en su piso 87 al Grand Haytt (el hotel a mayor altura del mundo) y la Oriental Pearl TV Tower, la más alta de Asia y emblema de la pujanza en Pudong. Su aguja de 480 metros fue mi siguiente destino y cuando llegué a la base admiré, con la consabida tortícolis que produce el voltear tan arriba, cómo están ensartadas sus once esferas de cristal rosa, símbolo de la paz en el I-Ching. Aunque la estructura no tiene mayor razón practica que las vistas desde sus distintos miradores, es una gran atracción a la que llegan cientos de grupos DE TURISTAS. Hacer las colas para comprar los boletos resultó un saludable ejercicio de disciplina oriental y así camuflado en un compacto grupo de turistas locales subí por los veloces elevadores, mientras la ascensorista nos daba una explicación bilingüe sobre las leyes físicas que estábamos rompiendo al subir tan rápido. Pese a que el panorama que hay de la otra orilla del río bien vale los 50 yuanes*, para mí la experiencia MÁS significativa fue conocer de cerca el kitsch chino con sus souvenirs de cristal cortado, un ambiente musical tipo musart y sobretodo la oportunidad de tomarme fotos ante reproducciones del Coliseo, la Estatua de la Libertad, la Ópera de Sidney y otros monumentos ampliados al tamaño de anuncios espectaculares y diseminados en el gran vestíbulo de la torre.

Al salir encontré cerca de ahí un profundo socavón en el que se afianzan los cimientos del Shanghai World Finance Building que será el primer edificio en altura del mundo y así sigue la lista de "cosas por hacer", que aunque no está completa, permiten a Shaghai rivalizar muy cerca con Hong Kong, incluso en ingresos sus habitantes son los más ricos del país, con un PIB per capita 6 veces mayor que el resto de sus compatriotas. Sea como fuere, algo queda claro cuando se visita esta ciudad y es que sus planes de crecimiento van en serio. Por ejemplo, antes de los Juegos Olímpicos se terminará una vía de tren rápido con la que el viaje a Beijing tardará menos de 6 horas, y de aquí a 20 años habrán de completarse doce líneas de metro (actualmente sólo hay tres) así como siete vías de tren ligero. No es para menos ya que la estimación de la ONU es que Shanghai sobrepasará los 23 millones habitantes para ese tiempo.

De tan artificial Pudong me resultó atractivo y de hecho no es la única zona con la que el viajero queda deslumbrado. En las inmediaciones de la céntrica Plaza Popular (Renmin Square) edificios como la Biblioteca Nacional, el Ayuntamiento o el Museo de Shanghai, se yerguen como elegantes ejemplos de arquitectura contemporánea, eso sí, dispuestos según los parámetros del Feng-Shui con las fachadas hacia el sur y ángulos rematados que no estancan la energía.

Para salir de Pudong tomé un túnel para peatones que resultó ser otra experiencia de sofisticación y trivialidad delirante. Por 10 yuanes recorrí, en un vagón estilo Disneylandia, un espectáculo psicodélico de Luz y Sonido proyectado a lo largo del túnel, con relajante atmósfera New Age pero sin tema alguno. Emergí a la superficie y desde el andador que domina el río, tuve frente a mi a la otra ciudad, personificada con la línea de edificios europeos alineados llamada el Bund. Un salto en el tiempo hasta la primera época de oro colonial. Pero esa es otra historia. * Como consejo: hay que evitar subir al mirador de noche por que se pierde mucha visibilidad con el reflejo interior de las ventanas.


PARIS DE ORIENTE

La fascinante personalidad de Shanghai está esculpida por un pasado de dominación europea en el que dos culturas se encontraron y sin embargo prevalecieron aisladas entre sí durante un siglo. Aquel París de Oriente o puta de Asia, como se le conoció durante los años treinta POR QUÉ?, era la quinta ciudad más grande del mundo, tenía más coches que todo el resto del país e incluso era más cosmopolita y poblada que Londres. Fue DESDE ENTONCES la llave para entrar a China y por ella desembarcaron británicos, franceses, alemanes y norteamericanos, que terminaron construyéndose sus propios barrios, sus parques privados y todo tipo de caprichos á la mode. Eran los tiempos en que las revistas chinas anunciaban avena Quaker Oats, Colgate o Kodak, en que aparecieron las primeras orquestas de jazz y los estudios cinematográficos. Los magnates occidentales tal y como fueron llegando lograron controlar el comercio de toda el Asia oriental y para mediados de los años cuarenta, la colonia extranjera vivía en condiciones envidiables de opulencia. Era común el pasar días enteros en lo que se conocía como Shooting Parties, fiestas en las que se bebía y cazaba, navegando el Huangpu ante los ojos atónitos de campesinos descalzos. Sin embargo, al mismo tiempo existía un mafia poderosa a la cual todos rendían pleitesía, traficantes de armas, cientos de burdeles y los celebres fumaderos de opio. En el puerto, los barcos mercantes hacían cola para atracar y tan pronto sus tripulantes ponían un pie en tierra se zambullían en los ocultos encantos del distrito Souzhu Creek. El desenfreno era tal que después de unos días no había forma de hacer volver a los marineros a bordo y había que sacarlos semi inconscientes de los callejones de mala muerte como el infame Blood Alley. De ahí que si uno busca el verbo to shanghai en el Diccionario Webster encontrará que significa narcotizar a alguien y embarcarlo en contra de su voluntad... Fue una especie de zona franca del Imperio Inglés, en la que para entrar no hacía falta ni pasaporte ni visa y que ofrecía refugio para todo tipo de aventureros o personajes que querían empezar de nuevo. En aquellos años se decía que todo aquel que llegaba a Shanghai tenía algo que ocultar.

Para recorrer este pasado intenso empecé desde el Bund, en la orilla oeste del río, que con sus cúpulas de bronce y grandes vestíbulos de granito me recordó inmediatamente a la Oxford Street de Londres o la Calle de Alcalá en Madrid. Sin embargo, aunque no es típico de China, si lo es de Shanghai y constituye el testimonio más elocuente de que este lugar fue una invención extranjera creada por y para el comercio: el Wall Street de Asia durante le época colonial. Esta sucesión de edificios señoriales es el inevitable punto de reunión para toda la ciudad, y frente a lo que fueron aduanas, bancos, consulados y compañías marítimas occidentales, hay un agradable y concurrido andador frecuentado por ancianos que practican de cachetito bailes de salón, familias con sempiternos hijos únicos que salen a volar papalotes, vendedores de esferas (chinas) con foquitos y rebaños de turistas que siguen en fila india la banderita de colores chillones esgrimida por su guía. Llegué al Parque HuangPu, en el extremo norte, donde se dice que había una placa que prohibía la entrada de "perros y chinos por igual" y desde ahí enfilé hacia la joya más preciada del Art-Decó, el Peace Hotel, uno de los que presumieron más clase mundial durante la primera mitad del siglo. Empujar sus puertas giratorias y entrar en el vestíbulo de grecas de mármol y lámparas de alabastro es un viaje al corazón de aquellos tiempos decadentes. Para mayor realismo una tonada de Billy Holiday se escuchó al fondo, seguí su pista y llegué al Jazz Room donde un grupo de veteranos músicos, en la línea del Buena Vista Social Club, se daban vuelo con piano y trompeta. Sus instrumentos llevan sonando más de medio siglo, incluso en la clandestinidad, ya que este tipo de música fue prohibida durante el comunismo, pero logró sobrevivir como una oculta herencia norteamericana, y ahora disfrutar un cover cuesta 200 yuanes.

La otra zona que no tiene desperdicio es el Distrito Lu Wan, mejor conocido como Concesión Francesa por ser la colonia de la burguesía europea hasta la llegada de la Revolución en 1949. Actualmente es el lugar más agradable para DAR un paseo a pie o en bicicleta, con sus calles arboladas y la proporción humana de sus edificios. Aquí se han conservado casi intactas las villas con jardines frontales y bay windows, los complejos horizontales de apartamentos con chimeneas negras de hollín y las mansiones de ladrillo construidas al gusto occidental con todo tipo de comodidades. Todo ello le da un carácter a mitad de camino entre el Chicago de los años treinta, el siempre verde Hamstead londinense o la Hipódromo Condesa mexicana, en sus mejores tiempos. De hecho la comparación con esta última es válida más allá de la gran concentración de Art-Decó que encontré a mi paso porque, además, de unos años a la fecha se ha vuelto también la zona cool de la ciudad, atrayendo las galerías de arte, las tiendas más in, los lounges de moda y restaurantes minimalistas entorno al Parque Fuxing y la avenida Hengshan Lu. Edificios emblemáticos como el Hotel Jing-Jiang, el Garden Hotel, el Lyceum Theatre continúan siendo una maravillosa ventana para asomarse al Shanghai turbulento y exótico de la era colonial. Pero el barrio no sólo floreció gracias a las fortunas sajonas y en mi caminata pude encontrar además de templos protestantes, varias sinagogas, mezquitas y hasta una iglesia rusa ortodoxa frecuentada en su momento por los expatriados del Little Moscow que hoy está convertida en un restaurante. En contraste con los barrios aledaños que son un hervidero de gente, compras y tráfico, la mayor parte de la Concesión Francesa es un remanso de tranquilidad con su propio mundo íntimo oculto en el interior de los Lóngtángs: callejones vecinales de principios del siglo XX, verdaderos ejemplares de la vivienda shanghainesa saturados de riqueza humana. El ambiente seguro y la gran cantidad de ropa secándose sobre el patio me llamaron tanto la atención que entré a conocer una de estas vecindades. En el zaguán un señor que parecía estar pepenando paraguas empezó a darme la bienvenida en mandarín, pero al mismo tiempo sonó su teléfono celular y ya sólo pudo invitarme a pasar con un gesto. Una vez adentro del siguiente patio me acerqué a un grupo de mujeres que estaba jugando a las damas (chinas), me sonrieron con sus dentaduras incompletas y en ese momento llegó en bicicleta un cartero y le dio a una de ellas un paquete, mientras tanto una niña en silla de ruedas se acercó para entregarle un ramo de mimosas al cartero y después se alejó para jugar con sus primos a la pelota. Parecía como si todos fueran de una misma y cordial familia, tal vez por que en cada uno de estos minúsculos departamentos, diseñados originalmente para cuatro personas, comparten con gran dignidad el espacio varios matrimonios con hijos y abuelos. Cincuenta años de régimen comunista acostumbraron a la gente a este tipo de distribución, pero afortunadamente los tiempos han cambiado y se respira una agradable naturalidad; ahora ya nadie viste con uniforme azul ni reza una plegaria de lealtad y buenaventura para Mao Ze Dong antes de cada comida.


OLD DISTRICT

Si por un momento pensé que el arte chino tenía algo que ver con las porcelanas o la panza dorada del Buda clásicos en los restaurantes de comida cantonesa, esta idea se esfumó tan pronto entré a la primera de las catorce salas del Museo de Shanghai. Construido recientemente frente la Plaza del Pueblo (Renmin Square) dicho recinto con forma de olla ceremonial contiene la mejor colección de arte en el país y no defrauda ni a aquellos que en su cumplimiento del código del-buen-turista visitan los museos por obligación. De los cuatro pisos lo más recomendable son las salas de dibujos, bronces y escultura en piedra con su vanguardista museografía y un sistema sensible de iluminación que enaltece las formas milenarias. Una vez que me dejé invadir por la serenidad de los paisajes pintados con tinta (china) y el volumen, textura y sonoridad de unas rotundas campanas del año 2800 A.C. pude quitarme los prejuicios y disfrutar el recorrido por la sala de las porcelanas y la de los sellos; después comprendí que las visibles ramas de la modernidad China no serían posibles si no tuviera unas raíces tan profundamente clavadas en la historia Y esta misma sensación me invadió al presenciar las ofrendas de un grupo de jóvenes, que con varitas incienso se postraban hacia los cuatro puntos cardinales, frente al altar budista de la Pagoda Longhua, venerada desde hace diez siglos al sur de la ciudad.

Había llegado el momento de conocer el Distrito Nanshi, la antigua metrópoli amurallada de la distanía Ming. Aquí hay dos retos para vencer: encontrar la salida del laberinto de los jardines Yu Yian y no sucumbir ante las infinitas posibilidades que hay para comprar. El primero no es propiamente algo que haya que "vencer", de hecho en este como en el resto de los jardines chinos tradicionales, si la persona no se angustia por llegar a la salida, se sentirá feliz al experimentar el ritmo estético con el que fue diseñado, descubrir la concepción de cajas (chinas) contenidas por un muro en forma de dragón que se devora a si mismo y la exquisita combinación de plantas, rocas y estanques. Para el segundo reto se requiere verdadero autocontrol ya que casi toda la ciudad antigua es un gran mercado-andador en el que se puede comprar cualquier cosa a precios sorprendentemente bajos. La lista de ofertas no tiene fin: camisas de marca y chamarras de piel, ventanales tallados en madera con forma de pavorreal, teteras y una gran cantidad de hierbas aromáticas, perfumes naturales, DVDs piratas, 15 marcas diferentes de leche de soya o ábacos desgastados. Lo más divertido es el regateo, una costumbre asiática que los chinos llevan hasta el paroxismo, y cuando el idioma falla siempre está la calculadora como herramienta para pujar por un descuento. Para los aprendices de anticuario y todos los que gozamos con las cosas de segunda mano hay que echar un vistazo por Shanghai Lao Jie (calle vieja), y hacerse con alguna memorabilia de Mao, ya sea estampada en relojes, pisapapeles, mochilas o una traducción de su Libro Rojo al griego.

Después de medio día terminé cargado con bolsas de regalos y me dirigí hacia el restaurante Dragon and Phoenix Room, en lo alto del Peace Hotel. No tuve la suerte de que me tocara la temporada del cangrejo peludo, delicatessen número uno en Shanghai, pero aun así probé ciertos platillos de cocina típica: bulbos de loto bañados en salsa de anguila, setas rellenas de otras setas, medusa rosa, lenguas de pato con dulce de calabaza, lirios y frijoles naranjas con esquirlas de tiburón y otras quince combinaciones, entre postres y entremeses. No es broma ese dicho que asegura que los Shanghaianos se comerán "todo lo que vuele menos aviones y todo lo que tenga cuatro patas menos mesas" así que pedir un tazón de arroz (chino) para llenarse con todos estos manjares enfrente hubiera sido de mala educación.

Pero al final del día, lo que realmente pudo impresionar mi corazón, más allá de mis ya saturados sentidos, fue una imagen con la que se resume el aura paradójica de Shanghai: un hombre en total paz, concentrado en la graciosa práctica del Tai-Chi, se colocó en la intersección bulliciosa de dos pasajes comerciales y mientras todo a su alrededor era fébril actividad, él desarrollaba cada movimiento con el ritmo certero y sin prisas de quien sabe lo que busca. En sus ojos, como en esta ciudad, fluía el Tao.

 

Texto, Copyright © 2002 Hari Camino. Todos los derechos reservados.
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Última actualización: domingo, 30 de junio de 2002

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