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De 'hembra' a 'felicidad'

por Rosario González Galicia

Mientras que con la palabra 'hombre'1 se produce la ambigüedad de poder estar refiriéndose con ella tanto al varón como al ser humano, o sea, también a la mujer, con las palabras 'mujer' y 'hembra' no caben dudas: aluden exclusivamente a lo femenino.

Haciendo una indagación etimológica en estas dos palabras, encontramos facetas muy sugerentes y sorpresas llamativas. Hay que decir, para empezar, que la diferencia entre 'mujer' y 'hembra' en nuestra lengua (la misma que ya tenía en latín), está en que 'hembra' se refiere a animal de cualquier especie (también a plantas en las especies que distinguen macho de hembra) de sexo femenino, en tanto que 'mujer' se aplica a la hembra específicamente humana. Otras acepciones que cada una de estas palabras tiene son secundarias.



La palabra latina mulier ha dejado herencia directa en todas las lenguas romances, salvo en francés. Así, aparte del español mujer, se dan en catalán y gallego muller, en portugués mulher, en provenzal molher, en italiano moglie y en rumano muiere. En español hay bastantes derivados, formados ya a partir de la palabra base romance: mujercilla, mujerear, mujeriego, mujerona, mujerzuela, etc. Se desconoce el origen de esta palabra del latín, lengua que, en este caso, innova y se separa de la raíz indoeuropea utilizada por las otras lenguas parientes.



Pero es entrando por la senda de la palabra 'hembra' donde un más singular e interesante campo se nos abre: hembra, hijo, heno, hinojo, felar, feto, feliz, fecundo se remontan, ascendiendo hasta el latín y, de ahí, a la fuente indoeuropea, a un origen común. Los étimos latinos de estas palabras son, respectivamente, femina, filius, fenum, fenuculum, felare, fetus, felix, fecundus, todos ellos -como salta a la vista- empezados por f-. De manera que en latín el choque que puede producir la diversificación de sus significados se atenúa debido a ese comienzo común, mientras que en español ni siquiera la inicial se mantiene, sino que se han formado dos subconjuntos: el de los términos que empiezan por h- y el de los que empiezan por f-. Conviene recordar brevemente aquí que f inicial latina, tras una larga evolución, pasó por h- aspirada en una etapa del castellano y que luego definitivamente se enmudeció (quedando restos de la etapa intermedia sobre todo en zonas de la mitad sur de España y en muchas partes de América). Este fenómeno, atribuido a un sustrato vasco2, sólo se produjo dentro de la Romania, en castellano y en gascón, dialecto que se engloba en el grupo del occitano, aunque con características muy peculiares y diferenciadas. En nuestras palabras patrimoniales o populares f-, en la mayor parte de los casos, se transformó, y de ahí hijo, hembra, etc.; en tanto que en las que entraron por vía culta (es decir, escolar o escrita) tal f- se mantuvo, como vemos en filial o fémina (emparentadas en su raíz con cada una de las dos anteriores respectivamente), o, entre las mencionadas más arriba, en feliz o feto (sin que se encuentren en nuestro léxico formas como *heliz o *heto).

Pues bien, todas estas palabras nuestras y sus correspondientes étimos latinos, con otras muchas formadas a partir de ellas, comparten la misma raíz indoeuropea: la raíz *dhe-, que siginifica "mamar", "chupar".

La forma patrimonial hembra y la culta fémina (con sus correspondientes derivados) proceden del latín femina, que significa literalmente "que amamanta". Filius (de donde nuestro hijo, etc, y, por el lado culto, filial y otras), que, dentro de este grupo de palabras, forma pareja con felare, aunque en el uso se ha independizado del verbo, expresa en su origen "cría que mama". Felare o fellare (también con varios derivados) significa "mamar", y pronto adquiriría el sentido obsceno que es el único que conserva en español. A este par hay que unir el adjetivo felix, que, derivándose de un supuesto sustantivo *fela ("mama"), tiene el sentido originario de "que da leche", aunque ya en el latín mismo no hay rastros de éste, sino del secundario de "que produce frutos", "fecundo", "fértil" y del especializado de "favorecido por los dioses", "feliz" y también "favorable", "propicio". El adjetivo fecundus (con bastantes derivados y compuestos) tiene el mismo significado que en español; en latín se trata de una antigua forma de participio que viene a significar "que cría", "que da fruto". Otro antiguo participio es fetus: "fecundado", de donde el femenino feta (femina feta) tomó el significado de "cargada", "preñada"; también se da en latín fetus como sustantivo, con el significado de "cría de un animal". Fenum, heredado en español en la forma heno, tiene en latín el sentido propio de "producto del prado". Su derivado fenuculum ha dado hinojo, que nada tiene que ver con el homónimo procedente de genuculum (derivada a su vez de genu: "rodilla") y que perdura todavía hoy en la expresión de hinojos; en este fenuculum han tenido origen el topónimo Hinojar y el topónimo y patronímico Finojosa o Hinojosa.

Peculiar familia ésta, que reúne entre sus parientes al 'hijo' y a la 'hembra', la 'felación' y la 'felicidad', y que, si a cualquiera le despierta la curiosidad, al filólogo le causa deleite.

Filólogo quiere decir "amigo de la palabra". Al margen de la vieja y constantemente renovada discusión entre lengua y pensamiento, si son una y la misma cosa, sin son independientes, si la lengua es la que condiciona el pensamiento e informa el mundo..., las palabras nos ayudan a entender, a desentrañar, a desenredar los enredosos secretos del Mundo, a levantar las capas y capas de mentiras que lo han ido formando (y que inevitablemente lo seguirán haciendo). Aunque a ellas mismas, a las palabras, se las utiliza para crear las trampas y mentiras de que está el Mundo lleno, si las tratamos con amor (¿quién mejor que los "amigos de la palabra", que, en caso contrario, no merecerían ese nombre?), si nos acercamos bien dispuestos y limpios a ellas, sin duda nos mostrarán el camino, nos abrirán la senda, nos revelarán maravillas. Y, como también hacen (que no sólo dicen), nos harán disfrutar, nos ayudarán a vivir.

Más de una vez me ha tocado oír una frase llena de retintín y de reproche: "Vosotros, los filólogos...", que, luego, se completaba con argumentos como que éramos demasiado confiados en las palabras o que les dábamos excesiva importancia. Y estos reproches venían lanzados siempre desde el mismo sitio: desde la trinchera de los historiadores. No hay que hacerles demasiado caso: quien con esa soberbia se delata "desprecia cuanto ignora", como ya sentenció Antonio Machado. Actitud más absurda e incoherente si tenemos en cuenta que también los historiadores se dedican a leer: sus textos son las manifestaciones de todo tipo que los hombres han ido dejando. Pero no hay que olvidar que la manifestación más humana, la que más próxima está de servir para identificar nuestra especie entre el resto de las especies, es la palabra, es la lengua. Dejemos, pues, que ella libremente nos abra los ojos.

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Notas:
1. Puede leerse, a este respecto, el artículo titulado A vueltas con la palabra 'hombre', publicado en el nº 12 de Babab

2. No es aquí el lugar para extenderse sobre la aspiración y enmudecimiento de f- latina. Baste decir que la teoría de un sustrato vasco no es aceptada por todos los filólogos y lingüistas y que, además, hay otras diversas teorías, sin perder de vista el hecho de que el mencionado cambio se da en otras lenguas del mundo, algunas de familias tan alejadas de la nuestra como la malayo-polinesia, lo que apunta a que tal vez el fenómeno pueda ser más corriente de lo que se piensa y menos localista o único.

 

Texto, Copyright © 2002 Rosario González Galicia. Todos los derechos reservados.
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Última actualización: domingo, 30 de junio de 2002

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