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La Tecnología De Los Sentidos

por Luis Miguel Madrid


Cuando apaga los ojos se abren las velas. La oscuridad pone dedos que las llamas iluminan para visitar lo que no se puede. Y así camina sin trompicones ni miedos añadidos por aquellos sitios transformados por la presencia de aquel, que como regalo de despedida, le había dejado esas tres cajas de velas descoloridas. Ella, que no tiene nombre, dispone desde entonces de la tecnología de los sentidos claros.


El sabio Rómulo, que va perdiendo la cordura, dice que ni hablar. Que el mismo andar es pura fórmula de trompos y que lo de la niña es sueño, todito lleno de un miedo tan grande que ni la luz de tantísima vela podría disfrazar. Dice después que "no problem", que también piensa lo contrario y desde luego, lo contradictorio. Cuando espera el café negro que la niña prepara hacia las seis, no tiene dudas: que para querer, hace falta andar a ciegas y que es muy normal que la negrura se disfrace de resplandor. Al despedirse dice que eso es lo que piensa, pero que no lo puede asegurar.

En la casa de aquella niña no existieron nunca más que objetos inservibles. Nada funcionaba o lo hacía al revés del fin de su diseño: La radio era la mesa; el tenedor sustituía a la antena y la carcasa de la tele servía como nevera. No lo hacían bien pero allá estaban desde que ella los miraba desde el suelo. Muchos no habían dado nunca palo sobre el agua pero aguantaban dispuestos para cualquier urgencia. A los pequeños, el cambio les agarró de improviso. Después de tanto apilando polvo, a la niña le dio por hacerlos relucir. Y luego los secó y a continuación los repartió por lo mejor de los ambientes. Y hasta en su mismo cuarto. El destino laboral de aquellos trastos podría estar relacionado ahora con la ornamentación o con la misma brujería. No lo tenían por claro. Pero que muy relimpios si estuvieron desde el mismísimo día que se fue el barco que trajo aquellas velas en las manos de aquel que se reía por cualquier macana.

Ella las repartió sobre sus lomos, ya fueran de taza, figura o cachivache. En algún momento de la noche prendía un fósforo y la habitación se desparramaba como una alfombra de aire. Miraba fija la mecha y se le ponía en la vista cara de caminar.

Entonces la niña desgastaba suela sobre losas de cera. Y parecía como si no tuviera miedo a trompicones ni miedos añadidos. Eso comenzaba en la puesta del sol caribe y el regreso lo tenía apalabrado casi en el socarrón del medio día, gracias a que las velas tenían el detalle de no gastar. Como las encendía quedaban y a la siguiente caminata igual.

El sabio Rómulo, a pesar de su cordura desgastada, no terminaba de otorgar crédito a la evidencia, pero apoyaba la gracia. A su modo, defendía el sueño como ciencia cierta y en ese apartado no se consideraba de letras. Su curiosidad era la que pedía comprobación y se llevó a casa una de las velas estancadas sobre un plato de los de antes de la revolución. La encendió y se colocó de frente. Cuatro horas y casi media después, devolvió el plato con dibujos de flor menuda sin rastro de vela. Lo dejó sobre la frecuencia modulada de aquella mesa con "dial" y esperó que ella también mirara las miserias del recipiente. La niña miró sin preocupar.

- ¡Eso es lo que pasa con los sueños!, sentenció el sabio.
- ¿Y si creciera?
- ¡Ya! Rómulo dudó sin querer, como casi siempre.

La niña adoraba al sabio que admiraba a la niña por la facilidad con que destrozaba los argumentos metafísicos. Rómulo con ella también era frágil y la niña cuando pensaba en él sentía olor de árbol. Le dejó marchar con sus morrillos de rumiante. Mientras la puerta se cerraba sin ayuda, la niña apareció en la cocina preparando el cafelito.

Rómulo regresó antes de que el café se enfriara. Buscó el plato con flores y antes de preguntar, la niña respondió que lo había lavado y estaba por secar.

- ¡El amor es una forma de café!
- Eso sí que sí, respondió la niña.
- ¿Y si creciera?, susurró el viejo, buscando una explicación sabia.
- ¡Ya!, contestó la niña

Continuó el trasiego de la niña por los mismos huecos del deseo. Siguieron las llamas subvencionando el esfuerzo y el sabio analizando las ceras que en su casa se iban no muriendo. Las noches mantenían una relación cálida con la vida gracias a la permanente magia disfrazada de ausencia en vela. Permanecía también su deseo de prescindir del nombre, que era una de esas cosas que lo delimitan todo y que si te descuidas, impiden cualquier viaje interesante.

Aquellas horas pasaban al "ralentí" que cada historia sugería . Los ritmos eran variables como algunos vientos descuidados y eso hacía que las cosas pasaran a puro borbotón. Con ellas aparecía su madre y todos aquellos que el tiempo había difuminado. También Rómulo, cada noche más nítido y lúcido y por supuesto, aquel viajero de risa gansa que dejó como regalo último un cajón de velas clarividentes y viajeras. Él tampoco tenía nombre ni medidas ni datos que los que no comprenden pudieran identificar. Le reconocía por el tamaño de sus besos, por sus palabras onduladas y por las músicas antiguas que juntos escuchaban, que eran las mismas que antes de que se lo llevaran, escuchaba todo el barrio y ahora no podrían reconocer.

Los lugares eran tan variados como inciertos. Había pantanos de natillas y bosques de escarola, también desiertos con termostato y picos escarpados en los que quedaba un solo trozo sin recorte, de la talla de la tienda de campaña y un poquito para una hoguera vertical, por aquello de retomar los placeres del café. La vuelta coincidía con la frotada de los ojos y la llegada era esperada por las cosas, que esperaban sin dormir y se frotaban los bordes cuando aquella mujer les comenzaba a relatar.

Las piezas pequeñas y después las grandes, decidieron por fin, sentirse importantes. Comprobaron que las apariencias, más que engañar, atan y que no hay nada como desempeñar una función para la que aparentemente no valían. De hecho, ya nadie quería ser lo adjudicado en sus trasnochadas garantías y los trastos gastaban el tiempo en dilucidar sobre sus posibilidades. En el pensamiento de las cosas, la extravagancia, la originalidad y el disparate fueron desde entonces, los valores importantes. Lo hacían incluso, con el beneplácito del viejo y casi cuerdo Rómulo, que sonreía de veras cuando le tocaba tomarse el café directamente del florero. Estaban perdiendo el almidón de los orígenes y el viejo bromeaba con rasparles la cera que les goteaba, que era como devolverles a su primer embalaje. Las cosas ironizaban con la menguante capacidad analítica de aquel sabio risueño. Pero era el ser más tolerante de la isla y con ello bastaba para que el resto fuera pasar el rato.

Con el tiempo, Rómulo no tuvo más remedio que morirse. Lo hizo sin averiguar el mecanismo de las velas ni comprender el sentimiento de las cosas. De distintas maneras, estuvo rondando lo mismo que la niña y con la simpleza de la muerte lo vino a conseguir. Comprendió de golpe la metafísica del sueño y desde entonces pasó las noches caminando por lugares donde no dejaba de encontrarse con su mejor vecina, que por entonces era un pedazo de sonrisa con una mujer adornándole la boca. Los cafés fueron menos negros aunque igual de amorosos y sólo la algarabía de los cacharros le despistaba la calma, que tanto necesitaba para resumir en un soneto o quizás cuaderna vía, aquella tecnología tan liberal.

Ella terminó por contarle que la vela que trataba de apagar cuando le dio el infarto, años después seguía ardiendo, y que efectivamente, por experiencia rigurosa, el único sistema para soñar era dejar de tener un nombre y ciertas ganas de viajar.

 

 

Texto, Copyright © 2002 Luis Miguel Madrid. Todos los derechos reservados.
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Última actualización: martes, 30 de abril de 2002

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