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El expresionismo no ha muerto. Woyzeck según Wilson, Brennan y Waits

por Jorge Rivera(1)

Estas navidades pasadas tuve suerte dos veces: la primera, por irme de vacaciones a Dinamarca un largo periodo, algo que deseaba desde hacía bastante tiempo. La segunda, por tener la posibilidad de ver un espectáculo que ha cambiado sustancialmente muchos de mis pensamientos sobre la situación actual del teatro (aunque muchas de estas reflexiones, por suerte o por desgracia, no tendrán cabida en este artículo).

El espectáculo en cuestión era Woyzeck, la obra de Büchner que ha sido traída a este catastrófico principio del siglo XXI de la mano de Wilson, Brennan y Waits (así firman la obra), un trío que ha sabido destilar un texto escrito tres siglos atrás, en una puesta en escena que es a la vez antigua y moderna, realista y abstracta, pero siempre rica y sugerente. Como buen teatro que es, Woyzeck es un espectáculo experiencial, que tiene que ser vivido en directo. Es un teatro establecido en la imagen y el sonido, en la experiencia y la atmósfera.

 

Para explicarme, comenzaré hablando de Bob Wilson, el director tejano (Waco, 1941) del que todo el mundo dice que "es muy plástico", y que "juega con el tiempo". Después de oír a todos hablar sobre él, pero no poder ver ninguno de sus espectáculos en directo, no sabía muy bien qué significaba esto. Ahora que he visto uno de ellos, puedo decir que ambas cosas son ciertas y es por ello por lo que trataré de explicarlo con mi propia experiencia.

La atmósfera creada en el Betty Nansen Teatret (el teatro donde representaban la obra) era de cabaret, aunque sólo faltaba el humo y el alcohol. Las cabezas del público se removían tratando de captar toda la intensidad del espectáculo; su intensidad sonora, el ímpetu de los actores...

 

Este rigor plástico era obra de Wilson, un maestro de la luz. Los colores puros saturaban el ciclorama y recortaban a unos actores y a una siempre cambiante escenografía, que eran iluminados con una precisión absoluta, creando imágenes realmente sorprendentes. La profunda energía del espectáculo se debe a Tom Waits y a Kathleen Brennan, que concibieron las canciones que la orquesta de siete músicos y los actores ejecutan de manera impecable. Para cualquiera que conozca mínimamente el trabajo de Tom Waits (Swordfishtrombones, Frank's Wild Years...) no resultará difícil imaginar cómo esta música es capaz de crear por sí sola el ambiente golfo y poético al mismo tiempo que el del cabaret expresionista. Y hablando del expresionismo tenemos que referirnos obligatoriamente al trabajo de los actores (repito, impecable), que durante dos horas cantan, bailan y actúan ininterrumpidamente con la fuerza del más puro estilo expresionista. Durante estas dos horas, yo no podía pensar otra cosa que "algo así veían en las veladas de antaño; algo así eran Lulú de Wedekind y, Hinkemann de Toller". Sí, señoras y señores: el expresionismo no ha muerto. Desde el domador, que presenta como en un circo o barraca de feria a todos los personajes, hasta la propia interpretación de los actores, sus gestos y sus voces, la música, o esa iluminación precisa y selectiva que soñaron nuestros (o sus, de los alemanes) contestatarios expresionistas. En el caso de Woyzeck, Büchner prefiguraba el expresionismo y, con ello, la faceta reivindicativa de su monodrama (más que la tendencia social de otros autores como Hauptmann). De cualquiera de las maneras, es un alivio ver un escenario que vuelve a la teatralidad, una teatralidad artística como la que proclamara el malogrado Meyerhold, y que se aleja más y más de ese realismo naturalista añejo y aburrido que (por una cosa o por otra) casi todos practicamos desde finales del XIX, por más que insista en disfrazarse con pequeñas aportaciones no realistas.

 

Al ver las fotos puede comprenderse la importancia de la imagen en el trabajo de Wilson. Son imágenes atrayentes, que podrían ser cuadros independientes, pero que van sucediéndose a lo largo de un espectáculo. Para esto, obviamente, Wilson somete a sus actores a todo el aparataje técnico, extremadamente preciso. Las luces pueden ser generales o iluminar solamente una mano. Una muerte puede estar simbolizada por el paso de una luz roja de la mano de un personaje a la cabeza del otro. Y todo fríamente calculado y estéticamente bello. Realmente es un contraste. Por otro lado, la escenografía tiende a la abstracción. La casa de Woyzeck está compuesta por muros transparentes, que permiten ver tanto lo que pasa dentro como fuera de la casa. También existen otras figuras, como flechas, que marcan espacios, sillas de formas extrañas, y unas astas de bandera, que dan un ambiente de barraca de feria.

La otra característica importante de Wilson, la de "jugar con el tiempo", de la que hablaba anteriormente, se aprecia en Woyzeck de diferentes maneras: el uso de la cámara lenta, los saltos temporales, los silencios, las voces aceleradas, la representación del mundo interior en contraste con la realidad... todo ello contribuye a la creación de un mundo onírico, surreal o superreal, en la idea de mostrar "una realidad más amplia", la de lo visible y lo invisible.

 

La poético y lo crudo se mezclan en Woyzeck no sólo gracias a esta plástica de Wilson, sino también al trabajo musical de Tom Waits y Kathleen Brennan. Sus melodías, a veces atonales, a contrapunto o incluso en función de puros ruidos, contrastan con canciones poéticas y sensibles con títulos como Misery's the River of the World (La miseria es el río del mundo) y All the World's Green (Todo el mundo es verde), cargadas de poesía, que chocan contra It's Just the Way We Are Boys (Es nuestra forma de ser, chicos), referida a aspectos grotescos de la condición humana, desde un tono no tan bucólico. Los músicos tocan como una orquestina de circo o cabaret, y sirven al espectáculo durante casi toda su duración, ya sea con música de transición, o para que los actores canten. Y es que los actores, además de interpretar en este estilo tan duro que puede ser el expresionista, cantan con gran variedad de registros, haciendo un trabajo sorprendente.

Para cerrar este artículo quisiera resaltar que este espectáculo es de producción danesa. El Betty Nansen, un teatro de poco más de quinientas butacas, ha sido el responsable de esta superproducción. Surgió de la propia dirección del teatro la idea de unir a Wilson, Waits y Brennan para crear este espectáculo. Woyzeck estuvo hace un año en Copenhague y, tras una gira por las principales capitales europeas (estuvieron en Madrid en el Festival de Otoño), han vuelto a la capital de Dinamarca otro mes más. Esta mentalidad no se ve mucho por estas tierras, desde luego. ¿Qué teatro (por no decir "teatrito") español reuniría a los mejores artistas de diferentes disciplinas para crear un proyecto común que explotar posteriormente?.

A estas apreciaciones y a las experiencias vividas con el espectáculo, es a las que me refería al principio del artículo cuando escribía que, en cierta forma, Woyzeck había cambiado algunas de mis ideas sobre el teatro. Pero eso ya es otra historia.


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Notas

(1). Jorge Rivera es Director de Escena

 

 

Texto, Copyright © 2002 Jorge Rivera. Todos los derechos reservados.
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Última actualización: jueves, 28 de febrero de 2002

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