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La acción política de Miguel de Unamuno (II)

por Andreu Navarra

[Capítulo 3 del ensayo Unamuno, Nietzsche y Kierkegaard.
Para leer el primer capítulo pincha aquí. Para leer el segundo, aquí]

En sus últimos escritos, algo nuevo preocupa a Unamuno. Se ve obligado a revisar su ideario, y, sobre todo, su vocabulario, porque ha llegado de Alemania un elemento que, en su demagogia, se ha apoderado de algunas de las palabras que utilizaba para expresarse. Se trata del racismo nazi, una nueva forma de praxis fascista, aún más extrema que la del fascismo tradicional mussoliniano. Más extrema porque se coloca, no más allá de toda ética, sino contra ella de una forma decidida, razonada y sistemática.

Hay dos universalidades o catolicidades: la universalidad cristiana que reunió a todos los pueblos, sin distinción de razas, que formó la primera Internacional - y de proletarios, de esclavos, que tales eran los primitivos cristianos de las catacumbas de Roma- y la catolicidad socialista, la que en 1864 fundó la Internacional socialista al grito de: "Proletarios de todo el mundo, uníos!" Y esto que Marx y Engels fundaron sobre fe y esperanza de aquendidad, terrenales, respondía a lo que Pablo de Tarso, más que otro cualquier cristiano, había fundado sobre fe y esperanza de allendidad, celestiales. Dos universalidades, dos catolicidades, que aunque fundadas en fes y esperanzas distintas, si bien no opuestas, en rigor no se excluyen. Y la caridad une ambos reinos. Como también se completan, en rigor, la interpretación materialista y la interpretación religiosa de la Historia.
Lo que se queda fuera - y en contra- de ambas universalidades, de ambas catolicidades, de la cristiana y de la socialista, es el nacionalismo racista de la esvástica. Aunque empieza a apuntar un monstruoso internacionalismo nacionalista, un racismo de las diferentes razas. Una locura.(1)

El racismo de raíz nazi, también el fascismo, se fundamenta en la no universalidad, en la exaltación de las peculiaridades nacionales, de lo que es propio frente a lo que es ajeno. Y eso sin que sus dirigentes se preocupen de restaurar una ética allá donde han usurpado el poder, una ética propia que sustituya a la anterior, de carácter abierto y universalista por el solo hecho de contemplar derechos e igualdades legales. Nada de eso.

José Ortega y Gasset, que se declara modestamente fascista, corrobora estas ideas de Unamuno en el momento en el que, en su artículo Sobre el fascismo, analiza la nueva doctrina. El fascismo no intenta legitimarse mediante unas ideas, una ética o metafísica que le dote de cuerpo teórico. El fascismo es intrínsecamente ilegítimo, y no pretende sustituir una legalidad por otra de otro tipo. Lo que pretende es imponer su fuerza a quien es más débil, sin intentar restituir una legalidad, que como mucho, tendría carácter de mera apariencia (la cursiva es mía):

El bolchevismo, como todos los movimientos propiamente revolucionarios, tritura ilegalmente un Estado legal a fin de instaurar otro. Sus partidarios creen ejercer hoy el poder en nombre de una legitimidad fundada en razones jurídicas tan firmes como las que más, las cuales, a su vez, se presentan sostenidas por toda una ética y aun por toda una concepción del Universo. El Gobierno soviético usa de la violencia para asegurar su derecho, pero no hace de aquélla su derecho.
Por el contrario, el fascismo no pretende instaurar un nuevo derecho, no se preocupa de dar fundamento jurídico a su poder, no consagra su actuación con título alguno ni teoría ninguna política. [...] No pretende el fascismo gobernar con derecho; no aspira siquiera a ser legítimo. Ésta es, a mi juicio, su gran originalidad, por lo menos su peculiaridad; yo añadiría: su profundidad y su virtud(2).

La definición de Ortega no puede ser más exacta. Es la de alguien que realmente ha comprendido el verdadero carácter del quehacer fascista, basado en la suspensión de toda ética o metafísica por parte de la nueva clase dirigente. Esto no significa que se conceda al pueblo todo un programa demagógico destinado a unirlo, a captar su apoyo incondicional. Nuevos valores absolutos como Raza, Patria, Espacio vital, Gracia de Dios, conformarían la metafísica artificial con la que el régimen totalitario procurará arraigar y mantenerse. Unamuno, un convencido de que el ser humano necesita una ética de carácter cristiano, universalista y caritativo, no podía haber aceptado tal proceder. No se hace esperar su reacción contra las posturas totalitarias.

Ahora se vuelve a querer dar esplendor a esa fiesta de la Raza; pero se barrunta por dentro de ello y en una parte de los que lo promueven - no en todos, ¡claro!- un cierto sentimiento extraño e impuro. Ya raza empieza a querer significar lo que significa en la actual Alemania, la del racismo, la del arianismo, la de ese venenoso concepto de los arios - que no es más que un mito del más salvaje resentimiento- con su secuela de antisemitismo y otros antis tan salvajes como éste.[...] Y es el colmo del despropósito que hasta entre nosotros, aquí, en España, empieza a deslizarse que son antiespañoles los judíos. Y se extiende este grotesco anatema a los... masones. [...] Después de haberse enunciado la insensatez de que no puede ser buen español el que no sea católico, apostólico, romano, se va agravando el despropósito. ¿Y van a corregirse los insensatos?(3)

¿Por qué Unamuno se ve obligado a escribir con cierta cautela terminológica? Algunas palabras que utilizaba a menudo, en clave tradicionalista, están empezando a significar algo muy alejado de lo que significaban antaño. Que un escritor se vea obligado a puntualizar qué entiende por raza, a diferenciar su uso del que está adquiriendo, es una forma no solo de desmarcarse de la nueva tendencia, no solo de rechazarla, sino también de constatar que algo está cambiando. Las palabras que van siendo utilizadas por la demagogia totalizadora están adquiriendo nuevos matices, matices que anteriormente no existían. Comprender esto es comprender mejor el pensamiento de Unamuno, porque no debemos, tal y como advirtió Nietzsche, aculturar nuestro pasado; es decir, aplicarle nuestras concepciones, nuestros significados, nuestros matices y nuestras inercias. Debemos ser conscientes de que estudiamos a los demás, los que vivieron su época. Nosotros sabemos lo que acabó ocurriendo, adónde fueron las ideas de quienes vivieron las primeras décadas del siglo veinte. Ellas han hecho que nuestro vocabulario connotativo varíe sustancialmente.

 

Unamuno se ve obligado a acuñar un nuevo espacio léxico para palabras que se van cargando de sentido violento. No quiere que le confundan. La polarización social es cada vez mayor, y no deja de acrecentar la tensión. Es el ambiente óptimo para que aflore, una vez más, la ignorancia:

Por de contado que el tal patriota racista ni sabe lo que es judaísmo, ni masonería, ni marxismo. Es de los de "eso no me lo preguntéis a mí, que soy ignorante...", de los que piden todo el poder y toda la razón para el jefe por encontrarse sin uno ni otra. Ni quiero desperdiciar la ocasión de contar lo que le oí a un subordinado que fué del Cardenal Segura, y es que le oyó decir que los dos más peligrosos y solapados enemigos de la auténtica España éramos Luis de Zulueta y yo, por lo que tenemos, según él, de sospechosos de... ¡protestantismo! ¡Grave peligrosidad!

La crítica unamuniana al bolchevismo no es menos dura. Su artículo De la democracia bolchevista, publicado en 1920, impugna explícitamente los presupuestos fundamentales de la teoría marxista: la posibilidad de que las dos clases sociales, la proletaria y la burguesa, se reduzcan a una sola y la dirección histórica a que la idea de Estado vaya diluyéndose poco a poco tras la desaparición de la lucha de clases. Después veremos cómo se teme un nacionalismo comunista que, lejos de destruir el Estado, lo hipertrofie peligrosamente:

P.- ¿Y usted no cree, señor mío, que cuando cese la lucha de clases dentro de cada pueblo, cesarán las guerras entre los diversos pueblos?
R.- Bueno; pues yo, el de la respuesta, repregunto a mi vez: ¿cuándo cree usted que cesará la lucha de clases dentro de cada pueblo?
P.- Cuando todas ellas se reduzcan a una. ¿No está claro?
R.- No, no lo está; ni medio claro. Porque, o se reducen todas las clases a una sola, por la extinción de todas menos una, y es a lo que tiende la dictadura del proletariado, o se funden todas en una que acoja en sí las cualidades y condiciones de las que hoy están en lucha, aunque sean, en gran parte, contradictorias entre sí.
P.- Pero ¿es que cree usted que cabe una sola clase social que sea a la vez capitalista y obrera, explotadora y explotada... y así lo demás?
R.- ¡Claro que lo creo! ¡Claro que un pueblo puede hacerse tirano y a la vez esclavo de sí mismo! (4)

El apoyo que, en un principio, obtuvieron los fascismos por parte de las clases medias italianas, alemanas o españolas viene a corroborar el significado de esta última frase del fragmento. Que un pueblo pueda hacerse tirano y esclavo de sí mismo, capitalista y obrero a la vez, viene a complicar la explicación marxista, que es simplificadora de la realidad. La que Unamuno está proponiendo parte de una mayor observación de la realidad: no hay solo explotadores y explotados en la sociedad. Existe una fina capa urbana de clase media que no es exclusivamente explotadora, ni exclusivamente explotada. Esta clase media se sentirá desclasada, será amante del orden pero sufrirá económicamente. Esto la impulsará hacia posturas estimulantes, de fuerza y exhibición, hacia los totalitarismos de la primera mitad de siglo, es decir, hacia el comunismo militarista, el fascismo o el nazismo.

Unamuno admite que el bolchevismo es la forma que más se acerca a la forma clásica de democracia, la que define Tucídides por boca de Pericles: la del gobierno de la mayoría.

Y así, demócrata significa lo mismo que mayoritario, y parece que lo mismo que bolchevique. Si es que bolchevique es mayoritario o no maximalista. Y la dictadura del proletariado, fundada en que los proletarios son los más y, unidos, los más fuertes es, en el sentido antiguo, democracia, y no otra cosa. Lo que no es liberalismo. Y nada más imperialista que una democracia.
P.- Es que habrá una democracia- pues que usted quiere llamarla así- universal o mundial.
R.- Exacto; y las mayorías y minorías, dentro de ella, serán étnicas, nacionales; y en esa democracia universal de productores, abolida la clase capitalista, una nación o grupo de naciones se impondrá a las demás. Y seguirá la lucha de clases de otra forma, acaso más terrible. Y el patriotismo comunista será fiero, implacable, terrible... (5)

Unamuno llega a definir la democracia como una forma de... ¡imperialismo! Y no deja de tener razón: la democracia impone un solo criterio, el de la mayoría, siempre que la represente de verdad, y no solo lo aparente para imponer las directrices de una oligarquía sobre los de las minorías, privadas así de poder efectivo. Luego aparece el patriotismo comunista, definido por una hipertrofia del estado, por un afán de expandir los criterios que rigen un territorio socialista a los demás territorios socialistas. Quizás el tiempo le dio la razón, a la vista de sucesos como los de la Primavera de Praga, en que los tanques invadieron una minoría que pretendía ensayar un nuevo modo de socialismo; o en vista de la actitud de Tito, en Yugoslavia, quien, siendo igualmente comunista, no quiso ingresar en el bloque soviético.

Curiosamente, la solución de Unamuno no solo tolera el discurso marxista (El ideal histórico, 1922), sino que además lo anima a que siga existiendo, a que realice sus concepciones de destrucción de la propiedad privada, siempre que de verdad obedezcan la voluntad del pueblo, de su mayoría. Le otorga una razón de ser justificada por la Historia (la cursiva es mía):

- Yo creo que ustedes los comunistas lucharán y deben luchar porque esa propiedad desaparezca, y creo que si logran hacerla desaparecer surgirán individuos, clases, colectividades, que lucharán por restablecerla, que en el seno del régimen comunista habrá elementos que trabajen por restaurar la propiedad privada de los medios de producción y explotación del trabajo ajeno..
- ¡Pero se lo impediremos!
- ¡Impedir la Historia! Se morirán ustedes de asco y de hastío, y el día que no tengan enemigos fuera tendrán que inventarlos dentro. (6)

Así, la revolución irá engendrando a su vez otra revolución, de caracteres opuestos y contrarios a los impuestos. La destrucción de la propiedad privada engendrará la voluntad de retornar a ella (como ocurrió en 1990). Es otra vez la idea de un eterno retorno de la ideas y de su historicidad. Una revolución solo será una inversión de los valores, y solo podrá ceder lugar a otra inversión que deje las cosas aproximadamente iguales que como estaban. Por lo tanto, Unamuno no niega que la destrucción de la propiedad privada pueda ser un día una realidad, de lo que duda es de que el cambio sea realmente eficaz.

- Bueno, y con todo eso, ¿a dónde se va?
- ¡Aquí está el toque, aquí!, en que usted parece creer que se va a alguna parte, que la humanidad tiene una órbita trazada de antemano, que el progreso es otra cosa que la Historia misma. [...] Usted es de los que se preguntan por el argumento de la historia de humanidad. Tanto valdría preguntar por el argumento de una puesta de sol o de una hermosa noche estrellada.
- Bueno, pero un Gobierno debe...
- Un Gobierno debe ser liberal, es decir, abrir cauce a la Historia, dejar correr las aguas.
- ¿Y si las corta?
- Provoca una revolución, que también es Historia. Siempre que haya pueblo. Y aquí no sé si lo hay. (7)

Se está atacando otro factor fundamental del la visión marxista: la concepción de la historicidad del hombre. Unamuno está concibiendo la historia de una forma muy griega, muy trágica, como el hado inexorable determinase los destinos de una nación. Pero este hado no viene impuesto ni por la divinidad ni el hombre: es la propia patria, su propia intrahistoria, la que se regula a sí misma, la que en un momento determinado pide cierto tipo de revolución y en otro, otra de signo contrario. La Historia siempre se abre camino. Oponerse a ella es ser conservador.

Esta nueva visión del hombre, que deja de ser considerado el motor de la Historia para convertirse en mero ejecutor del porvenir nacional, se opone frontalmente a la visión marxista que entiende el hombre como el sujeto necesariamente único de la historia, su constructor libre. Unamuno está impugnando otra de las principales características del pensamiento comunista: el que establece una meta hacia la cual tiende el ser humano. La supresión del Estado, el advenimiento de una sociedad en la que nadie explota a nadie, sino que a cada uno se le da según sus necesidades, son las características que se atribuyen al modo de vida humano que se derivará de la dictadura del proletariado. Se está negando pues una teleología, una concepción finalista del mundo. Para Unamuno éste no tiene sentido, sentido abstracto, universal, meta absoluta a la cual tiendan todas nuestras vidas. Por lo tanto, la Patria pasa a ser, junto a un Dios cristiano, el único valor absoluto de la ética del último Unamuno, para quien el concepto de Patria va necesariamente unido a la Historia, es decir, a los ciclos revolucionarios.

Quizá acostumbrado por la filosofía socrática a comprobar que las discusiones, las aporías, no llevan nunca a buen fin, funda el futuro del país en que todos hagan como él, es decir, se ensimismen, encuentren verdades en su interior y las expongan de manera que puedan convivir las unas con las otras. Vimos cómo para él, el verdadero problema de España era la ignorancia, la estupidez de quienes pretendían ejercer la política activa.

La situación, lógicamente, tenía que afectar al desarrollo de la cultura contemporánea, atrapada en las redes de una polarización que era imposible eludir. Pero no queremos decir que esa polarización afectara a la calidad de las obras culturales del momento, o que no hubiera nadie capaz que se dedicara al arte. Nada de esto. Lo que Unamuno está denunciando es el solipsismo forzado al que se ven condenados los hombres de arte del momento. Nadie repara en ellos, nadie se ocupa de ellos. Sus obras no son leídas, ya no interesa el pensamiento activo, sino el pasivo, el que se deja dominar por la doctrina sin ningún tipo de espíritu crítico:

Guardo testimonio de ese profundo hastío que consume a lo mejor acaso de la actual generación intelectual española. Se quejan del desierto espiritual en que tienen que trabajar. Y menos mal si encuentran consuelo en el trabajo mismo, si encuentran consuelo y sentido de vida íntima en el camino, aparte del arribo a que lleve. Porque se van "cansando, cansando en este desierto". ¿Verdad, amigo Jarnés? (8)

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Notas

(1). UNAMUNO, Miguel de, Visiones y comentarios, Madrid, Espasa- Calpe, 1967, págs. 66-67.

(2). ORTEGA Y GASSET, José, El espectador V y VI, Madrid, Espasa- Calpe, 1966, pág. 135.

(3). UNAMUNO, Miguel de, Visiones y comentarios, Madrid, Espasa- Calpe, 1967, págs. 53-56.

(4). UNAMUNO, Miguel de, Monodiálogos, Madrid, Espasa-Calpe, 1972, pág. 113.

(5). UNAMUNO, Miguel de, Monodiálogos, Madrid, Espasa-Calpe, 1972, pág. 116.

(6). UNAMUNO, Miguel de, Monodiálogos, Madrid, Espasa-Calpe, 1972, págs. 138-139.

(7). UNAMUNO, Miguel de, Monodiálogos, Madrid, Espasa-Calpe, 1972, pág. 139.

(8). UNAMUNO, Miguel de, Visiones y comentarios, Madrid, Espasa- Calpe, 1967, pág. 138.

 

 

Texto, Copyright © 2002 Andreu Navarra. Todos los derechos reservados.
Ilustración, Copyright © 2002 Rosana Gutiérrez. Todos los derechos reservados.
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Última actualización: jueves, 28 de febrero de 2002

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