Warhol conocía la sociedad americana y sus pulsiones
profundamente, comprendió sus mecanismos hasta tal punto que la
conquistó sin renunciar a criticarla de manera abierta, como se
había propuesto desde sus primeros trabajos como diseñador
publicitario. Ya desde un principio aquel hijo de emigrantes
checoslovacos, Andrew Warhola, admiró y deseó pertenecer al star
system, enfocando toda su trayectoria artística y personal a
introducirse en el epicentro de la frivolidad y lo efímero.
Klaus Honnef señala su trabajo en un supermercado durante los
veranos como su primer contacto con el mundo de la publicidad y el
consumo:
"Los grandes almacenes le ofrecieron, a
aquel pobre diablo, la visión de una profusión de objetos deseables;
su trabajo le llevó a enfrentarse con la apariencia estética y la
fascinación que envolvían todas aquellas cosas". (2)
En efecto, la observación de aquellos productos y el
comportamiento humano ante ellos le inspirarían para introducir
aquellos elementos que decían tanto de su tiempo en el mundo del
arte. También compartimos con este autor la idea de que su origen
europeo le otorgaría una mayor perspectiva para comprender la psique
yankee, su procedencia le permitía tomar distancia para analizar la
realidad.
Posteriormente llegarían las primeras
colaboraciones con las revistas Vogue y Harper´s
Baazar
, y el tralado a Nueva York desde
Pittsburgh en 1949. Allí realizó los primeros anuncios, entre los
que podemos destacar los de zapatos de estrellas famosas, y se
produjo el cambio de nombre. Si bien en los primeros años sus obras
estaban dirigidas a cubrir los escaparates de las tiendas de lujo,
pronto cambió de estrategia para realizar las obras seriadas que
constituyen la materialización de su mirada deconstructora de la
realidad.
Las serigrafías de las Sopas
Campbell, el detergente Brillo , y
los retratos seriados de estrellas como Marilyn Monroe, Liz Taylor o
Mick Jagger son una radiografía sinóptica de la sociedad de masas,
la necesidad de consumo compulsivo que la domina y todas las
frustraciones que todo este engranaje trae consigo inevitablemente.
Porque el Pop siempre tiene de fondo cierto contenido dramático, o
al menos cierto sentido de vacío. De hecho, además de los productos
de consumo los motivos utilizados por Andy Warhol en sus serigrafías
entraban todos en relación con la muerte: sillas eléctricas,
accidentes, suicidios... Es evidente que si Warhol intuía tan
acertadamente ese tipo de sociedad es porque conocía perfectamente
su angustia, pese a su éxito en el muno del arte y las estrellas su
carrera no estuvo exenta de tal sentimiento.
¿Significa todo esto que Warhol era un inconformista, un rebelde,
un revolucionario? Definitivamente no. Sus símbolos
incuestionablemente plantean una crítica al sistema, pero no una
denuncia ni una intención de cambiar las bases de esa sociedad; al
contrario, él sólo quería mirarla desde arriba, ser uno de esos
mitos que la alimentan.
Sus temas y motivos provenían de la realidad y su observación
directa. Andy Warhol era un hombre realmente apegado a ella y
Manhattan el objetivo que le fascinaba. Una vez consiguió la fama
como artista en ese mundo al que cautivó dio un paso más allá: la
creación de la Factory. Warhol se erigió como líder de este
movimiento de la contracultura; en los años 60 había adquirido ya
tanta fama que las propias estrellas que él había admirado tenían
que pasar por su ambiente underground. Personajes de toda condición
y las más diversas tendencias pasaron por el estudio de la Calle 47,
crearon un universo propio de imagen y producción artística bajo su
nombre: desde películas de varias horas de duración o las revistas
que canalizaban la información al público sobre la Factory, hasta
las creaciones teatrales y el trabajo junto a la Velvet
Underground.
"La
gente in pensaba que lo
tenía todo: intensidad sin exigencias, clase sin snobismo, encanto
sin proponérselo. Por no mencionar la abundancia de sexo, de arte,
de anfetaminas, de fama. Y una puerta que estaba siempre abierta.
[...] La vieja Factoría se apoyaba en la decadencia, en la exagerada
palidez del rostro adolescente de Warhol, en su silencio, su mirada
impasible, la elegante extravagancia de su séquito, en todas las
cosas a las que era capaz de dotar con la magia de su fama y
transformar en la imagen por excelencia de un mundo subterráneo en
el que la gente maravillosa, los genios y los snobs, los
obsesionados y los aburridos, despliegan al fin todo su hechizo."
(3)