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La acción política de Miguel de Unamuno
por Andreu Navarra
[Capítulo 2 del ensayo Unamuno, Nietzsche y Kierkegaard. Para leer el primer capítulo pincha aquí]
E l objetivo de la prosa articulista de Unamuno
es despertar el hombre interno que hay en cada uno de sus lectores.
Esta noción de hombre interior, diferenciada del hombre
político o de partido, es una de las constantes de su
pensamiento. Es el que valoraba en un artista, es el resultado de
una introspección que sólo puede conducir a lo metafísico, al
conocimiento de toda causa, de Dios y del universo. Era ya propio
del pensamiento griego considerar el ser humano un microcosmos, una
versión en miniatura del macrocosmos circundante, pero regida por
sus mismas normas y leyes, y constituido de la misma sustancia. Por
lo tanto, el conocimiento de uno mismo era el camino que conducía al
hombre a la comprensión de su exterior. De ahí el conócete a ti
mismo socrático, tan reactivado
por su filosofía.
Cuando abandona su autonomía, el hombre se vuelve
político, y ha de tomar partido de la sociedad. Eso es a la fuerza
una limitación. La sociedad entendida como contrato social es esa
limitación. Unamuno intenta restaurar la integridad de quien le lee,
hacer que despierte su hombre interno, ese que conversa consigo
mismo, que va explorándose y aprende, el único que es capaz de
realizar la obra universal, inmortal
Y paseando ante la estatua de fray Luis de León, don
Miguel volvió a caer, como casi cada cinco minutos, sobre la
política caótica de aquellos momentos. Se paró frente a la estatua,
imitándola en su gesto de su brazo extendido. "Deberíamos los
españoles –decía- inventarnos un saludo como el que hace fray Luis
noche y día. Ni así – tendía la mano en alto, a la manera fascista-,
ni así- levantaba el puño cerrado, a la manera comunista-, sino así,
como fray Luis."(1)
¿Está exagerando Zamora Vicente cuando nos dice que don Miguel
recaía en el tema de la política cada cinco minutos? Seguramente sí.
Pero lo que nos importa es la actitud que toma ante el panorama
nacional, calificada de caótica. Pero la palabra que mejor la
definiría podría ser polarizada. ¿Qué significa la
performance de colocarse ante la estatua de fray Luis y
rechazar tanto el saludo a la romana como el puño levantado? La
filiación política de Unamuno es el egotismo, el seguimiento
de su propio hombre interno, la inteligencia considerada superior al
partidismo, que no puede ser más que limitación de posibilidades.
Por ello fue atacado de neutro, de irresponsable, e incluso de
protestante. Veamos qué contestaba a quienes le invitaban a
ejercer cargos públicos (la cursiva es mía):
- Lo cierto es, amigo mío, que hace años, muchos
años, vengo haciendo política en España, vengo trabajando, en la
medida de mis fuerzas y en el círculo de mi acción, por fraguar
opinión pública, ya sobre un problema, ya sobre otro, en nuestra
patria, único modo de que las libertades, todas estas nuestras
libertades legales, de que tanto cacareamos, no resulten estériles.
Pues usted comprenderá que la libertad de volar sería una cosa
perfectamente inútil en el vacío, y que es inútil decretar la
libertad de pensamiento o la de conciencia donde no se piensa o no
se es conciente. Y nuestra labor debe ser la de ejercer las
libertades que la ley nos concede.
- Si, pero...
- No hay pero que valga. Hacer política es, ante
todo y sobre todo, hacer opinión pública, fraguar conciencia
colectiva, y no hacer elecciones. Y usted, al preguntarme si iba a
entrar en la política, lo que me preguntaba es si pienso alistarme
en un partido político, sea el que fuere, con vistas a un acta de
diputado o senador.(2)
Este fragmento es un claro exponente de la
independencia del autor. Las opiniones que el Parlamento y los
distintos órganos de poder suscitan en él no pueden ser más duras.
La clase política, y el pueblo que la mantiene y elige, se ve
severamente vapuleada y hasta insultada. El ataque de Unamuno es
doble. Por una parte rechaza frontalmente el mero hecho de respaldar
a uno u otro bando, porque este hecho significa necesariamente una
generalización, un dogmatismo exterior, un acomodamiento sobre unas
directrices predeterminadas.
Las opiniones de Unamuno se fundamentan en que no
existe en España una conciencia crítica capaz de dirigir la nación,
y de existir, el Parlamento no la representaría. La asamblea
gubernamental es para Unamuno la máxima expresión del eterno
retorno, del no avanzar, del escenario grotesco por el que pululan
multitud de arribistas solo interesados en que se reconozcan sus
honores dentro de la colectividad. El artículo titulado
Batracópolis, publicado en 1916, es una feroz alegoría del
panorama político español. Su estilo no deja de recordarnos al del
mejor Larra.(3)
Quedamos , me parece, que esta nuestra España es, en
su mayor parte al menos, una charca y nada más que una charca de
aguas estancadas y quietas, aninadoras de tercianas. Y es mejor,
piensan muchos, mucho mejor que no la agitemos, pues entonces se
enturbia su clarísima sobrehaz, espejo de un cielo también quieto y
estancado – cuando no hay tormenta-, pero radiante y luminoso, con
luz cruda y sin matices, con luz encegadora, y sube a flor de agua
el ciénago que es el poso de la charca. Y dicen los que así piensan
que los trapos sucios hay que lavarlos en casa y se van a lavarlos a
las orillas de la charca, donde croan las ranas y nadan los
renacuajos sin croar y los trapos quedan, al parecer al menos, más
limpios, pero la charca más sucia. [...]
Nuestras ranas, las ranas de nuestra charca política
nacional, de nuestra Batracópolis, no piden, como las de la fábula,
rey; lo que piden es diputados. Y se los piden a las tencas y a los
sapos que desde tierra explotan la charca. Los sapos es lo que se
suele llamar caciques. Y aquí debo advertir que eso de que los sapos
sean venenosos, no pasa de ser una superstición popular, de la que
los sapos mismos se aprovechan, dejándola correr. [...]
Las ranas, incapaces de buscarse nada por sí mismas,
piden diputados, como antaño pidieron rey.
La imagen de la charca de agua sucia y estancada es
utilizada tradicionalmente como símbolo de muerte, de quietud
definitiva, en este caso de las ideas. Se puede decir que, para
Unamuno, las ideologías van a morir a la charca que es la escena
política española. Las ranas desempeñan el papel de pueblo, de
quienes no paran de croar, de mendigar atención a sus representantes
porque son incapaces de buscarse nada por sí mismas. Como no
existe opinión pública, los habitantes y votantes de Batracópolis
son incapaces incluso de dirigirse a sí mismos. La lógica unamuniana
es la siguiente: alguien que no se autodetermina mediante su propio
hombre interno no puede a su vez contribuir al desarrollo de su
nación. La burla tiene como blanco el sistema de representación
asamblearia, que crea una situación de dependencia del pueblo
respecto a quienes ejercen la política activa. Para Unamuno,
cada ciudadano debería tener un pensamiento sólido, único e
irrepetible, sobre el que hacerse fuerte. El pueblo que se limita a
mendigar trapos al interior de la charca, es decir, que no hace más
que esperar que la clase dirigente le resuelva los problemas, no es
más que un colectivo débil y servil.
Los sapos, anfibios gordos y verrugosos, siempre
colocados a la orilla de la charca, desempeñan el papel de caciques.
A los caciques se dirigen la ranas para pedir diputados. Ellos son
los que dirigen la conciencia nacional, los que realmente deciden la
composición de las asambleas, desde fuera, mediante sus
influencias sobre el pueblo. Estas influencias se basan en el miedo
a las represalias. Por eso les interesa que se rumoree que son
venenosos, que de verdad poseen armas, influencias, es decir,
veneno, para determinar sobre la vida de los que les desobedezcan.
Pero para Unamuno no son venenosos, no constituyen un peligro real.
Quiere decirnos que el pueblo debería deshacerse de ellos para
autodeterminarse.
Las tencas, mudas y ocultas, nadan sumergidas en la
charca bajo el nivel de las aguas. Son los habitantes de la escena
política, quienes pululan por el fondo cenagoso de la charca y
evitan que las aguas se revuelvan y se vuelvan turbias. La
conservaciónde puestos y cargos es su razón de ser. Son la quietud
parlamentaria, temen que cielo y charca se estremezcan. Es una forma
de decir que la situación se mantiene estable porque el cielo no
muestra evidencias de que exista un orden superior que justifique e
intervenga, y el pueblo no se rebela. Son las dos vías por las que
la Historia se podría haber abierto paso en España.
Y entonces – vuelvo a hablar en broma- me acordé de
una carta que me escribió no hace mucho un señor ministro de la
Corona y en que me hablaba de "los que, sin querer llamarse
políticos, ya sea por rigidez de principios, ya por mantener una
postura que consideran gallarda, hacen, mal que les pese, política
en el sentido de influir con sus predicaciones en la gobernación de
los pueblos".
¡Claro que hacemos política! Y no mal que nos pese,
sino muy a nuestro sabor. Lo que no hacemos es batracopolítica. Lo
que no hacemos es presentarnos candidatos a nada, pues aún no hemos
perdido la vergüenza humana. Y digo humana porque hay también una
vergüenza batracia o ranesca. Lo que no hacemos es declararnos reses
yendo a que nos pongan la hierra de una ganadería personal con la
cifra – letra y corona- del amo y luego, mendigos, pordiosear una
casilla del encasillado, sea de Villapocha, o de Aldeabruta, o de
Marmotería.
Ante tan desolador espectáculo, ¿qué nos propone
Unamuno? ¿Cuál es su plan de acción? En primer lugar, abstenerse de
participar en batracopolítica: y en segundo, seguir haciendo
política desde fuera de la charca, desde cauces no establecidos por
la oficialidad estatal. Esta propuesta lo acerca al anarquismo, pero
a un anarquismo lógico, sin teorización concreta anterior.
¿Y qué remedio queda? Sólo uno, y es hacer política
fuera de la charca, en tierra enjuta y florida, pisando yerba, mejor
entre el polvo que entre el cieno, al aire libre y sin presentarse
nadie a nada, sino presentando su pensamiento tal como se refleja en
la conciencia de un ciudadano libre y orejisano, sin hierra ni
marca. Y hombres así pueden entenderse, y concertarse, y
organizarse, y reprimirse, y hacer una conciencia colectiva y
unificarla y disciplinarla para la acción, pero como hombres. Como
hombres que se buscan a sí mismos y no como ranas que piden
diputados.
Solo quien no se ha contaminado de doctrinas
establecidas, el orejisano, es capaz de organizarse y actuar
sin tener que perder la vergüenza humana, convirtiéndose en un
animal subacuático o, aún peor, en una bestia de tiro literalmente
subyugada. Fuera de la oficialidad es donde corre el aire sano,
donde se pueden ir renovando las ideas. El hombre libre puede
ejercitar su inteligencia sin estorbos. Las doctrinas de cualquier
tipo, especialmente las políticas, no solo contribuyen a enrarecer
un posible ambiente de entendimiento, sino que además, y lo que aún
es peor, tienden a embotar la humanidad y la capacidad de reflexión
de quienes la siguen.
La propuesta de nuestro autor es más sensata de lo
que en un primer momento se podría pensar. De hecho era tan viable
que se ha ido practicando ya con plenitud, sobre todo a
partir de la segunda guerra mundial. Los colectivos civiles han ido
perdiendo el miedo a organizarse al margen de las directrices
oficiales, fueran del signo que fuesen. Hubiera sido interesante
conocer las opiniones que las llamadas organizaciones no
gubernamentales hubieran suscitado a Unamuno. Pero prometemos no
volver a fabular.
Lo que más aterroriza a Unamuno es que la
polarización social haga imposible no sólo ya la convivencia de las
personas, sino hasta la mera capacidad de hacer proyectos de
convivencia. Matar la inteligencia es destruir la esperanza, y la
esperanza de esperanza. Es como lo que "argumentó" ETA tras eliminar
a Ernest Lluch: fue asesinado porque dialogaba, porque era capaz de
proyectar una solución concreta, tangible, esperable.
Jesús nos perdone, pero nos acongoja y hasta aterra
más la perversión intelectual que no la moral; nos parece peor la
estupidez que la maldad. Si es que ésta no es sino aquélla. De las
últimas salvajadas revolucionarias y de las represivas no nos han
alarmado respecto al porvenir de España, tanto sus violencias de
hecho como sus sandeces –más que violencias - de palabra. La...
llamémosla literatura comunista y su contrapartida, la supuesta
literatura antimarxista –ni unos ni otros entienden palabra de
marxismo-, son las dos caras – o si se quiere la cara y la cruz- de
una misma trágica deficiencia mental. A la insondable mentecatez de
las hojas asturianas de propaganda comunista sólo se emparejaba la
insondable mentecatez de los que pretendían monopolizar la decencia
y el patriotismo, de los que han inventado esa majadería de la
Antiespaña. Estupidez, sandeces, deficiencia mental, mentecatez,
majadería.(4)
____________
Notas
(1). ZAMORA VICENTE,
Alonso. Voz de la letra , Madrid, Espasa-Calpe, 1958, pág. 54.
(2). UNAMUNO, Miguel de.
Monodiálogos, Madrid, Espasa-Calpe,1972, págs.
27-28.
(3). UNAMUNO, Miguel de. En torno a las
artes, Madrid, Espasa-Calpe, 1975, págs. 130- 135.
(4). UNAMUNO, Miguel de. Visiones y
comentarios, Madrid, Espasa-Calpe, 1967, pág. 87.
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