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El concierto de las toses

por Víctor Pliego de Andrés

El público y los músicos se sobresaltan cada vez que suena el telefonillo, muy estridente, por los altavoces de la sala. Hay quien se lleva la mano al pecho con gesto de sorpresa. Una voz pide que se desconecten los teléfonos móviles y son muchos los que se apresuran a buscar en sus bolsos y bolsillos. Ocurre todos los días en el Auditorio Nacional. Las orquestas visitantes reaccionan con sonrisas y, a veces, con aplausos. Aún así, a pesar de la iniciativa tan agresiva, se suelen escuchar algunos timbrazos durante los conciertos. Pero lo peor no son los sonidos de la tecnología, sino los atávicos ruidos que producen los cuerpos humanos, sobre todo algunos cuerpos humanos maleducados.

El martes 13 de noviembre Chistian Zacharias ofreció en Madrid un delicado recital con obras de Debussy y Scarlatti. Esta pianista alemán tiene un toque maravilloso que condensa el aire y es capaz de crear una calidad especial sonido. La emoción era tan intensa que provocó ataques de tos histérica y dividió al público entre tosedores y chistadores. Hubo incluso competiciones en eco. Pero nada de ello rompió la magia ni la concentración del artista. En un recital ofrecido el año pasado en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, el genial barítono Thomas Quasthoff pidió al público que no tosiera entre los Lieder del ciclo que interpretaba, porque le resultaba muy difícil concentrarse. Le hicieron caso, a pesar de que ese movimiento espasmódico y sonoro del aparato respiratorio, en accesos violentos y casi siempre intermitentes, suele ser involuntario. Con ello quedó probado que es posible contener la tos con cierto esfuerzo de voluntad y el auxilio de manos y pañuelos.

El estornudo es un placer liberador que en el pasado se estimulaba con el tabaco rapé. Hoy es un acompañamiento característico de los conciertos madrileños. Como estoy poco viajado, desconozco si en otras plazas la concurrencia se manifiesta de forma tan ruidosa, pero quiero imaginar que no es así, aunque el maestro Kurt Masur ha protestado en Nueva York. En Madrid, el apogeo de la temporada musical coincide con los meses más fríos. Tal vez por eso, la tos es la manifestación natural de gripes y catarros, agravados por la proverbial sequedad y contaminación de la villa, por el aire acondicionado, por las alergias y por el arraigado vicio del tabaco. Se puede excusar una tos aislada y discreta, pero entre los aficionados a la música clásica parece imperar una elevada presencia de enfermos respiratorios, crónicos para más señas, que deberían guardar cama o ser urgentemente hospitalizados. Sin embargo, su irresistible pasión por la música les arrastra hasta los auditorios y salas de conciertos a pesar de sus dolencias y graves males. Habría que exigir un certificado médico a determinados melómanos antes de darles un abono. Ignoro si se ha hecho algún estudio epidemiológico sobre la incidencia de la música en las complicaciones respiratorias. En el cine y en el teatro esta epidemia se advierte mucho menos (no ocurre así con la plaga del telefonillo, que es universal aunque más benigna).

La tos es una manifestación muy personal, íntima, variada y expresiva. Hay toses, tosecillas, estornudos, rinitis, broncoespamos, carraspeos, ahogos, sofocos... Pueden ser hoscas, asmáticas, húmedas, irritadas, hilarantes, explosivas, sordas, angustiadas, reprimidas o descaradas. Hay personas que al toser parece que retumban, bufan, gritan, jadean, braman, rugen, ajean, graznan o gruñen, ofreciendo una estampa más propia de la fauna ibérica que de una culta sociedad filarmónica. Algunos idean estrategias para acomodar su tos al momento que les parece más oportuno. Los prudentes esperan al final del concierto o al inciso entre los movimientos, para desahogarse a pleno pulmón con toda libertad. Los discretos se reprimen apretando la boca con el puño. Prolongan así la angustia más allá de lo necesario y de lo soportable. Están dispuestos a morir por asfixia antes que verse en el trance de tener que abandonar la sala y perderse una nota del concierto. Los astutos aguardan hasta que llega un fortefortissimo para esconder su tos entre el barullo, de forma casi siempre infructuosa. Una ingeniosa espectadora insertaba en cierta ocasión su tos seca cada vez que el maestro pasaba una página. El efecto era sorprendente: parecía que las hojas de la partitura se rasgaban. Es una ocurrencia cuyos derechos debería registrar la autora del hallazgo para algún programa cómico de la tele.

A los conciertos más caros y exclusivos asiste un público trajeado compuesto por viejos ricos, que tosen mucho y en tono ronco, seguramente por culpa de los puros que se fuman en las reuniones con sus consejos directivos. En los conciertos populares, donde reina la informalidad y la edad media no es tan elevada, se tose en igual medida pero con timbre más clarito. Todos los aficionados, ricos y pobres, tienen la membrana pituitaria igual de sensible. La tos es democrática y todos ejercemos nuestro derecho a toser, por gusto y por salud. Ya no se distingue un rey de un porquero. Ya nadie usa en público el pañuelo de narices o mocadero, término descriptivo, hispánico y olvidado.

Como medida de prevención, algunas enfermos (suelen ser señoras previsoras) acuden equipadas de caramelos refrescantes envueltos en crujientes celofanes. Las partidarias a estos estrepitosos bálsamos suelen esperar a que empiece la música para abordar la delicada operación de desempaquetado, tras desaprovechar todos los descansos. La maniobra se ejecuta con gran parsimonia y minuciosidad, sádica delectación, disimulo aparente e ineficaz resultado. Aunque existen antitusígenos suministrados en cajas de cartón, las melómanas solo renuncian al celofán en casos de fuerza mayor.

La peor de todas es la tos nerviosa que explota en los momentos de mayor tensión: justo al comienzo, o al final, o en pleno clímax musical. Cuando la música se tensa en un pianissimo que pone los pelos de punta, precisamente entonces estalla una tos nerviosa que rompe la magia y provoca una inmediata cascada de otras en coro, porque la tos nerviosa es muy contagiosa. Hay cobardes que no se atreven a dar el primer paso pero que siempre están prestos a unirse tras el lanza la primera tos. La cosa empeora cuando otro sector del público empieza a chistar furioso, sumándose al guirigay.

Cada cual se retrata por su aspecto, su voz, sus gestos y también, por su tos. Es como la firma: hay quienes la usan con circunspección y hay otros que hacen de ella una pintada. Hay quien tose con hombría, con timidez, con delicadeza, con remordimiento, con delectación, con voz o sofocos... Las salas de conciertos están llenas de pintadas que no se ven pero que sí se oyen. Son la parte salvaje de la música. Kurt Schwitters lo descubrió y compuso en 1936 un Scherzo para estornudos.

Texto, Copyright © 2001 Víctor Pliego de Andrés. Todos los derechos reservados.
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Última actualización: lunes, 31 de diciembre de 2001

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