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El porqué de Quim Monzó.

Por Ana Mª Pérez Cañamares

"A cuanta más gente te parezcas, mejor". Es lo que el escritor catalán Quim Monzó le dijo un día al también escritor Javier Cercas, traductor de algunos de sus cuentos.
Los cuentos de Monzó se parecen a los de mucha gente; y hay que darle la razón: mejor, mucho mejor. Porque su literatura se ve enriquecida por ecos, referencias, homenajes, parodias, intertextos (de los de verdad, de los de lector agradecido y con criterio). Y puede que este sea el motivo por el que Monzó, tanto como a muchos otros escritores, se parezca sobre todo a él mismo; desde su primer libro de cuentos (Uf, dijo él) ha logrado tener una voz propia, ha conseguido lo más difícil a la hora de escribir: ser un auténtico creador. Creador en el sentido más estricto, porque la lengua en sus manos es un material maleable: juega, explora, provoca con ella. Y auténtico porque lo que se percibe es que la relación entre Monzó y la literatura está exenta de solemnidad y divismo; que para él, más allá de premios y cenáculos, la literatura es asunto tan íntimo, cotidiano y laborioso como para un carpintero la madera y los utensilios con los que la trabaja.

En Monzó, lo profundo parece simple. Es un maestro de las capas profundas, los estratos escondidos. A menudo, el lector se encuentra sonriendo sin darse cuenta de que lo que tiene entre manos es una bomba de relojería que explota en la última frase.
Monzó recupera la tradición de los bufones: entreverar la verdad más desnuda y cruel con chistes y malabares. Se las arregla para deleitarnos mientras nos está diciendo que nuestra vida es surrealista, o patética, o terriblemente cómica, o un culebrón apenas verosímil.
"Por el carácter obsesivo, circular, irónico, contradictoriamente desenfadado y pesimista, inquietantemente anodino o bien metaficcional de los argumentos de sus relatos, Monzó ha sido comparado a menudo con autores tan variopintos como Kafka, Borges, Cortázar, Bontempelli, Handke, Coover o Cabrera Infante. Pero al hacerlo, se ha olvidado añadir más de una vez que ese carácter de sus cuentos arranca desde la desestabilización paródica de los mismos modelos de lengua que utiliza", dice Carlos Guzmán Moncada. Con toda probabilidad, algo de esto se perderá en la traducción de sus cuentos; que lo sean del catalán, lengua cercana al castellano, que el propio Monzó sea en ocasiones su traductor, no quita para que este hecho haya de ser tenido en cuenta en la lectura y análisis de sus textos, si no en un primer plano, sí al menos como algo "colateral". Pero una gran parte de esta vitalidad permanece, y son los recursos literarios sobre los que se apoya los que me propongo analizar brevemente.

Es casi ya tópico al referirse a Monzó, hablar de las onomatopeyas. Él las extrema, las carga de expresividad y de humor, a la vez que le sirven para economizar descriptivamente:

"doy unas brazadas, achacunfa, achacunfa (...) y salgo del agua, blup, apolo veraniego" (Splassshf).

Monzó aprovecha al máximo las propiedades enfáticas y humorísticas de la hipérbole. Por medio de ellas, el cuento pasa a un plano fantástico, en el que cualquier cosa puede suceder.

"El olor a flujo era tan intenso que se esparcía por todos los pasillos, salas y habitaciones de la mansión y, según cómo soplase el viento, por los pueblos y los valles de la comarca" (Historia de un amor)

En su prosa, de estructura sintáctica simple -similar a del género negro, al informe judicial-, destacan como joyas unas metáforas irreverentes, sensuales, con un toque surrealista. Son frecuentes aquellas en las que se mezclan dos sentidos:

"con la cabeza como un bombo de musiquitas de todos los colores" (Sobre la no comparencia a las citas)

"Cuando la noche fue ya una rebanada negra" (Sobre la volubilidad del espíritu humano)

"prados de menta y montañas de crocanti" (Sobre la no comparecencia a las citas)

La creación de palabras puede resultar de españolizar ciertos términos de sobra conocidos

"En el televisor, uno de los boxeadores saludaba victorioso y el otro estaba todavía en el suelo, nocaut", en El reino vegetal

crear un adjetivo a partir de una marca comercial

"Piel copertoneada", en Splassshf

convertir un sustantivo en verbo

"...Carolina de Mónaco, chavalita que, entre otras cosas, he ereccionado en mí un súbito e imprevisible interés por la aristocracia, especialmente la suya"

en el mismo cuento. En este mismo sentido, está la mezcla de diferentes idiomas.
El intento de hacer funcionar un calentador de agua siguiendo las instrucciones en francés, lo relata como sigue:

"El robiner d´arrêt ya estaba abierto. Apretó otra vez ce bouton â fond y lo hizo girar a la izquierda. Lentamente lo fue relâchant" (Thomson, Braun, Corberó, Philishave...)

A menudo (ver los cuentos de El porqué de las cosas), Monzó liquida la caracterización de un personaje con un adjetivo: "la mujer sensata", "la mujer fatal y el hombre irresistible". Es indudable que está jugando con las connotaciones de los calificativos, a los que el acervo cultural del lector carga de significado. Muchos de estos personajes no llegan a tener un nombre propio: se les denomina por medio del adjetivo, universalizándolos, o con nombres absurdos, como "Bplzznt" o "Chachachá". También es frecuente que los adjetivos personifiquen un objeto, o que carguen con toda una situación o una historia; por ejemplo, un semáforo que se pone en rojo es un "un semáforo borde" (Cacofonía).

A veces, cuento avanza con el desarrollo gradual de una frase. Es lo que ocurre por ejemplo en La euforia de los troyanos . El protagonista comienza siendo definido como

"el hombre que durante la infancia había tenido cierta fe religiosa".

A medida que avanza el texto, la definición se va alargando:

"el hombre que, además de interesarse por la religión y las matemáticas, en la infancia había tenido problemas de inadaptación"

Se completa así la caracterización, resumiendo la historia anterior a la que se nos está relatando. La repetición crea un ritmo casi obsesivo.

El intertexto es el juego por excelencia de la literatura con la literatura. En el cuento Melocotón de manzana, vemos reproducido casi en su totalidad el archifamoso cuento El dinosaurio de Monterroso: "cuando me desperté, ella ya no estaba allí". En La dama salmón, el recuerdo de la infancia es, sencillamente, la magdalena:

"aquello fue la magdalena: de golpe me vino a la cabeza un barullo de imágenes de tías y primas, y fotos en sepia de una abuela en los años veinte...".

Monzó reutiliza fórmulas no exclusivas, pero sí muy recurrentes, de los textos hiperbreves, tales como la circularidad (Uf, dijo él); el humor negro; el género fantástico, tanto para cerrar un texto que se había desarrollado en un plano realista como para comenzarlo

"Claro que de pequeño había comido letras en la sopa, pero comerse una A recortada en papel blanco le produjo una sensación desconcertante", en Sobre la volubilidad del espíritu humano;

la compresión temporal; la importancia del título para la lectura del texto; la subversión de los mitos; la metaficción...

Estoy convencida de que Monzó debería figurar como lectura obligada en los talleres de escritura, por la brillantez y la frescura con que revitaliza los temas y las figuras de la literatura universal. Indudablemente, hay otras muchos recursos y figuras que podrían analizarse. Pero como leemos en la página notodo.com: "Que Monzó escriba tan corto tiene una explicación. Es de esa cada vez más rara estirpe de escritores que confían en la inteligencia de sus lectores". Abreviando: recomendar a Monzó es apostar a caballo ganador.


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Bibliografía:

  • MONZÓ, QUIM. Ochenta y seis cuentos (trad. de Javier Cercas y Marcelo Cohen), Anagrama, Barcelona, 2001.
  • GUZMÁN MONCADA, CARLOS. Ochenta y seis cuentos. De lo próximo y lo lejano . Revista Lateral. Número 79-80. Julio 2001. www.lateral-ed.es/revista/artículos
  • RECOPILACIÓN DE ARTÍCULOS SOBRE MONZÓ en www.monzo.info

    Texto, Copyright © 2001 Ana Mª Pérez Cañamares. Todos los derechos reservados.
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    Última actualización: lunes, 31 de diciembre de 2001

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