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El Museo Dinámico
por Héctor Perea
"Como en una cinta sin fin el proyecto que
alguna vez imaginé y que no realizaré nunca, por falta de medios, vuelve
una y otra vez: aquel Museo de la Mirada en el que, mediante la pintura,
la fotografía, el cine, estuvieran registradas miradas y sólo miradas,
fijas o en movimiento, vagas o precisas, parpadeantes, risueñas, tristes,
hondas, leves, miradas de artistas, de escritores, de científicos, de
héroes y traidores y santos y asesinos, de hombres y mujeres innominados,
de los mismos visitantes de ese museo, es decir miradas ante otras
miradas..." (1)
Imagen poética, narración de un sueño
o de una cadena de pesadillas, esta
prosa ensayística escrita en 1979 por el narrador y crítico de cine
hispano-mexicano José de la Colina arrastraba ecos revolucionarios dentro
del arte. Pero además, resultaría un hecho premonitorio de algunas nuevas formas de
creación. Este Museo de la Mirada, propuesta posterior en 30 años al
inicio del happening pero
contemporánea del videoarte, era en cierta forma el antecedente de otras
manifestaciones tridimensionales o multimedia como el holograma o la
digitalización hipertextual. El ensayo tendría asimismo parentesco con
otra pequeña prosa mexicana, más original si atendemos a la fecha de su
escritura: 1924.
La proximidad de
esta prosa del crítico cinematográfico con un viejo ensayito de Alfonso Reyes, Contra
el museo estático, se hacía patente cuando De la Colina invitaba a la
creación de un entorno museístico en el que hasta las miradas de los
visitantes pudieran convertirse en motivo de captura y exhibición
instantáneas. Reyes había propuesto en el último año de su estancia
madrileña:
... quemar los museos y fundar
el museo dinámico, el cine de bulto, el film de tres dimensiones, donde el
bordador chino borde tapices chinos, y donde el espectador pueda, si le
place, ser también personaje y realizar sus múltiples capacidades de
existencia. Este --oh Mantegazza-- es el verdadero museo de las pasiones
humanas, donde cada cual, a fuerza de ensayos, descubra las dos o tres
leyes de su conducta. Queremos el museo-teatro-circo, con derecho a saltar
al plano de las ejecuciones. "(2)
La idea de un Museo de la
Mirada remite también, y desde luego, al Museo imaginario de la escultura
mundial, de André Malraux, espacio apoyado en el registro fotográfico;
pero también al Museo poético,
antología de la poesía mexicana que compiló a principios de los setenta
Salvador Elizondo. Por último, en esta primera y muy básica red de
influencias e intercomunicaciones, Para un Museo de la Mirada descubre
la complicidad de su autor con otro narrador esencial en las letras
mexicanas, Carlos Fuentes, y con un medio que fue para la generación de
medios siglo, como lo había sido para algunos autores polifacéticos del
Ateneo de la Juventud o del grupos Contemporáneos, tan importante como el
arte y la literatura para comprender a la cultura en general. Me refiero
al cine.
En una prosa no tan breve como el trabajo de Reyes pero que no
superaba los cuatro folios, De la Colina concretaría en el papel la
fantasía de Albinus, el protagonista de Risa en la oscuridad, la novela de
Vladimir Nabokov. Al final del párrafo con que abrí este artículo, De la
Colina mencionaba al niño de Vallecas, personaje de la pintura homónima de
Velázquez, como muestra “de una atroz ausencia de pensamiento”. Una
pintura, señalaba el autor, puede llegar a ser tan brillante que descubra
en forma maestra la estupidez humana. Más adelante, en la narración de la
anécdota que daba vida a su ensayo revestido de crónica, José de la Colina
echaría a andar una cinta cinematográfica, filmada con los elementos
vaporosos e inaprensibles del sueño.
Después de ver una
película de Buster Keaton en la antigua Cinemateca Española de la calle de
Príncipe Pío, dormido ya en su cuarto del hotelucho de la calle del
Carmen, en Madrid, el crítico, despabilado tras un portazo y brincando de
un sueño a otro, terminaría reconstruyendo la siguiente secuencia,
compendio de tradiciones vanguardistas:
"... y encendiste la luz, parpadeaste, te quedaste mirando
absorto la pared de enfrente, la multiplicada escena que allí había fija,
desde el suelo al techo, y también en las otras paredes, rodeándote,
muchas veces la misma imagen detrás y delante y a los lados de ti, como si
la estuvieras viendo con los ojos multifacéticos de la mosca,
esa imagen, esa escena de un fusilamiento:
los soldados
apuntando
los fusiles
contra
un soldado
enemigo
en algún terreno baldío, en quién sabe qué guerra pero muy posiblemente la de 1936-39 de España,
la comenzada dos años después de que yo naciera, y en ese momento de la escena, de la imagen, todo
está suspendido, es un eterno minuto de fijeza en el parpadeo del tiempo, el sable del oficial aún
está en alto, el condenado aún está vivo, el pelotón aún no dispara, hay otros soldados que no
apuntan, que sólo contemplan eso, y todo está en la inminencia, todo ocurrirá dentro de otro
parpadeo, el condenado ya no estará vivo dentro de dos o tres parpadeos más, y desde mis ojos
Buster Keaton pálido parpadea y mira fijamente no queriendo mirar, y yo estoy despierto mirando
la escena como si hubiera despertado sólo para caer del sueño en la pesadilla, y parpadeo y
poco a poco la múltiple escena va esfumándose, no para desaparecer, sino para convertirse en
otra cosa, en las simples flores color marrón, repetidas, idénticas, del empapelado de mi
cuarto de hotel, porque todo ha sido una ilusión, algo como las imágenes hipnagógicas, un
espectáculo fugaz como los que Leonardo en su Tratado de la Pintura aconseja ver en las manchas
de humedad de los muros..." (pp. 38-)
Hasta
aquí, la descripción podría haber sido sólo, muy aparte de los
toques oníricos, la de una tinta china de Picasso --que había sido
antes un óleo de Manet, y todavía antes otro de Goya. No
representaba aún la ruptura, la agilización plástica propuesta por
Nabokov a través de su personaje Albinus. Unas líneas más adelante,
sin embargo, De la Colina daría el vuelco inesperado a la escena al
meter, no a partir del registro por escrito de una obra poco
conocida del malagueño, sino de la transformación descriptiva de
ésta, el anhelado movimiento --el del museo dinámico -- en la obra estática.
Nabokov había escrito en su novela de 1932:
"¡Qué fascinante sería [...] si se pudiera emplear el mismo método [el de los dibujos animados]
para conseguir que algún cuadro famoso, preferiblemente de la escuela holandesa, apareciera
perfectamente reproducido en la pantalla con vivos colores, para cobrar vida de pronto...,
desarrollando gráficamente movimientos y gestos en completa armonía con su representación
estática en el cuadro!" (3)
De la
Colina, en 1979, afinaría la idea del autor de Lolita
. Pero además, al trasfondo conceptual de esta obra del pintor,
el escritor agregaría un giro ácido, revolucionario, y esa ironía
y agilidad verbal que consiguen trasmitir al arte algunos apuntes
singulares de la literatura:
"... ese dibujo de Picasso, de Picasso que cuando era joven tenía la mirada de Buster Keaton, la mirada del cómico de la mirada más seria, ese dibujo de Picasso que nunca antes yo había visto ni en museo ni en libro de reproducciones y que ahora tengo grabado como con fósforo en la memoria, y ante todo un detalle de ese dibujo, porque ese hombre que allí va a ser fusilado, ese hombre que en un parpadeo o dos estará muerto, caído, con los ojos sin parpadeo, ese hombre en su final de guerra aunque la guerra no termine,
se
hombre ha vuelto la espalda al pelotón, a los fusiles, al sable en alto,
se ha desabrochado el cinturón y bajado los pantalones y está mostrando el
culo,
pero
¿cómo?,
¿es eso
posible?,
¿mostrar
el culo a la muerte?"(p. 39)
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