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Buscando el miedo.
Nuevas proyecciones temáticas del cine chileno
por Jaime Coloma Tirapegui
Casi se podría afirmar, que, los países tercer mundistas o en vías de desarrollo, realizan entre sus actividades artístico-comunicacionales, obras o piezas que se reconocen por la fuerte orientación social y la búsqueda de una identificación como individuos en el mundo. A esta hipótesis, por supuesto que no escapa Chile. Sin ir más lejos la verdaderamente obsesiva necesidad de los medios de comunicación, sociólogos y otros tantos estudiosos y artistas, que están, constantemente, buscando la identidad perdida de nuestros pueblos luego de la conquista, la colonización y el mestizaje, me avalan (basta leer todos los artículos, no sólo en Chile, que hablan de la, para mi gusto, manida pregunta de, ¿qué es, el ser latinoamericano?) Como decía y basándonos en esta idea, este tipo de obras, cumplirían, entonces, una especie de rol de denuncia o de búsqueda de la autenticidad latina.
Dentro de éste ámbito, artístico - disciplinario, es
que se encuentra el séptimo arte, extraña mezcla de creatividad,
comunicación y sentido comercial. Sí, el cine, en muchos aspectos,
lo ha hecho perfectamente, ya que incorpora, en su calidad de
comunicador, ciertas características propias de lo que, para la
mayoría de nosotros, correspondería a la idea de identidad.
Desgraciadamente, existe un problema al respecto, y es que, de esta
manera, no sólo, se coarta el desarrollo del tan anhelado elemento
identificatorio, ya que, obviamente, el trabajo del realizador
sesgaría la visión más objetiva que otras disciplinas podrían
plantear en torno a este tema, sino que además, limita la función
artístico - creativa al tratar de solucionar un problema, que creo,
justamente, es parte de la identidad de muchos pueblos que conforman
Latinoamérica; es decir, la falta de compromiso y la poca noción de
quienes somos y como nos comportamos en nuestro propio
país.
A pesar de este fuerte fenómeno, algunos directores
han comenzado a desarrollar sus propuestas fílmicas en función de
géneros cinematográficos más diversos. Uno de ellos, es Jorge
Olguín, realizador, que está rodando su segunda película y que ha
incursionado en el mundo del terror. Mundo, que evidentemente tiene
donde nutrirse en Chile, no sólo por la historia política reciente,
donde los miedos, las desapariciones y las fuertes paranoias eran
parte del diario vivir, sino que también, por una arraigada cultura
mitológico-mágica que se conserva hasta el día de hoy de manera
absolutamente latente y viva, en variados puntos del territorio. No
sería extraño, entonces, constatar el gusto masivo que existe por
este tipo de temas.
Olguín vio las cualidades creativas del género y so riesgo
de ser considerado poco intelectual en sus propuestas se lanzó al
vacío de las pesadillas y los monstruos, estrenando, el año recién
pasado la película Ángel Negro. Película, que además de
lograr un amplio éxito de taquilla en Chile, ha participado en
variados festivales internacionales, algunos de ellos especializados
en el tema, como por ejemplo el Festival Internacional de Mar del
Plata y en el 2001,nominada a los MTV Movie Awards en la categoría
"Mejor película de la gente / Chile".
En Ángel Negro, el realizador se mete en un mundo
bastante conocido por los adictos al terror, el de los asesinos
psicópatas, donde generalmente, algún tipo de trauma desarrolla o
potencia la psicopatía en uno de los personajes de la historia;
elemento que servirá de excusa para generar el tan preciado miedo en
los espectadores.
En muchos aspectos, el terror, trabajado aquí, se asemeja al
elaborado por Hitchcock, en su película Psicosis. Primer
elemento a considerar, ya que al desarrollar una temática
específica, se exige un conocimiento relativamente acabado del tema.
El cine de terror, de hecho, no se va a inventar. Seguramente se
revitalizará a partir de nuevas propuestas creativas, nuevas
atmósferas, nuevos escenarios y porque no, nuevos monstruos.
Entonces, meterse con un género específico, donde el espectador,
maneja códigos y patrones estilísticos de manera, casi natural,
exige al director un profundo conocimiento de ciertos elementos
básicos de la temática tratada. Mas, si esto corresponde a algo tan
visto y apreciado por un sector bastante masivo de las audiencias
cinematográficas, como es, el antes referido.
Olguín, logra, en su ópera prima, moverse con cierta propiedad en
el tema. El problema se da, a la hora de resolver la anécdota, ya
que simplifica el conflicto, utilizando una serie de recursos vistos
que, a la larga, hacen perder el sentido final de este tipo de
filmes: asustar al espectador.
Siguiendo en esta línea, el joven director, busca, con su segunda
producción, Sangre Eterna, incorporar al imaginario
chileno, el mundo vampírico. Mundo, que a pesar de pertenecer a la
Europa del este, está dentro del disco duro mundial. El reto, por lo
tanto, es más grande, la gran mayoría del público aficionado a este
tipo de películas, sabe cuales son las características propias del
fascinante mundo gótico romántico de los vampiros. La propuesta de
Olguín, entonces, busca sorprendernos, moviéndose entre el mundo de
la fantasía (el mito de los vampiros) y el mundo de la realidad
virtual (computadores y juegos de rol), de hecho, los
personajes representados virtualmente en el juego, son justamente
vampiros, metiéndonos así, en una doble irrealidad. El juego de rol,
se transforma en el elemento que permitiría al espectador enajenarse
de la realidad fílmica, siendo al mismo tiempo, el que nos
conectaría con ella. Por su parte, el mundo fantasioso de los
vampiros es simplemente el soporte necesario para establecerse en
una atmósfera fantástica. Desde esta perspectiva, la propuesta de
Olguín, pareciera sostenerse, en función de mundos superpuestos que
llevan al equivoco o a la locura.
Es así, como, poco a poco se va ampliando el imaginario fílmico
chileno, lo importante, en todo caso, sería, que los aspectos
creativos puedan satisfacer las normas propias de los distintos
géneros y subgéneros, desarrollando de manera coherente los
elementos estilísticos planteados por las distintas temáticas y no
pretendiendo reinventarlos. Más allá de ampliar el universo creativo
de la cinematografía chilena, lo importante sería, por ejemplo, en
este caso puntual, lograr la emoción fundamental a la hora de hablar
del cine de horror: tener miedo.
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Texto, Copyright © 2001 Jaime Coloma Tirapegui.
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